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EXHORTACIÓN APOSTÓLICA
POSTSINODAL
ECCLESIA IN AMERICA
DEL SANTO PADRE
JUAN PABLO II
A LOS OBISPOS
A LOS PRESBÍTEROS Y DIÁCONOS
A LOS CONSAGRADOS Y CONSAGRADAS
Y A TODOS LOS FIELES LAICOS
SOBRE EL ENCUENTRO CON JESUCRISTO VIVO,
CAMINO PARA LA CONVERSIÓN,
LA COMUNIÓN Y LA SOLIDARIDAD
EN AMÉRICA
INTRODUCCIÓN
1. La Iglesia en América, llena de gozo por la fe
recibida y dando gracias a Cristo por este inmenso don, ha celebrado hace
poco el quinto centenario del comienzo de la predicación del Evangelio
en sus tierras. Esta conmemoración ayudó a los católicos
americanos a ser más conscientes del deseo de Cristo de encontrarse
con los habitantes del llamado Nuevo Mundo para incorporarlos a su Iglesia
y hacerse presente de este modo en la historia del Continente. La evangelización
de América no es sólo un don del Señor, sino también
fuente de nuevas responsabilidades. Gracias a la acción de los
evangelizadores a lo largo y ancho de todo el Continente han nacido de
la Iglesia y del Espíritu innumerables hijos.(1) En sus corazones,
tanto en el pasado como en el presente, continúan resonando las
palabras del Apóstol: « Predicar el Evangelio no es para mí
ningún motivo de gloria; es más bien un deber que me incumbe.
Y ¡ay de mí si no predicara el Evangelio!» (1 Co
9, 16). Este deber se funda en el mandato del Señor resucitado
a los Apóstoles antes de su Ascensión al cielo: « Proclamad
la Buena Nueva a toda la creación » (Mc 16, 15).
Este mandato se dirige a la Iglesia entera, y la Iglesia
en América, en este preciso momento de su historia, está
llamada a acogerlo y responder con amorosa generosidad a su misión
fundamental evangelizadora. Lo subrayaba en Bogotá mi predecesor
Pablo VI, el primer Papa que visitó América: « Corresponderá
a nosotros, en cuanto representantes tuyos, [Señor Jesús]
y administradores de tus divinos misterios (cf. 1 Co 4, 1; 1
P 4, 10), difundir los tesoros de tu palabra, de tu gracia, de tus
ejemplos entre los hombres ».(2) El deber de la evangelización
es una urgencia de caridad para el discípulo de Cristo: «
El amor de Cristo nos apremia » (2 Co 5, 14), afirma el apóstol
Pablo, recordando lo que el Hijo de Dios hizo por nosotros con su sacrificio
redentor: « Uno murió por todos [...], para que ya no vivan
para sí los que viven, sino para aquel que murió y resucitó
por ellos » (2 Co 5, 14-15).
La conmemoración de ciertas fechas especialmente
evocadoras del amor de Cristo por nosotros suscita en el ánimo,
junto con el agradecimiento, la necesidad de « anunciar las maravillas
de Dios », es decir, la necesidad de evangelizar. Así, el
recuerdo de la reciente celebración de los quinientos años
de la llegada del mensaje evangélico a América, esto es,
del momento en que Cristo llamó a América a la fe, y el
cercano Jubileo con que la Iglesia celebrará los 2000 años
de la Encarnación del Hijo de Dios, son ocasiones privilegiadas
en las que, de manera espontánea, brota del corazón con
más fuerza nuestra gratitud hacia el Señor. Consciente de
la grandeza de estos dones recibidos, la Iglesia peregrina en América
desea hacer partícipe de las riquezas de la fe y de la comunión
en Cristo a toda la sociedad y a cada uno de los hombres y mujeres que
habitan en el suelo americano.
La idea de celebrar esta Asamblea sinodal
2. Precisamente el mismo día en que se cumplían
los quinientos años del comienzo de la evangelización de
América, el 12 de octubre de 1992, con el deseo de abrir nuevos
horizontes y dar renovado impulso a la evangelización, en la alocución
con la que inauguré los trabajos de la IV Conferencia General del
Episcopado Latinoamericano en Santo Domingo, hice la propuesta de un encuentro
sinodal « en orden a incrementar la cooperación entre las
diversas Iglesias particulares » para afrontar juntas, dentro del
marco de la nueva evangelización y como expresión de comunión
episcopal, « los problemas relativos a la justicia y la solidaridad
entre todas las Naciones de América ».(3) La acogida positiva
que los Episcopados de América dieron a esta propuesta, me permitió
anunciar en la Carta apostólica Tertio millennio adveniente
el propósito de convocar una asamblea sinodal « sobre la problemática
de la nueva evangelización en las dos partes del mismo Continente,
tan diversas entre sí por su origen y su historia, y sobre la cuestión
de la justicia y de las relaciones económicas internacionales,
considerando la enorme desigualdad entre el Norte y el Sur ».(4)
Entonces se iniciaron los trabajos preparatorios propiamente dichos, hasta
llegar a la Asamblea Especial del Sínodo de los Obispos para América,
celebrada en el Vaticano del 16 de noviembre al 12 de diciembre de 1997.
El tema de la Asamblea
3. En coherencia con la idea inicial, y oídas las
sugerencias del Consejo presinodal, viva expresión del sentir de
muchos Pastores del pueblo de Dios en el Continente americano, enuncié
el tema de la Asamblea Especial del Sínodo para América
en los siguientes términos: « Encuentro con Jesucristo vivo,
camino para la conversión, la comunión y la solidaridad
en América ». El tema así formulado expresa claramente
la centralidad de la persona de Jesucristo resucitado, presente en la
vida de la Iglesia, que invita a la conversión, a la comunión
y a la solidaridad. El punto de partida de este programa evangelizador
es ciertamente el encuentro con el Señor. El Espíritu Santo,
don de Cristo en el misterio pascual, nos guía hacia las metas
pastorales que la Iglesia en América ha de alcanzar en el tercer
milenio cristiano.
La celebración de la Asamblea como experiencia
de encuentro
4. La experiencia vivida durante la Asamblea tuvo, sin
duda, el carácter de un encuentro con el Señor. Recuerdo
gustoso, de modo especial, las dos concelebraciones solemnes que presidí
en la Basílica de San Pedro para la inauguración y para
la clausura de los trabajos de la Asamblea. El encuentro con el Señor
resucitado, verdadera, real y substancialmente presente en la Eucaristía,
constituyó el clima espiritual que permitió que todos los
Obispos de la Asamblea sinodal se reconocieran, no sólo como hermanos
en el Señor, sino también como miembros del Colegio episcopal,
deseosos de seguir, presididos por el Sucesor de Pedro, las huellas del
Buen Pastor, sirviendo a la Iglesia que peregrina en todas las regiones
del Continente. Fue evidente para todos la alegría de cuantos participaron
en la Asamblea, al descubrir en ella una ocasión excepcional de
encuentro con el Señor, con el Vicario de Cristo, con tantos Obispos,
sacerdotes, consagrados y laicos venidos de todas las partes del Continente.
Sin duda, ciertos factores previos contribuyeron, de modo
mediato pero eficaz, a asegurar este clima de encuentro fraterno en la
Asamblea sinodal. En primer lugar, deben señalarse las experiencias
de comunión vividas anteriormente en las Asambleas Generales del
Episcopado Latinoamericano en Río de Janeiro (1955), Medellín
(1968), Puebla (1979) y Santo Domingo (1992). En ellas los Pastores de
la Iglesia en América Latina reflexionaron juntos como hermanos
sobre las cuestiones pastorales más apremiantes en esa región
del Continente. A estas Asambleas deben añadirse las reuniones
periódicas interamericanas de Obispos, en las cuales los participantes
tienen la posibilidad de abrirse al horizonte de todo el Continente, dialogando
sobre los problemas y desafíos comunes que afectan a la Iglesia
en los países americanos.
Contribuir a la unidad del Continente
5. En la primera propuesta que hice en Santo Domingo, sobre
la posibilidad de celebrar una Asamblea Especial del Sínodo, señalé
que « la Iglesia, ya a las puertas del tercer milenio cristiano y
en unos tiempos en que han caído muchas barreras y fronteras ideológicas,
siente como un deber ineludible unir espiritualmente aún más
a todos los pueblos que forman este gran Continente y, a la vez, desde
la misión religiosa que le es propia, impulsar un espíritu
solidario entre todos ellos ».(5) Los elementos comunes a todos los
pueblos de América, entre los que sobresale una misma identidad
cristiana así como también una auténtica búsqueda
del fortalecimiento de los lazos de solidaridad y comunión entre
las diversas expresiones del rico patrimonio cultural del Continente,
son el motivo decisivo por el que quise que la Asamblea Especial del Sínodo
de los Obispos dedicara sus reflexiones a América como una realidad
única. La opción de usar la palabra en singular quería
expresar no sólo la unidad ya existente bajo ciertos aspectos,
sino también aquel vínculo más estrecho al que aspiran
los pueblos del Continente y que la Iglesia desea favorecer, dentro del
campo de su propia misión dirigida a promover la comunión
de todos en el Señor.
En el contexto de la nueva evangelización
6. En la perspectiva del Gran Jubileo del año 2000
he querido que tuviera lugar una Asamblea Especial del Sínodo de
los Obispos para cada uno de los cinco Continentes: tras las dedicadas
a África (1994), América (1997), Asia (1998) y, muy recientemente,
Oceanía (1998), en este año de 1999 con la ayuda del Señor
se celebrará una nueva Asamblea Especial para Europa. De este modo,
durante el año jubilar, será posible una Asamblea General
Ordinaria que sintetice y saque las conclusiones de los ricos materiales
que las diversas Asambleas continentales han ido aportando. Esto será
posible por el hecho de que en todos estos Sínodos ha habido preocupaciones
semejantes y centros comunes de interés. En este sentido, refiriéndome
a esta serie de Asambleas sinodales, he señalado cómo en
todas « el tema de fondo es el de la evangelización, mejor
todavía, el de la nueva evangelización, cuyas bases fueron
fijadas por la Exhortación Apostólica Evangelii nuntiandi
de Pablo VI ».(6) Por ello, tanto en mi primera indicación
sobre la celebración de esta Asamblea Especial del Sínodo
como más tarde en su anuncio explícito, una vez que todos
los Episcopados de América hicieron suya la idea, indiqué
que sus deliberaciones habrían de discurrir « dentro del marco
de la nueva evangelización »,(7) afrontando los problemas
sobresalientes de la misma.(8)
Esta preocupación era más obvia ya que yo
mismo había formulado el primer programa de una nueva evangelización
en suelo americano. En efecto, cuando la Iglesia en toda América
se preparaba para recordar los quinientos años del comienzo de
la primera evangelización del Continente, hablando al Consejo Episcopal
Latinoamericano (CELAM) en Puerto Príncipe (Haití) afirmé:
« La conmemoración del medio milenio de evangelización
tendrá su significación plena si es un compromiso vuestro
como Obispos, junto con vuestro presbiterio y fieles; compromiso, no de
reevangelización, pero sí de una evangelización nueva.
Nueva en su ardor, en sus métodos, en su expresión ».(9)
Más tarde invité a toda la Iglesia a llevar a cabo esta
exhortación, aunque el programa evangelizador, al extenderse a
la gran diversidad que presenta hoy el mundo entero, debe diversificarse
según dos situaciones claramente diferentes: la de los países
muy afectados por el secularismo y la de aquellos otros donde « todavía
se conservan muy vivas las tradiciones de piedad y de religiosidad popular
cristiana ».(10) Se trata, sin duda, de dos situaciones presentes,
en grado diverso, en diferentes países o, quizás mejor,
en diversos ambientes concretos dentro de los países del Continente
americano.
Con la presencia y la ayuda del Señor
7. El mandato de evangelizar, que el Señor resucitado
dejó a su Iglesia, va acompañado por la seguridad, basada
en su promesa, de que Él sigue viviendo y actuando entre nosotros:
« He aquí que yo estoy con vosotros todos los días
hasta el fin del mundo » (Mt 28, 20). Esta presencia misteriosa
de Cristo en su Iglesia es la garantía de su éxito en la
realización de la misión que le ha sido confiada. Al mismo
tiempo, esa presencia hace también posible nuestro encuentro con
Él, como Hijo enviado por el Padre, como Señor de la Vida
que nos comunica su Espíritu. Un encuentro renovado con Jesucristo
hará conscientes a todos los miembros de la Iglesia en América
de que están llamados a continuar la misión del Redentor
en esas tierras.
El encuentro personal con el Señor, si es auténtico,
llevará también consigo la renovación eclesial: las
Iglesias particulares del Continente, como Iglesias hermanas y cercanas
entre sí, acrecentarán los vínculos de cooperación
y solidaridad para prolongar y hacer más viva la obra salvadora
de Cristo en la historia de América. En una actitud de apertura
a la unidad, fruto de una verdadera comunión con el Señor
resucitado, las Iglesias particulares, y en ellas cada uno de sus miembros,
descubrirán, a través de la propia experiencia espiritual
que el « encuentro con Jesucristo vivo » es « camino para
la conversión, la comunión y la solidaridad ». Y, en
la medida en que estas metas vayan siendo alcanzadas, será posible
una dedicación cada vez mayor a la nueva evangelización
de América.
CAPÍTULO I
EL ENCUENTRO CON JESUCRISTO VIVO
« Hemos encontrado al Mesías »
(Jn 1, 41)
Los encuentros con el Señor en el Nuevo Testamento
8. Los Evangelios relatan numerosos encuentros de Jesús
con hombres y mujeres de su tiempo. Una característica común
a todos estos episodios es la fuerza transformadora que tienen y manifiestan
los encuentros con Jesús, ya que « abren un auténtico
proceso de conversión, comunión y solidaridad ».(11)
Entre los más significativos está el de la mujer samaritana
(cf. Jn 4, 5-42). Jesús la llama para saciar su sed, que
no era sólo material, pues, en realidad, « el que pedía
beber, tenía sed de la fe de la misma mujer ».(12) Al decirle,
« dame de beber » (Jn 4, 7), y al hablarle del agua viva,
el Señor suscita en la samaritana una pregunta, casi una oración,
cuyo alcance real supera lo que ella podía comprender en aquel
momento: « Señor, dame de esa agua, para que no tenga más
sed » (Jn 4, 15). La samaritana, aunque « todavía
no entendía »,(13) en realidad estaba pidiendo el agua viva
de que le hablaba su divino interlocutor. Al revelarle Jesús su
mesianidad (cf. Jn 4, 26), la samaritana se siente impulsada a
anunciar a sus conciudadanos que ha descubierto el Mesías (cf.
Jn 4, 28-30). Así mismo, cuando Jesús encuentra a
Zaqueo (cf. Lc 19, 1-10) el fruto más preciado es su conversión:
éste, consciente de las injusticias que ha cometido, decide devolver
con creces « el cuádruple » a quienes había
defraudado. Además, asume una actitud de desprendimiento de las
cosas materiales y de caridad hacia los necesitados, que lo lleva a dar
a los pobres la mitad de sus bienes.
Una mención especial merecen los encuentros con
Cristo resucitado narrados en el Nuevo Testamento. Gracias a su encuentro
con el Resucitado, María Magdalena supera el desaliento y la tristeza
causados por la muerte del Maestro (cf. Jn 20, 11-18). En su nueva
dimensión pascual, Jesús la envía a anunciar a los
discípulos que Él ha resucitado (cf. Jn 20, 17).
Por este hecho se ha llamado a María Magdalena « la apóstol
de los apóstoles ».(14) Por su parte, los discípulos
de Emaús, después de encontrar y reconocer al Señor
resucitado, vuelven a Jerusalén para contar a los apóstoles
y a los demás discípulos lo que les había sucedido
(cf. Lc 24, 13-35). Jesús, «empezando por Moisés
y continuando por todos los profetas, les explicó lo que había
sobre él en todas las Escrituras» (Lc 24, 27). Los
dos discípulos reconocerían más tarde que su corazón
ardía mientras el Señor les hablaba en el camino explicándoles
las Escrituras (cf. Lc 24, 32). No hay duda de que san Lucas al
narrar este episodio, especialmente el momento decisivo en que los dos
discípulos reconocen a Jesús, hace una alusión explícita
a los relatos de la institución de la Eucaristía, es decir,
al modo como Jesús actuó en la Última Cena (cf. Lc
24, 30). El evangelista, para relatar lo que los discípulos de
Emaús cuentan a los Once, utiliza una expresión que en la
Iglesia naciente tenía un significado eucarístico preciso:
« Le habían conocido en la fracción del pan »
(Lc 24, 35).
Entre los encuentros con el Señor resucitado, uno
de los que han tenido un influjo decisivo en la historia del cristianismo
es, sin duda, la conversión de Saulo, el futuro Pablo y apóstol
de los gentiles, en el camino de Damasco. Allí tuvo lugar el cambio
radical de su existencia, de perseguidor a apóstol (cf. Hch
9, 3-30; 22, 6-11; 26, 12-18). El mismo Pablo habla de esta extraordinaria
experiencia como de una revelación del Hijo de Dios « para
que le anunciase entre los gentiles » (Ga 1, 16).
La invitación del Señor respeta siempre la
libertad de los que llama. Hay casos en que el hombre, al encontrarse
con Jesús, se cierra al cambio de vida al que Él lo invita.
Fueron numerosos los casos de contemporáneos de Jesús que
lo vieron y oyeron, y, sin embargo, no se abrieron a su palabra. El Evangelio
de san Juan señala el pecado como la causa que impide al ser humano
abrirse a la luz que es Cristo: « Vino la luz al mundo y los hombres
amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas
» (Jn 3, 19). Los textos evangélicos enseñan
que el apego a las riquezas es un obstáculo para acoger el llamado
a un seguimiento generoso y pleno de Jesús. Típico es, a
este respecto, el caso del joven rico (cf. Mt 19, 16-22; Mc
10, 17-22; Lc 18, 18-23).
Encuentros personales y encuentros comunitarios
9. Algunos encuentros con Jesús, narrados en los
Evangelios, son claramente personales como, por ejemplo, las llamadas
vocacionales (cf. Mt 4, 19; 9, 9; Mc 10, 21; Lc 9,
59). En ellos Jesús trata con intimidad a sus interlocutores: «
Rabbí que quiere decir Maestro ¿dónde
vives? » [...] « Venid y lo veréis » (Jn
1, 38-39). Otras veces, en cambio, los encuentros tienen un carácter
comunitario. Así son, en concreto, los encuentros con los Apóstoles,
que tienen una importancia fundamental para la constitución de
la Iglesia. En efecto, los Apóstoles, elegidos por Jesús
de entre un grupo más amplio de discípulos (cf. Mc 3,
13-19; Lc 6, 12-16), son objeto de una formación especial
y de una comunicación más íntima. A la multitud Jesús
le habla en parábolas que sólo explica a los Doce: «
Es que a vosotros se os ha dado a conocer los misterios del Reino de los
Cielos, pero a ellos no » (Mt 13, 11). Los Apóstoles
están llamados a ser los anunciadores de la Buena Nueva y a desarrollar
una misión especial para edificar la Iglesia con la gracia de los
Sacramentos. Para este fin, reciben la potestad necesaria: les da el poder
de perdonar los pecados apelando a la plenitud de ese mismo poder en el
cielo y en la tierra que el Padre le ha dado (cf. Mt 28, 18). Ellos
serán los primeros en recibir el don del Espíritu Santo
(cf. Hch 2, 1-4), don que recibirán más tarde quienes
se incorporen a la Iglesia por los sacramentos de la iniciación
cristiana (cf. Hch 2, 38).
El encuentro con Cristo en el tiempo de la Iglesia
10. La Iglesia es el lugar donde los hombres, encontrando
a Jesús, pueden descubrir el amor del Padre: en efecto, el que
ha visto a Jesús ha visto al Padre (cf. Jn 14, 9). Jesús,
después de su ascensión al cielo, actúa mediante
la acción poderosa del Paráclito (cf. Jn 16, 7),
que transforma a los creyentes dándoles la nueva vida. De este
modo ellos llegan a ser capaces de amar con el mismo amor de Dios, «
que ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo
que se nos ha dado » (Rm 5, 5). La gracia divina prepara,
además, a los cristianos a ser agentes de la transformación
del mundo, instaurando en él una nueva civilización, que
mi predecesor Pablo VI llamó justamente « civilización
del amor ».(15)
En efecto, « el Verbo de Dios, asumiendo en todo la
naturaleza humana menos en el pecado (cf. Hb 4, 11), manifiesta
el plan del Padre, de revelar a la persona humana el modo de llegar a
la plenitud de su propia vocación [...] Así, Jesús
no sólo reconcilia al hombre con Dios, sino que lo reconcilia también
consigo mismo, revelándole su propia naturaleza ».(16) Con
estas palabras los Padres sinodales, en la línea del Concilio Vaticano
II, han reafirmado que Jesús es el camino a seguir para llegar
a la plena realización personal, que culmina en el encuentro definitivo
y eterno con Dios. « Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie
va al Padre sino por mí » (Jn 14, 6). Dios nos «
predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que fuera él
el primogénito entre muchos hermanos » (Rm 8, 29).
Jesucristo es, pues, la respuesta definitiva a la pregunta sobre el sentido
de la vida y a los interrogantes fundamentales que asedian también
hoy a tantos hombres y mujeres del continente americano.
Por medio de María encontramos a Jesús
11. Cuando nació Jesús, los magos de Oriente
acudieron a Belén y « vieron al Niño con María
su Madre » (Mt 2, 11). Al inicio de la vida pública,
en las bodas de Caná, cuando el Hijo de Dios realizó el
primero de sus signos, suscitando la fe de los discípulos (Jn
2, 11), es María la que interviene y orienta a los servidores hacia
su Hijo con estas palabras: « Haced lo que él os diga »
(Jn 2, 5). A este respecto, he escrito en otra ocasión:
« La Madre de Cristo se presenta ante los hombres como portavoz de
la voluntad del Hijo, indicadora de aquellas exigencias que deben cumplirse
para que pueda manifestarse el poder salvífico del Mesías
».(17) Por eso, María es un camino seguro para encontrar a
Cristo. La piedad hacia la Madre del Señor, cuando es auténtica,
anima siempre a orientar la propia vida según el espíritu
y los valores del Evangelio.
¿Cómo no poner de relieve el papel que la Virgen
tiene respecto a la Iglesia peregrina en América, en camino al
encuentro con el Señor? En efecto, la Santísima Virgen,
« de manera especial, está ligada al nacimiento de la Iglesia
en la historia de [...] los pueblos de América, que por María
llegaron al encuentro con el Señor ».(18)
En todas las partes del Continente la presencia de la Madre
de Dios ha sido muy intensa desde los días de la primera evangelización,
gracias a la labor de los misioneros. En su predicación, «
el Evangelio ha sido anunciado presentando a la Virgen María como
su realización más alta. Desde los orígenes en
su advocación de Guadalupe María constituyó
el gran signo, de rostro maternal y misericordioso, de la cercanía
del Padre y de Cristo, con quienes ella nos invita a entrar en comunión
».(19)
La aparición de María al indio Juan Diego
en la colina del Tepeyac, el año 1531, tuvo una repercusión
decisiva para la evangelización.(20) Este influjo va más
allá de los confines de la nación mexicana, alcanzando todo
el Continente. Y América, que históricamente ha sido y es
crisol de pueblos, ha reconocido « en el rostro mestizo de la Virgen
del Tepeyac, [...] en Santa María de Guadalupe, [...] un gran ejemplo
de evangelización perfectamente inculturada ».(21) Por eso,
no sólo en el Centro y en el Sur, sino también en el Norte
del Continente, la Virgen de Guadalupe es venerada como Reina de toda
América.(22)
A lo largo del tiempo ha ido creciendo cada vez más
en los Pastores y fieles la conciencia del papel desarrollado por la Virgen
en la evangelización del Continente. En la oración compuesta
para la Asamblea Especial del Sínodo de los Obispos para América,
María Santísima de Guadalupe es invocada como « Patrona
de toda América y Estrella de la primera y de la nueva evangelización
». En este sentido, acojo gozoso la propuesta de los Padres sinodales
de que el día 12 de diciembre se celebre en todo el Continente
la fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe, Madre y Evangelizadora
de América.(23) Abrigo en mi corazón la firme esperanza
de que ella, a cuya intercesión se debe el fortalecimiento de la
fe de los primeros discípulos (cf. Jn 2, 11), guíe
con su intercesión maternal a la Iglesia en este Continente, alcanzándole
la efusión del Espíritu Santo como en la Iglesia naciente
(cf. Hch 1, 14), para que la nueva evangelización produzca
un espléndido florecimiento de vida cristiana.
Lugares de encuentro con Cristo
12. Contando con el auxilio de María, la Iglesia
en América desea conducir a los hombres y mujeres de este Continente
al encuentro con Cristo, punto de partida para una auténtica conversión
y para una renovada comunión y solidaridad. Este encuentro contribuirá
eficazmente a consolidar la fe de muchos católicos, haciendo que
madure en fe convencida, viva y operante.
Para que la búsqueda de Cristo presente en su Iglesia
no se reduzca a algo meramente abstracto, es necesario mostrar los lugares
y momentos concretos en los que, dentro de la Iglesia, es posible encontrarlo.
La reflexión de los Padres sinodales a este respecto ha sido rica
en sugerencias y observaciones.
Ellos han señalado, en primer lugar, « la Sagrada
Escritura leída a la luz de la Tradición, de los Padres
y del Magisterio, profundizada en la meditación y la oración
».(24) Se ha recomendado fomentar el conocimiento de los Evangelios,
en los que se proclama, con palabras fácilmente accesibles a todos,
el modo como Jesús vivió entre los hombres. La lectura de
estos textos sagrados, cuando se escucha con la misma atención
con que las multitudes escuchaban a Jesús en la ladera del monte
de las Bienaventuranzas o en la orilla del lago de Tiberíades mientras
predicaba desde la barca, produce verdaderos frutos de conversión
del corazón.
Un segundo lugar para el encuentro con Jesús es
la sagrada Liturgia.(25) Al Concilio Vaticano II debemos una riquísima
exposición de las múltiples presencias de Cristo en la Liturgia,
cuya importancia debe llevar a hacer de ello objeto de una constante predicación:
Cristo está presente en el celebrante que renueva en el altar el
mismo y único sacrificio de la Cruz; está presente en los
Sacramentos en los que actúa su fuerza eficaz. Cuando se proclama
su palabra, es Él mismo quien nos habla. Está presente además
en la comunidad, en virtud de su promesa: « Donde están dos
o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos »
(Mt 18, 20). Está presente « sobre todo bajo las especies
eucarísticas ».(26) Mi predecesor Pablo VI creyó necesario
explicar la singularidad de la presencia real de Cristo en la Eucaristía,
que « se llama real no por exclusión, como si
las otras presencias no fueran reales, sino por antonomasia,
porque es substancial ».(27) Bajo las especies de pan y vino, «
Cristo todo entero está presente en su realidad física
aún corporalmente ».(28)
La Escritura y la Eucaristía, como lugares de encuentro
con Cristo, están sugeridas en el relato de la aparición
del Resucitado a los dos discípulos de Emaús. Además,
el texto del Evangelio sobre el juicio final (cf. Mt 25, 31-46),
en el que se afirma que seremos juzgados sobre el amor a los necesitados,
en quienes misteriosamente está presente el Señor Jesús,
indica que no se debe descuidar un tercer lugar de encuentro con Cristo:
« Las personas, especialmente los pobres, con los que Cristo se identifica
».(29) Como recordaba el Papa Pablo VI, al clausurar el Concilio
Vaticano II, « en el rostro de cada hombre, especialmente si se ha
hecho transparente por sus lágrimas y por sus dolores, podemos
y debemos reconocer el rostro de Cristo (cf. Mt 25, 40), el Hijo
del hombre ».(30)
CAPITULO II
EL ENCUENTRO CON JESUCRISTO
EN EL HOY DE AMERICA
« A quien se le dio mucho, se le reclamará
mucho » (Lc 12, 48)
Situación de los hombres y mujeres de América
y su encuentro con el Señor
13. En los Evangelios se narran encuentros con Cristo de
personas en situaciones muy diferentes. A veces se trata de situaciones
de pecado, que dejan entrever la necesidad de la conversión y del
perdón del Señor. En otras circunstancias se dan actitudes
positivas de búsqueda de la verdad, de auténtica confianza
en Jesús, que llevan a establecer una relación de amistad
con Él, y que estimulan el deseo de imitarlo. No pueden olvidarse
tampoco los dones con los que el Señor prepara a algunos para un
encuentro posterior. Así Dios, haciendo a María « llena
de gracia » (Lc 1, 28) desde el primer momento, la preparó
para que en ella tuviera lugar el más importante encuentro divino
con la naturaleza humana: el misterio inefable de la Encarnación.
Como los pecados y las virtudes sociales no existen en
abstracto, sino que son el resultado de actos personales,(31) es necesario
tener presente que América es hoy una realidad compleja, fruto
de las tendencias y modos de proceder de los hombres y mujeres que lo
habitan. En esta situación real y concreta es donde ellos han de
encontrarse con Jesús.
Identidad cristiana de América
14. El mayor don que América ha recibido del Señor
es la fe, que ha ido forjando su identidad cristiana. Hace ya más
de quinientos años que el nombre de Cristo comenzó a ser
anunciado en el Continente. Fruto de la evangelización, que ha
acompañado los movimientos migratorios desde Europa, es la fisonomía
religiosa americana, impregnada de los valores morales que, si bien no
siempre se han vivido coherentemente y en ocasiones se han puesto en discusión,
pueden considerarse en cierto modo patrimonio de todos los habitantes
de América, incluso de quienes no se identifican con ellos. Es
claro que la identidad cristiana de América no puede considerarse
como sinónimo de identidad católica. La presencia de otras
confesiones cristianas en grado mayor o menor en diferentes partes de
América, hace especialmente urgente el compromiso ecuménico,
para buscar la unidad entre todos los creyentes en Cristo.(32)
Frutos de santidad
15. La expresión y los mejores frutos de la identidad
cristiana de América son sus santos. En ellos, el encuentro con
Cristo vivo « es tan profundo y comprometido [...] que se convierte
en fuego que lo consume todo, e impulsa a construir su Reino, a hacer
que Él y la nueva alianza sean el sentido y el alma de [...] la
vida personal y comunitaria ».(33) América ha visto florecer
los frutos de la santidad desde los comienzos de su evangelización.
Este es el caso de santa Rosa de Lima (1586-1617), « la primera flor
de santidad en el Nuevo Mundo », proclamada patrona principal de
América en 1670 por el Papa Clemente X.(34) Después de ella,
el santoral americano se ha ido incrementando hasta alcanzar su amplitud
actual.(35) Las beatificaciones y canonizaciones, con las que no pocos
hijos e hijas del Continente han sido elevados al honor de los altares,
ofrecen modelos heroicos de vida cristiana en la diversidad de estados
de vida y de ambientes sociales. La Iglesia, al beatificarlos o canonizarlos,
ve en ellos a poderosos intercesores unidos a Jesucristo, sumo y eterno
Sacerdote, mediador entre Dios y los hombres. Los Beatos y Santos de América
acompañan con solicitud fraterna a los hombres y mujeres de su
tierra que, entre gozos y sufrimientos, caminan hacia el encuentro definitivo
con el Señor.(36) Para fomentar cada vez más su imitación
y para que los fieles recurran de una manera más frecuente y fructuosa
a su intercesión, considero muy oportuna la propuesta de los Padres
sinodales de preparar « una colección de breves biografías
de los Santos y Beatos americanos. Esto puede iluminar y estimular en
América la respuesta a la vocación universal a la santidad
».(37)
Entre sus Santos, « la historia de la evangelización
de América reconoce numerosos mártires, varones y mujeres,
tanto Obispos, como presbíteros, religiosos y laicos, que con su
sangre regaron [...] [estas] naciones. Ellos, como nube de testigos (cf.
Hb 12, 1), nos estimulan para que asumamos hoy, sin temor y ardorosamente,
la nueva evangelización ».(38) Es necesario que sus ejemplos
de entrega sin límites a la causa del Evangelio sean no sólo
preservados del olvido, sino más conocidos y difundidos entre los
fieles del Continente. Al respecto, escribía en la Tertio millennio
adveniente: « Las Iglesias locales hagan todo lo posible por
no perder el recuerdo de quienes han sufrido el martirio, recogiendo para
ello la documentación necesaria ».(39)
La piedad popular
16. Una característica peculiar de América
es la existencia de una piedad popular profundamente enraizada en sus
diversas naciones. Está presente en todos los niveles y sectores
sociales, revistiendo una especial importancia como lugar de encuentro
con Cristo para todos aquellos que con espíritu de pobreza y humildad
de corazón buscan sinceramente a Dios (cf. Mt 11, 25). Las
expresiones de esta piedad son numerosas: « Las peregrinaciones a
los santuarios de Cristo, de la Santísima Virgen y de los santos,
la oración por las almas del purgatorio, el uso de sacramentales
(agua, aceite, cirios...). Éstas y tantas otras expresiones de
la piedad popular ofrecen oportunidad para que los fieles encuentren a
Cristo viviente ».(40) Los Padres sinodales han subrayado la urgencia
de descubrir, en las manifestaciones de la religiosidad popular, los verdaderos
valores espirituales, para enriquecerlos con los elementos de la genuina
doctrina católica, a fin de que esta religiosidad lleve a un compromiso
sincero de conversión y a una experiencia concreta de caridad.(41)
La piedad popular, si está orientada convenientemente, contribuye
también a acrecentar en los fieles la conciencia de pertenecer
a la Iglesia, alimentando su fervor y ofreciendo así una respuesta
válida a los actuales desafíos de la secularización.(42)
Ya que en América la piedad popular es expresión
de la inculturación de la fe católica y muchas de sus manifestaciones
han asumido formas religiosas autóctonas, es oportuno destacar
la posibilidad de sacar de ellas, con clarividente prudencia, indicaciones
válidas para una mayor inculturación del Evangelio.(43)
Ello es especialmente importante entre las poblaciones indígenas,
para que « las semillas del Verbo » presentes en sus culturas
lleguen a su plenitud en Cristo.(44) Lo mismo debe decirse de los americanos
de origen africano. La Iglesia « reconoce que tiene la obligación
de acercarse a estos americanos a partir de su cultura, considerando seriamente
las riquezas espirituales y humanas de esta cultura que marca su modo
de celebrar el culto, su sentido de alegría y de solidaridad, su
lengua y sus tradiciones ».(45)
Presencia católico-oriental en América
17. La inmigración a América es casi una
constante de su historia desde los comienzos de la evangelización
hasta nuestros días. Dentro de este complejo fenómeno debe
señalarse que, en los últimos tiempos, diversas regiones
de América han acogido a numerosos miembros de las Iglesias católicas
orientales que, por diversas causas, han abandonado sus territorios de
origen. Un primer movimiento migratorio procedía, sobre todo, de
Ucrania occidental; posteriormente se ha extendido a las naciones del
Medio Oriente. De este modo, ha sido necesaria pastoralmente la creación
de una jerarquía católica oriental para estos fieles inmigrantes
y para sus descendientes. Las normas emanadas por el Concilio Vaticano
II, que los Padres sinodales han recordado, reconocen que las Iglesias
orientales « tienen derecho y obligación de regirse según
sus respectivas disciplinas peculiares », ya que tienen la misión
de dar testimonio de una antiquísima tradición doctrinal,
litúrgica y monástica. Por otra parte, dichas Iglesias deben
conservar sus propias disciplinas, ya que éstas « son más
adaptadas a las costumbres de sus fieles y resultan más adecuadas
para procurar el bien de las almas ».(46) Si la Comunidad eclesial
universal necesita la sinergia entre las Iglesias particulares
de Oriente y de Occidente para poder respirar con sus dos pulmones, en
la esperanza de lograr hacerlo plenamente a través de la perfecta
comunión entre la Iglesia católica y las orientales separadas,(47)
hay que alegrarse por la reciente implantación de Iglesias orientales
junto a las latinas, establecidas allí desde el principio, porque
de este modo puede manifestarse mejor la catolicidad de la Iglesia del
Señor.(48)
La Iglesia en el campo de la educación y de
la acción social
18. Entre los factores que favorecen la influencia de la
Iglesia en la formación cristiana de los americanos, debe señalarse
su amplia presencia en el campo de la educación y, de modo especial,
en el mundo universitario. Las numerosas Universidades católicas
diseminadas por el Continente son un rasgo característico de la
vida eclesial en América. Así mismo, en la enseñanza
primaria y secundaria el alto número de escuelas católicas
ofrece la posibilidad de una acción evangelizadora de alcance muy
amplio, siempre que vaya acompañada por una decidida voluntad de
impartir una educación verdaderamente cristiana.(49)
Otro campo importante en el que la Iglesia está
presente en toda América es el de la asistencia caritativa y social.
Las múltiples iniciativas para la atención de los ancianos,
los enfermos y de cuantos están necesitados de auxilio en asilos,
hospitales, dispensarios, comedores gratuitos y otros centros sociales,
son testimonio palpable del amor preferencial por los pobres que la Iglesia
en América lleva adelante movida por el amor a su Señor
y consciente de que « Jesús se ha identificado con ellos (cf.
Mt 25, 31-46) ».(50) En esta tarea, que no conoce fronteras,
la Iglesia ha sabido crear una conciencia de solidaridad concreta entre
las diversas comunidades del Continente y del mundo entero, manifestando
así la fraternidad que debe caracterizar a los cristianos de todo
tiempo y lugar.
El servicio a los pobres, para que sea evangélico
y evangelizador, ha de ser fiel reflejo de la actitud de Jesús,
que vino « para anunciar a los pobres la Buena Nueva » (Lc
4, 18). Realizado con este espíritu, llega a ser manifestación
del amor infinito de Dios por todos los hombres y un modo elocuente de
transmitir la esperanza de salvación que Cristo ha traído
al mundo, y que resplandece de manera particular cuando es comunicada
a los abandonados y desechados de la sociedad.
Esta constante dedicación a los pobres y desheredados
se refleja en el Magisterio social de la Iglesia, que no se cansa de invitar
a la comunidad cristiana a comprometerse en la superación de toda
forma de explotación y opresión. En efecto, se trata no
sólo de aliviar las necesidades más graves y urgentes mediante
acciones individuales y esporádicas, sino de poner de relieve las
raíces del mal, proponiendo intervenciones que den a las estructuras
sociales, políticas y económicas una configuración
más justa y solidaria.
Creciente respeto de los derechos humanos
19. En el ámbito civil, pero con implicaciones morales
inmediatas, debe señalarse entre los aspectos positivos de la América
actual la creciente implantación en todo el Continente de sistemas
políticos democráticos y la progresiva reducción
de regímenes dictatoriales. La Iglesia ve con agrado esta evolución,
en la medida en que esto favorezca cada vez más un evidente respeto
de los derechos de cada uno, incluidos los del procesado y del reo, respecto
a los cuales no es legítimo el recurso a métodos de detención
y de interrogatorio pienso concretamente en la tortura lesivos
de la dignidad humana. En efecto, « el Estado de Derecho es la condición
necesaria para establecer una verdadera democracia ».(51)
Por otra parte, la existencia de un Estado de Derecho implica
en los ciudadanos y, más aún, en la clase dirigente el convencimiento
de que la libertad no puede estar desvinculada de la verdad.(52) En efecto,
« los graves problemas que amenazan la dignidad de la persona humana,
la familia, el matrimonio, la educación, la economía y las
condiciones de trabajo, la calidad de la vida y la vida misma, proponen
la cuestión del Derecho ».(53) Los Padres sinodales han subrayado
con razón que « los derechos fundamentales de la persona humana
están inscritos en su misma naturaleza, son queridos por Dios y,
por tanto, exigen su observancia y aceptación universal. Ninguna
autoridad humana puede transgredirlos apelando a la mayoría o a
los consensos políticos, con el pretexto de que así se respetan
el pluralismo y la democracia. Por ello, la Iglesia debe comprometerse
en formar y acompañar a los laicos que están presentes en
los órganos legislativos, en el gobierno y en la administración
de la justicia, para que las leyes expresen siempre los principios y los
valores morales que sean conformes con una sana antropología y
que tengan presente el bien común ».(54)
El fenómeno de la globalización
20. Una característica del mundo actual es la tendencia
a la globalización, fenómeno que, aun no siendo exclusivamente
americano, es más perceptible y tiene mayores repercusiones en
América. Se trata de un proceso que se impone debido a la mayor
comunicación entre las diversas partes del mundo, llevando prácticamente
a la superación de las distancias, con efectos evidentes en campos
muy diversos.
Desde el punto de vista ético, puede tener una valoración
positiva o negativa. En realidad, hay una globalización económica
que trae consigo ciertas consecuencias positivas, como el fomento de la
eficiencia y el incremento de la producción, y que, con el desarrollo
de las relaciones entre los diversos países en lo económico,
puede fortalecer el proceso de unidad de los pueblos y realizar mejor
el servicio a la familia humana. Sin embargo, si la globalización
se rige por las meras leyes del mercado aplicadas según las conveniencias
de los poderosos, lleva a consecuencias negativas. Tales son, por ejemplo,
la atribución de un valor absoluto a la economía, el desempleo,
la disminución y el deterioro de ciertos servicios públicos,
la destrucción del ambiente y de la naturaleza, el aumento de las
diferencias entre ricos y pobres, y la competencia injusta que coloca
a las naciones pobres en una situación de inferioridad cada vez
más acentuada.(55) La Iglesia, aunque reconoce los valores positivos
que la globalización comporta, mira con inquietud los aspectos
negativos derivados de ella.
¿Y qué decir de la globalización cultural
producida por la fuerza de los medios de comunicación social? Éstos
imponen nuevas escalas de valores por doquier, a menudo arbitrarios y
en el fondo materialistas, frente a los cuales es muy difícil mantener
viva la adhesión a los valores del Evangelio.
La urbanización creciente
21. El fenómeno de la urbanización continúa
creciendo también en América. Desde hace algunos lustros
el Continente está viviendo un éxodo constante del campo
a la ciudad. Se trata de un fenómeno complejo, ya descrito por
mi predecesor Pablo VI.(56) Las causas de este fenómeno son varias,
pero entre ellas sobresale principalmente la pobreza y el subdesarrollo
de las zonas rurales, donde con frecuencia faltan los servicios, las comunicaciones,
las estructuras educativas y sanitarias. La ciudad, además, con
las características de diversión y bienestar con que no
pocas veces la presentan los medios de comunicación social, ejerce
un atractivo especial para las gentes sencillas del campo.
La frecuente falta de planificación en este proceso
acarrea muchos males. Como han señalado los Padres sinodales, «
en ciertos casos, algunas partes de las ciudades son como islas en las
que se acumula la violencia, la delincuencia juvenil y la atmósfera
de desesperación ».(57) El fenómeno de la urbanización
presenta asimismo grandes desafíos a la acción pastoral
de la Iglesia, que ha de hacer frente al desarraigo cultural, la pérdida
de costumbres familiares y al alejamiento de las propias tradiciones religiosas,
que no pocas veces lleva al naufragio de la fe, privada de aquellas manifestaciones
que contribuían a sostenerla.
Evangelizar la cultura urbana es, pues, un reto apremiante
para la Iglesia, que así como supo evangelizar la cultura rural
durante siglos, está hoy llamada a llevar a cabo una evangelización
urbana metódica y capilar mediante la catequesis, la liturgia y
las propias estructuras pastorales.(58)
El peso de la deuda externa
22. Los Padres sinodales han manifestado su preocupación
por la deuda externa que afecta a muchas naciones americanas, expresando
de este modo su solidaridad con las mismas. Ellos llaman justamente la
atención de la opinión pública sobre la complejidad
del tema, reconociendo « que la deuda es frecuentemente fruto de
la corrupción y de la mala administración ».(59) En
el espíritu de la reflexión sinodal, este reconocimiento
no pretende concentrar en un sólo polo las responsabilidades de
un fenómeno que es sumamente complejo en su origen y en sus soluciones.(60)
En efecto, entre las múltiples causas que han llevado
a una deuda externa abrumadora deben señalarse no sólo los
elevados intereses, fruto de políticas financieras especulativas,
sino también la irresponsabilidad de algunos gobernantes que, al
contraer la deuda, no reflexionaron suficientemente sobre las posibilidades
reales de pago, con el agravante de que sumas ingentes obtenidas mediante
préstamos internacionales se han destinado a veces al enriquecimiento
de personas concretas, en vez de ser dedicadas a sostener los cambios
necesarios para el desarrollo del país. Por otra parte, sería
injusto que las consecuencias de estas decisiones irresponsables pesaran
sobre quienes no las tomaron. La gravedad de la situación es aún
más comprensible, si se tiene en cuenta que « ya el mero pago
de los intereses es un peso sobre la economía de las naciones pobres,
que quita a las autoridades la disponibilidad del dinero necesario para
el desarrollo social, la educación, la sanidad y la institución
de un depósito para crear trabajo ».(61)
La corrupción
23. La corrupción, frecuentemente presente entre
las causas de la agobiante deuda externa, es un problema grave que debe
ser considerado atentamente. La corrupción « sin guardar límites,
afecta a las personas, a las estructuras públicas y privadas de
poder y a las clases dirigentes ». Se trata de una situación
que « favorece la impunidad y el enriquecimiento ilícito,
la falta de confianza con respecto a las instituciones políticas,
sobre todo en la administración de la justicia y en la inversión
pública, no siempre clara, igual y eficaz para todos ».(62)
A este propósito, deseo recordar cuanto escribí
en el Mensaje para la Jornada mundial de la Paz de 1998, que la
lacra de la corrupción ha de ser denunciada y combatida con valentía
por quienes detentan la autoridad y con la « colaboración
generosa de todos los ciudadanos, sostenidos por una fuerte conciencia
moral ».(63) Los adecuados organismos de control y la transparencia
de las transacciones económicas y financieras previenen ulteriormente
y evitan en muchos casos que se extienda la corrupción, cuyas consecuencias
nefastas recaen principalmente sobre los más pobres y desvalidos.
Son además los pobres los primeros en sufrir los retrasos, la ineficiencia,
la ausencia de una defensa adecuada y las carencias estructurales, cuando
la administración de la justicia es corrupta.
Comercio y consumo de drogas
24. El comercio y el consumo de drogas son una seria amenaza
para las estructuras sociales de las naciones en América. Esto
« contribuye a los crímenes y a la violencia, a la destrucción
de la vida familiar, a la destrucción física y emocional
de muchos individuos y comunidades, sobre todo entre los jóvenes.
Corroe la dimensión ética del trabajo y contribuye a aumentar
el número de personas en las cárceles, en una palabra, a
la degradación de la persona en cuanto creada a imagen de Dios
».(64) Este nefasto comercio lleva también « a destruir
gobiernos, corroyendo la seguridad económica y la estabilidad de
las naciones ».(65) Estamos ante uno de los desafíos más
apremiantes a los que deben enfrentarse muchas naciones del mundo. En
efecto, es un desafío que hipoteca gran parte de los logros obtenidos
en los últimos tiempos para el progreso de la humanidad. Para algunas
naciones de América, la producción, el tráfico y
el consumo de drogas son factores que comprometen su prestigio internacional,
porque limitan su credibilidad y dificultan la deseada colaboración
con otros países, tan necesaria en nuestros días para el
desarrollo armónico de cada pueblo.
Preocupación por la ecología
25. « Y vio Dios que estaba bien » (Gn
1, 25). Estas palabras que leemos en el primer capítulo del Libro
del Génesis, muestran el sentido de la obra realizada por Él.
El Creador confía al hombre, coronación de toda la obra
de la creación, el cuidado de la tierra (cf. Gn 2, 15).
De aquí surgen obligaciones muy concretas para cada persona relativas
a la ecología. Su cumplimiento supone la apertura a una perspectiva
espiritual y ética, que supere las actitudes y « los estilos
de vida conducidos por el egoísmo que llevan al agotamiento de
los recursos naturales ».(66)
Incluso en este sector, hoy tan actual, es muy importante
la intervención de los creyentes. Es necesaria la colaboración
de todos los hombres de buena voluntad con las instancias legislativas
y de gobierno para conseguir una protección eficaz del medio ambiente,
considerado como don de Dios. ¡Cuántos abusos y daños
ecológicos se dan también en muchas regiones americanas!
Baste pensar en la emisión incontrolada de gases nocivos o en el
dramático fenómeno de los incendios forestales, provocados
a veces intencionadamente por personas movidas por intereses egoístas.
Estas devastaciones pueden conducir a una verdadera desertización
de no pocas zonas de América, con las inevitables secuelas de hambre
y miseria. El problema se plantea, con especial intensidad, en la selva
amazónica, inmenso territorio que abarca varias naciones: del Brasil
a la Guayana, a Surinam, Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú y Bolivia.(67)
Es uno de los espacios naturales más apreciados en el mundo por
su diversidad biológica, siendo vital para el equilibrio ambiental
de todo el planeta.
CAPÍTULO III
CAMINO DE CONVERSIÓN
« Arrepentíos, pues, y convertíos
» (Hch 3, 19)
Urgencia del llamado a la conversión
26. « El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios
está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva »
(Mc 1, 15). Estas palabras de Jesús, con las que comenzó
su ministerio en Galilea, deben seguir resonando en los oídos de
los Obispos, presbíteros, diáconos, personas consagradas
y fieles laicos de toda América. Tanto la reciente celebración
del V Centenario del comienzo de la evangelización de América,
como la conmemoración de los 2000 años del Nacimiento de
Jesús, el gran Jubileo que nos disponemos a celebrar, son una llamada
a profundizar en la propia vocación cristiana. La grandeza del
acontecimiento de la Encarnación y la gratitud por el don del primer
anuncio del Evangelio en América invitan a responder con prontitud
a Cristo con una conversión personal más decidida y, al
mismo tiempo, estimulan a una fidelidad evangélica cada vez más
generosa. La exhortación de Cristo a convertirse resuena también
en la del Apóstol: « Es ya hora de levantaros del sueño,
que la salvación está más cerca de nosotros que cuando
abrazamos la fe » (Rm 13, 11). El encuentro con Jesús
vivo, mueve a la conversión.
Para hablar de conversión, el Nuevo Testamento utiliza
la palabra metanoia, que quiere decir cambio de mentalidad. No
se trata sólo de un modo distinto de pensar a nivel intelectual,
sino de la revisión del propio modo de actuar a la luz de los criterios
evangélicos. A este respecto, san Pablo habla de « la fe que
actúa por la caridad » (Ga 5, 6). Por ello, la auténtica
conversión debe prepararse y cultivarse con la lectura orante de
la Sagrada Escritura y la recepción de los sacramentos de la Reconciliación
y la Eucaristía. La conversión conduce a la comunión
fraterna, porque ayuda a comprender que Cristo es la cabeza de la Iglesia,
su Cuerpo místico; mueve a la solidaridad, porque nos hace conscientes
de que lo que hacemos a los demás, especialmente a los más
necesitados, se lo hacemos a Cristo. La conversión favorece, por
tanto, una vida nueva, en la que no haya separación entre la fe
y las obras en la respuesta cotidiana a la universal llamada a la santidad.
Superar la división entre fe y vida es indispensable para que se
pueda hablar seriamente de conversión. En efecto, cuando existe
esta división, el cristianismo es sólo nominal. Para ser
verdadero discípulo del Señor, el creyente ha de ser testigo
de la propia fe, pues « el testigo no da sólo testimonio con
las palabras, sino con su vida ».(68) Hemos de tener presentes las
palabras de Jesús: « No todo el que me diga: Señor,
Señor, entrará en el Reino de los Cielos, sino el
que haga la voluntad de mi Padre celestial » (Mt 7, 21). La
apertura a la voluntad del Padre supone una disponibilidad total, que
no excluye ni siquiera la entrega de la propia vida: « El máximo
testimonio es el martirio ».(69)
Dimensión social de la conversión
27. La conversión no es completa si falta la conciencia
de las exigencias de la vida cristiana y no se pone esfuerzo en llevarlas
a cabo. A este respecto, los Padres sinodales han señalado que,
por desgracia, « existen grandes carencias de orden personal y comunitario
con respecto a una conversión más profunda y con respecto
a las relaciones entre los ambientes, las instituciones y los grupos en
la Iglesia ».(70) « Quien no ama a su hermano, a quien ve, no
puede amar a Dios a quien no ve » (1 Jn 4, 20).
La caridad fraterna implica una preocupación por
todas las necesidades del prójimo. « Si alguno que posee bienes
de la tierra, ve a su hermano padecer necesidad y le cierra su corazón,
¿cómo puede permanecer en él el amor de Dios? »
(1 Jn 3, 17). Por ello, convertirse al Evangelio para el Pueblo
cristiano que vive en América, significa revisar « todos los
ambientes y dimensiones de su vida, especialmente todo lo que pertenece
al orden social y a la obtención del bien común ».(71)
De modo particular convendrá « atender a la creciente conciencia
social de la dignidad de cada persona y, por ello, hay que fomentar en
la comunidad la solicitud por la obligación de participar en la
acción política según el Evangelio ».(72) No
obstante, será necesario tener presente que la actividad en el
ámbito político forma parte de la vocación y acción
de los fieles laicos.(73)
A este propósito, sin embargo, es de suma importancia,
sobre todo en una sociedad pluralista, tener un recto concepto de las
relaciones entre la comunidad política y la Iglesia, y distinguir
claramente entre las acciones que los fieles, aislada o asociadamente,
llevan a cabo a título personal, como ciudadanos, de acuerdo con
su conciencia cristiana, y las acciones que realizan en nombre de la Iglesia,
en comunión con sus Pastores. « La Iglesia, que por razón
de su misión y de su competencia no se confunde en modo alguno
con la comunidad política ni está ligada a sistema político
alguno, es a la vez signo y salvaguardia del carácter trascendente
de la persona humana ».(74)
Conversión permanente
28. La conversión en esta tierra nunca es una meta
plenamente alcanzada: en el camino que el discípulo está
llamado a recorrer siguiendo a Jesús, la conversión es un
empeño que abarca toda la vida. Por otro lado, mientras estamos
en este mundo, nuestro propósito de conversión se ve constantemente
amenazado por las tentaciones. Desde el momento en que « nadie puede
servir a dos señores » (Mt 6, 24), el cambio de mentalidad
(metanoia) consiste en el esfuerzo de asimilar los valores evangélicos
que contrasta con las tendencias dominantes en el mundo. Es necesario,
pues, renovar constantemente « el encuentro con Jesucristo vivo »,
camino que, como han señalado los Padres sinodales, « nos
conduce a la conversión permanente ».(75)
El llamado universal a la conversión adquiere matices
particulares para la Iglesia en América, comprometida también
en la renovación de la propia fe. Los Padres sinodales han formulado
así esta tarea concreta y exigente: « Esta conversión
exige especialmente de nosotros Obispos una auténtica identificación
con el estilo personal de Jesucristo, que nos lleva a la sencillez, a
la pobreza, a la cercanía, a la carencia de ventajas, para que,
como Él, sin colocar nuestra confianza en los medios humanos, saquemos,
de la fuerza del Espíritu, y de la Palabra, toda la eficacia del
Evangelio, permaneciendo primariamente abiertos a aquellos que están
sumamente lejanos y excluidos ».(76) Para ser Pastores según
el corazón de Dios (cf. Jr 3, 15), es indispensable asumir
un modo de vivir que nos asemeje a Aquél que dijo de sí
mismo: « Yo soy el buen pastor » (Jn 10, 11), y que san
Pablo evoca al escribir: « Sed mis imitadores, como lo soy de Cristo
» (1 Co 11, 1).
Guiados por el Espíritu Santo hacia nuevo
estilo de vida
29. La propuesta de un nuevo estilo de vida no es sólo
para los Pastores, sino más bien para todos los cristianos que
viven en América. A todos se les pide que profundicen y asuman
la auténtica espiritualidad cristiana. « En efecto, espiritualidad
es un estilo o forma de vivir según las exigencias cristianas,
la cual es la vida en Cristo y en el Espíritu,
que se acepta por la fe, se expresa por el amor y, en esperanza, es conducida
a la vida dentro de la comunidad eclesial ».(77) En este sentido,
por espiritualidad, que es la meta a la que conduce la conversión,
se entiende no « una parte de la vida, sino la vida toda guiada por
el Espíritu Santo ».(78) Entre los elementos de espiritualidad
que todo cristiano tiene que hacer suyos sobresale la oración.
Ésta lo « conducirá poco a poco a adquirir una mirada
contemplativa de la realidad, que le permitirá reconocer a Dios
siempre y en todas las cosas; contemplarlo en todas las personas; buscar
su voluntad en los acontecimientos ».(79)
La oración tanto personal como litúrgica
es un deber de todo cristiano. « Jesucristo, evangelio del Padre,
nos advierte que sin Él no podemos hacer nada (cf. Jn 15,
5). Él mismo en los momentos decisivos de su vida, antes de actuar,
se retiraba a un lugar solitario para entregarse a la oración y
la contemplación, y pidió a los Apóstoles que hicieran
lo mismo ».(80) A sus discípulos, sin excepción, el
Señor recuerda: « Entra en tu aposento y, después de
cerrar la puerta, ora a tu Padre, que está allí, en lo secreto
» (Mt 6, 6). Esta vida intensa de oración debe adaptarse
a la capacidad y condición de cada cristiano, de modo que en las
diversas situaciones de su vida pueda volver siempre « a la fuente
de su encuentro con Jesucristo para beber el único Espíritu
(1 Co 12, 13) ».(81) En este sentido, la dimensión
contemplativa no es un privilegio de unos cuantos en la Iglesia; al contrario,
en las parroquias, en las comunidades y en los movimientos se ha de promover
una espiritualidad abierta y orientada a la contemplación de las
verdades fundamentales de la fe: los misterios de la Trinidad, de la Encarnación
del Verbo, de la Redención de los hombres, y las otras grandes
obras salvíficas de Dios.(82)
Los hombres y mujeres dedicados exclusivamente a la contemplación
tienen una misión fundamental en la Iglesia que está en
América. Ellos son, según expresión del Concilio
Vaticano II, « honor de la Iglesia y hontanar de gracias celestes
».(83) Por ello, los monasterios, diseminados a lo largo y ancho
del Continente, han de ser « objeto de peculiar amor por parte de
los Pastores, los cuales estén plenamente persuadidos de que las
almas entregadas a la vida contemplativa obtienen gracia abundante por
la oración, la penitencia y la contemplación, a las que
consagran su vida. Los contemplativos deben ser conscientes de que están
integrados en la misión de la Iglesia en el tiempo presente y que,
con el testimonio de la propia vida, cooperan al bien espiritual de los
fieles, ayudando así para que busquen el rostro de Dios en la vida
diaria ».(84)
La espiritualidad cristiana se alimenta ante todo de una
vida sacramental asidua, por ser los Sacramentos raíz y fuente
inagotable de la gracia de Dios, necesaria para sostener al creyente en
su peregrinación terrena. Esta vida ha de estar integrada con los
valores de su piedad popular, los cuales a su vez se verán enriquecidos
por la práctica sacramental y libres del peligro de degenerar en
mera rutina. Por otra parte, la espiritualidad no se contrapone a la dimensión
social del compromiso cristiano. Al contrario, el creyente, a través
de un camino de oración, se hace más consciente de las exigencias
del Evangelio y de sus obligaciones con los hermanos, alcanzando la fuerza
de la gracia indispensable para perseverar en el bien. Para madurar espiritualmente,
el cristiano debe recurrir al consejo de los ministros sagrados o de otras
personas expertas en este campo mediante la dirección espiritual,
práctica tradicionalmente presente en la Iglesia. Los Padres sinodales
han creído necesario recomendar a los sacerdotes este ministerio
de tanta importancia.(85)
Vocación universal a la santidad
30. « Sed santos, porque yo, el Señor, vuestro
Dios, soy santo » (Lv 19, 2). La Asamblea Especial del Sínodo
de los Obispos para América ha querido recordar con vigor a todos
los cristianos la importancia de la doctrina de la vocación universal
a la santidad en la Iglesia.(86) Se trata de uno de los puntos centrales
de la Constitución dogmática sobre la Iglesia del Concilio
Vaticano II.(87) La santidad es la meta del camino de conversión,
pues ésta « no es fin en sí misma, sino proceso hacia
Dios, que es santo. Ser santos es imitar a Dios y glorificar su nombre
en las obras que realizamos en nuestra vida (cf. Mt 5, 16) ».(88)
En el camino de la santidad Jesucristo es el punto de referencia y el
modelo a imitar: Él es « el Santo de Dios y fue reconocido
como tal (cf. Mc 1, 24). Él mismo nos enseña que
el corazón de la santidad es el amor, que conduce incluso a dar
la vida por los otros (cf. Jn 15, 13). Por ello, imitar la santidad
de Dios, tal y como se ha manifestado en Jesucristo, su Hijo, no es otra
cosa que prolongar su amor en la historia, especialmente con respecto
a los pobres, enfermos e indigentes (cf. Lc 10, 25ss) ».(89)
Jesús, el único camino para la santidad
31. « Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida »
(Jn 14, 6). Con estas palabras Jesús se presenta como el
único camino que conduce a la santidad. Pero el conocimiento concreto
de este itinerario se obtiene principalmente mediante la Palabra de Dios
que la Iglesia anuncia con su predicación. Por ello, la Iglesia
en América « debe conceder una gran prioridad a la reflexión
orante sobre la Sagrada Escritura, realizada por todos los fieles ».(90)
Esta lectura de la Biblia, acompañada de la oración, se
conoce en la tradición de la Iglesia con el nombre de Lectio
divina, práctica que se ha de fomentar entre todos los cristianos.
Para los presbíteros, debe constituir un elemento fundamental en
la preparación de sus homilías, especialmente las dominicales.(91)
Penitencia y reconciliación
32. La conversión (metanoia), a la que cada
ser humano está llamado, lleva a aceptar y hacer propia la nueva
mentalidad propuesta por el Evangelio. Esto supone el abandono de la forma
de pensar y actuar del mundo, que tantas veces condiciona fuertemente
la existencia. Como recuerda la Sagrada Escritura, es necesario que muera
el hombre viejo y nazca el hombre nuevo, es decir, que todo el ser humano
se renueve « hasta alcanzar un conocimiento perfecto según
la imagen de su creador » (Col 3, 10). En ese camino de conversión
y búsqueda de la santidad « deben fomentarse los medios ascéticos
que existieron siempre en la práctica de la Iglesia, y que alcanzan
la cima en el sacramento del perdón, recibido y celebrado con las
debidas disposiciones ».(92) Sólo quien se reconcilia con
Dios es protagonista de una auténtica reconciliación con
y entre los hermanos.
La crisis actual del sacramento de la Penitencia, de la
cual no está exenta la Iglesia en América, y sobre la que
he expresado mi preocupación desde los comienzos mismos de mi pontificado,(93)
podrá superarse por la acción pastoral continuada y paciente.
A este respecto, los Padres sinodales piden justamente
« que los sacerdotes dediquen el tiempo debido a la celebración
del sacramento de la Penitencia, y que inviten insistente y vigorosamente
a los fieles para que lo reciban, sin que los pastores descuiden su propia
confesión frecuente ».(94) Los Obispos y los sacerdotes experimentan
personalmente el misterioso encuentro con Cristo que perdona en el sacramento
de la Penitencia, y son testigos privilegiados de su amor misericordioso.
La Iglesia católica, que abarca a hombres y mujeres
« de toda nación, razas, pueblos y lenguas » (Ap
7, 9), está llamada a ser, « en un mundo señalado por
las divisiones ideológicas, étnicas, económicas y
culturales », el « signo vivo de la unidad de la familia humana
».(95) América, tanto en la compleja realidad de cada nación
y la variedad de sus grupos étnicos, como en los rasgos que caracterizan
todo el Continente, presenta muchas diversidades que no se han de ignorar
y a las que se debe prestar atención. Gracias a un eficaz trabajo
de integración entre todos los miembros del pueblo de Dios en cada
país y entre los miembros de las Iglesias particulares de las diversas
naciones, las diferencias de hoy podrán ser fuente de mutuo enriquecimiento.
Como afirman justamente los Padres sinodales, « es de gran importancia
que la Iglesia en toda América sea signo vivo de una comunión
reconciliada y un llamado permanente a la solidaridad, un testimonio siempre
presente en nuestros diversos sistemas políticos, económicos
y sociales ».(96) Ésta es una aportación significativa
que los creyentes pueden ofrecer a la unidad del Continente americano.
CAPÍTULO IV
CAMINO PARA LA COMUNIÓN
« Como tú, Padre, en mí
y yo en ti,
que ellos también sean uno en nosotros » (Jn 17,
21)
La Iglesia, sacramento de comunión
33. « Ante un mundo roto y deseoso de unidad es necesario
proclamar con gozo y fe firme que Dios es comunión, Padre, Hijo
y Espíritu Santo, unidad en la distinción, el cual llama
a todos los hombres a que participen de la misma comunión trinitaria.
Es necesario proclamar que esta comunión es el proyecto magnífico
de Dios [Padre]; que Jesucristo, que se ha hecho hombre, es el punto central
de la misma comunión, y que el Espíritu Santo trabaja constantemente
para crear la comunión y restaurarla cuando se hubiera roto. Es
necesario proclamar que la Iglesia es signo e instrumento de la comunión
querida por Dios, iniciada en el tiempo y dirigida a su perfección
en la plenitud del Reino ».(97) La Iglesia es signo de comunión
porque sus miembros, como sarmientos, participan de la misma vida de Cristo,
la verdadera vid (cf. Jn 15, 5). En efecto, por la comunión
con Cristo, Cabeza del Cuerpo místico, entramos en comunión
viva con todos los creyentes.
Esta comunión, existente en la Iglesia y esencial
a su naturaleza,(98) debe manifestarse a través de signos concretos,
« como podrían ser: la oración en común de unos
por otros, el impulso a las relaciones entre las Conferencias Episcopales,
los vínculos entre Obispo y Obispo, las relaciones de hermandad
entre las diócesis y las parroquias, y la mutua comunicación
de agentes pastorales para acciones misionales específicas ».(99)
La comunión eclesial implica conservar el depósito de la
fe en su pureza e integridad, así como también la unidad
de todo el Colegio de los Obispos bajo la autoridad del Sucesor de Pedro.
En este contexto, los Padres sinodales han señalado que «
el fortalecimiento del oficio petrino es fundamental para la preservación
de la unidad de la Iglesia », y que « el ejercicio pleno del
primado de Pedro es fundamental para la identidad y la vitalidad de la
Iglesia en América ». (100) Por encargo del Señor,
a Pedro y a sus Sucesores corresponde el oficio de confirmar en la fe
a sus hermanos (cf. Lc 22, 32) y de pastorear toda la grey de Cristo
(cf. Jn 21, 15-17). Asimismo, el Sucesor del príncipe de
los Apóstoles está llamado a ser la piedra sobre la que
la Iglesia está edificada, y a ejercer el ministerio derivado de
ser el depositario de las llaves del Reino (cf. Mt 16, 18-19).
El Vicario de Cristo es, pues, « el perpetuo principio de [...] unidad
y el fundamento visible » de la Iglesia. (101)
Iniciación cristiana y comunión
34. La comunión de vida en la Iglesia se obtiene
por los sacramentos de la iniciación cristiana: Bautismo, Confirmación
y Eucaristía. El Bautismo es « la puerta de la vida espiritual:
pues por él nos hacemos miembros de Cristo, y del cuerpo de la
Iglesia ». (102) Los bautizados, al recibir la Confirmación
« se vinculan más estrechamente a la Iglesia, se enriquecen
con una fuerza especial del Espíritu Santo, y con ello quedan obligados
más estrictamente a difundir y defender la fe, como verdaderos
testigos de Cristo, por la palabra juntamente con las obras ». (103)
El proceso de la iniciación cristiana se perfecciona y culmina
con la recepción de la Eucaristía, por la cual el bautizado
se inserta plenamente en el Cuerpo de Cristo. (104)
« Estos sacramentos son una excelente oportunidad
para una buena evangelización y catequesis, cuando su preparación
se hace por agentes dotados de fe y competencia ». (105) Aunque en
las diversas diócesis de América se ha avanzado mucho en
la preparación para los sacramentos de la iniciación cristiana,
los Padres sinodales se lamentaban de que todavía « son muchos
los que los reciben sin la suficiente formación ». (106) En
el caso del bautismo de niños no debe omitirse un esfuerzo catequizador
de cara a los padres y padrinos.
La Eucaristía, centro de comunión con
Dios y con los hermanos
35. La realidad de la Eucaristía no se agota en
el hecho de ser el sacramento con el que se culmina la iniciación
cristiana. Mientras el Bautismo y la Confirmación tienen la función
de iniciar e introducir en la vida propia de la Iglesia, no siendo repetibles,
(107) la Eucaristía continúa siendo el centro vivo permanente
en torno al cual se congrega toda la comunidad eclesial. (108) Los diversos
aspectos de este sacramento muestran su inagotable riqueza: es, al mismo
tiempo, sacramento-sacrificio, sacramento-comunión, sacramento-presencia.
(109)
La Eucaristía es el lugar privilegiado para el encuentro
con Cristo vivo. Por ello los Pastores del pueblo de Dios en América,
a través de la predicación y la catequesis, deben esforzarse
en « dar a la celebración eucarística dominical una
nueva fuerza, como fuente y culminación de la vida de la Iglesia,
prenda de su comunión en el Cuerpo de Cristo e invitación
a la solidaridad como expresión del mandato del Señor: «
que os améis los unos a los otros, como yo os he amado » (Jn
13, 34) ». (110) Como sugieren los Padres sinodales, dicho esfuerzo
debe tener en cuenta varias dimensiones fundamentales. Ante todo, es necesario
que los fieles sean conscientes de que la Eucaristía es un inmenso
don, a fin de que hagan todo lo posible para participar activa y dignamente
en ella, al menos los domingos y días festivos. Al mismo tiempo,
se han de promover « todos los esfuerzos de los sacerdotes para hacer
más fácil esa participación y posibilitarla en las
comunidades lejanas ». (111) Habrá que recordar a los fieles
que « la participación plena en ella, consciente y activa,
aunque es esencialmente distinta del oficio del sacerdote ordenado, es
una actuación del sacerdocio común recibido en el Bautismo
». (112)
La necesidad de que los fieles participen en la Eucaristía
y las dificultades que surgen por la escasez de sacerdotes, hacen patente
la urgencia de fomentar las vocaciones sacerdotales. (113) Es también
necesario recordar a toda la Iglesia en América « el lazo
existente entre la Eucaristía y la caridad », (114) lazo que
la Iglesia primitiva expresaba uniendo el ágape con la Cena
eucarística. (115) La participación en la Eucaristía
debe llevar a una acción caritativa más intensa como fruto
de la gracia recibida en este sacramento.
Los Obispos, promotores de comunión
36. La comunión en la Iglesia, precisamente porque
es un signo de vida, debe crecer continuamente. En consecuencia, los Obispos,
recordando que « son, individualmente, el principio y fundamento
visible de unidad en sus Iglesias particulares », (116) deben sentirse
llamados a promover la comunión en su propia diócesis para
que sea más eficaz el esfuerzo por la nueva evangelización
de América. El esfuerzo comunitario se ve facilitado por los organismos
previstos por el Concilio Vaticano II como apoyo de la actividad del Obispo
diocesano, los cuales han sido definidos más detalladamente por
la legislación postconciliar. (117) « Corresponde al Obispo,
con la cooperación de los sacerdotes, los diáconos, los
consagrados y los laicos [...] realizar un plan de acción pastoral
de conjunto, que sea orgánico y participativo, que llegue a todos
los miembros de la Iglesia y suscite su conciencia misionera ». (118)
Cada Ordinario debe promover en los sacerdotes y fieles
la conciencia de que la diócesis es la expresión visible
de la comunión eclesial, que se forma en la mesa de la Palabra
y de la Eucaristía en torno al Obispo, unido con el Colegio episcopal
y bajo su Cabeza, el Romano Pontífice. Ella en cuanto Iglesia particular
tiene la misión de empezar y fomentar el encuentro de todos los
miembros del pueblo de Dios con Jesucristo, (119) en el respeto y promoción
de la pluralidad y de la diversidad que no obstaculizan la unidad, sino
que le confieren el carácter de comunión. (120) Un conocimiento
más profundo de lo que es la Iglesia particular favorecerá
ciertamente el espíritu de participación y corresponsabilidad
en la vida de los organismos diocesanos. (121)
Una comunión más intensa entre las
Iglesias particulares
37. La Asamblea especial para América del Sínodo
de los Obispos, la primera en la historia que ha reunido a Obispos de
todo el Continente, ha sido percibida por todos como una gracia especial
del Señor a la Iglesia que peregrina en América. Esta Asamblea
ha reforzado la comunión que debe existir entre las Comunidades
eclesiales del Continente, haciendo ver a todos la necesidad de incrementarla
ulteriormente. Las experiencias de comunión episcopal, frecuentes
sobre todo después del Concilio Vaticano II por la consolidación
y difusión de las Conferencias Episcopales, deben entenderse como
encuentros con Cristo vivo, presente en los hermanos que están
reunidos en su nombre (cf. Mt 18, 20).
La experiencia sinodal ha enseñado también
las riquezas de una comunión que se extiende más allá
de los límites de cada Conferencia Episcopal. Aunque ya existen
formas de diálogo que superan tales confines, los Padres sinodales
sugieren la conveniencia de fortalecer las reuniones interamericanas,
promovidas ya por las Conferencias Episcopales de las diversas Naciones
americanas, como expresión de solidaridad efectiva y lugar de encuentro
y de estudio de los desafíos comunes para la evangelización
de América. (122) Será igualmente oportuno definir con exactitud
el carácter de tales encuentros, de modo que lleguen a ser, cada
vez más, expresión de comunión entre todos los Pastores.
Aparte de estas reuniones más amplias, puede ser útil, cuando
las circunstancias lo requieran, crear comisiones específicas para
profundizar los temas comunes que afectan a toda América. Campos
en los que parece especialmente necesario « que se dé un impulso
a la cooperación, son las comunicaciones pastorales mutuas, la
cooperación misional, la educación, las migraciones, el
ecumenismo ». (123)
Los Obispos, que tienen el deber de impulsar la comunión
entre las Iglesias particulares, alentarán a los fieles a vivir
más intensamente la dimensión comunitaria, asumiendo «
la responsabilidad de desarrollar los lazos de comunión con las
Iglesias locales en otras partes de América por la educación,
la mutua comunicación, la unión fraterna entre parroquias
y diócesis, planes de cooperación, y defensas unidas en
temas de mayor importancia, sobre todo los que afectan a los pobres ».
(124)
Comunión fraterna con las Iglesias católicas
orientales
38. El fenómeno reciente de la implantación
y desarrollo en América de Iglesias particulares católicas
orientales, dotadas de jerarquía propia, ha merecido una especial
atención por parte de algunos Padres sinodales. Un sincero deseo
de abrazar cordial y eficazmente a estos hermanos en la fe y en la comunión
jerárquica bajo el Sucesor de Pedro, ha llevado a la Asamblea sinodal
a proponer sugerencias concretas de ayuda fraterna por parte de las Iglesias
particulares latinas a las Iglesias católicas orientales existentes
en el Continente. Así, por ejemplo, se propone que sacerdotes de
rito latino, sobre todo de origen oriental, puedan ofrecer su colaboración
litúrgica a las comunidades orientales carentes de un número
suficiente de presbíteros. Igualmente, respecto a los edificios
religiosos, los fieles orientales podrán usar, en los casos que
sea conveniente, las iglesias de rito latino.
En este espíritu de comunión son dignas de
consideración varias propuestas de los Padres sinodales: que allí
donde sea necesario exista, en las Conferencias Episcopales nacionales
y en los organismos internacionales de cooperación episcopal, una
comisión mixta encargada de estudiar los problemas pastorales comunes;
que la catequesis y la formación teológica para los laicos
y seminaristas de la Iglesia latina, incluyan el conocimiento de la tradición
viva del Oriente cristiano; que los Obispos de las Iglesias católicas
orientales participen en las Conferencias Episcopales latinas de las respectivas
Naciones. (125) No puede dudarse de que esta cooperación fraterna,
a la vez que prestará una ayuda preciosa a las Iglesias orientales,
de reciente implantación en América, permitirá a
las Iglesias particulares latinas enriquecerse con el patrimonio espiritual
de la tradición del Oriente cristiano.
El presbítero, signo de unidad
39. « Como miembro de una Iglesia particular, todo
sacerdote debe ser signo de comunión con el Obispo en cuanto que
es su inmediato colaborador, unido a sus hermanos en el presbiterio. Ejerce
su ministerio con caridad pastoral, principalmente en la comunidad que
le ha sido confiada, y la conduce al encuentro con Jesucristo Buen Pastor.
Su vocación exige que sea signo de unidad. Por ello debe evitar
cualquier participación en política partidista que dividiría
a la comunidad ». (126) Es deseo de los Padres sinodales que se «
desarrolle una acción pastoral a favor del clero diocesano que
haga más sólida su espiritualidad, su misión y su
identidad, la cual tiene su centro en el seguimiento de Cristo que, sumo
y eterno Sacerdote, buscó siempre cumplir la voluntad del Padre.
Él es el ejemplo de la entrega generosa, de la vida austera y del
servicio hasta la muerte. El sacerdote sea consciente de que, por la recepción
del sacramento del Orden, es portador de gracia que distribuye a sus hermanos
en los sacramentos. Él mismo se santifica en el ejercicio del ministerio
». (127)
El campo en que se desarrolla la actividad de los sacerdotes
es inmenso. Conviene, por ello, « que coloquen como centro de su
actividad lo que es esencial en su ministerio: dejarse configurar a Cristo
Cabeza y Pastor, fuente de la caridad pastoral, ofreciéndose a
sí mismos cada día con Cristo en la Eucaristía, para
ayudar a los fieles a que tengan un encuentro personal y comunitario con
Jesucristo vivo ». (128) Como testigos y discípulos de Cristo
misericordioso, los sacerdotes están llamados a ser instrumentos
de perdón y de reconciliación, comprometiéndose generosamente
al servicio de los fieles según el espíritu del Evangelio.
Los presbíteros, en cuanto pastores del pueblo de
Dios en América, deben además estar atentos a los desafíos
del mundo actual y ser sensibles a las angustias y esperanzas de sus gentes,
compartiendo sus vicisitudes y, sobre todo, asumiendo una actitud de solidaridad
con los pobres. Procurarán discernir los carismas y las cualidades
de los fieles que puedan contribuir a la animación de la comunidad,
escuchándolos y dialogando con ellos, para impulsar así
su participación y corresponsabilidad. Ello favorecerá una
mejor distribución de las tareas que les permita « consagrarse
a lo que está más estrechamente conexo con el encuentro
y el anuncio de Jesucristo, de modo que signifiquen mejor, en el seno
de la comunidad, la presencia de Jesús que congrega a su pueblo
». (129)
El trabajo de discernimiento de los carismas particulares
debe llevar también a valorizar aquellos sacerdotes que se consideren
adecuados para realizar ministerios particulares. A todos los sacerdotes,
además, se les pide que presten su ayuda fraterna en el presbiterio
y que recurran al mismo con confianza en caso de necesidad.
Ante la espléndida realidad de tantos sacerdotes
en América que, con la gracia de Dios, se esfuerzan por hacer frente
a un quehacer tan grande, hago mío el deseo de los Padres sinodales
de reconocer y alabar « la inagotable entrega de los sacerdotes,
como pastores, evangelizadores y animadores de la comunión eclesial,
expresando gratitud y dando ánimos a los sacerdotes de toda América
que dan su vida al servicio del Evangelio ». (130)
Fomentar la pastoral vocacional
40. El papel indispensable del sacerdote en la comunidad
ha de hacer conscientes a todos los hijos de la Iglesia en América
de la importancia de la pastoral vocacional. El Continente americano cuenta
con una juventud numerosa, rica en valores humanos y religiosos. Por ello,
se han de cultivar los ambientes en que nacen las vocaciones al sacerdocio
y a la vida consagrada e invitar a las familias cristianas para que ayuden
a sus hijos cuando se sientan llamados a seguir este camino. (131) En
efecto, las vocaciones « son un don de Dios » y « surgen
en las comunidades de fe, ante todo, en la familia, en la parroquia, en
las escuelas católicas y en otras organizaciones de la Iglesia.
Los Obispos y presbíteros tienen la especial responsabilidad de
estimular tales vocaciones mediante la invitación personal, y principalmente
por el testimonio de una vida de fidelidad, alegría, entusiasmo
y santidad. La responsabilidad para reunir vocaciones al sacerdocio pertenece
a todo el pueblo de Dios y encuentra su mayor cumplimiento en la oración
continua y humilde por las vocaciones ». (132)
Los seminarios, como lugares de acogida y formación
de los llamados al sacerdocio, han de preparar a los futuros ministros
de la Iglesia para que « vivan en una sólida espiritualidad
de comunión con Cristo Pastor y de docilidad a la acción
del Espíritu, que los hará especialmente capaces de discernir
las expectativas del pueblo de Dios y los diversos carismas, y de trabajar
en común ». (133) Por ello, en los seminarios « se ha
de insistir especialmente en la formación específicamente
espiritual, de modo que por la conversión continua, la actitud
de oración, la recepción de los sacramentos de la Eucaristía
y la penitencia, los candidatos se formen al encuentro con el Señor
y se preocupen de fortificarse para la generosa entrega pastoral ».
(134) Los formadores han de preocuparse de acompañar y guiar a
los seminaristas hacia una madurez afectiva que los haga aptos para abrazar
el celibato sacerdotal y capaces de vivir en comunión con sus hermanos
en la vocación sacerdotal. Han de promover también en ellos
la capacidad de observación crítica de la realidad circundante
que les permita discernir sus valores y contravalores, pues esto es un
requisito indispensable para entablar un diálogo constructivo con
el mundo de hoy.
Una atención particular se debe dar a las vocaciones
nacidas entre los indígenas; conviene proporcionar una formación
inculturada en sus ambientes. Estos candidatos al sacerdocio, mientras
reciben la adecuada formación teológica y espiritual para
su futuro ministerio, no deben perder las raíces de su propia cultura.
(13)
Los Padres sinodales han querido agradecer y bendecir a
todos los que consagran su vida a la formación de los futuros presbíteros
en los seminarios. Así mismo, han invitado a los Obispos a destinar
para dicha tarea a sus sacerdotes más aptos, después de
haberlos preparado mediante una formación específica que
los capacite para una misión tan delicada. (136)
Renovar la institución parroquial
41. La parroquia es un lugar privilegiado en que los fieles
pueden tener una experiencia concreta de la Iglesia. (137) Hoy en América,
como en otras partes del mundo, la parroquia encuentra a veces dificultades
en el cumplimiento de su misión. La parroquia debe renovarse continuamente,
partiendo del principio fundamental de que « la parroquia tiene que
seguir siendo primariamente comunidad eucarística ». (138)
Este principio implica que « las parroquias están llamadas
a ser receptivas y solidarias, lugar de la iniciación cristiana,
de la educación y la celebración de la fe, abiertas a la
diversidad de carismas, servicios y ministerios, organizadas de modo comunitario
y responsable, integradoras de los movimientos de apostolado ya existentes,
atentas a la diversidad cultural de sus habitantes, abiertas a los proyectos
pastorales y superparroquiales y a las realidades circunstantes ».
(139)
Una atención especial merecen, por sus problemáticas
específicas, las parroquias en los grandes núcleos urbanos,
donde las dificultades son tan grandes que las estructuras pastorales
normales resultan inadecuadas y las posibilidades de acción apostólica
notablemente reducidas. No obstante, la institución parroquial
conserva su importancia y se ha de mantener. Para lograr este objetivo
hay que « continuar la búsqueda de medios con los que la parroquia
y sus estructuras pastorales lleguen a ser más eficaces en los
espacios urbanos ». (140) Una clave de renovación parroquial,
especialmente urgente en las parroquias de las grandes ciudades, puede
encontrarse quizás considerando la parroquia como comunidad de
comunidades y de movimientos. (141) Parece por tanto oportuno la formación
de comunidades y grupos eclesiales de tales dimensiones que favorezcan
verdaderas relaciones humanas. Esto permitirá vivir más
intensamente la comunión, procurando cultivarla no sólo
« ad intra », sino también con la comunidad parroquial
a la que pertenecen estos grupos y con toda la Iglesia diocesana y universal.
En este contexto humano será también más fácil
escuchar la Palabra de Dios, para reflexionar a su luz sobre los diversos
problemas humanos y madurar opciones responsables inspiradas en el amor
universal de Cristo.(142) La institución parroquial así
renovada « puede suscitar una gran esperanza. Puede formar a la gente
en comunidades, ofrecer auxilio a la vida de familia, superar el estado
de anonimato, acoger y ayudar a que las personas se inserten en la vida
de sus vecinos y en la sociedad ». (143) De este modo, cada parroquia
hoy, y particularmente las de ámbito urbano, podrá fomentar
una evangelización más personal, y al mismo tiempo acrecentar
las relaciones positivas con los otros agentes sociales, educativos y
comunitarios. (144)
Además, « este tipo de parroquia renovada supone
la figura de un pastor que, en primer lugar, tenga una profunda experiencia
de Cristo vivo, espíritu misional, corazón paterno, que
sea animador de la vida espiritual y evangelizador capaz de promover la
participación. La parroquia renovada requiere la cooperación
de los laicos, un animador de la acción pastoral y la capacidad
del pastor para trabajar con otros. Las parroquias en América deben
señalarse por su impulso misional que haga que extiendan su acción
a los alejados ». (145)
Los diáconos permanentes
42. Por motivos pastorales y teológicos serios,
el Concilio Vaticano II determinó restablecer el diaconado como
grado permanente de la jerarquía en la Iglesia latina, dejando
a las Conferencias Episcopales, con la aprobación del Sumo Pontífice,
valorar la oportunidad de instituir los diáconos permanentes y
en qué sitios. (146) Se trata de una experiencia muy diferente
no sólo en las distintas partes de América, sino incluso
entre las diócesis de una misma región. « Algunas diócesis
han formado y ordenado no pocos diáconos, y están plenamente
contentas de su incorporación y ministerio ». (147) Aquí
se ve con gozo cómo los diáconos, « confortados con
la gracia sacramental, en comunión con el Obispo y su presbiterio,
sirven al pueblo de Dios en el ministerio de la liturgia, de la palabra
y de la caridad ». (148) Otras diócesis no han emprendido
este camino, mientras en otras partes existen dificultades en la integración
de los diáconos permanentes en la estructura jerárquica.
Quedando a salvo la libertad de las Iglesias particulares
para restablecer o no, consintiéndolo el Sumo Pontífice,
el diaconado como grado permanente, está claro que el acierto de
esta restauración implica un diligente proceso de selección,
una formación seria y una atención cuidadosa a los candidatos,
así como también un acompañamiento solícito
no sólo de estos ministros sagrados, sino también, en el
caso de los diáconos casados, de su familia, esposa e hijos. (149)
La vida consagrada
43. La historia de la evangelización de América
es un elocuente testimonio del ingente esfuerzo misional realizado por
tantas personas consagradas, las cuales, desde el comienzo, anunciaron
el Evangelio, defendieron los derechos de los indígenas y, con
amor heroico a Cristo, se entregaron al servicio del pueblo de Dios en
el Continente.(150) La aportación de las personas consagradas al
anuncio del Evangelio en América sigue siendo de suma importancia;
se trata de una aportación diversa según los carismas propios
de cada grupo: « los Institutos de vida contemplativa que testifican
lo absoluto de Dios, los Institutos apostólicos y misionales que
hacen a Cristo presente en los muy diversos campos de la vida humana,
los Institutos seculares que ayudan a resolver la tensión entre
apertura real a los valores del mundo moderno y profunda entrega de corazón
a Dios. Nacen también nuevos Institutos y nuevas formas de vida
consagrada que requieren discreción evangélica ». (151)
Ya que « el futuro de la nueva evangelización
[...] es impensable sin una renovada aportación de las mujeres,
especialmente de las mujeres consagradas », (152) urge favorecer
su participación en diversos sectores de la vida eclesial, incluidos
los procesos en que se elaboran las decisiones, especialmente en los asuntos
que les conciernen directamente. (153)
« También hoy el testimonio de la vida plenamente
consagrada a Dios es una elocuente proclamación de que Él
basta para llenar la vida de cualquier persona ». (154) Esta consagración
al Señor ha de prolongarse en una generosa entrega a la difusión
del Reino de Dios. Por ello, a las puertas del tercer milenio se ha de
procurar « que la vida consagrada sea más estimada y promovida
por los Obispos, sacerdotes y comunidades cristianas. Y que los consagrados,
conscientes del gozo y de la responsabilidad de su vocación, se
integren plenamente en la Iglesia particular a la que pertenecen y fomenten
la comunión y la mutua colaboración ». (155)
Los fieles laicos y la renovación de la Iglesia
44. « La doctrina del Concilio Vaticano II sobre la
unidad de la Iglesia, como pueblo de Dios congregado en la unidad del
Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, subraya que son comunes
a la dignidad de todos los bautizados la imitación y el seguimiento
de Cristo, la comunión mutua y el mandato misional ». (156)
Es necesario, por tanto, que los fieles laicos sean conscientes de su
dignidad de bautizados. Por su parte, los Pastores han de estimar profundamente
« el testimonio y la acción evangelizadora de los laicos que
integrados en el pueblo de Dios con espiritualidad de comunión
conducen a sus hermanos al encuentro con Jesucristo vivo. La renovación
de la Iglesia en América no será posible sin la presencia
activa de los laicos. Por eso, en gran parte, recae en ellos la responsabilidad
del futuro de la Iglesia ». (157)
Los ámbitos en los que se realiza la vocación
de los fieles laicos son dos. El primero, y más propio de su condición
laical, es el de las realidades temporales, que están llamados
a ordenar según la voluntad de Dios. (158) En efecto, « con
su peculiar modo de obrar, el Evangelio es llevado dentro de las estructuras
del mundo y obrando en todas partes santamente consagran el mismo mundo
a Dios ». (159) Gracias a los fieles laicos, « la presencia
y la misión de la Iglesia en el mundo se realiza, de modo especial,
en la diversidad de carismas y ministerios que posee el laicado. La secularidad
es la nota característica y propia del laico y de su espiritualidad
que lo lleva a actuar en la vida familiar, social, laboral, cultural y
política, a cuya evangelización es llamado. En un Continente
en el que aparecen la emulación y la propensión a agredir,
la inmoderación en el consumo y la corrupción, los laicos
están llamados a encarnar valores profundamente evangélicos
como la misericordia, el perdón, la honradez, la transparencia
de corazón y la paciencia en las condiciones difíciles.
Se espera de los laicos una gran fuerza creativa en gestos y obras que
expresen una vida coherente con el Evangelio ». (160)
América necesita laicos cristianos que puedan asumir
responsabilidades directivas en la sociedad. Es urgente formar hombres
y mujeres capaces de actuar, según su propia vocación, en
la vida pública, orientándola al bien común. En el
ejercicio de la política, vista en su sentido más noble
y auténtico como administración del bien común, ellos
pueden encontrar también el camino de la propia santificación.
Para ello es necesario que sean formados tanto en los principios y valores
de la Doctrina social de la Iglesia, como en nociones fundamentales de
la teología del laicado. El conocimiento profundo de los principios
éticos y de los valores morales cristianos les permitirá
hacerse promotores en su ambiente, proclamándolos también
ante la llamada « neutralidad del Estado ». (161)
Hay un segundo ámbito en el que muchos fieles laicos
están llamados a trabajar, y que puede llamarse « intraeclesial
». Muchos laicos en América sienten el legítimo deseo
de aportar sus talentos y carismas a « la construcción de
la comunidad eclesial como delegados de la Palabra, catequistas, visitadores
de enfermos o de encarcelados, animadores de grupos etc. ». (162)
Los Padres sinodales han manifestado el deseo de que la Iglesia reconozca
algunas de estas tareas como ministerios laicales, fundados en los sacramentos
del Bautismo y la Confirmación, dejando a salvo el carácter
específico de los ministerios propios del sacramento del Orden.
Se trata de un tema vasto y complejo para cuyo estudio constituí,
hace ya algún tiempo, una Comisión especial (163) y sobre
el que los organismos de la Santa Sede han ido señalando paulatinamente
algunas pautas directivas. (164) Se ha de fomentar la provechosa cooperación
de fieles laicos bien preparados, hombres y mujeres, en diversas actividades
dentro de la Iglesia, evitando, sin embargo, una posible confusión
con los ministerios ordenados y con las actividades propias del sacramento
del Orden, a fin de distinguir bien el sacerdocio común de los
fieles del sacerdocio ministerial.
A este respecto, los Padres sinodales han sugerido que
las tareas confiadas a los laicos sean bien « distintas de aquellas
que son etapas para el ministerio ordenado » (165) y que los candidatos
al sacerdocio reciben antes del presbiterado. Igualmente se ha observado
que estas tareas laicales « no deben conferirse sino a personas,
varones y mujeres, que hayan adquirido la formación exigida, según
criterios determinados: una cierta permanencia, una real disponibilidad
con respecto a un determinado grupo de personas, la obligación
de dar cuenta a su propio Pastor ». (166) De todos modos, aunque
el apostolado intraeclesial de los laicos tiene que ser estimulado, hay
que procurar que este apostolado coexista con la actividad propia de los
laicos, en la que no pueden ser suplidos por los sacerdotes: el ámbito
de la realidades temporales.
Dignidad de la mujer
45. Merece una especial atención la vocación
de la mujer. Ya en otras ocasiones he querido expresar mi aprecio por
la aportación específica de la mujer al progreso de la humanidad
y reconocer sus legítimas aspiraciones a participar plenamente
en la vida eclesial, cultural, social y económica. (167) Sin esta
aportación se perderían algunas riquezas que sólo
el « genio de la mujer » (168) puede aportar a la vida de la
Iglesia y de la sociedad misma. No reconocerlo sería una injusticia
histórica especialmente en América, si se tiene en cuenta
la contribución de las mujeres al desarrollo material y cultural
del Continente, como también a la transmisión y conservación
de la fe. En efecto, « su papel fue decisivo sobre todo en la vida
consagrada, en la educación, en el cuidado de la salud ».
(169)
En varias regiones del Continente americano, lamentablemente,
la mujer es todavía objeto de discriminaciones. Por eso se puede
decir que el rostro de los pobres en América es también
el rostro de muchas mujeres. En este sentido, los Padres sinodales han
hablado de un « aspecto femenino de la pobreza ». (170) La Iglesia
se siente obligada a insistir sobre la dignidad humana, común a
todas las personas. Ella « denuncia la discriminación, el
abuso sexual y la prepotencia masculina como acciones contrarias al plan
de Dios ». (171) En particular, deplora como abominable la esterilización,
a veces programada, de las mujeres, sobre todo de las más pobres
y marginadas, que es practicada a menudo de manera engañosa, sin
saberlo las interesadas; esto es mucho más grave cuando se hacer
para conseguir ayudas económicas a nivel internacional.
La Iglesia en el Continente se siente comprometida a intensificar
su preocupación por la mujeres y a defenderlas « de modo que
la sociedad en América ayude más a la vida familiar fundada
en el matrimonio, proteja más la maternidad y respete más
la dignidad de todas las mujeres ». (172) Se debe ayudar a las mujeres
americanas a tomar parte activa y responsable en la vida y misión
de la Iglesia, (173) como también se ha de reconocer la necesidad
de la sabiduría y cooperación de las mujeres en las tareas
directivas de la sociedad americana.
Los desafíos para la familia cristiana
46. Dios Creador, formando al primer varón y a la
primera mujer, y mandando « sed fecundos y multiplicaos » (Gn
1, 28), estableció definitivamente la familia. De este santuario
nace la vida y es aceptada como don de Dios. La Palabra, leída
asiduamente en la familia, la construye poco a poco como iglesia doméstica
y la hace fecunda en humanismo y virtudes cristianas; allí se constituye
la fuente de las vocaciones. La vida de oración de la familia en
torno a alguna imagen de la Virgen hará que permanezca siempre
unida en torno a la Madre, como los discípulos de Jesús
(cf. Hch 1, 14) ». (174) Son muchas las insidias que amenazan
la solidez de la institución familiar en la mayor parte de los
países de América, siendo, a la vez, desafíos para
los cristianos. Se deben mencionar, entre otros, el aumento de los divorcios,
la difusión del aborto, del infanticidio y de la mentalidad contraceptiva.
Ante esta situación hay que subrayar « que el fundamento de
la vida humana es la relación nupcial entre el marido y la esposa,
la cual entre los cristianos es sacramental ». (175)
Es urgente, pues, una amplia catequización sobre
el ideal cristiano de la comunión conyugal y de la vida familiar,
que incluya una espiritualidad de la paternidad y la maternidad. Es necesario
prestar mayor atención pastoral al papel de los hombres como maridos
y padres, así como a la responsabilidad que comparten con sus esposas
respecto al matrimonio, la familia y la educación de los hijos.
No debe omitirse una seria preparación de los jóvenes antes
del matrimonio, en la que se presente con claridad la doctrina católica,
a nivel teológico, espiritual y antropológico sobre este
sacramento. En un Continente caracterizado por un considerable desarrollo
demográfico, como es América, deben incrementarse continuamente
las iniciativas pastorales dirigidas a las familias.
Para que la familia cristiana sea verdaderamente «
iglesia doméstica », (176) está llamada a ser el ámbito
en que los padres transmiten la fe, pues ellos « deben ser para sus
hijos los primeros predicadores de la fe, mediante la palabra y el ejemplo
». (177) En la familia tampoco puede faltar la práctica de
la oración en la que se encuentren unidos tanto los cónyuges
entre sí, como con sus hijos. A este respecto, se han de fomentar
momentos de vida espiritual en común: la participación en
la Eucaristía los días festivos, la práctica del
sacramento de la Reconciliación, la oración cotidiana en
familia y obras concretas de caridad. Así se consolidará
la fidelidad en el matrimonio y la unidad de la familia. En un ambiente
familiar con estas características no será difícil
que los hijos sepan descubrir su vocación al servicio de la comunidad
y de la Iglesia y que aprendan, especialmente con el ejemplo de sus padres,
que la vida familiar es un camino para realizar la vocación universal
a la santidad. (178)
Los jóvenes, esperanza del futuro
47. Los jóvenes son una gran fuerza social y evangelizadora.
« Constituyen una parte numerosísima de la población
en muchas naciones de América. En el encuentro de ellos con Cristo
vivo se fundan la esperanza y la expectativas de un futuro de mayor comunión
y solidaridad para la Iglesia y las sociedades de América ».
(179) Son evidentes los esfuerzos que las Iglesias particulares realizan
en el Continente para acompañar a los adolescentes en el proceso
catequético antes de la Confirmación y de otras formas de
acompañamiento que les ofrecen para que crezcan en su encuentro
con Cristo y en el conocimiento del Evangelio. El proceso de formación
de los jóvenes debe ser constante y dinámico, adecuado para
ayudarles a encontrar su lugar en la Iglesia y en el mundo. Por tanto,
la pastoral juvenil ha de ocupar un puesto privilegiado entre las preocupaciones
de los Pastores y de las comunidades.
En realidad, son muchos los jóvenes americanos que
buscan el sentido verdadero de su vida y que tienen sed de Dios, pero
muchas veces faltan las condiciones idóneas para realizar sus capacidades
y lograr sus aspiraciones. Lamentablemente, la falta de trabajo y de esperanzas
de futuro los lleva en algunas ocasiones a la marginación y a la
violencia. La sensación de frustración que experimentan
por todo ello, los hace abandonar frecuentemente la búsqueda de
Dios. Ante esta situación tan compleja, « la Iglesia se compromete
a mantener su opción pastoral y misionera por los jóvenes
para que puedan hoy encontrar a Cristo vivo ». (180)
La acción pastoral de la Iglesia llega a muchos
de estos adolescentes y jóvenes mediante la animación cristiana
de la familia, la catequesis, las instituciones educativas católicas
y la vida comunitaria de la parroquia. Pero hay otros muchos, especialmente
entre los que sufren diversas formas de pobreza, que quedan fuera del
campo de la actividad eclesial. Deben ser los jóvenes cristianos,
formados con una conciencia misionera madura, los apóstoles de
sus coetáneos. Es necesaria una acción pastoral que llegue
a los jóvenes en sus propios ambientes, como el colegio, la universidad,
el mundo del trabajo o el ambiente rural, con una atención apropiada
a su sensibilidad. En el ámbito parroquial y diocesano será
oportuno desarrollar también una acción pastoral de la juventud
que tenga en cuenta la evolución del mundo de los jóvenes,
que busque el diálogo con ellos, que no deje pasar las ocasiones
propicias para encuentros más amplios, que aliente las iniciativas
locales y aproveche también lo que ya se realiza en el ámbito
interdiocesano e internacional.
Y, ¿qué hacer ante los jóvenes que manifiestan
comportamientos adolescentes de una cierta inconstancia y dificultad para
asumir compromisos serios para siempre? Ante esta carencia de madurez
es necesario invitar a los jóvenes a ser valientes, ayudándoles
a apreciar el valor del compromiso para toda la vida, como es el caso
del sacerdocio, de la vida consagrada y del matrimonio cristiano. (181)
Acompañar al niño en su encuentro con
Cristo
48. Los niños son don y signo de la presencia de
Dios. « Hay que acompañar al niño en su encuentro con
Cristo, desde su bautismo hasta su primera comunión, ya que forma
parte de la comunidad viviente de fe, esperanza y caridad ». (182)
La Iglesia agradece la labor de los padres, maestros, agentes pastorales,
sociales y sanitarios, y de todos aquellos que sirven a la familia y a
los niños con la misma actitud de Jesucristo que dijo: « Dejad
que los niños vengan a mí, y no se lo impidáis porque
de los que son como éstos es el Reino de los Cielos » (Mt
19, 14).
Con razón los Padres sinodales lamentan y condenan
la condición dolorosa de muchos niños en toda América,
privados de la dignidad y la inocencia e incluso de la vida. « Esta
condición incluye la violencia, la pobreza, la carencia de casa,
la falta de un adecuado cuidado de sanidad y educación, los daños
de las drogas y del alcohol, y otros estados de abandono y de abuso ».
(183) A este respecto, en el Sínodo se hizo mención especial
de la problemática del abuso sexual de los niños y de la
prostitución infantil, y los Padres lanzaron un urgente llamado
« a todos los que están en posiciones de autoridad en la sociedad,
para que realicen, como cosa prioritaria, todo lo que está en su
poder, para aliviar el dolor de los niños en América ».
(184)
Elementos de comunión con las otras Iglesias
y Comunidades eclesiales
49. Entre la Iglesia católica y las otras Iglesias
y Comunidades eclesiales existe un esfuerzo de comunión que tiene
su raíz en el Bautismo administrado en cada una de ellas. (185)
Este esfuerzo se alimenta mediante la oración, el diálogo
y la acción común. Los Padres sinodales han querido expresar
una voluntad especial de « cooperación al diálogo ya
comenzado con la Iglesia ortodoxa, con la que tenemos en común
muchos elementos de fe, de vida sacramental y de piedad ». (186)
Las propuestas concretas de la Asamblea sinodal sobre el conjunto de las
Iglesias y Comunidades eclesiales cristianas no católicas son múltiples.
Se propone, en primer lugar, « que los cristianos católicos,
Pastores y fieles, fomenten el encuentro de los cristianos de las diversas
confesiones, en la cooperación, en nombre del Evangelio, para responder
al clamor de los pobres, con la promoción de la justicia, la oración
común por la unidad y la participación en la Palabra de
Dios y la experiencia de la fe en Cristo vivo ». (187) Deben también
alentarse, cuando sea oportuno y conveniente, las reuniones de expertos
de las diversas Iglesias y Comunidades eclesiales para facilitar el diálogo
ecuménico. El ecumenismo ha de ser objeto de reflexión y
de comunicación de experiencias entre las diversas Conferencias
Episcopales católicas del Continente.
Si bien el Concilio Vaticano II se refiere a todos los
bautizados y creyentes en Cristo « como hermanos en el Señor
», (188) es necesario distinguir con claridad las comunidades cristianas,
con las cuales es posible establecer relaciones inspiradas en el espíritu
del ecumenismo, de las sectas, cultos y otros movimientos pseudoreligiosos.
Relación de la Iglesia con las comunidades
judías
50. En la sociedad americana existen también comunidades
judías con las que la Iglesia ha llevado a cabo en estos últimos
años una colaboración creciente. (189) En la historia de
la salvación es evidente nuestra especial relación con el
pueblo judío. De ese pueblo nació Jesús, quien dio
comienzo a su Iglesia dentro de la Nación judía. Gran parte
de la Sagrada Escritura que los cristianos leemos como palabra de Dios,
constituye un patrimonio espiritual común con los judíos.
(190) Se ha de evitar, pues, toda actitud negativa hacia ellos, ya que
« para bendecir al mundo es necesario que los judíos y los
cristianos sean previamente bendición los unos para los otros ».
(191)
Religiones no cristianas
51. Respecto a las religiones no cristianas, la Iglesia
católica no rechaza nada de lo que en ellas hay de verdadero y
santo. (192) Por ello, con respecto a las otras religiones, los católicos
quieren subrayar los elementos de verdad dondequiera que puedan encontrarse,
pero a la vez testifican fuertemente la novedad de la revelación
de Cristo, custodiada en su integridad por la Iglesia. (193) En coherencia
con esta actitud, los católicos rechazan como extraña al
espíritu de Cristo toda discriminación o persecución
contra las personas por motivos de raza, color, condición de vida
o religión. La diferencia de religión nunca debe ser causa
de violencia o de guerra. Al contrario, las personas de creencias diversas
deben sentirse movidas, precisamente por su adhesión a las mismas,
a trabajar juntas por la paz y la justicia.
« Los musulmanes, como los cristianos y los judíos,
llaman a Abraham, padre suyo. Este hecho debe asegurar que en toda América
estas tres comunidades vivan armónicamente y trabajen juntas por
el bien común. Igualmente, la Iglesia en América debe esforzarse
por aumentar el mutuo respeto y las buenas relaciones con las religiones
nativas americanas ». (194) La misma actitud debe tenerse con los
grupos hinduistas y budistas o de otras religiones que las recientes inmigraciones,
procedentes de países orientales, han llevado al suelo americano.
CAPÍTULO V
CAMINO PARA LA SOLIDARIDAD
« En esto conocerán todos que sois
discípulos míos:
si os tenéis amor los unos a los otros » (Jn 13,
35)
La solidaridad, fruto de la comunión
52. « En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno
de estos hermanos míos más pequeños, a mí
me lo hicisteis » (Mt 25, 40; cf. 25, 45). La conciencia de
la comunión con Jesucristo y con los hermanos, que es, a su vez,
fruto de la conversión, lleva a servir al prójimo en todas
sus necesidades, tanto materiales como espirituales, para que en cada
hombre resplandezca el rostro de Cristo. Por eso, « la solidaridad
es fruto de la comunión que se funda en el misterio de Dios uno
y trino, y en el Hijo de Dios encarnado y muerto por todos. Se expresa
en el amor del cristiano que busca el bien de los otros, especialmente
de los más necesitados ». (195)
De aquí deriva para las Iglesias particulares del
Continente americano el deber de la recíproca solidaridad y de
compartir sus dones espirituales y los bienes materiales con que Dios
las ha bendecido, favoreciendo la disponibilidad de las personas para
trabajar donde sea necesario. Partiendo del Evangelio se ha de promover
una cultura de la solidaridad que incentive oportunas iniciativas de ayuda
a los pobres y a los marginados, de modo especial a los refugiados, los
cuales se ven forzados a dejar sus pueblos y tierras para huir de la violencia.
La Iglesia en América ha de alentar también a los organismos
internacionales del Continente con el fin de establecer un orden económico
en el que no domine sólo el criterio del lucro, sino también
el de la búsqueda del bien común nacional e internacional,
la distribución equitativa de los bienes y la promoción
integral de los pueblos. (196)
La doctrina de la Iglesia, expresión de las
exigencias de la conversión
53. Mientras el relativismo y el subjetivismo se difunden
de modo preocupante en el campo de la doctrina moral, la Iglesia en América
está llamada a anunciar con renovada fuerza que la conversión
consiste en la adhesión a la persona de Jesucristo, con todas las
implicaciones teológicas y morales ilustradas por el Magisterio
eclesial. Hay que reconocer, « el papel que realizan, en esta línea,
los teólogos, los catequistas y los profesores de religión
que, exponiendo la doctrina de la Iglesia con fidelidad al Magisterio,
cooperan directamente en la recta formación de la conciencia de
los fieles ». (197) Si creemos que Jesús es la Verdad (cf.
Jn 14, 6) desearemos ardientemente ser sus testigos para acercar
a nuestros hermanos a la verdad plena que está en el Hijo de Dios
hecho hombre, muerto y resucitado por la salvación del género
humano. « De este modo podremos ser, en este mundo, lámparas
vivas de fe, esperanza y caridad ». (198)
Doctrina social de la Iglesia
54. Ante los graves problemas de orden social que, con
características diversas, existen en toda América, el católico
sabe que puede encontrar en la doctrina social de la Iglesia la respuesta
de la que partir para buscar soluciones concretas. Difundir esta doctrina
constituye, pues, una verdadera prioridad pastoral. Para ello es importante
« que en América los agentes de evangelización (Obispos,
sacerdotes, profesores, animadores pastorales, etc.) asimilen este tesoro
que es la doctrina social de la Iglesia, e, iluminados por ella, se hagan
capaces de leer la realidad actual y de buscar vías para la acción
». (199) A este respecto, hay que fomentar la formación de
fieles laicos capaces de trabajar, en nombre de la fe en Cristo, para
la transformación de las realidades terrenas. Además, será
oportuno promover y apoyar el estudio de esta doctrina en todos los ámbitos
de las Iglesias particulares de América y, sobre todo, en el universitario,
para que sea conocida con mayor profundidad y aplicada en la sociedad
americana.
Para alcanzar este objetivo sería muy útil
un compendio o síntesis autorizada de la doctrina social católica,
incluso un « catecismo », que muestre la relación existente
entre ella y la nueva evangelización. La parte que el Catecismo
de la Iglesia Católica dedica a esta materia, a propósito
del séptimo mandamiento del Decálogo, podría ser
el punto de partida de este « Catecismo de doctrina social católica
». Naturalmente, como ha sucedido con el Catecismo de la Iglesia
Católica, se limitaría a formular los principios generales,
dejando a aplicaciones posteriores el tratar sobre los problemas relacionados
con las diversas situaciones locales. (200)
En la doctrina social de la Iglesia ocupa un lugar importante
el derecho a un trabajo digno. Por esto, ante las altas tasas de desempleo
que afectan a muchos países americanos y ante las duras condiciones
en que se encuentran no pocos trabajadores en la industria y en el campo,
« es necesario valorar el trabajo como dimensión de realización
y de dignidad de la persona humana. Es una responsabilidad ética
de una sociedad organizada promover y apoyar una cultura del trabajo ».
(201)
Globalización de la solidaridad
55. El complejo fenómeno de la globalización,
como he recordado más arriba, es una de las características
del mundo actual, perceptible especialmente en América. Dentro
de esta realidad polifacética, tiene gran importancia el aspecto
económico. Con su doctrina social, la Iglesia ofrece una valiosa
contribución a la problemática que presenta la actual economía
globalizada. Su visión moral en esta materia « se apoya en
las tres piedras angulares fundamentales de la dignidad humana, la solidaridad
y la subsidiariedad ». (202) La economía globalizada debe
ser analizada a la luz de los principios de la justicia social, respetando
la opción preferencial por los pobres, que han de ser capacitados
para protegerse en una economía globalizada, y ante las exigencias
del bien común internacional. En realidad, « la doctrina social
de la Iglesia es la visión moral que intenta asistir a los gobiernos,
a las instituciones y las organizaciones privadas para que configuren
un futuro congruente con la dignidad de cada persona. A través
de este prisma se pueden valorar las cuestiones que se refieren a la deuda
externa de las naciones, a la corrupción política interna
y a la discriminación dentro [de la propia nación] y entre
las naciones ». (203)
La Iglesia en América está llamada no sólo
a promover una mayor integración entre las naciones, contribuyendo
de este modo a crear una verdadera cultura globalizada de la solidaridad,
(204) sino también a colaborar con los medios legítimos
en la reducción de los efectos negativos de la globalización,
como son el dominio de los más fuertes sobre los más débiles,
especialmente en el campo económico, y la pérdida de los
valores de las culturas locales en favor de una mal entendida homogeneización.
Pecados sociales que claman al cielo
56. A la luz de la doctrina social de la Iglesia se aprecia
también, más claramente, la gravedad de « los pecados
sociales que claman al cielo, porque generan violencia, rompen la paz
y la armonía entre las comunidades de una misma nación,
entre las naciones y entre las diversas partes del Continente ».
(205) Entre estos pecados se deben recordar, « el comercio de drogas,
el lavado de las ganancias ilícitas, la corrupción en cualquier
ambiente, el terror de la violencia, el armamentismo, la discriminación
racial, las desigualdades entre los grupos sociales, la irrazonable destrucción
de la naturaleza ». (206) Estos pecados manifiestan una profunda
crisis debido a la pérdida del sentido de Dios y a la ausencia
de los principios morales que deben regir la vida de todo hombre. Sin
una referencia moral se cae en un afán ilimitado de riqueza y de
poder, que ofusca toda visión evangélica de la realidad
social.
No pocas veces, esto provoca que algunas instancias públicas
se despreocupen de la situación social. Cada vez más, en
muchos países americanos impera un sistema conocido como «
neoliberalismo »; sistema que haciendo referencia a una concepción
economicista del hombre, considera las ganancias y las leyes del mercado
como parámetros absolutos en detrimento de la dignidad y del respeto
de las personas y los pueblos. Dicho sistema se ha convertido, a veces,
en una justificación ideológica de algunas actitudes y modos
de obrar en el campo social y político, que causan la marginación
de los más débiles. De hecho, los pobres son cada vez más
numerosos, víctimas de determinadas políticas y de estructuras
frecuentemente injustas. (207)
La mejor respuesta, desde el Evangelio, a esta dramática
situación es la promoción de la solidaridad y de la paz,
que hagan efectivamente realidad la justicia. Para esto se ha de alentar
y ayudar a aquellos que son ejemplo de honradez en la administración
del erario público y de la justicia. Igualmente se ha de apoyar
el proceso de democratización que está en marcha en América,
(208) ya que en un sistema democrático son mayores las posibilidades
de control que permiten evitar los abusos.
« El Estado de Derecho es la condición necesaria
para establecer una verdadera democracia ». (209) Para que ésta
se pueda desarrollar, se precisa la educación cívica así
como la promoción del orden público y de la paz en la convivencia
civil. En efecto, « no hay una democracia verdadera y estable sin
justicia social. Para esto es necesario que la Iglesia preste mayor atención
a la formación de la conciencia, prepare dirigentes sociales para
la vida publica en todos los niveles, promueva la educación ética,
la observancia de la ley y de los derechos humanos y emplee un mayor esfuerzo
en la formación ética de la clase política ».
(210)
El fundamento último de los derechos humanos
57. Conviene recordar que el fundamento sobre el que se
basan todos los derechos humanos es la dignidad de la persona. En efecto,
« la mayor obra divina, el hombre, es imagen y semejanza de Dios.
Jesús asumió nuestra naturaleza menos el pecado; promovió
y defendió la dignidad de toda persona humana sin excepción
alguna; murió por la libertad de todos. El Evangelio nos muestra
cómo Jesucristo subrayó la centralidad de la persona humana
en el orden natural (cf. Lc 12, 22-29), en el orden social y en
el orden religioso, incluso respecto a la Ley (cf. Mc 2, 27); defendiendo
el hombre y también la mujer (cf. Jn 8, 11) y los niños
(cf. Mt 19, 13-15), que en su tiempo y en su cultura ocupaban un
lugar secundario en la sociedad. De la dignidad del hombre en cuanto hijo
de Dios nacen los derechos humanos y las obligaciones ». (211) Por
esta razón, « todo atropello a la dignidad del hombre es atropello
al mismo Dios, de quien es imagen ». (212) Esta dignidad es común
a todos los hombres sin excepción, ya que todos han sido creados
a imagen de Dios (cf. Gn 1, 26). La respuesta de Jesús a
la pregunta « ¿Quién es mi prójimo? » (Lc
10, 29) exige de cada uno una actitud de respeto por la dignidad del otro
y de cuidado solícito hacia él, aunque se trate de un extranjero
o un enemigo (cf. Lc 10, 30-37). En toda América la conciencia
de la necesidad de respetar los derechos humanos ha ido creciendo en estos
últimos tiempos, sin embargo todavía queda mucho por hacer,
si se consideran las violaciones de los derechos de personas y de grupos
sociales que aún se dan en el Continente.
Amor preferencial por los pobres y marginados
58. « La Iglesia en América debe encarnar en
sus iniciativas pastorales la solidaridad de la Iglesia universal hacia
los pobres y marginados de todo género. Su actitud debe incluir
la asistencia, promoción, liberación y aceptación
fraterna. La Iglesia pretende que no haya en absoluto marginados ».
(213) El recuerdo de los capítulos oscuros de la historia de América
relativos a la existencia de la esclavitud y de otras situaciones de discriminación
social, ha de suscitar un sincero deseo de conversión que lleve
a la reconciliación y a la comunión.
La atención a los más necesitados surge de
la opción de amar de manera preferencial a los pobres. Se trata
de un amor que no es exclusivo y no puede ser pues interpretado como signo
de particularismo o de sectarismo; (214) amando a los pobres el cristiano
imita las actitudes del Señor, que en su vida terrena se dedicó
con sentimientos de compasión a las necesidades de las personas
espiritual y materialmente indigentes.
La actividad de la Iglesia en favor de los pobres en todas
las partes del Continente es importante; no obstante hay que seguir trabajando
para que esta línea de acción pastoral sea cada vez más
un camino para el encuentro con Cristo, el cual, siendo rico, por nosotros
se hizo pobre a fin de enriquecernos con su pobreza (cf. 2 Co 8,
9). Se debe intensificar y ampliar cuanto se hace ya en este campo, intentando
llegar al mayor número posible de pobres. La Sagrada Escritura
nos recuerda que Dios escucha el clamor de los pobres (cf. Sal
34 [33],7) y la Iglesia ha de estar atenta al clamor de los más
necesitados. Escuchando su voz, « la Iglesia debe vivir con los pobres
y participar de sus dolores. [...] Debe finalmente testificar por su estilo
de vida que sus prioridades, sus palabras y sus acciones, y ella misma
está en comunión y solidaridad con ellos ». (215)
La deuda externa
59. La existencia de una deuda externa que asfixia a muchos
pueblos del Continente americano es un problema complejo. Aun sin entrar
en sus numerosos aspectos, la Iglesia en su solicitud pastoral no puede
ignorar este problema, ya que afecta a la vida de tantas personas. Por
eso, diversas Conferencias Episcopales de América, conscientes
de su gravedad, han organizado estudios sobre el mismo y publicado documentos
para buscar soluciones eficaces. (216) Yo he expresado también
varias veces mi preocupación por esta situación, que en
algunos casos se ha hecho insostenible. En la perspectiva del ya próximo
Gran Jubileo del año 2000 y recordando el sentido social que los
Jubileos tenían en el Antiguo Testamento, escribí: «
Así, en el espíritu del Libro del Levítico (25, 8-12),
los cristianos deberán hacerse voz de todos los pobres del mundo,
proponiendo el Jubileo como un tiempo oportuno para pensar entre otras
cosas en una notable reducción, si no en una total condonación,
de la deuda internacional que grava sobre el destino de muchas naciones
». (217)
Reitero mi deseo, hecho propio por los Padres sinodales,
de que el Pontificio Consejo « Justicia y Paz », junto con otros
organismos competentes, como es la sección para las Relaciones
con los Estados de la Secretaría de Estado, « busque, en el
estudio y el diálogo con representantes del Primer Mundo y con
responsables del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional, vías
de solución para el problema de la deuda externa y normas que impidan
la repetición de tales situaciones con ocasión de futuros
préstamos ». (218) Al nivel más amplio posible, sería
oportuno que « expertos en economía y cuestiones monetarias,
de fama internacional, procedieran a un análisis crítico
del orden económico mundial, en sus aspectos positivos y negativos,
de modo que se corrija el orden actual, y propongan un sistema y mecanismos
capaces de promover el desarrollo integral y solidario de las personas
y los pueblos ». (219)
Lucha contra la corrupción
60. En América el fenómeno de la corrupción
está también ampliamente extendido. La Iglesia puede contribuir
eficazmente a erradicar este mal de la sociedad civil con « una mayor
presencia de cristianos laicos cualificados que, por su origen familiar,
escolar y parroquial, promuevan la práctica de valores como la
verdad, la honradez, la laboriosidad y el servicio del bien común
». (220) Para lograr este objetivo y también para iluminar
a todos los hombres de buena voluntad, deseosos de poner fin a los males
derivados de la corrupción, hay que enseñar y difundir lo
más posible la parte que corresponde a este tema en el Catecismo
de la Iglesia Católica, promoviendo al mismo tiempo entre los
católicos de cada Nación el conocimiento de los documentos
publicados al respecto por las Conferencias Episcopales de las otras Naciones.
(221) Los cristianos así formados contribuirán significativamente
a la solución de este problema, esforzándose en llevar a
la práctica la doctrina social de la Iglesia en todos los aspectos
que afecten a sus vidas y en aquellos otros a los que pueda llegar su
influjo.
El problema de las drogas
61. En relación con el grave problema del comercio
de drogas, la Iglesia en América puede colaborar eficazmente con
los responsables de las Naciones, los directivos de empresas privadas,
las organizaciones no gubernamentales y las instancias internacionales
para desarrollar proyectos que eliminen este comercio que amenaza la integridad
de los pueblos en América. (222) Esta colaboración debe
extenderse a los órganos legislativos, apoyando las iniciativas
que impidan el « blanqueo de dinero », favorezcan el control
de los bienes de quienes están implicados en este tráfico
y vigilen que la producción y comercio de las sustancias químicas
para la elaboración de drogas se realicen según las normas
legales. La urgencia y gravedad del problema hacen apremiante un llamado
a los diversos ambientes y grupos de la sociedad civil para luchar unidos
contra el comercio de la droga. (223) Por lo que respecta específicamente
a los Obispos, es necesario según una sugerencia de los Padres
sinodales que ellos mismos, como Pastores del pueblo de Dios, denuncien
con valentía y con fuerza el hedonismo, el materialismo y los estilos
de vida que llevan fácilmente a la droga. (224)
Hay que tener también presente que se debe ayudar
a los agricultores pobres para que no caigan en la tentación del
dinero fácil obtenible con el cultivo de las plantas de las que
se extraen las drogas. A este respecto, las Organizaciones internacionales
pueden prestar una colaboración preciosa a los Gobiernos nacionales
favoreciendo, con incentivos diversos, las producciones agrícolas
alternativas. Se ha de alentar también la acción de quienes
se esfuerzan en sacar de la droga a los que la usan, dedicando una atención
pastoral a las víctimas de la tóxicodependencia. Tiene una
importancia fundamental ofrecer el verdadero « sentido de la vida
» a las nuevas generaciones, que por carencia del mismo acaban por
caer frecuentemente en la espiral perversa de los estupefacientes. Este
trabajo de recuperación y rehabilitación social puede ser
también una verdadera y propia tarea de evangelización.
(225)
La carrera de armamentos
62. Un factor que paraliza gravemente el progreso de no
pocas naciones de América es la carrera de armamentos. Desde las
Iglesias particulares de América debe alzarse una voz profética
que denuncie tanto el armamentismo como el escandaloso comercio de armas
de guerra, el cual emplea sumas ingentes de dinero que deberían,
en cambio, destinarse a combatir la miseria y a promover el desarrollo.
(226) Por otra parte, la acumulación de armamentos es un factor
de inestabilidad y una amenaza para la paz. (227) Por esto, la Iglesia
está vigilante ante el riesgo de conflictos armados, incluso, entre
naciones hermanas. Ella, como signo e instrumento de reconciliación
y paz, ha de procurar « por todos los medios posibles, también
por el camino de la mediación y del arbitraje, actuar en favor
de la paz y de la fraternidad entre los pueblos ». (228)
Cultura de la muerte y sociedad dominada por los
poderosos
63. Hoy en América, como en otras partes del mundo,
parece perfilarse un modelo de sociedad en la que dominan los poderosos,
marginando e incluso eliminando a los débiles. Pienso ahora en
los niños no nacidos, víctimas indefensas del aborto; en
los ancianos y enfermos incurables, objeto a veces de la eutanasia; y
en tantos otros seres humanos marginados por el consumismo y el materialismo.
No puedo ignorar el recurso no necesario a la pena de muerte cuando otros
« medios incruentos bastan para defender y proteger la seguridad
de las personas contra el agresor [...] En efecto, hoy, teniendo en cuenta
las posibilidades de que dispone el Estado para reprimir eficazmente el
crimen dejando inofensivo a quien lo ha cometido, sin quitarle definitivamente
la posibilidad de arrepentirse, los casos de absoluta necesidad de eliminar
al reo son ya muy raros, por no decir prácticamente inexistentes
». (229) Semejante modelo de sociedad se caracteriza por la cultura
de la muerte y, por tanto, en contraste con el mensaje evangélico.
Ante esta desoladora realidad, la Comunidad eclesial trata de comprometerse
cada vez más en defender la cultura de la vida.
Por ello, los Padres sinodales, haciéndose eco de
los recientes documentos del Magisterio de la Iglesia, han subrayado con
vigor la incondicionada reverencia y la total entrega a favor de la vida
humana desde el momento de la concepción hasta el momento de la
muerte natural, y expresan la condena de males como el aborto y la eutanasia.
Para mantener estas doctrinas de la ley divina y natural, es esencial
promover el conocimiento de la doctrina social de la Iglesia, y comprometerse
para que los valores de la vida y de la familia sean reconocidos y defendidos
en el ámbito social y en la legislación del Estado. (230)
Además de la defensa de la vida, se ha de intensificar, a través
de múltiples instituciones pastorales, una activa promoción
de las adopciones y una constante asistencia a las mujeres con problemas
por su embarazo, tanto antes como después del nacimiento del hijo.
Se ha de dedicar además una especial atención pastoral a
las mujeres que han padecido o procurado activamente el aborto. (231)
Doy gracias a Dios y manifiesto mi vivo aprecio a los hermanos
y hermanas en la fe que en América, unidos a otros cristianos y
a innumerables personas de buena voluntad, están comprometidos
a defender con los medios legales la vida y a proteger al no nacido, al
enfermo incurable y a los discapacitados. Su acción es aún
más laudable si se consideran la indiferencia de muchos, las insidias
eugenésicas y los atentados contra la vida y la dignidad humana,
que diariamente se cometen por todas partes. (232)
Esta misma solicitud se ha de tener con los ancianos, a
veces descuidados y abandonados. Ellos deben ser respetados como personas.
Es importante poner en práctica para ellos iniciativas de acogida
y asistencia que promuevan sus derechos y aseguren, en la medida de lo
posible, su bienestar físico y espiritual. Los ancianos deben ser
protegidos de las situaciones y presiones que podrían empujarlos
al suicidio; en particular han de ser sostenidos contra la tentación
del suicidio asistido y de la eutanasia.
Junto con los Pastores del pueblo de Dios en América,
dirijo un llamado a « los católicos que trabajan en el campo
médico-sanitario y a quienes ejercen cargos públicos, así
como a los que se dedican a la enseñanza, para que hagan todo lo
posible por defender las vidas que corren más peligro, actuando
con una conciencia rectamente formada según la doctrina católica.
Los Obispos y los presbíteros tienen, en este sentido, la especial
responsabilidad de dar testimonio incansable en favor del Evangelio de
la vida y de exhortar a los fieles para que actúen en consecuencia
». (233) Al mismo tiempo, es preciso que la Iglesia en América
ilumine con oportunas intervenciones la toma de decisiones de los cuerpos
legislativos, animando a los ciudadanos, tanto a los católicos
como a los demás hombres de buena voluntad, a crear organizaciones
para promover buenos proyectos de ley y así se impidan aquellos
otros que amenazan a la familia y la vida, que son dos realidades inseparables.
En nuestros días hay que tener especialmente presente todo lo que
se refiere a la investigación embrionaria, para que de ningún
modo se vulnere la dignidad humana.
Los pueblos indígenas y los americanos de
origen africano
64. Si la Iglesia en América, fiel al Evangelio
de Cristo, desea recorre el camino de la solidaridad, debe dedicar una
especial atención a aquellas etnias que todavía hoy son
objeto de discriminaciones injustas. En efecto, hay que erradicar todo
intento de marginación contra las poblaciones indígenas.
Ello implica, en primer lugar, que se deben respetar sus tierras y los
pactos contraídos con ellos; igualmente, hay que atender a sus
legítimas necesidades sociales, sanitarias y culturales. Habrá
que recordar la necesidad de reconciliación entre los pueblos indígenas
y las sociedades en las que viven.
Quiero recordar ahora que los americanos de origen africano
siguen sufriendo también, en algunas partes, prejuicios étnicos,
que son un obstáculo importante para su encuentro con Cristo. Ya
que todas las personas, de cualquier raza y condición, han sido
creadas por Dios a su imagen, conviene promover programas concretos, en
los que no debe faltar la oración en común, los cuales favorezcan
la comprensión y reconciliación entre pueblos diversos,
tendiendo puentes de amor cristiano, de paz y de justicia entre todos
los hombres. (234)
Para lograr estos objetivos es indispensable formar agentes
pastorales competentes, capaces de usar métodos ya « inculturados
» legítimamente en la catequesis y en la liturgia. Así
también, se conseguirá mejor un número adecuado de
pastores que desarrollen sus actividades entre los indígenas, si
se promueven las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada entre
dichos pueblos. (235)
La problemática de los inmigrados
65. El Continente americano ha conocido en su historia
muchos movimientos de inmigración, que llevaron multitud de hombres
y mujeres a las diversas regiones con la esperanza de un futuro mejor.
El fenómeno continúa también hoy y afecta concretamente
a numerosas personas y familias procedentes de Naciones latinoamericanas
del Continente, que se han instalado en las regiones del Norte, constituyendo
en algunos casos una parte considerable de la población. A menudo
llevan consigo un patrimonio cultural y religioso, rico de significativos
elementos cristianos. La Iglesia es consciente de los problemas provocados
por esta situación y se esfuerza en desarrollar una verdadera atención
pastoral entre dichos inmigrados, para favorecer su asentamiento en el
territorio y para suscitar, al mismo tiempo, una actitud de acogida por
parte de las poblaciones locales, convencida de que la mutua apertura
será un enriquecimiento para todos.
Las comunidades eclesiales procurarán ver en este
fenómeno un llamado específico a vivir el valor evangélico
de la fraternidad y a la vez una invitación a dar un renovado impulso
a la propia religiosidad para una acción evangelizadora más
incisiva. En este sentido, los Padres sinodales consideran que «
la Iglesia en América debe ser abogada vigilante que proteja, contra
todas las restricciones injustas, el derecho natural de cada persona a
moverse libremente dentro de su propia nación y de una nación
a otra. Hay que estar atentos a los derechos de los emigrantes y de sus
familias, y al respeto de su dignidad humana, también en los casos
de inmigraciones no legales ». (236)
Con respecto a los inmigrantes, es necesaria una actitud
hospitalaria y acogedora, que los aliente a integrarse en la vida eclesial,
salvaguardando siempre su libertad y su peculiar identidad cultural. A
este fin es muy importante la colaboración entre las diócesis
de las que proceden y aquellas en las que son acogidos, también
mediante las específicas estructuras pastorales previstas en la
legislación y en la praxis de la Iglesia. (237) Se puede asegurar
así la atención pastoral más adecuada posible e integral.
La Iglesia en América debe estar impulsada por la constante solicitud
de que no falte una eficaz evangelización a los que han llegado
recientemente y no conocen todavía a Cristo. (238)
CAPÍTULO VI
LA MISIÓN DE LA IGLESIA
HOY EN AMÉRICA:
LA NUEVA EVANGELIZACIÓN
« Como el Padre me envió, también
yo os envío » (Jn 20, 21)
Enviados por Cristo
66. Cristo resucitado, antes de su ascensión al
cielo, envió a los Apóstoles a anunciar el Evangelio al
mundo entero (cf. Mc 16, 15), confiriéndoles los poderes
necesarios para realizar esta misión. Es significativo que, antes
de darles el último mandato misionero, Jesús se refiriera
al poder universal recibido del Padre (cf. Mt 28, 18). En efecto,
Cristo transmitió a los Apóstoles la misión recibida
del Padre (cf. Jn 20, 21), haciéndolos así partícipes
de sus poderes. Pero también « los fieles laicos, precisamente
por ser miembros de la Iglesia, tienen la vocación y misión
de ser anunciadores del Evangelio: son habilitados y comprometidos en
esta tarea por los sacramentos de la iniciación cristiana y por
los dones del Espíritu Santo ». (239) En efecto, ellos han
sido « hechos partícipes, a su modo, de la función
sacerdotal, profética y real de Cristo ». (240) Por consiguiente,
« los fieles laicos por su participación en el oficio
profético de Cristo están plenamente implicados en
esta tarea de la Iglesia », (241) y por ello deben sentirse llamados
y enviados a proclamar la Buena Nueva del Reino. Las palabras de Jesús:
« Id también vosotros a mi viña » (Mt 20,
4), 242 deben considerarse dirigidas no sólo a los Apóstoles,
sino a todos los que desean ser verdaderos discípulos del Señor.
La tarea fundamental a la que Jesús envía
a sus discípulos es el anuncio de la Buena Nueva, es decir, la
evangelización (cf. Mc 16, 15-18). De ahí que, «
evangelizar constituye, en efecto, la dicha y vocación propia de
la Iglesia, su identidad más profunda ». (243) Como he manifestado
en otras ocasiones, la singularidad y novedad de la situación en
la que el mundo y la Iglesia se encuentran, a las puertas del Tercer milenio,
y las exigencias que de ello se derivan, hacen que la misión evangelizadora
requiera hoy un programa también nuevo que puede definirse en su
conjunto como « nueva evangelización ». (244) Como Pastor
supremo de la Iglesia deseo fervientemente invitar a todos los miembros
del pueblo de Dios, y particularmente a los que viven en el Continente
americano donde por vez primera hice un llamado a un compromiso
nuevo « en su ardor, en sus métodos, en su expresión
» (245) a asumir este proyecto y a colaborar en él.
Al aceptar esta misión, todos deben recordar que el núcleo
vital de la nueva evangelización ha de ser el anuncio claro e inequívoco
de la persona de Jesucristo, es decir, el anuncio de su nombre, de su
doctrina, de su vida, de sus promesas y del Reino que Él nos ha
conquistado a través de su misterio pascual. (246)
Jesucristo, « buena nueva » y primer evangelizador
67. Jesucristo es la « buena nueva » de la salvación
comunicada a los hombres de ayer, de hoy y de siempre; pero al mismo tiempo
es también el primer y supremo evangelizador. (247) La Iglesia
debe centrar su atención pastoral y su acción evangelizadora
en Jesucristo crucificado y resucitado. « Todo lo que se proyecte
en el campo eclesial ha de partir de Cristo y de su Evangelio ».
(248) Por lo cual, « la Iglesia en América debe hablar cada
vez más de Jesucristo, rostro humano de Dios y rostro divino del
hombre. Este anuncio es el que realmente sacude a los hombres, despierta
y transforma los ánimos, es decir, convierte. Cristo ha de ser
anunciado con gozo y con fuerza, pero principalmente con el testimonio
de la propia vida ». (249)
Cada cristiano podrá llevar a cabo eficazmente su
misión en la medida en que asuma la vida del Hijo de Dios hecho
hombre como el modelo perfecto de su acción evangelizadora. La
sencillez de su estilo y sus opciones han de ser normativas para todos
en la tarea de la evangelización. En esta perspectiva, los pobres
han de ser considerados ciertamente entre los primeros destinatarios de
la evangelización, a semejanza de Jesús, que decía
de sí mismo: « El Espíritu del Señor [...] me
ha ungido. Me ha enviado a anunciar a los pobres la Buena Nueva »
(Lc 4, 18). (250)
Como ya he indicado antes, el amor por los pobres ha de
ser preferencial, pero no excluyente. El haber descuidado como señalaron
los Padres sinodales la atención pastoral de los ambientes
dirigentes de la sociedad, con el consiguiente alejamiento de la Iglesia
de no pocos de ellos, (251) se debe, en parte, a un planteamiento del
cuidado pastoral de los pobres con un cierto exclusivismo. Los daños
derivados de la difusión del secularismo en dichos ambientes, tanto
políticos, como económicos, sindicales, militares, sociales
o culturales, muestran la urgencia de una evangelización de los
mismos, la cual debe ser alentada y guiada por los Pastores, llamados
por Dios para atender a todos. Es necesario evangelizar a los dirigentes,
hombres y mujeres, con renovado ardor y nuevos métodos, insistiendo
principalmente en la formación de sus conciencias mediante la doctrina
social de la Iglesia. Esta formación será el mejor antídoto
frente a tantos casos de incoherencia y, a veces, de corrupción
que afectan a las estructuras sociopolíticas. Por el contrario,
si se descuida esta evangelización de los dirigentes, no debe sorprender
que muchos de ellos sigan criterios ajenos al Evangelio y, a veces, abiertamente
contrarios a él. A pesar de todo, y en claro contraste con quienes
carecen de una mentalidad cristiana, hay que reconocer « los intentos
de no pocos [...] dirigentes por construir una sociedad justa y solidaria
». (252)
El encuentro con Cristo lleva a evangelizar
68. El encuentro con el Señor produce una profunda
transformación de quienes no se cierran a Él. El primer
impulso que surge de esta transformación es comunicar a los demás
la riqueza adquirida en la experiencia de este encuentro. No se trata
sólo de enseñar lo que hemos conocido, sino también,
como la mujer samaritana, de hacer que los demás encuentren personalmente
a Jesús: « Venid a ver » (Jn 4, 29). El resultado
será el mismo que se verificó en el corazón de los
samaritanos, que decían a la mujer: « Ya no creemos por tus
palabras; que nosotros mismos hemos oído y sabemos que éste
es verdaderamente el Salvador del mundo » (Jn 4, 42). La Iglesia,
que vive de la presencia permanente y misteriosa de su Señor resucitado,
tiene como centro de su misión « llevar a todos los hombres
al encuentro con Jesucristo ». (253)
Ella está llamada a anunciar que Cristo vive realmente,
es decir, que el Hijo de Dios, que se hizo hombre, murió y resucitó,
es el único Salvador de todos los hombres y de todo el hombre,
y que como Señor de la historia continúa operante en la
Iglesia y en el mundo por medio de su Espíritu hasta la consumación
de los siglos. La presencia del Resucitado en la Iglesia hace posible
nuestro encuentro con Él, gracias a la acción invisible
de su Espíritu vivificante. Este encuentro se realiza en la fe
recibida y vivida en la Iglesia, cuerpo místico de Cristo. Este
encuentro, pues, tiene esencialmente una dimensión eclesial y lleva
a un compromiso de vida. En efecto, « encontrar a Cristo vivo es
aceptar su amor primero, optar por Él, adherir libremente a su
persona y proyecto, que es el anuncio y la realización del Reino
de Dios ». (254)
El llamado suscita la búsqueda de Jesús:
« Rabbí que quiere decir, Maestro
¿dónde vives? Les respondió: Venid y lo veréis.
Fueron, pues, vieron dónde vivía y se quedaron con él
aquel día » (Jn 1, 38-39). « Ese quedarse no se
reduce al día de la vocación, sino que se extiende a toda
la vida. Seguirle es vivir como Él vivió, aceptar su mensaje,
asumir sus criterios, abrazar su suerte, participar su propósito
que es el plan del Padre: invitar a todos a la comunión trinitaria
y a la comunión con los hermanos en una sociedad justa y solidaria
». (255) El ardiente deseo de invitar a los demás a encontrar
a Aquél a quien nosotros hemos encontrado, está en la raíz
de la misión evangelizadora que incumbe a toda la Iglesia, pero
que se hace especialmente urgente hoy en América, después
de haber celebrado los 500 años de la primera evangelización
y mientras nos disponemos a conmemorar agradecidos los 2000 años
de la venida del Hijo unigénito de Dios al mundo.
Importancia de la catequesis
69. La nueva evangelización, en la que todo el Continente
está comprometido, indica que la fe no puede darse por supuesta,
sino que debe ser presentada explícitamente en toda su amplitud
y riqueza. Este es el objetivo principal de la catequesis, la cual, por
su misma naturaleza, es una dimensión esencial de la nueva evangelización.
« La catequesis es un proceso de formación en la fe, la esperanza
y la caridad que informa la mente y toca el corazón, llevando a
la persona a abrazar a Cristo de modo pleno y completo. Introduce más
plenamente al creyente en la experiencia de la vida cristiana que incluye
la celebración litúrgica del misterio de la redención
y el servicio cristiano a los otros ». (256)
Conociendo bien la necesidad de una catequización
completa, hice mía la propuesta de los Padres de la Asamblea extraordinaria
del Sínodo de los Obispos de 1985, de elaborar « un catecismo
o compendio de toda la doctrina católica, tanto sobre fe como sobre
moral », el cual pudiera ser « punto de referencia para los
catecismos y compendios que se redacten en las diversas regiones ».
(257) Esta propuesta se ha visto realizada con la publicación de
la edición típica del Catechismus Catholicae Ecclesiae.
(258) Además del texto oficial del Catecismo, y para un mejor aprovechamiento
de sus contenidos, he querido que se elaborara y publicara también
un Directorio general para la Catequesis. (259) Recomiendo vivamente
el uso de estos dos instrumentos de valor universal a cuantos en América
se dedican a la catequesis. Es deseable que ambos documentos se utilicen
« en la preparación y revisión de todos los programas
parroquiales y diocesanos para la catequesis, teniendo ante los ojos que
la situación religiosa de los jóvenes y de los adultos requiere
una catequesis más kerigmática y más orgánica
en su presentación de los contenidos de la fe ». (260)
Es necesario reconocer y alentar la valiosa misión
que desarrollan tantos catequistas en todo el Continente americano, como
verdaderos mensajeros del Reino: « Su fe y su testimonio de vida
son partes integrantes de la catequesis ». (261) Deseo alentar cada
vez más a los fieles para que asuman con valentía y amor
al Señor este servicio a la Iglesia, dedicando generosamente su
tiempo y sus talentos. Por su parte, los Obispos procuren ofrecer a los
catequistas una adecuada formación para que puedan desarrollar
esta tarea tan indispensable en la vida de la Iglesia.
En la catequesis será conveniente tener presente,
sobre todo en un Continente como América, donde la cuestión
social constituye un aspecto relevante, que « el crecimiento en la
comprensión de la fe y su manifestación práctica
en la vida social están en íntima correlación. Conviene
que las fuerzas que se gastan en nutrir el encuentro con Cristo, redunden
en promover el bien común en una sociedad justa ». (262)
Evangelización de la cultura
70. Mi predecesor Pablo VI, con sabia inspiración,
consideraba que « la ruptura entre Evangelio y cultura es sin duda
alguna el drama de nuestro tiempo ». (263) Por ello, los Padres sinodales
han considerado justamente que « la nueva evangelización pide
un esfuerzo lúcido, serio y ordenado para evangelizar la cultura
».(264) El Hijo de Dios, al asumir la naturaleza humana, se encarnó
en un determinado pueblo, aunque su muerte redentora trajo la salvación
a todos los hombres, de cualquier cultura, raza y condición. El
don de su Espíritu y su amor van dirigidos a todos y cada uno de
los pueblos y culturas para unirlos entre sí a semejanza de la
perfecta unidad que hay en Dios uno y trino. Para que esto sea posible
es necesario inculturar la predicación, de modo que el Evangelio
sea anunciado en el lenguaje y la cultura de aquellos que lo oyen. (265)
Sin embargo, al mismo tiempo no debe olvidarse que sólo el misterio
pascual de Cristo, suprema manifestación del Dios infinito en la
finitud de la historia, puede ser el punto de referencia válido
para toda la humanidad peregrina en busca de unidad y paz verdaderas.
El rostro mestizo de la Virgen de Guadalupe fue ya desde
el inicio en el Continente un símbolo de la inculturación
de la evangelización, de la cual ha sido la estrella y guía.
Con su intercesión poderosa la evangelización podrá
penetrar el corazón de los hombres y mujeres de América,
e impregnar sus culturas transformándolas desde dentro. (266)
Evangelizar los centros educativos
71. El mundo de la educación es un campo privilegiado
para promover la inculturación del Evangelio. Sin embargo, los
centros educativos católicos y aquéllos que, aun no siendo
confesionales, tienen una clara inspiración católica, sólo
podrán desarrollar una acción de verdadera evangelización
si en todos sus niveles, incluido el universitario, se mantiene con nitidez
su orientación católica. Los contenidos del proyecto educativo
deben hacer referencia constante a Jesucristo y a su mensaje, tal como
lo presenta la Iglesia en su enseñanza dogmática y moral.
Sólo así se podrán formar dirigentes auténticamente
cristianos en los diversos campos de la actividad humana y de la sociedad,
especialmente en la política, la economía, la ciencia, el
arte y la reflexión filosófica. (267) En este sentido, «
es esencial que la Universidad Católica sea, a la vez, verdadera
y realmente ambas cosas: Universidad y Católica. [...] La índole
católica es un elemento constitutivo de la Universidad en cuanto
institución y no una mera decisión de los individuos que
dirigen la Universidad en un tiempo concreto ». (268) Por eso, la
labor pastoral en las Universidades Católicas ha de ser objeto
de particular atención en orden a fomentar el compromiso apostólico
de los estudiantes para que ellos mismos lleguen a ser los evangelizadores
del mundo universitario. (269) Además, « debe estimularse
la cooperación entre las Universidades Católicas de toda
América para que se enriquezcan mutuamente », (270) contribuyendo
de este modo a que el principio de solidaridad e intercambio entre los
pueblos de todo el Continente se realice también a nivel universitario.
Algo semejante se ha de decir también a propósito
de las escuelas católicas, en particular de la enseñanza
secundaria: « Debe hacerse un esfuerzo especial para fortificar la
identidad católica de las escuelas, las cuales fundan su naturaleza
específica en un proyecto educativo que tiene su origen en la persona
de Cristo y su raíz en la doctrina del Evangelio. Las escuelas
católicas deben buscar no sólo impartir una educación
que sea competente desde el punto de vista técnico y profesional,
sino especialmente proveer una formación integral de la persona
humana ». (271) Dada la importancia de la tarea que los educadores
católicos desarrollan, me uno a los Padres sinodales en su deseo
de alentar, con ánimo agradecido, a todos los que se dedican a
la enseñanza en las escuelas católicas: sacerdotes, hombres
y mujeres consagrados, y laicos comprometidos, « para que perseveren
en su misión de tanta importancia ». (272) Ha de procurarse
que el influjo de estos centros de enseñanza llegue a todos los
sectores de la sociedad sin distinciones ni exclusivismos. Es indispensable
que se realicen todos los esfuerzos posibles para que las escuelas católicas,
a pesar de las dificultades económicas, continúen «
impartiendo la educación católica a los pobres y a los marginados
en la sociedad ». (273) Nunca será posible liberar a los indigentes
de su pobreza si antes no se los libera de la miseria debida a la carencia
de una educación digna.
En el proyecto global de la nueva evangelización,
el campo de la educación ocupa un lugar privilegiado. Por ello,
ha de alentarse la actividad de todos los docentes católicos, incluso
de los que enseñan en escuelas no confesionales. Así mismo,
dirijo un llamado urgente a los consagrados y consagradas para que no
abandonen un campo tan importante para la nueva evangelización.
(274)
Como fruto y expresión de la comunión entre
todas las Iglesias particulares de América, reforzada ciertamente
por la experiencia espiritual de la Asamblea sinodal, se procurará
promover congresos para los educadores católicos en ámbito
nacional y continental, tratando de ordenar e incrementar la acción
pastoral educativa en todos los ambientes. (275)
La Iglesia en América, para cumplir todos estos
objetivos, necesita un espacio de libertad en el campo de la enseñanza,
lo cual no debe entenderse como un privilegio, sino como un derecho, en
virtud de la misión evangelizadora confiada por el Señor.
Además, los padres tienen el derecho fundamental y primario de
decidir sobre la educación de sus hijos y, por este motivo, los
padres católicos han de tener la posibilidad de elegir una educación
de acuerdo con sus convicciones religiosas. La función del Estado
en este campo es subsidiaria. El Estado tiene la obligación de
« garantizar a todos la educación y la obligación de
respetar y defender la libertad de enseñanza. Debe denunciarse
el monopolio del Estado como una forma de totalitarismo que vulnera los
derechos fundamentales que debe defender, especialmente el derecho de
los padres de familia a la educación religiosa de sus hijos. La
familia es el primer espacio educativo de la persona ». (276)
Evangelizar con los medios de comunicación
social
72. Es fundamental para la eficacia de la nueva evangelización
un profundo conocimiento de la cultura actual, en la cual los medios de
comunicación social tienen gran influencia. Es por tanto indispensable
conocer y usar estos medios, tanto en sus formas tradicionales como en
las más recientes introducidas por el progreso tecnológico.
Esta realidad requiere que se domine el lenguaje, naturaleza y características
de dichos medios. Con el uso correcto y competente de los mismos se puede
llevar a cabo una verdadera inculturación del Evangelio. Por otra
parte, los mismos medios contribuyen a modelar la cultura y mentalidad
de los hombres y mujeres de nuestro tiempo, razón por la cual quienes
trabajan en el campo de los medios de comunicación social han de
ser destinatarios de una especial acción pastoral (277)
A este respecto, los Padres sinodales indicaron numerosas
iniciativas concretas para una presencia eficaz del Evangelio en el mundo
de los medios de comunicación social: la formación de agentes
pastorales para este campo; el fomento de centros de producción
cualificada; el uso prudente y acertado de satélites y de nuevas
tecnologías; la formación de los fieles para que sean destinatarios
críticos; la unión de esfuerzos en la adquisición
y consiguiente gestión en común de nuevas emisoras y redes
de radio y televisión, y la coordinación de las que ya existen.
Por otra parte, las publicaciones católicas merecen ser sostenidas
y necesitan alcanzar un deseado desarrollo cualitativo.
Hay que alentar a los empresarios para que respalden económicamente
producciones de calidad que promueven los valores humanos y cristianos.
(278) Sin embargo, un programa tan amplio supera con creces las posibilidades
de cada Iglesia particular del Continente americano. Por ello, los mismos
Padres sinodales propusieron la coordinación de las actividades
en materia de medios de comunicación social a nivel interamericano,
para fomentar el conocimiento recíproco y la cooperación
en las realizaciones que ya existen en este campo. (279)
El desafío de las sectas
73. La acción proselitista, que las sectas y nuevos
grupos religiosos desarrollan en no pocas partes de América, es
un grave obstáculo para el esfuerzo evangelizador. La palabra «
proselitismo » tiene un sentido negativo cuando refleja un modo de
ganar adeptos no respetuoso de la libertad de aquellos a quienes se dirige
una determinada propaganda religiosa. (280) La Iglesia católica
en América censura el proselitismo de las sectas y, por esta misma
razón, en su acción evangelizadora excluye el recurso a
semejantes métodos. Al proponer el Evangelio de Cristo en toda
su integridad, la actividad evangelizadora ha de respetar el santuario
de la conciencia de cada individuo, en el que se desarrolla el diálogo
decisivo, absolutamente personal, entre la gracia y la libertad del hombre.
Ello ha de tenerse en cuenta especialmente respecto a los
hermanos cristianos de Iglesias y Comunidades eclesiales separadas de
la Iglesia católica, establecidas desde hace mucho tiempo en determinadas
regiones. Los lazos de verdadera comunión, aunque imperfecta, que,
según la doctrina del Concilio Vaticano II, (281) tienen esas comunidades
con la Iglesia católica, deben iluminar las actitudes de ésta
y de todos sus miembros respecto a aquéllas. (282) Sin embargo,
estas actitudes no han de poner en duda la firme convicción de
que sólo en la Iglesia católica se encuentra la plenitud
de los medios de salvación establecidos por Jesucristo.(283)
Los avances proselitistas de las sectas y de los nuevos
grupos religiosos en América no pueden contemplarse con indiferencia.
Exigen de la Iglesia en este Continente un profundo estudio, que se ha
de realizar en cada nación y también a nivel internacional,
para descubrir los motivos por los que no pocos católicos abandonan
la Iglesia. A la luz de sus conclusiones será oportuno hacer una
revisión de los métodos pastorales empleados, de modo que
cada Iglesia particular ofrezca a los fieles una atención religiosa
más personalizada, consolide las estructuras de comunión
y misión, y use las posibilidades evangelizadoras que ofrece una
religiosidad popular purificada, a fin de hacer más viva la fe
de todos los católicos en Jesucristo, por la oración y la
meditación de la palabra de Dios. (284)
Por otra parte, como señalaron algunos Padres sinodales,
hay que preguntarse si una pastoral orientada de modo casi exclusivo a
las necesidades materiales de los destinatarios no haya terminado por
defraudar el hambre de Dios que tienen esos pueblos, dejándolos
así en una situación vulnerable ante cualquier oferta supuestamente
espiritual. Por eso, « es indispensable que todos tengan contacto
con Cristo mediante el anuncio kerigmático gozoso y transformante,
especialmente mediante la predicación en la liturgia ». (285)
Una Iglesia que viva intensamente la dimensión espiritual y contemplativa,
y que se entregue generosamente al servicio de la caridad, será
de manera cada vez más elocuente testigo creíble de Dios
para los hombres y mujeres en su búsqueda de un sentido para la
propia vida. (286) Para ello es necesario que los fieles pasen de una
fe rutinaria, quizás mantenida sólo por el ambiente, a una
fe consciente vivida personalmente. La renovación en la fe será
siempre el mejor camino para conducir a todos a la Verdad que es Cristo.
Para que la respuesta al desafío de las sectas sea
eficaz, se requiere una adecuada coordinación de las iniciativas
a nivel supradiocesano, con el objeto de realizar una cooperación
mediante proyectos comunes que puedan dar mayores frutos. (287)
La misión « ad gentes »
74. Jesucristo confió a su Iglesia la misión
de evangelizar a todas las naciones: « Id, pues, y haced discípulos
a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo
y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo
lo que os he mandado » (Mt 28, 19-20). La conciencia de la
universalidad de la misión evangelizadora que la Iglesia ha recibido
debe permanecer viva, como lo ha demostrado siempre la historia del pueblo
de Dios que peregrina en América. La evangelización se hace
más urgente respecto a aquéllos que viviendo en este Continente
aún no conocen el nombre de Jesús, el único nombre
dado a los hombres para su salvación (cf. Hch 4, 12). Lamentablemente,
este nombre es desconocido todavía en gran parte de la humanidad
y en muchos ambientes de la sociedad americana. Baste pensar en las etnias
indígenas aún no cristianizadas o en la presencia de religiones
no cristianas, como el Islam, el Budismo o el Hinduismo, sobre todo en
los inmigrantes provenientes de Asia.
Ello obliga a la Iglesia universal, y en particular a la
Iglesia en América, a permanecer abierta a la misión ad
gentes. (288) El programa de una nueva evangelización en el
Continente, objetivo de muchos proyectos pastorales, no puede limitarse
a revitalizar la fe de los creyentes rutinarios, sino que ha de buscar
también anunciar a Cristo en los ambientes donde es desconocido.
Además, las Iglesias particulares de América
están llamadas a extender su impulso evangelizador más allá
de sus fronteras continentales. No pueden guardar para sí las inmensas
riquezas de su patrimonio cristiano. Han de llevarlo al mundo entero y
comunicarlo a aquéllos que todavía lo desconocen. Se trata
de muchos millones de hombres y mujeres que, sin la fe, padecen la más
grave de las pobrezas. Ante esta pobreza sería erróneo no
favorecer una actividad evangelizadora fuera del Continente con el pretexto
de que todavía queda mucho por hacer en América o en la
espera de llegar antes a una situación, en el fondo utópica,
de plena realización de la Iglesia en América.
Con el deseo de que el Continente americano participe,
de acuerdo con su vitalidad cristiana, en la gran tarea de la misión
ad gentes, hago mías las propuestas concretas que los Padres
sinodales presentaron en orden a « fomentar una mayor cooperación
entre las Iglesias hermanas; enviar misioneros (sacerdotes, consagrados
y fieles laicos) dentro y fuera del Continente; fortalecer o crear Institutos
misionales; favorecer la dimensión misionera de la vida consagrada
y contemplativa; dar un mayor impulso a la animación, formación
y organización misional ». (289) Estoy seguro de que el celo
pastoral de los Obispos y de los demás hijos de la Iglesia en toda
América sabrá encontrar iniciativas concretas, incluso a
nivel internacional, que lleven a la práctica, con gran dinamismo
y creatividad, estos propósitos misionales.
CONCLUSIÓN
Con esperanza y gratitud
75. « He aquí que yo estoy con vosotros todos
los días hasta el fin del mundo » (Mt 28, 20). Confiando
en esta promesa del Señor, la Iglesia que peregrina en el Continente
americano se dispone con entusiasmo a afrontar los desafíos del
mundo actual y los que el futuro pueda deparar. En el Evangelio la buena
noticia de la resurrección del Señor va acompañada
de la invitación a no temer (cf. Mt 28, 5.10). La Iglesia
en América quiere caminar en la esperanza, como expresaron los
Padres sinodales: « Con una confianza serena en el Señor de
la historia, la Iglesia se dispone a traspasar el umbral del Tercer milenio
sin prejuicios ni pusilanimidad, sin egoísmo, sin temor ni dudas,
persuadida del servicio primordial que debe prestar en testimonio de fidelidad
a Dios y a los hombres y mujeres del Continente ». (290)
Además, la Iglesia en América se siente particularmente
impulsada a caminar en la fe respondiendo con gratitud al amor de Jesús,
« manifestación encarnada del amor misericordioso de Dios
(cf. Jn 3, 16) ». (291) La celebración del inicio del
Tercer milenio cristiano puede ser una ocasión oportuna para que
el pueblo de Dios en América renueve « su gratitud por el
gran don de la fe », (292) que comenzó a recibir hace cinco
siglos. El año 1492, más allá de los aspectos históricos
y políticos, fue el gran año de gracia por la fe recibida
en América, una fe que anuncia el supremo beneficio de la Encarnación
del Hijo de Dios, que tuvo lugar hace 2000 años, como recordaremos
solemnemente en el Gran Jubileo tan cercano.
Este doble sentimiento de esperanza y gratitud ha de acompañar
toda la acción pastoral de la Iglesia en el Continente, impregnando
de espíritu jubilar las diversas iniciativas de las diócesis,
parroquias, comunidades de vida consagrada, movimientos eclesiales, así
como las actividades que puedan organizarse a nivel regional y continental.
(293)
Oración a Jesucristo por las familias de América
76. Por tanto, invito a todos los católicos de América
a tomar parte activa en las iniciativas evangelizadoras que el Espíritu
Santo vaya suscitando a lo largo y ancho de este inmenso Continente, tan
lleno de posibilidades y de esperanzas para el futuro. De modo especial
invito a las familias católicas a ser « iglesias domésticas
», (294) donde se vive y se transmite a las nuevas generaciones la
fe cristiana como un tesoro, y donde se ora en común. Si las familias
católicas realizan en sí mismas el ideal al que están
llamadas por voluntad de Dios, se convertirán en verdaderos focos
de evangelización.
Al concluir esta Exhortación Apostólica,
con la que he recogido las propuestas de los Padres sinodales, acojo gustoso
su sugerencia de redactar una oración por las familias en América.
(295) Invito a cada uno, a las comunidades y grupos eclesiales, donde
dos o más se reúnen en nombre del Señor, para que
a través de la oración se refuerce el lazo espiritual de
unión entre todos los católicos americanos. Que todos se
unan a la súplica del Sucesor de Pedro, invocando a Jesucristo,
« camino para la conversión, la comunión y la solidaridad
en América »:
Señor Jesucristo, te agradecemos
que el Evangelio del Amor del Padre,
con el que Tú viniste a salvar al mundo,
haya sido proclamado ampliamente en América
como don del Espíritu Santo
que hace florecer nuestra alegría.
Te damos gracias por la ofrenda de tu vida,
que nos entregaste amándonos hasta el extremo,
y nos hace hijos de Dios
y hermanos entre nosotros.
Aumenta, Señor, nuestra fe y amor a ti,
que estás presente
en tantos sagrarios del Continente.
Concédenos ser fieles testigos de tu Resurrección
ante las nuevas generaciones de América,
para que conociéndote te sigan
y encuentren en ti su paz y su alegría.
Sólo así podrán sentirse hermanos
de todos los hijos de Dios dispersos por el mundo.
Tú, que al hacerte hombre
quisiste ser miembro de una familia humana,
enseña a las familias
las virtudes que resplandecieron
en la casa de Nazaret.
Haz que permanezcan unidas,
como Tú y el Padre sois Uno,
y sean vivo testimonio de amor,
de justicia y solidaridad;
que sean escuela de respeto,
de perdón y mutua ayuda,
para que el mundo crea;
que sean fuente de vocaciones
al sacerdocio,
a la vida consagrada
y a las demás formas
de intenso compromiso cristiano.
Protege a tu Iglesia y al Sucesor de Pedro,
a quien Tú, Buen Pastor, has confiado
la misión de apacentar todo tu rebaño.
Haz que tu Iglesia florezca en América
y multiplique sus frutos de santidad.
Enséñanos a amar a tu Madre, María,
como la amaste Tú.
Danos fuerza para anunciar con valentía tu Palabra
en la tarea de la nueva evangelización,
para corroborar la esperanza en el mundo.
¡Nuestra Señora de Guadalupe, Madre de América,
ruega por nosotros!
Dado en Ciudad de México,
el 22 de enero del año 1999,
vigésimo primero de mi Pontificado.
ÍNDICE
Introducción [n. 1]
La idea de celebrar esta Asamblea sinodal [n. 2]
El tema de la Asamblea [n. 3]
La celebración de la Asamblea como experiencia de
encuentro [n. 4]
Contribuir a la unidad del Continente [n. 5]
En el contexto de la nueva evangelización [n. 6]
Con la presencia y la ayuda del Señor [n. 7]
CAPÍTULO I
EL ENCUENTRO CON JESUCRISTO VIVO
Los encuentros con el Señor en el Nuevo Testamento
[n. 8]
Encuentros personales y encuentros comunitarios [n. 9]
El encuentro con Cristo en el tiempo de la Iglesia [n.
10]
Por medio de María encontramos a Jesús [n.
11]
Lugares de encuentro con Cristo [n. 12]
CAPÍTULO II
EL ENCUENTRO CON JESUCRISTO EN EL HOY DE AMÉRICA
Situación de los hombres y mujeres de América,
y su encuentro con el Señor [n. 13]
Identidad cristiana de América [n. 14]
Frutos de santidad [n. 15]
La piedad popular [n. 16]
Presencia católica oriental [n. 17]
La Iglesia en el campo de la educación y de la acción
social [n. 18]
Creciente respeto de los derechos humanos [n. 19]
El fenómeno de la globalización [n. 20]
La urbanización creciente [n. 21]
El peso de la deuda externa [n. 22]
La corrupción [n. 23]
Comercio y consumo de drogas [n. 24]
Preocupación por la ecología [n. 25]
CAPÍTULO III
CAMINO DE CONVERSIÓN
Urgencia del llamado a la conversión [n. 26]
Dimensión social de la conversión [n. 27]
Conversión permanente [n. 28]
Guiados por el Espíritu Santo hacia un nuevo estilo
de vida [n. 29]
Vocación universal a la santidad [n. 30]
Jesús, el único camino para la santidad [n.
31
Penitencia y reconciliación [n. 32]
CAPÍTULO IV
CAMINO PARA LA COMUNIÓN
La Iglesia, sacramento de comunión [n. 33]
Iniciación cristiana y comunión [n. 34]
La Eucaristía, centro de comunión con Dios
y con los hermanos [n. 35]
Los Obispos, promotores de comunión [n. 36]
Una comunión más intensa entre las Iglesias
particulares [n. 37]
Comunión fraterna con las Iglesias católicas
orientales [n. 38]
El presbítero, signo de unidad [n. 39]
Fomentar la pastoral vocacional [n. 40]
Renovar la institución parroquial [n. 41]
Los diáconos permanentes [n. 42]
La vida consagrada [n. 43]
Los fieles laicos y la renovación de la Iglesia
[n. 44]
Dignidad de la mujer [n. 45]
Los desafíos para la familia cristiana [n. 46]
Los jóvenes, esperanza de futuro [n. 47]
Acompañar al niño en su encuentro con Cristo
[n. 48]
Elementos de comunión con las otras Iglesias y Comunidades
eclesiales [n. 49]
Relación de la Iglesia con las comunidades judías
[n. 50]
Religiones no cristianas [n. 51]
CAPÍTULO V
CAMINO PARA LA SOLIDARIDAD
La solidaridad, fruto de la comunión [n. 52]
La doctrina de la Iglesia, expresión de las exigencias
de la conversión [n. 53]
Doctrina social de la Iglesia [n. 54]
Globalización de la solidaridad [n. 55]
Pecados sociales que claman al cielo [n. 56]
El fundamento último de los derechos humanos [n.
57]
Amor preferencial por los pobres y marginados [n. 58]
La deuda externa [n. 59]
Lucha contra la corrupción [n. 60]
El problema de las drogas [n. 61]
La carrera de armamentos [n. 62]
Cultura de la muerte y sociedad dominada por los poderosos
[n. 63]
Los pueblos indígenos y los americanos de origen
africano [n. 64]
La problemática de los inmigrados [n. 65]
CAPÍTULO VI
LA MISIÓN DE LA IGLESIA HOY EN AMÉRICA:
LA NUEVA EVANGELIZACIÓN
Enviados por Cristo [n. 66]
Jesucristo, « buena nueva » y primer evangelizador
[n. 67]
El encuentro con Cristo lleva a evangelizar [n. 68]
Importancia de la catequesis [n. 69]
Evangelización de la cultura [n. 70]
Evangelizar los centros educativos [n. 71]
Evangelizar con los medios de comunicación social
[n. 72]
0El desafío de las sectas [n. 73]
La misión ad gentes [n. 74]
CONCLUSIÓN
Con esperanza y gratitud [n. 75]
Oración a Jesucristo por las familias de América
[n. 76]
NOTAS
(1) Al respecto, es elocuente la antigua inscripción
en el baptisterio de San Juan de Letrán: « Virgineo foetu
Genitrix Ecclesia natos quos spirante Deo concipit amne parit » (E.
Diehl, Inscriptiones latinae christianae veteres, n. 1513, I. I:
Berolini 1925, p. 289).
(2) Homilía en la Ordenación de diáconos
y presbíteros en Bogotá (22 de agosto de 1968): AAS
60 (1968), 614-615.
(3) N. 17: AAS 85 (1993), 820.
(4) N. 38: AAS 87 (1995), 30.
(5) Discurso de apertura de la IV Conferencia General
del Episcopado Latinoamericano (12 de octubre de 1992), 17: AAS
85 (1993), 820-821.
(6) Carta ap. Tertio millennio adveniente (10 de
noviembre de 1994), 21: AAS 87 (1995), 17.
(7) Discurso de apertura de la IV Conferencia General
del Episcopado Latinoamericano (12 de octubre de 1992), 17: AAS
85 (1993), 820.
(8) Cf. Carta ap. Tertio millennio adveniente (10
de noviembre de 1994), 38: AAS 87 (1995), 30.
(9) Discurso a la Asamblea del CELAM (9 de marzo
de 1983), III: AAS 75 (1983), 778.
(10) Exhort. ap. postsinodal Christifideles laici
(30 de diciembre de 1988), 34: AAS 81 (1989), 454.
(11) Propositio 3.
(12) S. Agustín, Tract. in Joh., 15, 11:
CCL 36, 154.
(13) Ibíd., 15, 17: l.c., 156.
(14) « Salvator... ascensionis suae eam (Mariam Magdalenam)
ad apostolos instituit apostolam ». Rábano Mauro, De vita
beatae Mariae Magdalenae, 27: PL 112, 1574. Cf. S. Pedro Damián,
Sermo 56: PL 144, 820; Hugo de Cluny, Commonitorium:
PL 159, 952; S. Tomás de Aquino, In Joh. Evang. expositio,
20, 3.
(15) Discurso en la clausura del Año Santo
(25 de diciembre de 1975): AAS 68 (1976), 145.
(16) Propositio 9; cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const.
past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, 22.
(17) Enc. Redemptoris Mater (25 de marzo de 1987),
21: AAS 79 (1987), 369.
(18) Propositio 5.
(19) III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano,
Mensaje a los pueblos de América Latina, Puebla, febrero
de 1997, 282. Para los Estados Unidos de América, cf. National
Conference of Catholic Bishops, Behold Your Mother Woman of Faith,
Washington 1973, 53-55.
(20) Cf. Propositio 6.
(21) Juan Pablo II, Discurso inaugural de la IV Conferencia
General del Episcopado Latinoamericano, Santo Domingo (12 de octubre
de 1992), 24: AAS 85 (1993), 826.
(22) Cf. National Conference of Catholic Bishops, Behold
Your Mother Woman of Faith, Washington 1973, 37.
(23) Cf. Propositio 6.
(24) Propositio 4.
(25) Cf. ibíd.
(26) Conc. Ecum. Vat. II, Const. Sacrosanctum Concilium,
sobre la sagrada liturgia, 7.
(27) Enc. Mysterium fidei (3 de septiembre de 1965):
AAS 57 (1965), 764.
(28) Ibíd., l.c., 766.
(29) Propositio 4.
(30) Discurso en la última sesión pública
del Concilio Vaticano II (7 de diciembre de 1965): AAS 58 (1966),
58.
(31) Cf. Juan Pablo II, Exhort. ap. Reconciliatio et
paenitentia (2 de diciembre de 1984), 16: AAS 77 (1985), 214-217.
(32) Cf. Propositio 61.
(33) Propositio 29.
(34) Cf. Bula Sacrosancti apostolatus cura (11 de
agosto de 1670), § 3: Bullarium Romanum, 26/VII, 42.
(35) Entre otros pueden citarse: los mártires Juan
de Brebeuf y sus siete compañeros, Roque González y sus
dos compañeros; los santos Elizabeth Ann Seton, Margarita Bourgeoys,
Pedro Claver, Juan del Castillo, Rosa Philippine Duchesne, Margarita d'Youville,
Francisco Febres Cordero, Teresa Fernández Solar de los Andes,
Juan Macías, Toribio de Mogrovejo, Ezequiel Moreno Díaz,
Juan Nepomuceno Neumann, María Ana de Jesús Paredes Flores,
Martín de Porres, Alfonso Rodríguez, Francisco Solano, Francisca
Xavier Cabrini; los beatos José de Anchieta, Pedro de San José
Betancurt, Juan Diego, Katherine Drexel, María Encarnación
Rosal, Rafael Guízar Valencia, Dina Bélanger, Alberto Hurtado
Cruchaga, Elías del Socorro Nieves, María Francisca de Jesús
Rubatto, Mercedes de Jesús Molina, Narcisa de Jesús Martillo
Morán, Miguel Agustín Pro, María de San José
Alvarado Cardozo, Junípero Serra, Kateri Tekawitha, Laura Vicuña,
Antônio de Sant'Anna Galvâo y tantos otros beatos que son
invocados con fe y devoción por los pueblos de América (cf.
Instrumentum laboris, 17).
(36) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium,
sobre la Iglesia, 50.
(37) Propositio 31.
(38) Propositio 30.
(39) N. 37: AAS 87 (1995), 29; cf. Propositio
31.
(40) Propositio 21.
(41) Cf. ibíd.
(42) Cf. ibíd.
(43) Cf. ibíd.
(44) Cf. Propositio 18.
(45) Propositio 19.
(46) Decr. Orientalium Ecclesiarum, sobre las Iglesias
orientales católicas, 5; cf. Código de los Cánones
de las Iglesias Orientales, can. 28; Propositio 60.
(47) Cf. Juan Pablo II, Enc. Redemptoris Mater (25
de marzo de 1987), 34: AAS 79 (1987), 406; Sínodo de los
Obispos, Asamblea Especial para Europa, Decl. Ut testes simus Christi
qui nos liberavit (13 de diciembre de 1991), III, 7: Ench. Vat.
13, 647-652.
(48) Cf. Propositio 60.
(49) Cf. Propositiones 23 y 24.
(50) Propositio 73.
(51) Propositio 72; cf. Juan Pablo II, Enc. Centesimus
annus (1 de mayo de 1991), 46: AAS 83 (1991), 850.
(52) Cf. Sínodo de los Obispos, Asamblea especial
para Europa, Decl. Ut testes simus Christi qui nos liberavit (13
de diciembre de 1991), I, 1; II, 4; IV, 10: Ench. Vat. 13, nn.
613-615; 627-633; 660-669.
(53) Propositio 72.
(54) Ibíd.
(55) Cf. Propositio 74.
(56) Carta ap. Octogesima adveniens (14 de mayo
de 1971), 8-9: AAS 63 (1971), 406-408.
(57) Propositio 35.
(58) Cf. ibíd.
(59) Propositio 75.
(60) Cf. Pontificia Comisión « Iustitia et
Pax », Al servicio de la comunidad humana: una consideración
ética de la deuda internacional (27 de diciembre de 1986):
Ench. Vat. 10, 1045-1128.
(61) Propositio 75.
(62) Propositio 37.
(63) N. 5: AAS 90 (1998), 152.
(64) Propositio 38.
(65) Ibíd.
(66) Propositio 36.
(67) Cf. ibíd.
(68) Sínodo de los Obispos, Segunda Asamblea general
extraordinaria, Relación final Ecclesia sub Verbo Dei mysteria
Christi celebrans pro salute mundi (7 de diciembre de 1985), II, B,
a, 2: Ench. Vat. 9, 1795.
(69) Propositio 30.
(70) Propositio 34.
(71) Ibíd.
(72) Ibíd.
(73) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium,
sobre la Iglesia, 31.
(74) Cf. id., Const. past. Gaudium et spes, sobre
la Iglesia en el mundo actual, 76; Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal
Christifideles laici (30 de diciembre de 1988), 42: AAS
81 (1989), 472-474.
(75) Propositio 26.
(76) Ibíd.
(77) Propositio 28.
(78) Ibíd.
(79) Ibíd.
(80) Propositio 27.
(81) Ibíd.
(82) Cf. ibíd.
(83) Decr. Perfectae caritatis, sobre la adecuada
renovación de la vida religiosa, 7; cf. Juan Pablo II, Exhort.
ap. postsinodal Vita consecrata (25 de marzo de 1996), 8: AAS
88 (1996), 382.
(84) Propositio 27.
(85) Cf. Propositio 28.
(86) Cf. Propositio 29.
(87) Cf. Lumen gentium, V; cf. Sínodo de
los Obispos, Segunda Asamblea general extraordinaria, Relación
final Ecclesia sub Verbo Dei mysteria Christi celebrans pro salute
mundi (7 de diciembre de 1985), II, A, 4-5: Ench. Vat. 9, 1791-1793.
(88) Propositio 29.
(89) Ibíd.
(90) Propositio 32.
(91) Cf. Juan Pablo II, Carta ap. Dies Domini (31
de mayo de 1998), 40: AAS 90 (1998), 738.
(92) Propositio 33.
(93) Cf. Enc. Redemptor hominis (4 de marzo de 1979),
20: AAS 71 (1979), 309-316.
(94) Propositio 33.
(95) Ibíd.
(96) Ibíd.
(97) Propositio 40; cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const.
dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 2.
(98) Cf. Congregación para la Doctrina de la Fe,
Carta Communionis notio, a los Obispos de la Iglesia católica
sobre algunos aspectos de la Iglesia considerada como comunión
(28 de mayo de 1992), 3-6: AAS 85 (1993), 839-841.
(99) Propositio 40.
(100) Ibíd.
(101) Conc. Ecum. Vat. I, Const. dogm. Pastor aeternus,
sobre la Iglesia de Cristo, Prólogo: DS 3051.
(102) Conc. Ecum. de Florencia, Bula de unión Exultate
Deo (22 de noviembre de 1439): DS 1314.
(103) Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium,
sobre la Iglesia, 11.
(104) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decreto Presbyterorum
Ordinis, sobre el ministerio y vida de los presbíteros, 5.
(105) Propositio 41.
(106) Ibíd.
(107) Cf. Conc. Ecum. de Trento, Ses. VII, Decreto sobre
los sacramentos en general, can. 9: DS 1609.
(108) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium,
sobre la Iglesia, 26.
(109) Cf. Juan Pablo II, Enc. Redemptor hominis
(4 de marzo de 1979), 20: AAS 71 (1979), 309-316.
(110) Propositio 42; cf. Juan Pablo II, Carta ap.
Dies Domini (31 de mayo de 1998), 69: AAS 90 (1998), 755-756.
(111) Propositio 41.
(112) Propositio 42; cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const.
Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia, 14; Const. dogm.
Lumen gentium, sobre la Iglesia, 10.
(113) Cf. Propositio 42.
(114) Propositio 41.
(115) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decreto Apostolicam actuositatem,
sobre el apostolado de los laicos, 8.
(116) Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium,
sobre la Iglesia, 23.
(117) Cf. Decreto Christus Dominus, sobre la función
pastoral de los Obispos, 27; Decreto Presbyterorum Ordinis, sobre
el ministerio y vida de los presbíteros, 7; Pablo VI, Motu proprio
Ecclesiae sanctae (6 de agosto de 1966) I, 15-17: AAS 58
(1966), 766-767; Código de Derecho Canónico, cc.
495, 502 y 511; Código de los Cánones de las Iglesias
Orientales, cc. 264, 271 y 272.
(118) Propositio 43.
(119) Cf. Propositio 45.
(120) Cf. Congregación para la Doctrina de la Fe,
Carta Communionis notio, a los Obispos de la Iglesia católica
sobre algunos aspectos de la Iglesia considerada como comunión
(28 de mayo de 1992), 15-16: AAS 85 (1993), 847-848.
(121) Cf. ibíd.
(122) Cf. Propositio 44.
(123) Ibíd.
(124) Ibíd.
(125) Cf. Propositio 60.
(126) Propositio 49.
(127) Ibíd.
(128) Ibíd.; cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decreto
Presbyterorum Ordinis, sobre el ministerio y vida de los presbíteros,
14.
(129) Propositio 49.
(130) Ibíd.
(131) Cf. Propositio 51.
(132) Propositio 48.
(133) Propositio 51.
(134) Propositio 52.
(135) Cf. ibíd.
(136) Cf. ibíd.
(137) Cf. Propositio 46.
(138) Ibíd.
(139) Ibíd.
(140) Propositio 35.
(141) Cf. IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano,
Santo Domingo, octubre de 1992, Nueva evangelización, promoción
humana y cultura cristiana, 58.
(142) Cf. Juan Pablo II, Enc. Redemptoris missio
(7 de diciembre de 1990), 51: AAS 83 (1991), 298-299.
(143) Propositio 35.
(144) Cf. Propositio 46.
(145) Ibíd.
(146) Cf. Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia,
29; Pablo VI, Motu proprio Sacrum Diaconatus Ordinem (18 de junio
de 1967), I, 1: AAS 59 (1967), 599.
(147) Propositio 50.
(148) Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium,
sobre la Iglesia, 29.
(149) Cf. Propositio 50; Congr. para la Educación
Católica y Congr. para el Clero, Instr. Ratio fundamentalis
institutionis diaconorum permanentium y Directorium pro ministerio
et vita diaconorum permanentium (22 de febrero de 1998): AAS 90
(1998), 843-926.
(150) Cf. Propositio 53.
(151) Ibíd.; cf. III Conferencia General
del Episcopado Latinoamericano, Mensaje a los pueblos de América
Latina, Puebla 1979, n. 775.
(152) Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Vita consecrata
(25 de marzo de 1996), 57: AAS 88 (1996), 429-430.
(153) Cf. ibíd., 58: l.c., 430.
(154) Propositio 53.
(155) Ibíd.
(156) Propositio 54.
(157) Ibíd.
(158) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium,
sobre la Iglesia, 31.
(159) Propositio 55; cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const.
dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 34.
(160) Propositio 55.
(161) Cf. ibíd.
(162) Propositio 56.
(163) Cf. Exhort. ap. postsinodal Christifideles laici
(30 de diciembre de 1988), 23: AAS 81 (1989), 429-433.
(164) Cf. Congregación para el Clero y otras, Instruc.
Ecclesiae de mysterio (15 de agosto de 1997): AAS 89 (1997),
852-877.
(165) Propositio 56.
(166) Ibíd.
(167) Cf. Carta ap. Mulieris dignitatem (15 de agosto
de 1988): AAS 80 (1988), 1653-1729 y Carta a las mujeres
(29 de junio de 1995): AAS 87 (1995), 803-812; Propositio
11.
(168) Cf. Carta ap. Mulieris dignitatem (15 de agosto
de 1988), 31: AAS 80 (1988), 1728.
(169) Propositio 11.
(170) Ibíd.
(171) Ibíd..
(172) Ibíd.
(173) Cf. Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Christifideles
laici (30 de diciembre de 1988), 49: AAS 81 (1989), 486-489.
(174) Propositio 12.
(175) Ibíd.
(176) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium,
sobre la Iglesia, 11.
(177) Ibíd.
(178) Cf. Propositio 12.
(179) Propositio 14.
(180) Ibíd.
(181) Ibíd.
(182) Propositio 15.
(183) Ibíd.
(184) Ibíd.
(185) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Unitatis redintegratio,
sobre el ecumenismo, 3.
(186) Propositio 61.
(187) Ibíd.
(188) Decr. Unitatis redintegratio, sobre el ecumenismo,
3.
(189) Cf. Propositio 62.
(190) Cf. Sínodo de los Obispos, Asamblea Especial
para Europa, Decl. Ut testes simus Christi qui nos liberavit (13
de diciembre de 1991), III, 8: Ench. Vat. 13, 653-655.
(191) Propositio 62.
(192) Conc. Ecum. Vat. II, Decl. Nostra aetate,
sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas, 2.
(193) Cf. Propositio 63.
(194) Ibíd.
(195) Propositio 67.
(196) Cf. ibíd.
(197) Propositio 68.
(198) Ibíd.
(199) Propositio 69.
(200) Cf. Sínodo de los Obispos, Segunda Asamblea
general extraordinaria, Relación final Ecclesia sub verbo Dei
mysteria Christi celebrans pro salute mundi (7 de diciembre de 1985),
II, B, a, 4: Ench. Vat. 9, 1797; Juan Pablo II, Const. ap. Fidei
depositum (11 de octubre de 1992): AAS 86 (1994), 117; Catecismo
de la Iglesia Católica, 24.
(201) Propositio 69.
(202) Propositio 74.
(203) Ibíd.
(204) Cf. Propositio 67.
(205) Propositio 70.
(206) Ibíd.
(207) Cf. Propositio 73.
(208) Cf. Propositio 70.
(209) Propositio 72.
(210) Ibíd.
(211) Ibíd.
(212) III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano,
Mensaje a los pueblos de América Latina, Puebla 1979, n.
306.
(213) Propositio 73.
(214) Cf. Congregación para la Doctrina de la Fe,
Instr. Libertatis conscientia (22 de marzo de 1986), 68: AAS
79 (1987), 583-584.
(215) Propositio 73.
(216) Cf. Propositio 75.
(217) Carta ap. Tertio millennio adveniente (10
de noviembre de 1994), 51: AAS 87 (1995), 36.
(218) Propositio 75.
(219) Ibíd.
(220) Propositio 37.
(221) Cf. ibíd. Sobre la publicación
de estos documentos, cf. Juan Pablo II, Motu proprio Apostolos suos
(21 de mayo de 1998), IV: AAS 90 (1998), 657.
(222) Cf. Propositio 38.
(223) Cf. ibíd.
(224) Cf. ibíd.
(225) Cf. ibíd.
(226) Cf. Pontificio Consejo « Justicia y Paz »,
El Comercio Internacional de Armas. Una reflexión ética
(1 de mayo de 1994): Ench. Vat. 14, 1071-1154.
(227) Cf. Propositio 76.
(228) Ibíd.
(229) Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2267,
que cita a Juan Pablo II, Enc. Evangelium vitae (25 de marzo de
1995), 56: AAS 87 (1995), 463-464.
(230) Cf. Propositio 13.
(231) Cf. ibíd.
(232) Cf. ibíd.
(233) Ibíd.
(234) Cf. Propositio 19.
(235) Cf. Propositio 18.
(236) Propositio 20.
(237) Cf. Congregación para los Obispos, Instr.
Nemo est (22 de agosto de 1969), 16: AAS 61 (1969), 621-622;
Código de Derecho Canónico, cc. 294 y 518; Código
de los Cánones de las Iglesias Orientales, c. 280 § 1.
(238) Cf. ibíd.
(239) Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Christifideles
laici (30 de diciembre de 1988), 33: AAS 81 (1989), 453.
(240) Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium,
sobre la Iglesia, 31.
(241) Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Christifideles
laici (30 de diciembre de 1988), 34: AAS 81 (1989), 455.
(242) Cf. ibíd., 2, l.c., 394-397.
(243) Pablo VI, Exhort. ap. Evangelii nuntiandi
(8 de diciembre de 1975), 14: AAS 68 (1976), 13.
(244) Cf. Exhort. ap. postsinodal Christifideles laici
(30 de diciembre de 1988), 34: AAS 81 (1989), 455.
(245) Discurso a la Asamblea del CELAM (9 de marzo
de 1983), III: AAS 75 (1983), 778.
(246) Cf. Pablo VI, Exhort. ap. Evangelii nuntiandi
(8 de diciembre de 1975), 22: AAS 68 (1976), 20.
(247) Cf. ibíd., 7, l.c., 9-10.
(248) Juan Pablo II, Mensaje al CELAM (14 de septiembre
de 1997), 6: L'Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española,
3 de octubre de 1997, p. 20.
(249) Propositio 8.
(250) Cf. Propositio 57.
(251) Cf. Propositio 16.
(252) Ibíd.
(253) Propositio 2.
(254) Ibíd.
(255) Ibíd.
(256) Propositio 10.
(257) Sínodo de los Obispos, Segunda Asamblea general
extraordinaria, Relación final Ecclesia sub Verbo Dei mysteria
Christi celebrans pro salute mundi (7 de diciembre de 1985), II, B,
a, 4: Ench. Vat. 9, 1797.
(258) Cf. Carta ap. Laetamur magnopere (15 de agosto
de 1997): AAS 89 (1997), 819-821.
(259) Congr. para el Clero, Directorio general para
la catequesis (15 de agosto de 1997), Libreria Editrice Vaticana,
1997.
(260) Propositio 10.
(261) Ibíd.
(262) Ibíd.
(263) Exhort. ap. Evangelii nuntiandi (8 de diciembre
de 1975), 20: AAS 68 (1976), 19.
(264) Propositio 17.
(265) Cf. ibíd.
(266) Cf. ibíd.
(267) Cf. Propositio 22.
(268) Propositio 23.
(269) Cf. ibíd.
(270) Ibíd.
(271) Propositio 24.
(272) Ibíd.
(273) Ibíd.
(274) Cf. Propositio 22.
(275) Cf. ibíd.
(276) Ibíd.
(277) Cf. Propositio 25.
(278) Cf. ibíd.
(279) Cf. ibíd.
(280) Cf. Instrumentum laboris, 45.
(281) Cf. Decreto Unitatis redintegratio, sobre
el ecumenismo, 3.
(282) Cf. Propositio 64.
(283) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decreto Unitatis redintegratio,
sobre el ecumenismo, 3.
(284) Cf. Propositio 65.
(285) Ibíd.
(286) Cf. IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano,
Santo Domingo, octubre de 1992, Nueva evangelización, promoción
humana y cultura cristiana, 58.
(287) Cf. Propositio 65.
(288) Cf. Propositio 66.
(289) Ibíd.
(290) Propositio 58.
(291) Ibíd.
(292) Ibíd.
(293) Cf. ibíd.
(294) Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium,
sobre la Iglesia, 11.
(295) Cf. Propositio 12.
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