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Contexto
y significado de la Declaración «Dominus Iesus»
Intervención del Card. Joseph Ratzinger,
Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, durante
la presentación de la Declaración «Dominus Iesus», sobre
la unicidad y la universalidad salvifica de Jesucristo y de su Iglesia.
Es mi intención limitarme a describir brevemente el contexto y el significado
de la Declaración Dominus Iesus, mientras que las intervenciones sucesivas
ilustrarán el valor y la autoridad doctrinal del Documento, así como sus
contenidos específicos, cristológicos y eclesiológicos.
1. En el animado debate contemporáneo sobre la relación del Cristianismo
con las otras religiones, se viene abriendo camino cada vez más la idea
de que todas las religiones son para sus seguidores vías igualmente válidas
de salvación. Se trata de una opinión que se encuentra ya difundida, no
sólo en ambientes teológicos, sino también en sectores cada vez más amplios
de la opinión pública católica y no católica, especialmente de aquella
más influenciada por la orientación cultural que hoy prevalece en Occidente,
la cual se puede definir, sin temor a equivocarnos, con la palabra relativismo.
En realidad, la así llamada teología del pluralismo religioso ya se había
venido afirmando gradualmente desde los años cincuenta del siglo XX, pero
sólo hoy ha adquirido una importancia fundamental para la conciencia cristiana.
Naturalmente, tiene muy diversas presentaciones y no sería justo querer
homologar en un mismo sistema todas las posiciones teológicas referidas
a la teología del pluralismo religioso. La Declaración, por tanto, no
se propone describir los rasgos esenciales de tales tendencias teológicas
ni pretende tampoco encerrarlas en una única fórmula. Más bien, nuestro
documento señala algunos presupuestos de naturaleza filosófica o teológica
que están en la base de las muy diversas teologías del pluralismo religioso
actualmente difundidas: la convicción de la completa inaferrabilidad e
inefabilidad de la verdad divina; la actitud relativista con relación
a la verdad, en virtud de lo cual aquello que es verdad para algunos no
lo sería para otros; la contraposición radical entre mentalidad lógica
occidental y mentalidad simbólica oriental; el subjetivismo exasperado
de quien considera la razón como única fuente de conocimiento; el vaciamiento
metafísico del misterio de la encarnación; el eclecticismo de quien en
la reflexión teológica asume categorías derivadas de otros sistemas filosóficos
y religiosos, sin preocuparse de su coherencia interna ni de su incompatibilidad
con la fe cristiana; la tendencia, en fin, a interpretar textos de la
Escritura fuera de la Tradición y del Magisterio de la Iglesia .
¿Cuál es la consecuencia fundamentalmente de este modo de pensar y sentir
en relación al centro y al núcleo de la fe cristiana? Es el rechazo fundamental
de la identificación de la singular figura histórica que es Jesús de Nazaret
con la realidad misma de Dios, del Dios viviente. Aquello que es Absoluto,
o bien Aquel que es Absoluto, no puede darse nunca en la historia en una
revelación plena y definitiva. En la historia se tienen solamente algunos
modelos, algunas figuras ideales que nos remiten al Totalmente Otro, el
cual, sin embargo, no se puede aprehender como tal en la historia. Algunos
teólogos más moderados confiesan que Jesucristo es verdadero Dios y verdadero
hombre, pero sostienen que a causa de la limitación de la naturaleza humana
de Jesús, la revelación de Dios en Él no puede ser considerada completa
y definitiva, sino que debe ser siempre considerada en relación a otras
posibles revelaciones de Dios expresadas en los genios religiosos de la
humanidad y en los fundadores de las religiones del mundo. De esta manera,
objetivamente hablando, se introduce la idea errada de que las religiones
del mundo son complementarias a la revelación cristiana. Es claro, por
tanto, que también la Iglesia, el dogma, los sacramentos no pueden tener
el valor de necesidad absoluta. Atribuir a estos medios finitos un carácter
absoluto y considerarlos incluso como un instrumento de encuentro real
con la verdad de Dios, universalmente válida, significaría colocar en
un plano absoluto aquello que es particular y tergiversar la realidad
infinita del Dios Totalmente Otro.
En base a tales concepciones, sostener que exista una verdad universal,
vinculante y válida en la historia misma, que se cumple en la figura de
Jesucristo y es transmitida por la fe de la Iglesia, es considerado una
especie de fundamentalismo que constituiría un atentado contra el espíritu
moderno y representaría una amenaza contra la tolerancia y la libertad.
El concepto mismo de diálogo asume un significado radicalmente diverso
de aquel utilizado en el Concilio Vaticano II. El diálogo, o mejor, la
ideología del diálogo, sustituye a la misión y a la urgencia del llamado
a la conversión: el diálogo no es más el camino para descubrir la verdad,
el proceso a través del cual se devela al otro la profundidad escondida
de aquello que él ha experimentado en su experiencia religiosa, y que
espera ser completado y purificado en el encuentro con la revelación definitiva
y completa de Dios en Jesucristo; el diálogo en las nuevas concepciones
ideológicas, que lamentablemente han ingresado al interior del mundo católico
y de ciertos ambientes teológicos y culturales, es, en cambio, la esencia
del «dogma» relativista y lo opuesto a la «conversión» y a la «misión».
En un pensamiento relativista diálogo significa poner en el mismo plano
la propia posición o la propia fe y las convicciones de los otros, de
manera que todo se reduce a un intercambio entre posiciones fundamentalmente
paritarias y por tanto relativas entre ellas, con el objetivo superior
de alcanzar el máximo de colaboración y de integración entre las diversas
concepciones religiosas.
La disolución de la cristología y, en consecuencia, de la eclesiología
-que está subordinada, pero indesligablemente unida a aquella-, se convierte
por tanto en la conclusión lógica de tal filosofía relativista, que paradójicamente
se encuentra en la base tanto del pensamiento post-metafísico de Occidente
como de la teología negativa de Asia. El resultado es que la figura de
Jesucristo pierde su carácter de unicidad y de universalidad salvífica.
Asimismo, el hecho de que el relativismo se presente como bandera del
encuentro con las culturas, como la verdadera filosofía de la humanidad,
en grado de garantizar la tolerancia y la democracia, conduce a la postre
a marginalizar a quien se empeña en la defensa de la identidad cristiana
y en su pretensión de difundir la verdad universal y salvífica de Jesucristo.
En realidad la crítica a la pretensión del carácter absoluto y definitivo
de la revelación de Jesucristo mantenida por la fe cristiana, viene acompañada
de un falso concepto de tolerancia. El principio de la tolerancia como
expresión del respeto a la libertad de conciencia, de pensamiento y de
religión, defendido y promovido por el Concilio Vaticano II, y nuevamente
propuesto por esta Declaración, es una posición ética fundamental, presente
en la esencia del Credo cristiano, ya que éste toma en serio la libertad
de la decisión de fe. Pero este principio de tolerancia y respeto a la
libertad es hoy manipulado e indebidamente sobrepasado, cuando es extendido
a la valoración de los contenidos, como si todos los contenidos de las
diversas religiones e incluso de las concepciones arreligiosas de la vida
se pudiesen poner en el mismo plano, y no existiese ya una verdad objetiva
y universal, dado que Dios o el Absoluto se revelaría bajo innumerables
nombres, todos los cuales serían verdaderos. Esta falsa idea de tolerancia
está vinculada con la pérdida y la renuncia a la cuestión de la verdad,
que de hecho hoy es considerada por muchos como una cuestión irrelevante
o de segundo orden. Salta así a la vista la debilidad intelectual de la
cultura actual: una vez ausente la pregunta por la verdad, la esencia
de la religión ya no se distingue de su «no esencia», la fe no se distingue
de la superstición, ni la experiencia de la ilusión. En fin, sin una seria
pretensión de verdad, también la valoración de las otras religiones se
convierte en algo absurdo y contradictorio, dado que no se tiene el criterio
para constatar aquello que es positivo en una religión, distinguiéndolo
de aquello que es negativo o fruto de la superstición y el engaño.
2. Con este propósito, la Declaración retoma la enseñanza de Juan Pablo
II en la Encíclica Redemptoris missio: «Todo lo que el Espíritu obra en
el corazón de los hombres y en la historia de los pueblos, así como en
las culturas y religiones, tiene un papel de preparación evangélica» .
Este texto se refiere explícitamente a la acción del Espíritu no sólo
«en el corazón de los hombres», sino también «en las religiones». Sin
embargo, el contexto pone esta acción del Espíritu al interior del misterio
de Cristo, del cual nunca puede ser separada; además las religiones son
puestas al lado de la historia y las culturas de los pueblos, donde la
mezcla entre bien y mal no pude nunca ser puesta en duda. Por lo tanto,
no debe considerarse como praeparatio evangelica todo aquello que se encuentra
en las religiones, sino sólo «lo que el Espíritu obra» en ellas. De esto
se sigue una consecuencia importantísima: camino a la salvación es el
bien presente en las religiones, como obra del Espíritu de Cristo, pero
no las religiones en cuanto tales. Esto, por lo demás, es confirmado por
la misma doctrina del Vaticano II a propósito de las semillas de verdad
y de bondad presentes en las otras religiones y culturas, expuesta en
la Declaración conciliar Nostra aetate: «La Iglesia católica no rechaza
nada de lo que en estas religiones es verdadero y santo. Considera con
sincero respeto los modos de obrar y de vivir, los preceptos y doctrinas
que, aunque discrepen mucho de los que ella mantiene y propone, no pocas
veces reflejan, sin embargo, un destello de aquella Verdad que ilumina
a todos los hombres» . Todo aquello que de verdadero y bueno existe en
las religiones no debe ser perdido, por el contrario es reconocido y valorizado.
El bien y la verdad, donde sea que se encuentren, provienen del Padre
y son obra del Espíritu; las semillas del Logos están esparcidas por doquier.
Pero no se pueden cerrar los ojos a los errores y engaños que están también
presentes en las religiones. La misma Constitución Dogmática del Vaticano
II Lumen gentium afirma: «Muchas veces los hombres, engañados por el Maligno,
se pusieron a razonar como personas vacías y cambiaron la verdad de Dios
por la mentira, sirviendo a las criaturas en vez de al Creador» .
Es comprensible que en un mundo que crece cada vez más junto, también
las religiones y las culturas se encuentren. Esto no conduce tan sólo
a un acercamiento exterior de personas y religiones diversas, sino también
a un aumento del interés por mundos religiosos desconocidos. En este sentido,
es decir, en orden al conocimiento recíproco, es legítimo hablar de un
mutuo enriquecimiento. Esto, sin embargo, nada tiene que ver con el abandono
de la pretensión por parte de la fe cristiana de haber recibido de Dios
en Cristo el don de la revelación definitiva y completa del misterio de
la salvación, y más bien se debe excluir aquella mentalidad indiferentista
«marcada por un relativismo religioso que termina por pensar que "una
religión es tan buena como otra"». .
La estima y el respeto por las religiones del mundo, así como por las
culturas que han aportado un objetivo enriquecimiento a la promoción de
la dignidad del hombre y al desarrollo de la civilización, no disminuye
la originalidad y la unicidad de la revelación de Jesucristo y no limita
en modo alguno la tarea misionera de la Iglesia: «La Iglesia anuncia y
tiene la obligación de anunciar sin cesar a Cristo, que es el Camino,
la Verdad y la Vida (Jn 14,6), en quien los hombres encuentran la plenitud
de la vida religiosa, en quien Dios reconcilió consigo todas las cosas»
. Al mismo tiempo, estas simples palabras indican el motivo de la convicción
que afirma que la plenitud, universalidad y cumplimiento de la revelación
de Dios están presentes solamente en la fe cristiana. Tal motivo no reside
en una presunta preferencia otorgada a los miembros de la Iglesia, ni
mucho menos en los resultados históricos alcanzados por la Iglesia en
su peregrinar terreno, sino en el misterio de Jesucristo, verdadero Dios
y verdadero Hombre, presente en la Iglesia. La pretensión de unicidad
e universalidad salvífica del Cristianismo proviene esencialmente del
misterio de Jesucristo que continúa su presencia en la Iglesia, su Cuerpo
y su Esposa. Por ello la Iglesia se siente comprometida, constitutivamente,
en la evangelización de los pueblos. Incluso en el contexto actual, marcado
por la pluralidad de las religiones y por la exigencia de libertad de
decisión y de pensamiento, la Iglesia es consciente de estar llamada «a
la salvación de toda criatura para que todas las cosas se instauren en
Cristo, y en Él los hombres constituyan una sola familia y un único pueblo
de Dios» .
Reafirmando las verdades que la fe de la Iglesia ha siempre creído y mantenido
en relación a estos temas, y salvaguardando a los fieles de errores o
interpretaciones ambiguas actualmente difusas, la Declaración Dominus
Iesus de la Congregación para la Doctrina de la Fe, aprobada y confirmada
certa scientia y apostolica sua auctoritate por el mismo Santo Padre,
cumple una doble función: por un lado se presenta como un nuevo y renovado
testimonio autorizado para mostrar al mundo «el esplendor del glorioso
evangelio de Cristo» (2Cor 4,4); por otro, indica como vinculante para
todos los fieles la base doctrinal irrenunciable que debe guiar, inspirar
y orientar tanto la reflexión teológica como la acción pastoral y misionera
de todas las comunidades católicas esparcidas en el mundo.
Cardenal Joseph Ratzinger
Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe
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