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Carta pastoral por la canonización del beato
Juan Diego Cuauhtlatoatzin laico
A todos los miembros del pueblo de
Dios que peregrinan en la Arquidiócesis de México y a todas las personas
de buena voluntad.
INTRODUCCIÓN
¡Nuestra Señora de Guadalupe ha cumplido lo que
ha prometido!
1. Con espíritu lleno de alegría y de agradecimiento al Padre de nuestro
Señor Jesucristo, me dirijo a ustedes hermanas y hermanos, como Pastor
de esta Iglesia particular de la Arquidiócesis de México ya que hoy, 26
de Febrero, S.S. Juan Pablo Segundo ha tenido a bien manifestar su decisión
de Canonizar al Beato Juan Diego Cuauhtlatoatzin. Asimismo, quiero hacerme
portavoz de los sentimientos de mujeres y hombres, ancianos, niños y adolescentes,
jóvenes y adultos, de toda clase social y de todo nivel cultural, hermanos
en el episcopado de distintas nacionalidades y de distintas épocas, ya
que "Juanito, Juan Dieguito", será el primer indígena inscrito en el Catalogo
de los Santos, el misionero de Jesucristo, vidente y mensajero de la perfecta
siempre Virgen Santa María, Madre del verdadero Dios por quien se vive,
el Creador de las personas, el Dueño de la cercanía y de la inmediación,
el Dueño del cielo, el Dueño de la tierra, nuestra Madre del cielo.
2. Numerosos acontecimientos han sucedido desde aquel histórico 1531,
año clave para la Evangelización de México y del Continente americano
(1). Este hecho se ve coronado por la intervención autorizada del Sucesor
de san Pedro, que reconoce la acción del Espíritu divino en la vida de
Juan Diego, natural de estas tierras, y la propone ante el Pueblo de Dios,
para suscitar la acción de gracias y animarnos a participar en la misión
que el Padre le encomendó a su Hijo al enviárnoslo lleno del Espíritu
Santo.
3. La Niña y Señora del Tepeyac, Santa María de Guadalupe, sigue manifestándose
como la Madre del amor y de la santa esperanza. Ella le encomendó a Juan
Diego llevar su maravilloso mensaje al obispo Fray Juan de Zumárraga,
cabeza visible de la Iglesia en México, cuando le dijo: "es necesario
que tú, personalmente, vayas, ruegues, que por tu intercesión se realice,
se lleve a efecto mi querer, mi voluntad." (2) Ahora ha obtenido de Dios
la gracia de cumplir en este tiempo la promesa que le hizo al más pequeño
de sus hijos: "ten por seguro que mucho lo agradeceré y lo pagaré, que
por ello te enriqueceré, te glorificaré" . (3)
4. De esta forma, el nuevo milenio de la historia de la Evangelización
da paso a un acontecimiento que tiene gran significado para la Iglesia
universal y especialmente para la Iglesia en México. La canonización del
indígena Juan Diego Cuauhtlatoatzin (4) (= el águila que habla o el que
habla como águila) se convierte en signo luminoso del reinado de Cristo
en una persona concreta, que sirve de puente entre la cultura náhuatl
evangelizada por los frailes misioneros franciscanos, los emigrantes españoles
con su religiosidad de cristiandad europea y la naciente cultura mestiza.
I. ITINERARIO DE LA CAUSA
1. Juan Diego y el Acontecimiento Guadalupano
5. La historia de la causa de canonización de Juan Diego está íntimamente
unida a la del Acontecimiento Guadalupano, que consiste en las apariciones
de nuestra Señora de Guadalupe, del 9 al 12 de diciembre de 1531.
6. Aun cuando la devoción a Santa María de Guadalupe, ya existía mucho
antes que el dominico fray Alonso de Montúfar(1554-1573) llegara a México
como sucesor de Zumárraga, fue éste el primer arzobispo en apoyar expresamente
el culto de María de Guadalupe en el Tepeyac; lo hizo durante un sermón
pronunciado en la catedral Metropolitana el 6 de septiembre de 1556, con
el que procuró persuadir al pueblo para venerar a la celestial Señora.(5)
7. En 1573, el Papa Gregorio XIII concedió indulgencia plenaria y otras
gracias a los fieles que visitaran el templo de la Bienaventurada Virgen
María de Guadalupe y ahí recitaran piadosas preces (6), y en 1576 revalidó
y prorrogó las gracias e indulgencias antes concedidas, lo cual agradece
el entonces arzobispo de México, Pedro Moya de Contreras. (7)
8. Las orientaciones precisas que en 1634 emitió el Papa Urbano VIII acerca
del culto a los santos, hizo que oficialmente la devoción al vidente y
embajador de la Virgen Madre fuera suspendida; sin embargo, el decreto
no logró erradicarla de la mentalidad popular, que la conservó sin interrupción,
como lo prueba la documentación respectiva.
9. En 1663, el obispo de Puebla, Diego Osorio de Escobar y Llamas, Gobernador
de la Arquidiócesis de México, en ese entonces sede vacante, y el Virrey
de la Nueva España, Antonio Sebastián de Toledo Molina y Salazar habían
dirigido una carta al Papa Alejandro VII, pidiéndole la concesión de celebrar
la Misa propia en honor de Santa María de Guadalupe el 12 de diciembre,
pues hasta entonces se había identificado con la celebración de la Inmaculada
Concepción, el 8 del mismo mes. (8)
10. Desde el punto de vista jurídico se abrió un proceso en 1666 para
reconocer la historicidad del Acontecimiento Guadalupano y de Juan Diego;
los resultados del proceso se conocen como Informaciones Jurídicas de
1666 (9), y fueron enviados a Roma.
11. En 1720, el entonces arzobispo de México, José de Lanciego y Aguilar,
aprobó que se realizara una nueva investigación, que originó las llamadas
Informaciones de 1723, confirmando nuevamente la tradición de la milagrosa
imagen de nuestra Señora de Guadalupe.
12. El 2 de julio de 1757, el Papa Benedicto XIV, a través de la Sagrada
Congregación para los Ritos concedió la Misa propia y el Oficio Divino
para el 12 de diciembre, extendiendo esta concesión a todos los dominios
de España
13. En 1891, el Papa León XIII, ante la petición explícita del episcopado
mexicano, ratificó lo que ya había concedido su predecesor Benedicto XIV,
añadiendo referencias más explícitas sobre el Hecho Guadalupano y sobre
Juan Diego, incluyendo parágrafos enteros del Nican Mopohua en las lecturas
del Oficio Divino
14. En 1894 se otorgó la coronación canónica de la Virgen de Guadalupe.
15. En 1899 se llevó a cabo el Concilio Plenario Latinoamericano. Allí
se invocó a la Virgen de Guadalupe, y se colocó el acontecimiento Guadalupano
como punto de referencia fundamental para comprender el catolicismo en
América Latina, y para iniciar una nueva etapa evangelizadora.
16. En 1910 los obispos mexicanos, junto con numerosos obispos latinoamericanos,
pidieron al Papa Pío X que proclamara a la Virgen de Guadalupe Patrona
de toda América Latina, y extendiera la festividad litúrgica a todo el
continente.
17. El 12 de septiembre de 1933, alrededor de quinientos obispos de todo
el continente americano y de otras partes del mundo, enviaron al Papa
Pío XI una carta en la que le solicitaban la extensión de la Fiesta y
del Patronato de Nuestra Señora de Guadalupe a todo el continente. Lo
mismo pidieron los obispos de Filipinas y les fue concedido.
18. Durante la persecución contra la Iglesia católica en México (1927-1930)
la Virgen de Guadalupe fue un punto constante de referencia para el pueblo
mexicano. Testimonio de ello era el grito que lanzaban los que morían
en defensa de su derecho a expresar y celebrar públicamente su fe: ¡Viva
Cristo Rey! ¡Viva la Virgen de Guadalupe!
19. El 12 de octubre de 1945 Pío XII ofreció una alocución radiofónica
por el cincuentenario de la coronación pontificia de la imagen de nuestra
Señora de Guadalupe, en la que decía: Y así sucedió al sonar la hora de
Dios para las dilatadas regiones del Anáhuac. Acaban apenas de abrirse
al mundo, cuando a las orillas del lago de Texcoco floreció el milagro.
En la tilma del pobrecito Juan Diego -como refiere la tradición- pinceles
que no eran de acá abajo dejaban pintada una imagen dulcísima, que la
labor corrosiva de los siglos maravillosamente respetarían. (10)
20. Por su parte, Juan XXIII, el 12 de octubre de 1961, declaraba en la
conmemoración del cincuentenario del Patronato de la Virgen de Guadalupe
sobre toda América Latina: La siempre Virgen Santa María, Madre del verdadero
Dios por quien se vive derrama su ternura y delicadeza maternal en la
colina del Tepeyac, confiando al indio Juan Diego con su mensaje unas
rosas que de su tilma caen, mientras en ésta queda aquel retrato suyo
dulcísimo que manos humanas no pintan. Así quería nuestra Señora continuar
mostrando su oficio de Madre: Ella, con cara de mestiza entre el indio
Juan Diego y el obispo Zumárraga, como para simbolizar el beso de dos
razas (...) Primero, Madre y Patrona de México, luego, de América y de
Filipinas, el sentido histórico de su mensaje iba cobrando así plenitud,
mientras abría sus brazos a todos los horizontes en un anhelo universal
de amor (11).
21. El 12 de octubre de 1970, el Papa Paulo VI, exclamaba con motivo del
75 aniversario de la coronación pontificia de la imagen: La devoción a
la Virgen Santísima de Guadalupe, tan profundamente enraizada en el alma
de cada mexicano y tan íntimamente unida a más de cuatro siglos de vuestra
historia patria, sigue conservando entre vosotros su vitalidad y su valor,
y debe ser para todos una constante y particular exigencia de auténtica
renovación cristiana(12).
22. En 1974 se celebraba el V Centenario de la fecha del nacimiento de
Juan Diego, cuando algunos miembros del pueblo de Dios en México, pidieron
su canonización, para proponerlo como ejemplo de laico cristiano(13).
23. Juan Pablo II, durante su primera visita a México con motivo de la
inauguración de la III Conferencia del Episcopado Latino Americano, en
1979, se refiere a la Virgen llamándola "Madre de la Iglesia en América
Latina", "Estrella de la evangelización"(14); mientras que de Juan Diego
dice: Desde que el indio Juan Diego hablara de la dulce Señora del Tepeyac,
tú, Madre de Guadalupe entras de modo determinante en la vida cristiana
del pueblo de México (15).
24. El Arzobispo Cardenal Ernesto Corripio Ahumada presidió tres de los
momentos más importante de todo este afanoso proceso de investigación
histórico-científica: el primero, el 7 de enero de 1984, en la Insigne
y Nacional Basílica de Santa María de Guadalupe, cuando dio lectura al
documento con el que se iniciaba el Proceso Canónico del Siervo de Dios,
Juan Diego, el indio humilde mensajero de la Virgen de Guadalupe. El segundo
fue el 23 de marzo de 1986, en la Catedral Metropolitana de México, cuando,
en su investidura de "Juez Ordinario", presidió la celebración de la última
sesión de este proceso, y la Congregación para las Causas de los Santos
aprobó el camino realizado (16). El tercer momento fue el 9 de octubre
de 1989, en la Sala de Acuerdos de la Curia de la Arquidiócesis de México,
donde fueron convocados 21 especialistas, investigadores y estudiosos
del Acontecimiento Guadalupano, entre los cuales estaba Mons. Guillermo
Schulemburg, para emitir, con toda libertad, sus valiosas opiniones a
favor o en contra de la causa de Juan Diego; ninguna opinión se vertió
en contra de la existencia física del Siervo de Dios y se ahondó positivamente
en su fama, virtudes y culto (17).
25. Los resultados y la documentación necesaria fueron enviados a la Santa
Sede, a la Congregación para las Causas de los Santos, donde se elaboró
la Positio, la cual, en 1989, se puso a la consideración de las tres Comisiones,
designadas para el caso: la de historiadores, la de teólogos y la de obispos
y cardenales. La Positio fue aprobada en 1990 (18), reconociendo que a
Juan Diego se le daba culto desde tiempos inmemoriales, apoyando esto
con diseños y medallas en los que se le representaba con aureola, o su
figura en cálices, púlpitos, altares, exvotos, ofrendas, documentos. Una
buena síntesis de todo esto nos la ofrece D. Cayetano de Cabrera y Quintero:
Aún los mismos indios que frecuentaban el Santuario se valían de las oraciones
de su compatriota viviendo y, ya muerto y sepultado allí, lo ponían como
intercesor ante María Santísima, para lograr sus peticiones. Esperamos
en Dios que un día lo veamos en el honor de los altares (19).
26. La Congregación para las Causas de los Santos presentó los resultados
obtenidos para que fueran valorados por el Papa Juan Pablo II, a quien
correspondía la decisión final. La respuesta fue dada a conocer a través
del Decreto de Beatificación del 9 de abril de 1990, con el que se reconocía
la santidad de vida y el culto tributado, desde tiempo inmemorial, al
Beato Juan Diego. El 14 de abril, sábado de Gloria, en la Catedral Metropolitana,
el Sr. Cardenal D. Ernesto Corripio Ahumada dio la jubilosa noticia.
27. En su segundo viaje apostólico a México, el 6 de mayo de 1990, Juan
Pablo II presidio en la Basílica de Guadalupe la solemne lectura del Decreto
de Beatificación por confirmación del culto que de tiempo inmemorial le
había rendido el pueblo mexicano. En su homilía comentaba: Juan Diego
es un ejemplo para todos los fieles, pues nos enseña que todos los fieles
de Cristo, de cualquier condición y estado, son llamados por el Señor
a la perfección de la santidad por la que el Padre es perfecto, cada quien
en su camino (LG 11). Y Juan Diego, obedeciendo cuidadosamente los impulsos
de la gracia, siguió fiel a su camino y se entregó todo a cumplir la voluntad
de Dios, según aquel modo en el que se sentía llamado por el Señor. Haciendo
esto, fue sobresaliente en el tierno amor para con la Santísima Virgen
María, a la que tuvo constantemente presente y veneró como Madre y se
entregó al cuidado de su casa con humilde y filial ánimo. No es de admirar,
pues, si no pocos fieles lo tenían por un santo, viviendo todavía, y le
pedían les ayudara con su oración. Esta fama de santidad después de su
muerte duró, de modo que no son pocos los testimonios del culto que se
le daba, los cuales muestran suficientemente que delante del pueblo cristiano
se le nombraba con el título de santo, y así conocido le daban los signos
de veneración que suelen estar reservados para los beatos y los santos,
como queda patente por los monumentos de arte, en los cuales la efigie
de Juan Diego se puede ver adornada con aureola y con otros signos de
santidad. Cierto que tales signos de culto se manifestaron sobre todo
en el tiempo más cercano a la muerte de Juan Diego, pero nadie puede negar
que los mismos han continuado hasta nuestro tiempo, de modo que con seguridad
consta el testimonio congruente de un culto peculiar dado sin interrupción
a Juan Diego. Habiendo instado muchos obispos y fieles de Cristo, principalmente
mexicanos, la Congregación para las Causas de los Santos procuró que se
recogieran los documentos que ilustran la vida, virtudes y fama de santidad
de Juan Diego, y mostraron el culto que se le diera, los cuales, debidamente
investigados, concluyeron con la Positio sobre la fama de santidad, de
sus virtudes y culto que se le dio desde tiempo inmemorial (20).
28. El 12 de octubre de 1992, en el discurso inaugural de la IV Conferencia
General del Episcopado Latino Americano, en Santo Domingo, el mismo Juan
Pablo II afirmaba con gran fuerza la importancia del Acontecimiento Guadalupano,
nombrándolo como ejemplo de evangelización perfectamente inculturada,
ya que en la figura de María de Guadalupe se encarnaron auténticos valores
culturales indígenas: En el rostro mestizo de la Virgen del Tepeyac, se
resume el gran principio de inculturación: la íntima transformación de
los auténticos valores culturales, mediante la integración en el cristianismo
en las varias culturas (21).
29. El 28 de octubre de 1998 se presentó el resultado de la investigación
realizada por una Comisión Histórica formada ex profeso por la Congregación
para las Causas de los Santos y la Arquidiócesis de México. Su trabajo
fue tomar en cuenta todo lo ya realizado e investigar en Archivos y Bibliotecas
de varias partes del mundo, estudiar y analizar desde la tradición oral
continua e ininterrumpida que se ha mantenido en la memoria del pueblo,
hasta fuentes documentales como mapas, códices, anales, testamentos, cantares,
narraciones, Nican Mopohua, Nican Motecpana, Información de 1556, Informaciones
Jurídicas de 1666, los importantes escritos de los primeros frailes misioneros
y otros muchos documentos. Los resultados comprueban y confirman la verdad
del Acontecimiento Guadalupano, la historicidad del indio Juan Diego,
modelo de santidad, y su papel como mensajero y misionero laico elegido
por Nuestra Señora de Guadalupe. Lo más importante de la investigación
fue publicada en un libro bajo el título "El Encuentro de la Virgen de
Guadalupe y Juan Diego" (22) y fue entregado a prestigiados estudiosos
en Historia de la Iglesia, grandes conocedores de México y de América
Latina. Todos, de manera unánime han dado su confirmación positiva, tanto
de la historia del Acontecimiento Guadalupano, especialmente del Beato
Juan Diego, como de la metodología científica usada en la investigación.
30. El 22 de enero de 1999, durante su cuarta visita a México, Juan Pablo
II dejó oír nuevamente su voz, declarando la importancia del mensaje Guadalupano
comunicado por el beato Juan Diego, y confirmando la perfecta evangelización
que nos ha sido regalada por nuestra Madre, María de Guadalupe, a quien
declaró "Patrona de todo el continente Americano" y "Estrella de la primera
y de la nueva evangelización" (23).
31. Después de nuevos estudios sobre la figura histórica del Beato Juan
Diego y sobre las apariciones de Guadalupe (24), bajo la dirección del
Emmo. Sr. Ernesto Cardenal Corripio, se llevó a cabo la Investigación
diocesana (1990-1994) acerca de una supuesta curación milagrosa, atribuida
a la intercesión de dicho Beato. El caso en cuestión inició el 3 de mayo
de 1990, cuando un joven de 20 años de edad, llamado Juan José Barragán
Silva, cayó de una altura aproximada de 10 metros, sobre la banqueta de
cemento, con un fuerte impacto valorado en 2,000 kg., con fractura múltiple
del hueso craneal y fuertes hematomas. Según la valoración de los médicos,
la mortalidad instantánea superaba el 80%. El 26 de febrero de 1998, los
médicos especialistas de la Congregación para las Causas de los Santos
examinaron y aprobaron por unanimidad los estudios que los médicos mexicanos
habían hecho en el proceso diocesano, pues comprobaron que era naturalmente
inexplicable que Juan José estuviese vivo y sano, con una curación rápida,
completa y duradera; era una inexplicable curación según el conocimiento
de la ciencia médica. La madre del joven fue la que, con gran fe, invocó
al Beato Juan Diego por la salvación de su hijo. El 11 de mayo de 2001,
en Sesión Especial para estudiar el milagro, los consultores teólogos,
presididos por el promotor de la fe, aprobaron el milagro sucedido por
intercesión de Juan Diego Cuauhtlatoatzin, con voto afirmativo unánime
(25); a idéntica conclusión llegaron los cardenales y obispos reunidos
en Sesión ordinaria, el 21 de septiembre del mismo 2001.
32. Los obispos del episcopado mexicano, en su Carta Pastoral del 12 de
octubre de 2001 decían: La verdad de las apariciones de la Santísima Virgen
María a Juan Diego en la colina del Tepeyac ha sido, desde los albores
de la evangelización hasta el presente, una constante tradición y una
arraigada convicción entre nosotros los católicos mexicanos, y no gratuita,
sino fundada en documentos del tiempo, rigurosas investigaciones oficiales
verificadas el siglo siguiente, con personas que habían convivido con
quienes fueron testigos y protagonistas de la construcción de la primera
ermita (26) ... Consideramos también deber nuestro manifestar que la historicidad
de las apariciones, necesariamente lleva consigo reconocer la del privilegiado
vidente interlocutor de la Virgen María (27).
33. El decreto "acerca del milagro" fue promulgado en ciudad del Vaticano
ante Su Santidad Juan Pablo II el 20 de diciembre de 2001.
34. Esta tradición centenaria, en la que confluyen diversos miembros del
pueblo de Dios en México, España, Vaticano, nos indica que el tema en
cuestión es más que un simbolismo. En efecto, el culto desde tiempos antiguos
se convierte en una realidad que se va imponiendo como expresión de fe
y reconocimiento de algo que realmente aconteció en la historia, en los
personajes identificados por la misma tradición, a saber, Santa María
de Guadalupe, Juan Diego, Fray Juan de Zumárraga y Juan Bernardino. A
eso habrá que añadir los diversos testimonios escritos, representativos
y arqueológicos, cuya importancia será mencionada más adelante.
2. Oposiciones y problemas
35. El argumento Guadalupano ha sido objeto de apasionados debates históricos,
pero podemos decir que pocos eclesiásticos y seglares mexicanos se han
opuesto a la historicidad del Hecho y, consiguientemente, de Juan Diego.
Algunos explican que el Hecho Guadalupano es un mito religioso usado para
representar las antiguas tradiciones religiosas mexicanas, que luego fueron
asumidas en forma sincretista por el catolicismo. Otros consideran el
Hecho Guadalupano como un mero instrumento pedagógico de la catequesis
misionera a favor de los indígenas (28). Unos más consideran el Hecho
Guadalupano como una invención del criollismo nacido en el siglo XVII,
para darle fuerza al naciente nacionalismo mexicano (29). Hay quienes
apoyan su duda sobre la historicidad del Hecho Guadalupano en la ausencia
de fuentes claras y precisas en los primeros veinte años inmediatos al
Acontecimiento; especial relevancia se le da a la ausencia de documentos
franciscanos que lo mencionen, sobre todo la falta de datos de uno de
los protagonistas del Hecho, el obispo fray Juan de Zumárraga. Finalmente,
hay quienes no niegan la historicidad de lo sucedido, pero afirman que
lo fundamental es el simbolismo que encierra, es decir, la representación
del drama de la conquista, que incluye las diversas actitudes de los misioneros
y el trauma de los indígenas en los primeros momentos de la evangelización
(30).
36. Los que niegan la historicidad de la Virgen de Guadalupe y Juan Diego
afirmando que ambos forman parte de la catequesis simbólica, consideran
que sacarlos de este simbolismo, llevaría a una fantasía histórica. En
este sentido, canonizar a Juan Diego equivaldría a canonizar un símbolo,
no a una persona real. Por lo demás consideran que, negar la historicidad
del Hecho, en nada contradice la importancia de la devoción Guadalupana
a lo largo de la historia de México.
37. Esta postura reciente y las oposiciones antiguas (31) han obligado
a revisar la documentación histórica y a proseguir la investigación en
archivos y bibliotecas, para aclarar dudas y llegar razonablemente a una
conclusión positiva o negativa, con rigor científico, sobre la historicidad
objetiva del Acontecimiento Guadalupano y del indio vidente Juan Diego.
Los resultados de tales trabajos fueron presentados por el R. P. Fidel
González Fernández, m.c.c.j., catedrático de la Universidad Pontificia
Urbaniana de Roma y de la Pontificia Universidad Gregoriana también de
Roma en un Congreso convocado para esta finalidad por la Congregación
de las Causas de los Santos, el 1 de noviembre de 1998. La relación fue
acogida y aprobada por unanimidad en esa sesión, presidida por el Prefecto
de dicho Dicasterio, para darle el debido curso canónico (32).
Convergencia de las pruebas documentales
38. Las obras hasta ahora analizadas afirman, de manera convergente y
no prefabricada, la historicidad del Acontecimiento Guadalupano y de todos
sus protagonistas. Esto no niega que en algunos casos se presenten determinadas
hipótesis razonables de carácter histórico, para explicar posibles dudas
o vacíos, como el llamado "silencio Guadalupano" de algunos personajes
eclesiásticos y civiles del siglo XVI (33).
39. El trabajo de investigación ha seguido una ruta rigurosamente crítica
histórica en la búsqueda y valoración de documentos que se encuentran
en archivos y bibliotecas. Ello ha implicado para los estudiosos la obligación
de respetar las características peculiares, según se trate de obras indígenas,
españolas o mestizas, y la índole histórica de la documentación. Asimismo
han averiguado si estas fuentes son fidedignas total o parcialmente, y
en qué medida, y si en ellas se encuentran elementos históricos sólidos
que fundamenten la historicidad del Acontecimiento Guadalupano y del vidente
Juan Diego (34). Finalmente han tomado en cuenta el origen, destinatario,
contexto y finalidad de todos estos documentos para entender su propósito
y alcance.
40. Los documentos españoles del siglo XVI, que mencionan a "Guadalupe"
son numerosos, sobre todo a partir de la segunda mitad del siglo. Con
frecuencia se refieren directa o indirectamente al culto dado a la Virgen
de Guadalupe en su ermita, ubicada entonces en las afueras de la ciudad
de México. No hablan directa o explícitamente de las apariciones o de
Juan Diego, sino que son alusiones circunstanciales o de paso (35). Hasta
el presente no se ha llegado a encontrar documento alguno, entre 1531
y 1548, que se refiera al Hecho Guadalupano, ni siquiera de uno de los
protagonistas, Fray Juan de Zumárraga, primer obispo de México, muerto
en 1548. No obstante, este silencio ni prueba ni niega nada.
41. A partir del dominico Fray Alonso de Montúfar, segundo arzobispo de
México, el guadalupanismo comienza a ser una tónica común en los arzobispos
de México, mientras que en la sociedad del siglo XVII es ya un elemento
esencial de la conciencia católica mexicana y de la pertenencia nacional
de los mestizos; por lo que no es sorprendente que haya inspirado movimientos
sociales, culturales, religiosos y políticos, que fueron favoreciendo
una mentalidad que desembocó en la Independencia (36).
42. A esto hay que añadir que tanto la tradición oral continua, tan importante
entre los pueblos mexicanos (a base de cantos, poemas), como los diversos
escritos, indígenas, mestizos y españoles de naturaleza varia [narrativos
(37), epistolares (38), jurídicos (39) y administrativos (40)], las representaciones
[pinturas (41), esculturas] y la arqueología (42) muestran cómo, en torno
al Hecho histórico Guadalupano, se va desarrollando una creciente atención
y devoción a María de Guadalupe, íntimamente ligada a la gran veneración
popular al vidente Juan Diego.
43. Siguiendo los criterios de realismo, imparcialidad y moralidad histórica,
los peritos nos presentan las siguientes conclusiones: por un lado, la
investigación histórica sigue abierta; por otro lado, los datos con los
que ya contamos, son más que suficientes para afirmar con certeza la convergencia
en hablar de Guadalupe [distinta de la de Extremadura, España (43)] y
de Juan Diego, como una fuerza increíble y extraordinaria que se convierte
en punto central de una nueva historia religiosa y de encuentro entre
dos mundos, hasta ese momento en violenta y dramática contraposición (44).
44. De todo lo anterior se sigue que sólo la afirmación clara de la historicidad
de lo acontecido en el Tepeyac llena de contenido un símbolo que hace
razonable una práctica y una devoción mariana como Guadalupe. A partir
de esta semilla sembrada en el Tepeyac comenzó una devoción incontenible
de indios, españoles, criollos y mestizos que nadie ha podido frenar.
Guadalupe se ha convertido en el punto de llegada y de partida de todos
los que reconocen en la siempre Virgen María de Nazaret, a la Madre de
Jesús, el Hijo Unigénito de Dios, encarnado por obra del Espíritu Santo,
y a la Madre de todos, hecho histórico que comenzó con la aparición de
esta Celestial Señora a un indio llamado Juan Diego Cuauhtlatoatzin.
II. JUAN DIEGO PREEVANGELIZADO
Algunos datos biográficos iniciales
45. Juan Diego Cuauhtlatoatzin, al parecer, vio la primera luz hacia 1474
y murió en 1548. Su vida transcurría como la de muchos de sus contemporáneos.
Habiendo nacido en Cuauhtitlán, de la etnia chichimeca, reino de Texcoco,
se crió en el barrio de san José Millán; luego se fue a vivir a Tulpetlac,
municipio de Cuauhtitlán, conservando la propiedad de su casa natal (45).
Contrajo matrimonio en santa Cruz el Alto (Tlacpan), cerca de san Pedro,
con la joven Malitzin, quien en su bautismo tomó el nombre de María Lucía,
la cual murió dos años antes de las apariciones de la Inmaculada (46).
46. Por fuentes históricas sabemos que Juan Diego tuvo descendencia. Los
descendientes que procreó parecen haber sido ignorados por el gran Lorenzo
Boturini Benalluci, quien pretendía a toda costa defender la virginidad
total del beato, como una gloria singular de Juan Diego y como defensa
contra la pretensión de algunos que neciamente quisieran aparecer como
sus descendientes y parientes en línea recta. Sin embargo, los misioneros
franciscanos dan fe de esta prole tenida antes de que fuera bautizado
(47).
47. Juan Diego y Juan Bernardino tenían "casas y tierras" heredadas de
sus "padres y abuelos" (48), es decir, desde tiempos antiguos, lo que
puede indicar que no eran miembros de un calpulli, donde la tierra era
propiedad comunal, sino que ellos tenían la responsabilidad de la manutención
y del bienestar de otras familias de trabajadores.
48. Todavía no se edificaba el convento de Tlatelolco (49), cuando ya
funcionaba allí un centro de evangelización desde 1524; los frailes asistían
entre semana, cada tercer día, y todos los domingos y fiestas (50). Para
1528 Juan Diego había entrado en contacto con los misioneros franciscanos
y, tocado por la gracia de Dios, terminó por solicitar el Bautismo. Con
su esposa María Lucía, inició su camino de preparación, bajo la sabia
dirección de Fray Toribio Paredes de Benavente, que adoptó el sobrenombre
de "Motolinía" (51). De él aprendió la doctrina cristiana y las exigencias
de vivir de acuerdo con el Evangelio, así como la excelencia de la virtud
de la pureza y castidad, hasta el grado de decidir, junto con su esposa,
vivir castamente una vez recibido el Bautismo (52). Fue bautizado con
el nombre de Juan Diego (53).
49. Cuando andaba en los 57 años, es decir, siendo ya un hombre cabal
y con buen grado de madurez, comenzó a ser conocido como uno de los protagonistas
de los hechos en la colina del Tepeyac. Este repunte de su personalidad
nos lleva a la necesidad de preguntarnos sobre el tipo de formación tenida,
que le permitió alcanzar una madurez humana respetable y que fue la base
de su santidad cristiana.
2. A propósito de la educación indígena
50. Muy diversas eran las culturas indígenas que habitaban el territorio
de lo que luego llegó a ser México. Al referirme al mundo de la educación
estoy hablando de una cultura que sobresalió por su contacto inmediato
con lo que hemos venido nombrando el Acontecimiento Guadalupano, me refiero
a la cultura náhuatl.
51. Fray Bernardino de Sahagún consignó por escrito el tipo de educación
esmerada que recibían los indígenas (54). Las virtudes domésticas comenzaban
a sembrarse desde que la madre estaba segura de haber quedado en cinta.
Con tiernos y solemnes discursos el abuelo o el miembro más anciano de
la familia se dirigía a la embarazada, recordándole que el fruto en camino
era obra del señor Dios, que debía cuidar de ese fruto divino absteniéndose
de levantar cosas pesadas, evitar discusiones con el marido y disminuir
las relaciones maritales para no hacer daño a la criatura en formación,
y terminaba deseándole dicha, salud, alegría y un parto sano (55).
52. Todo el proceso del embarazo y el mismo parto era acompañado por nuevos
discursos, oraciones y consejos. Cuando la mujer daba a luz, la partera
prorrumpía en gritos de victoria en nombre de la parturienta, indicando
así que ésta había superado valientemente la prueba, y había cautivado
a una criatura (56). Y si era varón, lo recibían con la advertencia de
que venía a un mundo que no era el suyo, y que su verdadero nacimiento
dependería de que tuviera el honor de merecer la muerte florida, es decir,
de morir como prisionero de guerra sacrificado a la divinidad (57).
53. La figura materna era muy cercana, mientras que la del padre era lejana
por andar en las batallas. Cuando éste visitaba a los suyos, en lugar
de ponerse a jugar con sus hijos e hijas, se dedicaba a ofrecerles elementos
educativos a través de discursos: los invitaba a prepararse para la vida,
les enseñaba el modo cómo acercarse a Dios para obtener sus favores, les
recordaba que había que ganarse el pan diario, para lo que tenían que
aprender oficios diversos, como el trabajar las plumas u oficios mecánicos,
o la agricultura (maíz, maguey, árboles frutales, tunas), les ilustraba
cómo hacerse amigos de Dios acercándosele con humildad y esperanza y cómo
vivir en paz con todos, siendo prudentes en el hablar y no violentos ni
vengativos, dejando a Dios el juicio de quien les hubiera hecho algún
mal; en fin, los animaba a emplear diariamente el tiempo en cosas provechosas
(58).
54. La educación indígena proporcionada por las instituciones educativas
de entonces, al mismo tiempo que amorosísima era muy severa. El Calmécac
y el Tepochcalli eran las dos instituciones oficiales que se encargaban
de la educación (59). La disciplina férrea y militar que se impartía buscaba
formar personas virtuosas, generosas, abiertas a Dios para descubrir su
voluntad, laboriosas, amantes de la paz, respetando y reverenciando a
todos, con simplicidad de vida, que supieran aprovechar el día y la noche
y que evitaran caer en la ciencia vana. Quien iba allá, era enseñado a
no mirar atrás: tenía que aprender a dejar la familia, los parientes,
las comodidades; ejercitarse en barrer, recoger, arreglar, pasar la noche
en vela. Un texto muy ilustrativo de esta educación dice así: "cuando
haya que correr, correrás, te darás prisa, no serás pesado ni haragán.
Sólo una vez tendrás que oír, con una vez que se te llame te pondrás en
pie con agilidad, de un salto, no se te llamará dos veces; y aun cuando
no te llamen, levántate, ve corriendo por lo que tienes que traer, haz
lo que se quiere que hagas. Vas a obedecer, a humillarte, a vivir en pobreza.
Pues cuando ya te pongas algo duro, si suda o se inquieta tu cuerpo, refrénate,
sométete, no recuerdes, no desees el polvo y la basura. Esfuérzate cuanto
puedas por desechar el desasosiego de la sensualidad. Lo que tienes que
hacer es cortar espinas y ramas de abeto y ofrecerlas (cubiertas con tu
sangre), y meterte en el agua helada (= mortificación). No comas hasta
hartarte, conoce y ama la abstinencia... No uses demasiada ropa; no tiemble
tu cuerpo con el frío... Llégate a la prudencia de los prudentes, de los
sabios, conserva la ciencia y la sabiduría antigua por escrito" (60).
55. Así pues, aun cuando no contemos con una biografía de Juan Diego Cuauhtlatoatzin
antes de su conversión, al leer sobre las costumbres familiares y sobre
la educación que recibían los niños, podemos deducir que lo que Juan Diego
manifestó de su personalidad en el encuentro con la Virgen y en su vida
de convertido al cristianismo, no apareció como por arte de magia, sino
que fue el florecimiento de las semillas que sembraron en su casa sus
parientes y sus maestros.
3. Su muerte
56. Después de servir a la Señora del Cielo durante 16 años, murió en
1548, a la edad de 74 años (61), año en que también falleció Fray Juan
de Zumárraga (62). Fue sepultado en la ermita, igual que su tío Juan Bernardino
(63).
57. El Códice 1548 o Códice Escalada, descubierto en 1995, ha sido considerado
como el acta de defunción de Juan Diego, pues refiere la muerte del beato
en 1548. Consigna la fecha de aparición de Guadalupe a Cuauhtlatoatzin.
El vidente está representado hincado, de perfil, con la vista hacia el
lado derecho, portando el clásico ayate, anudado sobre su hombro derecho.
Mira hacia una imagen Guadalupana rodeada de nubes, con la luna a sus
pies y estrellas en el manto, posada sobre la falda de un cerro rocoso,
con plantas de la estepa del altiplano de México. Al calce, lleva la firma
de "Sahún" y el glifo de Antonio Valeriano, como juez (64). Evidentemente
éste no es el único códice donde se habla de la muerte de Juan Diego ya
que se complementa con la convergencia de otros códices, como por ejemplo
el "Códice de la Universidad" o "Códice de Bartolache" (65).
III. JUAN DIEGO EVANGELIZADOR
58. Al contemplar la diversidad de etnias indígenas presentes
en el territorio mexicano y la manera como han sido tratadas por la sociedad,
se antoja como imposible alcanzar su integración a la comunidad nacional
sin que pierdan sus valores, incluso su misma identidad. Algo semejante
se vivió en los comienzos de la nación mexicana: la cultura náhuatl y
la cultura española representaban a dos pueblos enfrentados uno contra
otro, y separados abismalmente. No obstante, el Hecho Guadalupano viene
a convertirse en el puente de unión genética y mental, con un eje religioso
que le da cohesión e identidad nueva y que desembocó en la formación de
la raza mestiza.
59. En este contexto Juan Diego brilla como uno de los protagonistas de
esta síntesis admirable: por un lado es indígena con los suyos, con una
tradición que venía desde remotos antepasados y cuya permanencia en el
tiempo era símbolo de verdad; por otro lado, entra en contacto con el
mundo de lo "nuevo" y que, por lo mismo, no tenía garantía de veracidad.
No obstante, aprende a dialogar con la fuente de los símbolos españoles,
la Virgen María y el fruto bendito de su vientre, Jesús, y lo asimila
de manera excepcional en una experiencia religiosa que deja ver la fuerza
de la gracia en el escogido. La historia de las apariciones es el testimonio
vivo de la eficacia de María como Maestra de un laico indígena evangelizador.
El "Nican Mopohua", (= aquí se narra) del sabio y docto indígena Antonio
Valeriano, (66) es una relación de alta escuela, donde aparecen íntimamente
relacionados los protagonistas: la Madre del Hijo de Dios, Juan Diego
Cuauhtlatoatzin, el obispo Fray Juan de Zumárraga y Juan Bernardino.
60. Quiero recorrer de nuevo, junto con toda persona de buena voluntad,
el mismo camino seguido por estos personajes, especialmente Juan Diego,
para experimentar la magia del encuentro íntimo con Jesucristo, que motive
la participación de cada uno de nosotros en la misión que estamos llamados
a desempeñar en este gran mosaico cultural que forma la porción del pueblo
de Dios, México Tenochtitlan (67).
1. Un laico contemplativo
61. En asuntos de la historia de la salvación, es Dios quien siempre toma
la iniciativa. En nuestra historia, la llena de gracia es quien sale al
encuentro del que había sido elegido en el misterio del amor divino para
una misión excepcional. Así como Dios actuó con algunos profetas del Antiguo
Testamento, también la Reina y Señora llama por su nombre a quien ha designado,
pero lo hace con delicadeza indígena, teñida de afecto, ternura y reverencia:
"...oyó que lo llamaban de arriba del cerrillo, le decían: Juanito, Juan
Dieguito" (68)
62. El escogido es un hombre contemplativo, que lo mismo disfruta la belleza
de una visión que lo melodioso de la música. Y en esta contemplación aparece
en forma elocuente y clarísima el anuncio de la continuidad de los valores
del mundo náhuatl, pues el lenguaje está lleno de elementos que hablan
de las cosas de Dios, pero ahora restaurados en torno a una figura femenina
envuelta por el sol y embarazada por el Espíritu divino: "Oyó cantar sobre
el cerrito, como el canto de muchos pájaros finos... sobremanera suaves,
deleitosos..." (69) "Y cuando llegó frente a ella, mucho admiró en qué
manera, sobre toda ponderación, aventajaba su perfecta grandeza: su vestido
relucía como el sol, como que reverberaba, y la piedra, el risco en el
que estaba de pie, como que lanzaba rayos, el resplandor de ella como
preciosas piedras..., la tierra como que relumbraba con los resplandores
del arco iris en la niebla. Y los mezquites y nopales y las demás hierbecillas
que allí se suelen dar, parecían como esmeraldas. Como turquesa aparecía
su follaje. Y su tronco, sus espinas, sus aguates, relucían como el oro"
(70)
63. El colorido y luminosidad de esta visión nos transporta a la experiencia
del monte Tabor, donde Jesús se transfiguró en presencia de sus elegidos,
preparándolos así tanto para la próxima pasión, resurrección y glorificación,
como para el día de Pentecostés y el envío para evangelizar a todos los
pueblos. Juan Diego estaba en el preludio de la misión que la Señora del
cielo pronto le iba a encomendar.
64. ¡Cómo necesitamos recobrar la capacidad de admiración y de contemplación!
No por nada el fin último de nuestra vida es interpretado como "contemplación
del rostro de Dios"; y el salmista lo convierte en oración de esperanza:
"Tengo sed de Dios, del Dios vivo, ¿cuándo entraré a ver el rostro de
Dios?" (Sal 42, 3). Recuperar nuevamente la dimensión humana de la vida,
disfrutar el encuentro armonioso con el hermano, gozar la belleza de la
música, experimentar cómo el amor transforma la misma realidad de todos
los días, apreciar el fruto del trabajo honesto y responsable, valorar
el cuidado de la creación; esto y más forma parte de nuestro aprendizaje
para saber vivir cristianamente en nuestra sociedad, tan avanzada en algunos
campos, pero que no raras veces pierde el sentido humano de sus conquistas
científicas y técnicas.
2. Un laico de fe
65. A diferencia del temor con el que manejaban los asuntos de Dios en
el Antiguo Testamento, Juan Diego es un laico familiarizado con las cosas
divinas, tanto al estilo indígena (71), como las del Dios predicado por
los frailes franciscanos (72). Ante la audición de los cantos y ante la
voz a él dirigida, en nada se turba ni se asusta; al contrario, se alegra
desde lo profundo de su persona y se pone a escuchar con toda atención
(73).
66. La Muchachita le habla a Juan Diego declarándolo su venerable hijo
menor, su pequeñito. Desde ese momento, la Señora lo está presentando
a todas las generaciones como a su hijo predilecto. Por su parte, Juan
Diego, en su primera contestación a la Reina, le responde en el mismo
tono, con una exquisitez que mezcla el cariño, la confianza, la admiración
y la reverencia: "Mi Señora, Reina, Muchachita mía..." (74)
67. ¡Quién no se ha sentido arrebatado ante la imagen venerada de Santa
María de Guadalupe y la ha invocado con piropos semejantes a los de Juan
Diego! Ante un semblante como el suyo, se ablanda hasta el más recio.
Contemplar ese rostro es todo un desafío para que admiremos en cada persona
la belleza de Dios Padre creador, afeada, sí, por el pecado, pero resplandeciente
cuando deja asomar el brillo del Espíritu divino. Escuchar sus palabras,
son camino seguro que nos lleva a Cristo.
68. Delante de la celestial Muchachita, Juan Diego encuentra el lugar
para manifestar su profesión de fe en la figura sacerdotal, llamando a
los frailes evangelizadores "imágenes de Nuestro Señor" , (75) es decir,
representación verdadera, presencia concreta de Ometéotl, Dios que une
los opuestos. Esto en nada disminuía la obligación que todo jerarca tenía
de venerar esa "imagen divina" en sus subordinados, v. gr. los hambrientos
menesterosos, los desarropados, los enfermos (76).
69. Quienes hemos recibido la gracia de participar en el ministerio sacerdotal
de Jesucristo somos testigos del respeto y veneración que diversas personas
manifiestan hacia los sacerdotes. Siguiendo el ejemplo del Señor, debemos
empeñarnos en corresponder a estas muestras de caridad cristiana con una
coherencia de vida que transparente a Cristo pastor de su pueblo.
70. La Virgen Santa María se manifiesta ante Juan Diego como la Madre
del verdaderísimo Dios. Y lo hace con naturalidad y sencillez, y con un
mensaje que dejaba tranquilos tanto a los suspicaces españoles, que por
todos lados descubrían signos de idolatría, como a los desconcertados
y humillados indígenas, que se sentían traicionados por sus "dioses".
María es transparente y clara con ambos, sin engañar, ofender o desplazar
a ninguno. Y el primero a quien no desplaza es a Dios: todo el acontecimiento
se centra en el "verdaderísimo Dios", de quien ella es Madre, el único
Dios de todos los pueblos y de todos los tiempos y, por tanto, el mismísimo
que siempre habían venido adorando los indígenas, quizá sin saberlo. Juan
Diego se abre al Evangelio, y por la catequesis de María, su cultura,
su religiosidad quedan transformadas y completadas al ser integradas a
dicho Evangelio.
71. Las múltiples culturas o formas de vivir y de pensar presentes en
la ciudad de México necesitan contar con un eje que les una y les dé sentido
y armonía, que les haga ser riqueza dentro del tejido social; esta es
la finalidad del Evangelio de Jesucristo. Anunciarlo de modo que lo conozcan
todas las personas no es una moda o algo de lo que se pueda prescindir,
al contrario, la cohesión social necesita urgentemente de estos aires
saludables.
3. Puente entre Dios y los hermanos
72. La petición de María Virgen parecería muy sencilla a primera vista.
Sin embargo, "edificar un templo" en la mentalidad náhuatl significaba
construir la nación, la raza; mientras que la destrucción del templo equivalía
a la desaparición del estado (77). Con la presencia del Evangelio de María
de Guadalupe comenzaba una etapa inesperadamente gloriosa de la historia
del pueblo náhuatl, presidida por el mismo Ometéotl y por su Madre. El
templo es de ella, pues es quien lo pide, pero no es para ella, sino para
restauración y gloria del pueblo, que podrá experimentar desde allí los
efectos de la presencia de Dios mismo, manifestado por su Madre. Y precisamente
Juan Diego va a jugar un gran papel en la reconstrucción de su pueblo
que había sido arrasado por las luchas fratricidas auspiciadas y apoyadas
por los españoles (78).
73. Aquí se abre la nueva etapa en la misión del Beato: tiene que ir de
mediador entre la Madre y su Hijo y el obispo de México para compartirle
el contenido de todo lo que ha sido testigo con la Señora del cielo: "Y
para realizar lo que pretende mi compasiva mirada misericordiosa, anda
al palacio del obispo de México, y le dirás cómo yo te envío, para que
le descubras cómo mucho deseo que aquí me provea de una casa, me erija
en el llano mi templo; todo lo contarás, cuanto has visto y admirado,
y lo que has oído" (79)
74. Si Nuestra Señora de Guadalupe quiere un "Templo", significa que desea
promover la fraternidad entre los moradores de estas tierras. Por ser
Madre del Hijo de Dios, es Madre que engendra la fraternidad de todos.
Y así como nos une la dicha de contar con esta maternidad, también estamos
unidos en todo lo que implica vivir en "este valle de lágrimas: "porque
allí les escucharé su llanto, su tristeza, para remediar, para curar todas
sus diferentes penas, sus miserias, sus dolores" (80) María, pues, al
anunciar el Evangelio que promueve la unidad nacional, se convierte en
madre del mestizaje nacido en medio de la tensión. Por su parte, Juan
Diego es el gran invitado a colaborar en esta misión, pero en forma orgánica;
de ahí la insistencia de comunicar al obispo de México todo lo que ha
visto y oído, y de someterlo a su aprobación. Encontramos aquí un eco
de lo que ha inspirado el Espíritu Santo por boca del apóstol san Juan
"Lo que hemos visto y oído se lo comunicamos a ustedes, para que estén
en comunión con nosotros" (Cfr. 1 Jn 1, 1-4)
75. En nuestra ciudad enferma por estar perdiendo tantos valores familiares
y sociales, ante los atentados contra la unidad familiar y la vida, ante
las grandes concentraciones urbanas que deshumanizan y borran los espacios
para desarrollarnos en mayor libertad, ante el egoísmo que destroza todo
rastro de fraternidad, debe volver a resonar la voz del Bautista: "Conviértanse,
porque está llegando el reino de los cielos" (Mt 3, 2) y la del crucificado:
"Si en el momento de llevar tu ofrenda al altar recuerdas que tu hermano
tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y ve primero
a reconciliarte con tu hermano..." (Mt 5, 23-24) Este evangelio que se
identifica con la persona de Jesucristo, debe llegar a la conciencia de
las personas. Necesitamos reconciliarnos unos con otros y todos con Dios.
La fraternidad será entonces no un mero sentimiento de convivencia social,
sino un testimonio de que somos hijos de un mismo Padre, nos santifica
y nos llena de vida el mismo Espíritu y somos hermanos entre nosotros,
gracias a Jesucristo.
4. Un laico de su cultura y de su tiempo
76. María de Guadalupe, como eficaz maestra de protocolo, prepara a su
mensajero para que aprenda a cumplir su encomienda ante el obispo Fray
Juan de Zumárraga. La respuesta de Juan Diego al envío de la Señora es
inmediata y responsable. Lo que va a transmitir es todo lo que ha visto
y oído; y esto lo hará cuanto antes. Este "todo" encierra un contenido
muy arriesgado, pues se trataba de integrar los elementos de la fe española
con los elementos de la creencia indígena. Pero Juan Diego cumple puntualmente
en presencia del obispo Zumárraga la orden recibida.
77. La tarea de ser recibido por la máxima autoridad religiosa, no era
nada sencillo, máxime perteneciendo a la raza indígena, de la que varios
negaban que estuvieran dotados de razón; no obstante, consigue ser recibido.
Una vez delante del jerarca, Juan Diego aparece obediente, discreto y
diligente, pues únicamente al obispo refiere el contenido de su diálogo
con la Señora. Estas tres virtudes formaban parte de las enseñanzas básicas
de los padres a sus hijos: "ni hables demasiado, ni cortes a otro la palabra
(...) Si no fuere de tu oficio, o no tuvieres cargo de hablar, calla,
y si lo tuvieres, habla, pero cuerdamente" (81)" ... el oficio que te
dieren tomarás, y cuando fuere menester saltar o correr para hacer algo,
hacerlo haz (...) lo que te manden una vez, hazlo luego (...); y harás
de presto lo que te mandaren hacer, y lo que sabes que quieren que se
haga, hazlo tú" (82)
78. El resultado de la primera entrevista con la autoridad eclesiástica
dejó al indio "triste porque no se realizó de inmediato su encargo" (83)
Tenía el ingenuo candor de pensar que el obispo iba a aceptar de inmediato
su mensaje, por venir de quien venía. Pero se trataba de un indio recién
converso y su petición sonaba a osadía, pues solicitaba que se erigiera
un templo en el lugar donde los indígenas adoraban a Tonantzin, "nuestra
venerable madre" de los dioses.
79. Al referir la respuesta de Zumárraga a la Patroncita, Juan Diego manifiesta
otros rasgos de su personalidad india. Sabiendo que no puede quejarse
ante la Señora sin ofenderla, puesto que fue ella quien lo mandó allá,
suaviza su informe lo más que puede y disculpa el rechazo del obispo,
colocándose muy a la mexicana él mismo como el culpable. La forma como
lo hace, es una manera elegante de expresar la modestia.
80. Para un indígena perder la compostura (= enojarse) significaba humillación;
en cambio, mantenerse imperturbable ante la adversidad, era sinónimo de
superioridad. La aparente autodenigración al confesarse indigno e inepto
ante quien le había solicitado un servicio, era un signo de cortesía,
honestidad y educación; lo opuesto sonaría a petulancia. Algo parecido
dijeron los profetas del Antiguo Testamento (Jer 1, 6; Is 6, 5)
81. Nunca ha sido fácil anunciar el Evangelio. Desde el mismo Jesucristo
y los Doce apóstoles, el martirio sigue siendo el gran signo de quien
busca obedecer la voluntad del Padre Dios. Contra las dificultades, seguimos
escuchando la voz del Hijo de María de Nazaret, que vino a hacer la voluntad
de su Padre: "No se inquieten ni tengan miedo... En el mundo encontrarán
dificultades y tendrán que sufrir, pero tengan ánimo, yo he vencido al
mundo" (Jn 14, 27; 16, 33)
5. Corresponsabilidad en la evangelización
82. Ante la confesión educada de Juan Diego, María de Guadalupe pregona
que la Evangelización de México tiene que ser obra de la Iglesia que trasciende
la diferencia de razas y culturas, obra conjunta de españoles y mexicanos.
Por eso insiste en que quien tiene que llevar el mensaje al obispo es
el intercesor escogido por la Reina, a nombre de muchos otros hermanos
y hermanas que cooperarán para que se haga realidad en México el mandato
misionero que muchos siglos atrás Jesús encomendó a sus Apóstoles.
83. Lo que sigue a esta intervención de la Morenita del Tepeyac, confirma
la personalidad de Juan Diego como un laico convertido y con una disponibilidad
responsable. Volverá al día siguiente y cumplirá al pie de la letra lo
que quiere la Señora. Por lo pronto hay que descansar. Y en su delicadeza
indígena quien lo tiene que hacer es la Reina, que para nada necesitaba
de este descanso y sí Juan Diego que había tenido un día complejo y difícil.
84. La misión en la que estamos empeñados diariamente, debe ser nuestra
participación bautismal para ayudar a recomponer el tejido social desgarrado
por las diversas formas de pecado, tomando en cuenta las realizaciones
positivas de personas, comunidades, instituciones. La restauración sigue
siendo obra del Espíritu de Dios, pero amorosamente quiere que también
nosotros colaboremos. Debemos trabajar por integrar orgánicamente los
diversos carismas presentes en el pueblo de Dios, para que la misión perdure.
Agentes laicos, miembros de la vida consagrada, clérigos tenemos que trabajar
en comunión, cada uno de acuerdo a la propia función dentro del Cuerpo
de Cristo, de modo que demos un testimonio de unidad orgánica y así participemos
en hacer llegar el Evangelio de Jesucristo a los alejados de su influjo,
sean familias, jóvenes, pobres, sectores, ambientes.
6. Observante de sus deberes religiosos
85. Juan Diego no aduce su calidad de embajador de la Señora para faltar
a sus deberes dominicales de cristiano convertido. Y de nuevo ante el
obispo, en lugar de presentarse desafiante por ir en nombre de la Señora
del Cielo, lo hace con humildad y miedo de llegar a ser el causante del
fracaso de toda la misión que le había sido encomendada. Este tesón por
cumplir una encomienda es como el inicio de una cadena de futuros catequistas
indígenas que recorrerán los caminos en todas direcciones con tal de llevar
el mensaje del Evangelio, incluso con riesgo de su propia vida como lo
prueban los mártires oaxaqueños Juan Bautista y Jacinto de los Ángeles
que serán beatificados por Su Santidad en este su quinto viaje a México.
Y es que en realidad, la conversión de los indios fue apostolado de los
mismos indios que se trocaron en infatigables misioneros de sus hermanos
a partir de lo sucedido en 1531. De su capacidad el mismo Mendieta nos
refiere que "estando el religioso presente (...) predicaba en su nombre
todo lo que le había dicho (...) y echaba de ver si era enteramente dicho,
o si había alguna falta. La cual no hallaban, sino que eran muy fieles
y verdaderos, y en extremo hábiles, que no solamente decían lo que los
frailes les mandaban, más aun añadían mucho más" (84)
86. Lo que Juan Diego añadió a todo lo anterior fue que no se descorazonó
ante la escrupulosidad y severidad del obispo que, como buen inquisidor,
le preguntó de todo e incluso le hizo seguir por sus servidores. Ellos
se convertirían en el nuevo obstáculo que tendría que superar Juan Diego
(85).
87. ¡Cómo ilustran la hermosura de la Iglesia de Cristo tantos laicos,
desde niños hasta ancianos, que aun cuando atienden las responsabilidades
del hogar y las del propio trabajo, todavía encuentran tiempo para su
formación y para participar en la evangelización de sus hermanos! Tocar
las puertas, visitar a los enfermos como ministros extraordinarios de
la Eucaristía, enseñar al que no sabe, colaborar como catequistas, conservar
la usanza de mayordomos, fiscales, topiles que custodian tradiciones de
religiosidad popular, es una operación que sigue dando buenos frutos,
porque los sarmientos permanecen unidos a la vid que es el Señor (Cfr.
Jn 15, 5)
7. Apostó por la caridad
88. En medio de tantos ires y venires, aparece la Virgen tranquilizando
a Juan Diego y asegurándole el feliz éxito de su misión (86). Pero aquí
aparece un nuevo protagonista, se trata de Juan Bernardino, tío de Juan
Diego. Además de la importancia que tenían los tíos, sobre todo si eran
de primer grado, por ser la autoridad que quedaba en el hogar cuando los
esposos partían a las guerras, cosa frecuente, estaba el hecho de que
Juan Diego encuentra enfermo de muerte a su tío. Dejando para después
a la Señora celestial, atiende a su tutor. Cuidar a los enfermos, era
una riqueza del patrimonio cultural indígena, ya que éstos eran tenidos
como "imágenes de Dios" (87) Lo que hace Juan Diego es manifestar la virtud
que ya practicaba como herencia de raza, pero ahora madurada y coronada
por el Bautismo.
89. Juan Diego recibe una petición de su tío: poder contar con un sacerdote
para que lo confiese y lo prepare a morir (88). Bien podríamos pensar
en que un cristiano pidiera, además de la Confesión, el Sagrado Viático
y la Unción de los Enfermos. Motolinía da testimonio de que el Santísimo
Sacramento de la Eucaristía era administrado a pocos naturales y pocas
veces (89). Por su parte Mendieta afirma que por muchos años no se administró
el Sacramento de la Unción de los Enfermos por la falta de ministros (90).
En cambio, él mismo consigna la inmensa estima de los indios por la Confesión
hasta el grado de que viajaban grandes distancias, abandonaban sus casas
y haciendas, mientras que los minusválidos se hacían transportar por otros
con tal de ser oídos en confesión (91).
90. Como indio cumplidor, Juan Diego tiene una urgencia familiar a la
que debe responder, pero para no herir a la perfecta siempre Virgen Santa
María con una negativa abierta, decide tomar otro camino que el acostumbrado
(92). Una expresión más del refinamiento indio que Juan Diego había aprendido
de su raza.
91. La Virgen le sale al paso y lo trata con una delicadeza exquisita.
La pregunta que brota de sus labios es amable, como de quien comprende
y muestra misericordia, pues para nada menciona el rodeo que hace Juan
Diego, y sí le allana el camino para que le participe de sus angustias
(93). Este responde con la finura de quien tiene tal confianza con la
Madre del Hijo de Dios, hasta el punto de llamarla cariñosamente "Mi hija
chiquita", "Mi niña del cielo" (94). En su Niña Celestial abandona el
peso de su congoja y le explica lo que va a intentar, pues era de noche
y difícilmente encontraría un sacerdote que pudiese venir a auxiliar a
su tío antes de que muriera.
92. Parafraseando el texto de 1Cor.13, podríamos presentarnos hablando
lenguas angelicales, o como conocedores de todos los misterios, o protagonizando
obras impresionantes de renuncia; pero, sin caridad, nos haríamos merecedores
del refrán mexicano "mucho ruido y pocas nueces". Recordemos que Cristo
conjugó lo que hizo y dijo como expresión de su amor total a su Padre
y el amor incondicional a sus hermanos. Juan Pablo II invita a que la
práctica del amor concreto, especialmente hacia los pobres en sentido
material, moral o cultural, sea la mística que caracterice nuestra vida
cristiana, el estilo de ser Iglesia y la programación pastoral [NMI 49.50].
(95) Por consiguiente, el alma que inspire todos nuestros quehaceres pastorales
deberá ser siempre la caridad, recordando que pasarán todos los demás
dones y virtudes, y sólo ella quedará.
8.¡No temas!
93. Juan Diego se encuentra entre la gran lista de personajes que han
recibido de parte de Dios este apoyo: María de Nazaret lo escuchó del
ángel (Lc 1, 30) lo mismo que José (Mt 1, 20), Zacarías (Lc 1, 13) y los
pastores (Lc 2, 10), todos como anuncio de la inminente venida del Salvador.
Sin embargo, también se encuentra en los relatos de vocación de personajes
como Abrahán, Isaac, Moisés, Josué, Gedeón, Jeremías, Isaías, así como
en otros textos del Nuevo Testamento. (Lc 12,23) Por su parte, la Virgen
María se manifiesta ante Juan Diego como "protectora", figura que emplearán
las generaciones cuando la invoquen como "auxilio de los cristianos".
94. Juan Diego recibió de su Reina y Señora la certeza de que siempre
estaría a su lado, por lo que podría confiar en ella sin reservas. Jesús
se lo dijo un día a Pedro después de una jornada de arduo trabajo. Juan
Pablo II lo ha pronunciado en diversas ocasiones, dirigiéndose a toda
la comunidad eclesial, a los jóvenes, indígenas, enfermos, alejados que
buscan la felicidad, la libertad y el sentido de los esfuerzos diarios.
La esperanza está fundada en la presencia diaria de Cristo con todos sus
hermanos de fatigas por causa del Evangelio: "Y sepan que yo estaré con
ustedes todos los días hasta el fin de los tiempos" (Mt 28, 20)
95. Como Iglesia arquidiocesana, volvamos de nuevo nuestra mirada a la
Virgen Madre del Hijo de Dios y Madre nuestra y digamos confiadamente:
"Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios. No desprecies las súplicas
que te dirigimos en nuestras necesidades; antes bien líbranos de todo
peligro, ¡Oh Virgen gloriosa y bendita!" Asimismo recordemos la tierna
oración que muchos de nosotros aprendimos en casa: "Dulce Madre, no te
alejes, tu vista de mí no apartes, ven conmigo a todas partes y solo nunca
me dejes..." Todo tiene sabor de hogar, todo nos habla del calor familiar
que no podemos dejar que se apague.
9. El hijo cuenta con una madre excepcional
96. La Virgen María proclama a Juan Diego un mensaje que de por sí comporta
un nuevo nacimiento: "¿No estoy yo aquí que soy tu Madre? ¿No estás bajo
mi sombra y resguardo? ¿No soy yo la fuente de tu alegría? ¿No estás en
el hueco de mi manto, en el cruce de mis brazos? ¿Tienes necesidad de
alguna otra cosa?" (96) María no sólo está diciéndole a Juan Diego que
ella es su "Madrecita", sino que además ella se siente honrada y agradecida
por serlo.
97. Santa María de Guadalupe se coloca así en la condición de tantas madres
mexicanas que desde tiempo inmemorial han expresado su maternidad en forma
única, como algo más que un mero dato biológico reproductivo, o un derecho
aducido para colocarse en lugar de Dios. Las expresiones referidas a esta
forma de maternidad se multiplican: "la mamá cría sus hijos", "cuida continuamente
de ellos", "vigila para que no les falte nada", "es como esclava de todos
los de su casa", "sufre por la necesidad de cada uno", "siempre atenta
en las cosas necesarias para el hogar" (97). No podemos perder de vista
que, sobre todo en los grandes centros urbanos, como es el caso de la
ciudad de México, las condiciones laborales han cambiado mucho esta dinámica
familiar; sin embargo, todavía persiste la importancia central de la figura
materna en el cuidado, educación y éxito de una familia. Ciertamente tendremos
que valorar mucho lo que todavía tenemos en nuestras familias y reconquistar
mucho de lo perdido y por supuesto abrirnos con sabiduría a las nuevas
situaciones.
98. La maternidad a la que alude la Virgen Madre es de tipo espiritual,
pero con toda una proyección personal y comunitaria. Al presentarse como
Madre espiritual de Juan Diego y de todos los moradores de estas y de
otras tierras, la amable y maravillosa Madre de nuestro Salvador no lo
hace para dejarnos en una situación infantil; no, la madre del verdaderísimo
Dios viene, sí a consolar, pero también a animarnos y a urgirnos para
que trabajemos tenazmente por profundizar en nuestra fe y buscar el progreso
de nuestra patria por caminos de justicia y de paz (98).
99. La Sagrada Escritura nos ofrece un texto que inspira el trabajo comprometido
y solidario de todos los días: "Ante esto ¿qué diremos? Si Dios está por
nosotros ¿quién contra nosotros? El que no perdonó ni a su propio Hijo,
antes bien lo entregó por todos nosotros ¿cómo no nos dará con él graciosamente
todas las cosas? ¿Quién acusará a los elegidos de Dios? Dios es quien
justifica ¿Quién condenará? ¿Acaso Cristo Jesús, el que murió; más aún
el que resucitó, el que está a la diestra de Dios e intercede por nosotros?
¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación?, ¿la angustia?,
¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿los peligros?, ¿la espada?...
Pero en todo esto salimos más que vencedores gracias a aquel que nos amó"
(Rm 8, 31-39) Santa María del Tepeyac lo hace suyo y, como Madre y Maestra,
se lo anuncia a su hijito Juan Diego.
10. La fe envuelta en flores
100. Juan Diego nada pide para sí mismo o para su tío. Apenas escuchó
la voz de su Niña celestial, deja sus intereses familiares y se vuelve
totalmente hacia el interés de su Señora, a tal grado que incluso le suplica
lo envíe a llevar la respuesta pedida por el obispo. Y el signo del que
será portador, sobrepasa toda previsión.
101. Es cierto que usamos flores para expresar amor y otros nobles sentimientos,
y también con sentido estético. Pero a nadie se le hubiera ocurrido que
la Reina enviaría su proyecto evangelizador a través de un puñado de rosas,
vinieran de donde fuera. No obstante, la Niña bendita sabía que para el
pueblo indio estas eran flores de Dios, brotadas, verdecidas y florecidas
en suelo mexicano, flores que significaban la realización de todo creyente
indígena, a saber, la comunión efectiva y definitiva con Dios.
102. Juan Diego es el macehual, instrumento de la gracia de Dios, a través
de María, conocedora de estos menesteres, pues ella misma se había confesado
como "la esclava del Señor" (Cfr. Lc 1, 38) De ella recibe el encargo
de subir a cortar variadas flores (99), de colocarlas en su ayate y de
llevarlas a la presencia de la Soberana (100), quien las tomará en sus
manos y las volverá a colocar en la tilma de su embajador.
103. Cuauhtlatoatzin no desempeña un papel de mero agente, sino también
de sujeto libre y responsable en manos de Dios. Y este misionero está
llamado a la altísima vocación de ser intermediario para que el mundo
divino, el de las flores de Dios, llenas de vida, "de un olor suavísimo;
como perlas preciosas, como llenas de rocío nocturno," (101) se una al
mundo humano del Tepeyac, que de por sí era árido y además se encontraba
en la época de invierno. Se anunciaba así el comienzo de un nueva etapa
en la historia del pueblo indígena, fidelísimo a sus dioses y que aparentemente
había sido traicionado por ellos; etapa que había sido ya inaugurada definitivamente
por la encarnación del Hijo de Dios, en el seno de María de Nazaret, por
obra del Espíritu Santo.
104. Todo misionero debe estar plenamente consciente de la gran distinción
que recibe al ser enviado para anunciar el Evangelio; ésa es su dicha
y el motivo de sus desvelos. Los asuntos divinos son confiados a cada
uno de nosotros, de modo que cualquiera pueda disfrutar de los diversos
signos del amor que Dios nos tiene reservados en su Hijo Jesucristo. Seguimos
necesitando en la Iglesia particular de la Arquidiócesis de México este
tipo de evangelizadores llenos de fe, que pongan su persona entera en
manos de Dios, para ir discerniendo, a la luz del Evangelio, los diversos
acontecimientos de la vida diaria, de tal modo que se vayan capacitando
para responder a las exigencias de dar a conocer la herencia que a todos
nos tiene reservada el Padre en su Hijo amado.
11. Intercesor de absoluta confianza
105. El hijito menor de la celestial Señora se encuentra finalmente en
el corazón de la encomienda. En frases claras y sencillas se le indica
lo que tiene que decir, a quién se lo va a decir y cómo tiene que hacerlo.
Se le recuerda que no va en nombre propio y que no va a expresar su voluntad
(102).
106. Santa María del Tepeyac, Maestra divina, le enseña a su discípulo
que aprenda a conjugar su respuesta obediente a Dios, a la vez que le
dará su lugar al obispo, pues es la cabeza visible de la Iglesia naciente
en el Valle del Anáhuac, a quien le toca juzgar y ejecutar la voluntad
de la Señora del cielo. Solamente así Juan Diego podrá servir a sus hermanos
como eslabón privilegiado en la cadena de otros evangelizadores que se
unirán a la tarea misionera.
107. La Madre amorosa ya desde en vida canoniza a Juan Diego, ya que,
además del modo como se dirige a él, lo declara no como su recadero, sino
como su mensajero o embajador, como alguien de "absoluta confianza" (103)
que llevará la imagen misma de la Madre del verdadero Dios por quien se
vive.
108. El embajador emprende nuevamente el camino "contento, sosegado su
corazón, porque todo saldrá bien; incluso va cuidando mucho lo que está
en el hueco de su vestidura y disfrutando del aroma de las diversas preciosas
flores" (104) El panorama aparece profundamente optimista. La fe le hace
ir adelante, no obstante que ya ha tenido la experiencia de no ser creído
por el Obispo, de ser investigado, de haberse topado con un enfermo terminal.
La seguridad le llega porque ha recibido con mente y corazón bien dispuesto
el ofrecimiento de la dulce Señora. Y va con toda la autoridad que ha
recibido de ella. Las diversas y preciosas flores son para el Macehual
"corazón y cuerpo de Dios", las lleva en su regazo con tal cuidado, como
un ministro lleva la Eucaristía. La señal no es sólo para Juan Diego,
sino que es para la cabeza de la Iglesia que es Juan de Zumárraga.
109. En medio de una sociedad en la que se levanta el clamor de protesta
contra la corrupción, como una de nuestras grandes lacras que impiden
el desarrollo en el que debemos participar todos, tenemos que sembrar
semillas de esperanza y confianza. Un joven convencido de su fe, sabrá
educarse en el respeto a la palabra dada; un trabajador público con vocación
de servicio, se sumará a otros que con honestidad se comprometen por el
bien común; un profesionista diplomado, sabrá responder cristianamente
a la confianza que depositen en su capacidad; los padres de familia, aceptarán
ser los colaboradores de Dios en el origen y el cuidado de la vida de
sus hijos.
12. El nuevo rostro de la fraternidad
110. Delante de la autoridad eclesiástica, Juan Diego presenta una síntesis
de su versión indígena del núcleo de su encuentro con la Reina del cielo.
En su narración desaparecen todos los elementos "periféricos", para centrarse
únicamente en la voluntad de la Señora. Ella había hecho florecer nuevamente
el lugar destruido por los españoles, a donde los indígenas venían desde
muy lejanas tierras trayendo ofrendas para celebrar la fiesta de la Tonantzin,
que quiere decir "nuestra venerable Madre" (105); ésta era una buena nueva
para cualquier indio devoto. Pero, al mismo tiempo, da una buena noticia,
del todo novedosa: ya no se necesitan los sacrificios humanos, pues el
mismo Hijo de Dios dio su vida, su sangre por toda la humanidad.
111. Juan Diego Cuauhtlatoatzin se convierte en el precursor que Dios
escogió para que en México se aplicara lo que ya Cristo había realizado
perfectamente y de una vez para siempre, cuando de dos pueblos (el judío
y el gentil) había hecho uno solo "derribando el muro divisorio, la enemistad...,
haciendo las paces, y reconciliando con Dios a ambos en un solo cuerpo,
por medio de la cruz, dando en sí mismo muerte a la enemistad". (Ef 2,
14-16)
112. Las flores, que de por sí ya eran la expresión de algo sagrado, se
convierten en instrumento para pintar en la tilma del embajador indígena
la imagen de la Reina del Cielo, de la Madre del Hijo de Dios. Entregadas
tilma y flores al obispo, tenemos la unión de dos autoridades, el macehual
que llevaba la imagen de la Señora y el que es convertido en custodio
de la Imagen.
113. La orientación misionera de toda la actividad de la Iglesia en la
ciudad de México nos hace descubrirnos diversos en nuestra función dentro
del cuerpo de Cristo, pero unidos en la única misión que el Padre le encomendó
a su amado Hijo: "Como tú me has enviado al mundo, yo también los he enviado
al mundo. Y por ellos me santifico a mí mismo, para que ellos también
sean santificados en la verdad" (Jn 17, 18-19) "Padre, los que tú me has
dado, quiero que donde yo esté, estén también conmigo, para que contemplen
mi gloria, la que me has dado, porque me has amado antes de la creación
del mundo...Yo les he dado a conocer tu nombre y se lo seguiré dando a
conocer, para que el amor con que tú me has amado esté en ellos y yo en
ellos" (Jn 17, 24. 26) Se abre así el vasto panorama de la presencia del
laico en la obra de la evangelización de nuestra ciudad.
13."Buen indio, buen cristiano", "un varón santo"
114. La experiencia de toda una vida culminada con cantos y flores, encuentro
con la Señora del Cielo, enfermedad y curación del tío Bernardino, entrevistas
con el señor obispo, llevaron a Juan Diego a pedir el honor de poder dedicarse
por completo al servicio de su Muchachita, viviendo a un lado del templo.
Para ello solicitó la autorización del obispo Zumárraga, dada la distancia
que había entre su casa y la ermita de Guadalupe. Juan Bernardino, tío
de Juan Diego quiso hacer lo mismo para estar junto con su sobrino sirviendo
al Señor y a su preciosa Madre, pero Juan Diego no accedió, mientras que
le pedía que se dedicara a cuidar la herencia familiar de casas y tierras,
lo que implicaba velar por las familias y trabajadores bajo su cuidado
(106).
115. Obtenido el permiso del obispo, dejó todo y se retiró a la ermita
de Guadalupe para servir a la Virgen, cuidando de su casita (107). Esta
comunión diaria con los intereses de la Santísima Virgen desembocó en
una vida según el Espíritu de Jesucristo: A diario se ocupaba en cosas
espirituales y barría el templo. Se postraba delante de la Señora del
Cielo y la invocaba con fervor. Frecuentemente se confesaba y obtuvo la
gracia de poder comulgar tres veces por semana, cosa excepcional para
un laico de entonces. Ayunaba, hacía penitencia, se disciplinaba, se ceñía
cilicio de malla y buscaba la soledad para poder entregarse a solas a
la oración (108).
116. Su vida espiritual se proyectaba en el servicio a la comunidad: era
buscado como intercesor ante la Santísima Virgen, para que les diese buenos
temporales en sus siembras (109), ya que estaban ciertos de "que cuanto
pedía y rogaba a la Señora del cielo, todo se le concedía" (110). Aprovechaba,
además, su permanencia junto a la casita de la Virgen para evangelizar
a quienes allí acudían.
117. De esta forma, el testimonio de una vida íntegra alcanzada por Juan
Diego, bajo la acción de la gracia divina, provocó una fama de santidad
reconocida por quienes entraban en contacto con él. Marcos Pacheco, el
primero de los siete indios ancianos, informantes de Cuauhtitlán, que
declararon en el proceso de 1666, nos ofrece una síntesis al respecto:
"Era un indio que vivía honesta y recogidamente, que era muy buen cristiano
y temeroso de Dios y de su conciencia, y de muy buenas costumbres y modo
de proceder, en tanta manera que, en muchas ocasiones le decía a este
testigo la dicha de su tía: 'Dios os haga como Juan Diego y su tío', porque
los tenía por muy buenos indios y muy buenos cristianos", concepto en
que concuerdan los otros seis testigos (111); otro testimonio es el de
Andrés Juan, quien se refería a Juan Diego llamándolo "varón santo" (112)
y "varón santísimo" (113).
118. Efectivamente, Juan Diego era tenido por el pueblo como "un indio
bueno y cristiano", o como "un varón santo". Ambos títulos eran más que
suficientes para expresar la buena fama de que gozaba, lo cual se ve reafirmado
por el hecho de que lo propusieran como ejemplo para los demás y de que
se acercaran a él para que intercediera por necesidades personales y del
pueblo. Así pues, Juan Diego no sólo intercedió a favor del sostenimiento
de la vida, sino que también a través de su testimonio motivó que hubiera
un punto de referencia familiar. El Nican Motecpana exclama sobre la vida
ejemplar del beato: "¡Ojalá que así nosotros le sirvamos y que nos apartemos
de todas las cosas perturbadoras de este mundo, para que también podamos
alcanzar los eternos gozos del cielo!" (114)
119. En Juan Diego se hace realidad la tradición oral de nuestros pueblos
indígenas, que se ha mantenido desde tiempo inmemorial hasta el día de
hoy. Una de estas tradiciones que actualmente se comunica de padres a
hijos, de abuelos a nietos, proclama: "Apareció, así lo dicen los Jefes,
en el Cerro del Anáhuac, una señal del mismo Cielo, a donde llega la manzana
del Volador: una Mujer con gran importancia, más que los mismos Emperadores,
que, a pesar de ser mujer, su poderío es tal que se para frente al Sol,
nuestro dador de vida, y pisa la Luna, que es nuestra guía en la lucha
por la luz, y se viste con las Estrellas, que son las que rigen nuestra
existencia y nos dicen cuándo debemos sembrar, doblar o cosechar. Es importante
esta Mujer, porque se para frente al Sol, pisa la Luna y se viste con
las Estrellas, pero su rostro nos dice que hay alguien mayor que Ella,
porque está inclinada en signo de respeto. Nuestros mayores ofrecían corazones
a Dios, para que hubiera armonía en la vida. Esta Mujer dice que, sin
arrancarlos, le pongamos los nuestros entre sus manos, para que Ella los
presente al verdadero Dios" (115).
120. Una personalidad como la de Juan Diego, vivida en fidelidad a la
voluntad divina y al servicio de los hermanos se convierte, para cualquier
bautizado, en un modelo que llama a la conciencia y nos anima a confrontar
nuestro estilo de vida con el Evangelio de Jesucristo, y a integrarnos
con los demás miembros del pueblo de Dios para seguir colaborando en la
misión a favor de esta ciudad de México. Contemplación, oración, práctica
sacramental, ayuno y penitencia, misión, son parte de la personalidad
espiritual del agente laico evangelizador.
IV. JUAN DIEGO, Y EL DESAFÍO PARA LA MISIÓN DE
LOS LAICOS HOY DÍA
121. Esta es la hora de los laicos. Su presencia en medio
de las realidades temporales les hace contar con un amplio radio de acción
para dar testimonio de su bautismo. Ayudar en la santificación de estas
realidades significará hacer presentes los criterios del Evangelio que
inspiren las actividades de todos los que trabajan por el bien común.
122. La canonización no separa a Juan Diego de su pueblo, más bien abre
el espacio para que puedan entrar en "su mundo" los diversos indígenas,
dondequiera que se encuentren, y cualquier miembro del pueblo de Dios.
Ser elevado a los altares significa que su identidad como hombre de su
tiempo ha recibido la perfección por obra del Espíritu de Cristo resucitado,
y este mismo Espíritu es el que le da al santo su apertura a la sociedad
y a la Iglesia. Si ha llegado a la perfección, quiere decir que ha tenido
que recorrer un largo camino, en el que progresivamente fue encontrando
la respuesta a Dios que lo buscó y a sus hermanos que seguirán tocando
a su puerta.
123. En su itinerario personal mucho tuvo que ver la asimilación de los
valores familiares y culturales de su tiempo. La acción de la gracia encontró
un terreno abonado y fértil, de modo que cuando oyó la predicación evangélica,
descubrió la cercanía de Ometéotl, "Señor de la dualidad" "Señor del cerca
y del junto". Y así comenzó la nueva etapa de su vida, ahora bajo el explícito
conocimiento de Jesucristo, de su Padre y del Espíritu, todo bajo el signo
de una Mujer vestida de Sol.
124. Habiendo entrado en el camino de la conversión, fue progresivamente
llevado de la mano hasta convertirse en un evangelizador para sus hermanos.
La comunión con Dios se convirtió en comunión y servicio con los hermanos,
y por lo mismo misión (ChL 32). Gracias a esta comunión pudo dar fruto
abundante. Cristo mismo así lo proclamó cuando a sus discípulos decía
"El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto" (Jn 15, 5)
1.Compromiso Evangelizador
125. Mirar a Juan Diego significará en primer lugar, tomar conciencia
de la propia identidad y de los valores que cada uno ha heredado de la
familia, de la parroquia, de la escuela, de algún amigo o de algún acontecimiento
que haya sido significativo en la experiencia de todos los días.
126. Habiendo valorado esto, viene el momento de reconocer la presencia
de Dios en la vida personal y en la vida de los demás. La experiencia
de Dios marca la existencia de quien se deja amar; le abre nuevos horizontes
y le introduce en una dinámica nueva. Juan Diego vivió este itinerario
y encontró una escuela maravillosa. Su maestra fue nada menos que la Siempre
Virgen Santa María, Madre del Verdaderísimo Dios por quien vivimos, somos
y existimos, Madre compasiva y misericordiosa, Madre del Amor y de la
santa esperanza. Obedeciendo la voluntad de Dios aprendió a ser constante
y a enfrentar los retos de la vida.
127. Los laicos están llamados a participar en la nueva civilización del
amor: oficios diversos, insertos en la comunidad, multiplicidad de vocaciones
inspiradas en el amor creador de Dios, hacen que la presencia de los laicos
en el mundo sea como la presencia del alma en el cuerpo.
128. Nacida del bautismo, su vocación cristiana es vocación de servicio;
su ocupación esencial es evangelizar: llevar a todos, con las palabras
y el testimonio diario el Evangelio que anuncia y realiza la salvación.
Vocación de llevarnos a todos a Jesucristo.
2. El idioma del cristiano en camino de conversión
129. La misión de evangelizar en medio de la sociedad requiere que aceptemos
que nuestros sentimientos y actitudes encuentren su dinamismo en el Espíritu
de Jesucristo. El cambio de actitudes, criterios y conducta es una expresión
de la libertad de vivir según los criterios de este Espíritu; y es aquí
donde encuentra su lugar la caridad como fuente constante del vivir cristiano.
Su idioma tiene diversos vocablos que encierran otros tantos criterios
para hacer presencia de Cristo misionero.
A. Hondamente contemplativos
130. La mano de Dios está presente en toda su creación. Cada uno de nosotros
está llamado a contemplar los reflejos de la belleza y bondad del Padre
creador en el mundo animal, vegetal, humano. Debemos aprender a vivir
los momentos de rectificación en la vida, de reconciliarnos contemplando
al que pende de la cruz, con su costado y brazos abiertos. Hay que ejercitarnos
en experimentar las diversas facetas del amor en las relaciones interpersonales,
más allá de una mera manifestación de instintos o de necesidades biológicas,
sino también y principalmente como expresiones del amor del Espíritu que
habita en nuestros corazones.
131. La experiencia de Juan Diego, aun cuando es personal, puede motivarnos
mucho, pues supo aquilatar los valores de su cultura, aprendió a relacionarlos
con los valores propuestos por el cristianismo, se ejercitó en proyectarlos
en el servicio a sus contemporáneos y los modeló en la escuela de María
de Guadalupe. Para lograrlo necesitó ser un hombre de gran contemplación
y profundidad en las cosas de la vida, de la religión, de la familia,
de las autoridades y un laico cercano y comprometido por evangelizar a
sus hermanos.
B. Ambiciosamente dialogantes
132. Comunicarnos como personas y ser escuchados es una necesidad para
superar tantos traumas o golpes afectivos que aquejan nuestra vida. La
misión que Cristo nos encomienda es muy ambiciosa y tiene que desarrollarse
en un constante diálogo con Dios y con los hermanos. En efecto, debe llegar
a todas las gentes de todos los pueblos, a los sectores y ambientes diversos
de nuestra ciudad, a las familias, los jóvenes, los pobres. Al mismo tiempo
es una propuesta en el amor, no una imposición, por bien motivada que
sea. Quien es contemplativo, sabe escuchar la voz de Dios en quien pasa
necesidad, cualquiera que ésta sea, y también sabe comprometerse efectivamente
con quien requiere su apoyo.
133. La Misión que estamos llevando a cabo en la ciudad de México nos
está urgiendo a caminar más, a evangelizar con renovados bríos y con imaginación
pastoral, a salir a buscar a tantos alejados del influjo del Evangelio
para despertar en ellos la alegría de encontrarse con Cristo, se dejen
amar por él y se comprometan solidariamente en el bien de los demás. Siguen
existiendo muchos ambientes y sectores de la sociedad en donde no ha resonado
la Voz que busca amigos para compartir la vida entera. Es una exigencia
evangélica que involucremos nuestras personas y nos preparemos para evangelizar
a los hermanos, como en su tiempo lo hizo Juan Diego.
C. Siempre marianos
134. Si queremos que la Nueva Evangelización provoque este renovada vitalidad
pastoral, debemos reconocer que en México y en nuestro continente Americano
pasa por la mediación de María. Así comenzó la evangelización en nuestras
tierras y así se ha desarrollado nuestra identidad nacional y continental.
Aquella que es Madre y Maestra del Hijo de Dios, tiene mucho que decirnos
a los que hemos sido adoptados gracias al bautismo. Volver constantemente
a su imagen, nos llevará a tener una sana imaginación espiritual y pastoral.
Releer nuestra historia a la luz del Acontecimiento Guadalupano, despertará
en nosotros el deseo de acercarnos a Juan Diego para aprender de él sus
diversas virtudes: apertura a Dios, disponibilidad para la misión, veneración
de la imagen de Dios en cada hermano, tenacidad para enfrentar los retos
que implica su vocación, caridad fraterna.
3. Religiosidad popular y Evangelización
135. Es indudable que la tradición del pueblo con sus jerarcas ha sabido
valorar la gracia que Dios nos ha ofrecido en el indio Juan Diego. Su
experiencia de ir y venir entre la Reina del Cielo, Fray Juan de Zumárraga
y Juan Bernardino, con la mezcla de sentimientos que iban desde la alegría
hasta la preocupación, la afluencia hacia la ermita de
136. Las peregrinaciones de grupos parroquiales, de obreros, comerciantes,
colonias, voceros de periódicos, diócesis, familias, extranjeros, danzantes,
son valiosas expresiones vivientes de fe individual y comunitaria, cuya
fuerza evangelizadora debemos motivar con el Evangelio, de modo que exista
coherencia entre fe y vida, que se traduzca en un compromiso cristiano
a favor de nuestra ciudad.
137. Así pues, debemos seguir descubriendo el encanto de esta "casita"
de Santa María de Guadalupe, punto donde confluyen y se hermanan familias
e individuos de diversos rumbos. Todavía queda mucho que recorrer para
que podamos tener la identidad que Cristo nos mereció con su encarnación,
muerte y resurrección. Sin embargo, este peregrinar constante nos enseña
que formamos parte de un pueblo que ya camina hacia la casa del Padre.
138. Junto a la Morenita siempre encontraremos a su embajador y mensajero.
Al ir siguiendo su itinerario, nos hemos dado cuenta de que su valor no
es únicamente para los de su misma sangre, sino también para todos los
que tenemos un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo y un solo Dios
y Padre.(Cfr. Ef 4,5). Por lo mismo, su figura no puede quedar reducida
a algo folklórico; es una personalidad normal ofrecida como inspiración
para todos los que quieran dejarse guiar por Dios y colaborar en la formación
de una comunidad más fraterna animada por los valores evangélicos.
4. Una aportación de la Iglesia en México para la Iglesia en América
139. El Acontecimiento Guadalupano y Juan Diego Cuauhtlatoatzin tienen
un marcado sentido eclesial y misionero, de gran significado para entonces
y para nosotros hoy día. El Hecho Guadalupano es la síntesis del mundo
cultural y religioso precolombino y el cristiano llegado de Europa, transformada
evangélicamente: de los dos pueblos, Dios hizo uno solo. Ante la riqueza
del Evangelio de Cristo caen las barreras que levantan las diversas culturas,
porque la salvación abarca a todos como un proyecto eterno y divino, fraguado
y llevado a término en la caridad; de este modo podemos afirmar que Dios
ha apostado todo por el amor.
140. Por su parte Juan Diego Cuauhtlatoatzin fue el eslabón entre el mundo
antiguo mexicano, no cristiano, y la propuesta misionera venida por la
mediación de España. El es el elegido por Dios para el encuentro de Jesucristo
con la cultura indígena, a través de la mediación de María.
141. Los misioneros españoles descubrieron que debían asumir la defensa
de los derechos humanos de los conquistados, frente a sus compatriotas
que se confesaban cristianos, pero que estaban lejos de demostrarlo a
través de las obras. Sin optar a favor de uno en contra del otro, los
misioneros presentaron el hecho cristiano como un hecho significativo
de reconciliación para ambos.
142. El Acontecimiento Guadalupano fue la confirmación de esta metodología
misionera del anuncio cristiano, por lo que con toda razón podemos afirmar
que en todo mexicano existe un rasgo de Zumárraga y de Juan Diego, ambos
arrodillados frente a María De Guadalupe (116).
143. La historia del Acontecimiento Guadalupano y Juan Diego da testimonio
de que la nación mestiza que se ha ido formando a lo largo de estos últimos
cinco siglos, en medio de luchas y conquistas en el campo religioso, político,
social y cultural ha desembocado en dar un paso más en la consolidación
de la Iglesia en América Latina, con una fuerte dosis de identidad como
Iglesia católica. Esto significa que el Acontecimiento Guadalupano va
más allá de una sola nación.
144. Juan Pablo II ha querido que este tesoro sea compartido con todo
el continente americano. Nació como un regalo de amor de Dios y como una
respuesta de gracia a una situación dramática de oposición entre dos culturas,
sin esperanza de solución humana, y que no le ahorraron ni las luchas
ni las incomprensiones fratricidas. Por lo mismo se puede entender la
actitud repetida de Juan Pablo II en presentar la vocación del Tepeyac
como "corazón mariano de América", "auténtico cenáculo de comunión eclesial",
"experiencia fraterna de encuentro con el Señor resucitado, camino para
la conversión, la comunión y la solidaridad en América", y por lo mismo
ha declarado el 12 de diciembre Fiesta de Santa María de Guadalupe obligatoria
para todo el Continente. Todo esto, sin Guadalupe ni Juan Diego no hubiera
sido posible.
145. El milagro de este encuentro es todavía incompleto, pero el Hecho
Guadalupano tiene todavía mucho que aportar para que este ideal avance
un paso más, hasta que llegue a su realización definitiva en el cielo.
CONCLUSIÓN
146. Vivimos en la actualidad una etapa difícil de nuestra
historia: sufrimientos por la crisis internacional, fuerte carencia de
valores humanos y espirituales, angustia existencial de los jóvenes que
no encuentran su identidad ni su misión en el mundo, hedonismo y odio
que corrompen el corazón humano, tanta pobreza e injusticia social que
golpean la dignidad de hermanas y hermanos, todos aquellos que se han
alejado del verdadero Dios, tanto desperdicio de riquezas y cualidades
culturales, personales y sociales, en fin, tantos miedos para vivir, para
compartir, para amar de verdad.
147. Necesitamos la participación de todos para hacer realidad la construcción
del "templo" que pidió Santa María de Guadalupe, a saber, el templo de
nuestra ciudad, de nuestra nación y de otras naciones. Se trata de alcanzar
una identidad que parta de nuestras conciencias, se construya en medio
de nuestras familias, para que desde ahí sea proclamado el mensaje de
nueva vida en Dios, que Nuestra Señora de Guadalupe ha hecho florecer
para el mundo entero.
148. Querido Juan Diego, muéstranos dónde quiere la Reina del Cielo, nuestra
amada Niña, nuestra Madre, nuestra Señora de Guadalupe que le edifiquemos
su templo; en qué corazón, en qué alma, en qué espíritu debemos construir
la fe, esperanza y amor. Dinos dónde recogiste estas hermosas flores llenas
de rocío matinal, dónde estaban arraigadas, quién las hizo crecer para
nosotros, quién las acarició y las acomodó en tu tilma. Queremos ser esas
nuevas rosas que florezcan en nuestro valle a veces tan frío, tan árido
de civilidad. Queremos seguir dibujando con el pincel del Espíritu de
Dios el rostro mestizo y moreno de cada habitante de esta ciudad, rostro
donde resida y crezca el amor. Dinos, querido Juan Diego, indio diligente
y obediente, indio noble y paciente, indio fiel y verdadero, dónde debemos
ir, por cuál sendero debemos caminar, para llevar a este pueblo delante
de santa María de Guadalupe, para que sean escuchados sus ruegos, sus
tristezas, sus llantos, para que sean acariciados por esas manos cobijadoras
de Madre. Condúcenos, amado Juan Diego, ante la Muchachita Morena del
Tepeyac, nuestra Madre amorosa y compasiva, pues creemos en el mensaje
del que fuiste testigo y nos has transmitido como fiel misionero de Dios.
Por ti sabemos que la Reina y Señora nos ha colocado en su corazón, que
estamos bajo su sombra y resguardo, que es la fuente de nuestra alegría,
que estamos en el hueco de su manto, en el cruce de sus brazos; sabemos
y estamos seguros de que es ella quien nos conduce al verdadero Dios por
quien vivimos y somos. Gracias, Juan Diego, varón santo, felicidad de
México, de América y de la Iglesia entera. Amén.
México, D. F., 26 de febrero de 2002, día en que el Santo Padre Juan Pablo
II ha anunciado oficialmente, en solemne consistorio, su decisión de viajar
a la Ciudad de México para la canonización del Beato Juan Diego Cuauhtlatoatzin.
+ NORBERTO RIVERA CARRERA CARDENAL
ARZOBISPO PRIMADO DE MEXICO
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