Sacramentum caritatis
(Sacramento de la caridad)
EXHORTACIÓN APOSTÓLICA
POSTSINODAL
“SACRAMENTUM CARITATIS”
DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
AL
EPISCOPADO, AL CLERO,
A LAS PERSONAS CONSAGRADAS
Y A LOS FIELES LAICOS
SOBRE LA EUCARISTÍA
FUENTE Y CULMEN DE LA VIDA
Y DE LA MISIÓN DE LA IGLESIA
INTRODUCCIÓN
1.Sacramento de la caridad,
la Santísima Eucaristía es el don que Jesucristo hace de sí mismo, revelándonos
el amor infinito de Dios por cada hombre. En este admirable Sacramento se
manifiesta el amor «más grande», aquél que impulsa a «dar la vida por los propios
amigos» (cf. Jn 15,13). En efecto, Jesús «los amó hasta el extremo» (Jn
13,1). Con esta expresión, el evangelista presenta el gesto de infinita
humildad de Jesús: antes de morir por nosotros en la Cruz, ciñéndose
una toalla, lava los pies a sus discípulos. Del mismo modo, en el Sacramento
eucarístico Jesús sigue amándonos «hasta
el extremo», hasta el don de su Cuerpo y
de su Sangre. ¡Qué emoción debió embargar el corazón de los Apóstoles ante los
gestos y palabras del Señor durante aquella Cena! ¡Qué admiración ha de
suscitar también en nuestro corazón el Misterio eucarístico!
Alimento de la verdad
2. En el Sacramento del Altar, el Señor va al encuentro del hombre, creado a imagen
y semejanza de Dios (cf. Gn 1,27), acompañándole en su camino. En
efecto, en este Sacramento el Señor se hace comida para el hombre hambriento de
verdad y libertad. Puesto que sólo la verdad nos hace auténticamente libres
(cf. Jn 8,36), Cristo se convierte para nosotros en alimento de la
Verdad. San Agustín, con un penetrante conocimiento de la realidad humana, ha
puesto de relieve cómo el hombre se mueve espontáneamente, y no por coacción,
cuando se encuentra ante algo que lo atrae y le despierta el deseo. Así pues,
al preguntarse sobre lo que puede mover al hombre por encima de todo y en lo
más íntimo, el santo obispo exclama: «¿Ama algo el alma con más ardor que la
verdad?».
En efecto, todo hombre lleva en sí mismo el deseo inevitable de la verdad
última y definitiva. Por eso, el Señor Jesús, «el camino, la verdad y la vida»
(Jn 14,6), se dirige al corazón anhelante del hombre, que se siente
peregrino y sediento, al corazón que suspira por la fuente de la vida, al
corazón que mendiga la Verdad. En efecto, Jesucristo es la Verdad en Persona,
que atrae el mundo hacia sí. «Jesús es la estrella polar de la libertad humana:
sin Él pierde su orientación, puesto que sin el conocimiento de la verdad, la
libertad se desnaturaliza, se aísla y se reduce a arbitrio estéril. Con Él, la
libertad se reencuentra».
En particular, Jesús nos enseña en el Sacramento de la Eucaristía la verdad
del amor, que es la esencia misma de Dios. Ésta es la verdad evangélica que
interesa a cada hombre y a todo el hombre. Por eso la Iglesia, cuyo centro
vital es la Eucaristía, se compromete constantemente a anunciar a todos, «a
tiempo y a destiempo» (2 Tm 4,2) que Dios es amor. Precisamente porque Cristo
se ha hecho por nosotros alimento de la Verdad, la Iglesia se dirige al hombre,
invitándolo a acoger libremente el don de Dios.
Desarrollo del rito eucarístico
3. Al observar la historia bimilenaria de la Iglesia de Dios, guiada
por la sabia acción del Espíritu Santo, admiramos llenos de gratitud cómo se
han desarrollado ordenadamente en el tiempo las formas rituales con que conmemoramos
el acontecimiento de nuestra salvación. Desde las diversas modalidades de los
primeros siglos, que resplandecen aún en los ritos de las antiguas Iglesias de
Oriente, hasta la difusión del ritual romano; desde las indicaciones claras del
Concilio de Trento y del Misal de San Pío V hasta la renovación litúrgica establecida por
el Concilio Vaticano II: en cada etapa de la historia de la Iglesia, la
celebración eucarística, como fuente y culmen de su vida y misión, resplandece
en el rito litúrgico con toda su riqueza multiforme. La XI Asamblea General
Ordinaria del Sínodo de los Obispos, celebrada del 2 al 23 de octubre de 2005
en el Vaticano, ha manifestado un profundo agradecimiento a Dios por esta
historia, reconociendo en ella la guía del Espíritu Santo. En particular, los
Padres sinodales han constatado y reafirmado el influjo benéfico que ha tenido
para la vida de la Iglesia la reforma litúrgica puesta en marcha a partir del
Concilio Ecuménico Vaticano II.
El Sínodo de los Obispos ha tenido la posibilidad de valorar cómo ha sido su
recepción después de la cumbre conciliar. Los juicios positivos han sido muy
numerosos. Se han constatado también las dificultades y algunos abusos
cometidos, pero que no oscurecen el valor y la validez de la renovación litúrgica,
la cual tiene aún riquezas no descubiertas del todo. En concreto, se trata de
leer los cambios indicados por el Concilio dentro de la unidad que caracteriza
el desarrollo histórico del rito mismo, sin introducir rupturas artificiosas.
Sínodo de los Obispos y Año de la Eucaristía
4. Además, se ha de
poner de relieve la relación del reciente Sínodo de los Obispos sobre la
Eucaristía con lo ocurrido en los últimos años en la vida de la Iglesia. Ante
todo, hemos de pensar en el Gran Jubileo de 2000, con el cual mi querido
Predecesor, el Siervo de Dios Juan Pablo II, ha introducido la Iglesia en el
tercer milenio cristiano. El Año Jubilar se ha caracterizado indudablemente por
un fuerte sentido eucarístico. No se puede olvidar que el Sínodo de los Obispos
ha estado precedido, y en cierto sentido también preparado, por el Año de la
Eucaristía, establecido con gran amplitud de miras por Juan Pablo II para toda
la Iglesia. Dicho Año, iniciado con el Congreso Eucarístico Internacional de
Guadalajara (México), en octubre de 2004, se ha concluido el 23 de octubre de
2005, al final de la XI Asamblea Sinodal, con la canonización de cinco Beatos
que se han distinguido especialmente por la piedad eucarística: el Obispo Józef
Bilczewski, los presbíteros Cayetano Catanoso, Segismundo Gorazdowski, Alberto
Hurtado Cruchaga y el religioso capuchino Félix de Nicosia. Gracias a las
enseñanzas expuestas por Juan Pablo II en la Carta apostólica Mane nobiscum
Domine, y a las
valiosas sugerencias de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de
los Sacramentos, las diócesis
y las diversas entidades eclesiales han emprendido numerosas iniciativas para
despertar y acrecentar en los creyentes la fe eucarística, para mejorar la
dignidad de las celebraciones y promover la Adoración eucarística,
así como para animar una solidaridad efectiva que, partiendo de la Eucaristía,
llegara a los pobres. Por fin, es necesario mencionar la importancia de la
última Encíclica de mi venerado Predecesor, Ecclesia de Eucharistia, con la que
nos ha dejado una segura referencia magisterial sobre la doctrina eucarística y
un último testimonio del lugar central que este divino Sacramento tenía en su
vida.
Objeto de la presente Exhortación
5. Esta Exhortación
apostólica postsinodal se propone retomar la riqueza multiforme de reflexiones
y propuestas surgidas en la reciente Asamblea General del Sínodo de los Obispos
—desde los Lineamenta hasta las Propositiones, incluyendo el Instrumentum
laboris, las Relationes ante et post disceptationem, las
intervenciones de los Padres sinodales, de los auditores y de los
hermanos delegados—, con la intención de explicitar algunas líneas
fundamentales de acción orientadas a suscitar en la Iglesia nuevo impulso y
fervor por la Eucaristía. Consciente del vasto patrimonio doctrinal y
disciplinar acumulado a través de los siglos sobre este Sacramento, en el
presente documento deseo sobre todo recomendar, teniendo en cuenta el voto de
los Padres sinodales, que el
pueblo cristiano profundice en la relación entre el Misterio eucarístico,
el acto litúrgico y el nuevo culto espiritual que se deriva de la
Eucaristía como sacramento de la caridad. En esta perspectiva, deseo
relacionar la presente Exhortación con mi primera Carta encíclica Deus
caritas est, en la que he hablado varias veces del sacramento de la
Eucaristía para subrayar su relación con el amor cristiano, tanto respecto a
Dios como al prójimo: «el Dios encarnado nos atrae a todos hacia sí. Se entiende,
pues, que el agapé se haya convertido también en un nombre de la
Eucaristía: en ella el agapé de Dios nos llega corporalmente para seguir
actuando en nosotros y por nosotros».
PRIMERA PARTE: EUCARISTÍA, MISTERIO QUE SE HA DE CREER
«Éste es el trabajo que Dios quiere:
que
creáis en el que Él ha enviado» (Jn 6,29)
La fe eucarística de la Iglesia
6. «Este es el Misterio de la fe». Con esta expresión,
pronunciada inmediatamente después de las palabras de la consagración, el
sacerdote proclama el misterio celebrado y manifiesta su admiración ante la
conversión sustancial del pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre del Señor
Jesús, una realidad que supera toda comprensión humana. En efecto, la
Eucaristía es «misterio de la fe» por excelencia: «es el compendio y la suma de nuestra
fe».
La fe de la Iglesia es esencialmente fe eucarística y se alimenta de modo
particular en la mesa de la Eucaristía. La fe y los sacramentos son dos
aspectos complementarios de la vida eclesial. La fe que suscita el anuncio de
la Palabra de Dios se alimenta y crece en el encuentro de gracia con el Señor
resucitado que se produce en los sacramentos: «La fe se expresa en el rito y el
rito refuerza y fortalece la fe».
Por eso, el Sacramento del altar está siempre en el centro de la vida eclesial;
«gracias a la Eucaristía, la Iglesia renace siempre de nuevo». Cuanto más viva es la fe
eucarística en el Pueblo de Dios, más profunda es su participación en la vida
eclesial a través de la adhesión consciente a la misión que Cristo ha confiado
a sus discípulos. La historia misma de la Iglesia es testigo de ello. Toda gran
reforma está vinculada de algún modo al redescubrimiento de la fe en la
presencia eucarística del Señor en medio de su pueblo.
Santísima Trinidad y Eucaristía
El pan que baja del cielo
7. La primera realidad de la fe eucarística es el misterio mismo de
Dios, el amor trinitario. En el diálogo de Jesús con Nicodemo encontramos una
expresión iluminadora a este respecto: «Tanto amó Dios al mundo, que entregó a
su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en Él, sino que
tengan vida eterna. Porque Dios no mandó a su hijo al mundo para condenar al
mundo, sino para que el mundo se salve por Él» (Jn 3,16-17). Estas
palabras muestran la raíz última del don de Dios. En la Eucaristía, Jesús no da
«algo», sino a sí mismo; ofrece su Cuerpo y derrama su
Sangre. Entrega así toda su vida, manifestando la fuente originaria de este
amor divino. Él es el Hijo eterno que el Padre ha entregado por nosotros. En el
Evangelio escuchamos también a Jesús que, después de haber dado de comer a la
multitud con la multiplicación de los panes y los peces, dice a sus
interlocutores que lo habían seguido hasta la sinagoga de Cafarnaúm: «Es mi
Padre el que os da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es el que
baja del cielo y da la vida al mundo» (Jn 6,32-33); y llega a
identificarse Él mismo, la propia Carne y la propia Sangre, con ese pan: «Yo
soy el pan vivo que ha bajado del cielo: el que coma de este pan vivirá para
siempre. Y el pan que yo daré es mi carne, para la vida del mundo» (Jn
6,51). Jesús se manifiesta así como el Pan de vida, que el Padre eterno da a
los hombres.
Don gratuito de la Santísima Trinidad
8. En la Eucaristía se revela el designio de amor que guía toda la
historia de la salvación (cf. Ef 1,10; 3,8-11). En ella, el Deus
Trinitas, que en sí mismo es amor (cf. 1 Jn 4,7-8), se une
plenamente a nuestra condición humana. En el pan y en el vino, bajo cuya
apariencia Cristo se nos entrega en la cena pascual (cf. Lc 22,14-20; 1
Co 11,23-26), nos llega toda la vida divina y se comparte con nosotros en
la forma del Sacramento. Dios es comunión perfecta de amor entre el Padre, el
Hijo y el Espíritu Santo. Ya en la creación, el hombre fue llamado a compartir
en cierta medida el aliento vital de Dios (cf. Gn 2,7). Pero es en
Cristo muerto y resucitado, y en la efusión del Espíritu Santo que se nos da
sin medida (cf. Jn 3,34), donde nos convertimos en verdaderos partícipes
de la intimidad divina.
Jesucristo, pues, «que, en virtud del Espíritu eterno, se ha ofrecido a Dios
como sacrificio sin mancha» (Hb 9,14), nos comunica la misma vida divina
en el don eucarístico. Se trata de un don absolutamente gratuito, que se debe
sólo a las promesas de Dios, cumplidas por encima de toda medida. La Iglesia,
con obediencia fiel, acoge, celebra y adora este don. El «misterio de la fe»
es misterio del amor trinitario, en el cual, por gracia, estamos llamados a
participar. Por tanto, también nosotros hemos de exclamar con San
Agustín: «Ves la Trinidad si ves el amor».
Eucaristía: Jesús, el verdadero Cordero inmolado
La nueva y eterna alianza en la sangre del Cordero
9. La misión para la que Jesús ha venido entre nosotros llega a su
cumplimiento en el Misterio pascual. Desde lo alto de la Cruz, donde
atrae todo hacia sí (cf. Jn 12,32), antes de «entregar el espíritu» dice: «Está cumplido» (Jn 19,30). En el misterio de su obediencia
hasta la muerte, y una muerte de cruz (cf. Flp 2,8), se ha cumplido la
nueva y eterna alianza. La libertad de Dios y la libertad del hombre se han
encontrado definitivamente en su Carne crucificada, en un pacto indisoluble y válido para
siempre. También el pecado del hombre ha sido expiado una vez por todas por el
Hijo de Dios (cf. Hb 7,27; 1 Jn 2,2; 4,10). Como he tenido ya
oportunidad de decir: «En su muerte en la cruz se realiza ese ponerse Dios
contra sí mismo, al entregarse para dar nueva vida al hombre y salvarlo: esto
es el amor en su forma más radical».
En el Misterio pascual se ha realizado verdaderamente nuestra liberación del
mal y de la muerte. En la institución de la Eucaristía, Jesús mismo habló de la
«nueva y eterna alianza», estipulada en su Sangre derramada
(cf. Mt 26,28; Mc 14,24; Lc 22,20). Esta meta última de su
misión era ya bastante evidente al comienzo de su vida pública. En efecto,
cuando a orillas del Jordán Juan Bautista ve venir a Jesús, exclama: «Éste es
el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Jn 1,19). Es
significativo que la misma expresión se repita cada vez que celebramos la Santa
Misa, con la invitación del sacerdote para acercarse a comulgar: «Éste es el Cordero
de Dios, que quita el pecado del mundo. Dichosos los invitados a la cena
del Señor». Jesús es el verdadero cordero pascual que se ha ofrecido
espontáneamente a sí mismo en sacrificio por nosotros, realizando así la nueva
y eterna alianza. La Eucaristía contiene en sí esta novedad radical, que se nos
propone de nuevo en cada celebración.
Institución de la Eucaristía
10. De este modo llegamos a reflexionar sobre la institución de la
Eucaristía en la última Cena. Sucedió en el contexto de una cena ritual con la
que se conmemoraba el acontecimiento fundamental del pueblo de Israel: la
liberación de la esclavitud de Egipto. Esta cena ritual, relacionada con la
inmolación de los corderos (Ex 12,1- 28.43-51), era conmemoración del
pasado, pero, al mismo tiempo, también memoria profética, es decir, anuncio de
una liberación futura. En efecto, el pueblo había experimentado que aquella
liberación no había sido definitiva, puesto que su historia estaba todavía
demasiado marcada por la esclavitud y el pecado. El memorial de la antigua
liberación se abría así a la súplica y a la esperanza de una salvación más
profunda, radical, universal y definitiva. Éste es el contexto en el cual Jesús
introduce la novedad de su don. En la oración de alabanza, la Berakah,
da gracias al Padre no sólo por los grandes acontecimientos de la historia
pasada, sino también por la propia «exaltación». Al instituir el sacramento de la Eucaristía, Jesús
anticipa e implica el Sacrificio de la Cruz y la victoria de la Resurrección. Al mismo tiempo, se revela como el verdadero cordero inmolado,
previsto en el designio del Padre desde la fundación del mundo, como se lee en
la primera Carta de San Pedro (cf. 1,18-20). Situando en este contexto
su don, Jesús manifiesta el sentido salvador de su Muerte y Resurrección, misterio que se convierte en el factor renovador de la historia y de
todo el cosmos. En efecto, la institución de la Eucaristía muestra cómo aquella
muerte, de por sí violenta y absurda, se ha transformado en Jesús en un supremo
acto de amor y de liberación definitiva del mal para la humanidad.
Figura transit in veritatem
11. De este modo Jesús inserta su novum radical dentro de la
antigua cena sacrificial judía. Para nosotros los cristianos, ya no es
necesario repetir aquella cena. Como dicen con precisión los Padres, figura
transit in veritatem: lo que anunciaba realidades futuras, ahora ha dado
paso a la verdad misma. El antiguo rito ya se ha cumplido y ha sido superado
definitivamente por el don de amor del Hijo de Dios encarnado. El alimento de
la verdad, Cristo inmolado por nosotros, dat... figuris terminum. Con el mandato «Haced
esto en conmemoración mía» (cf. Lc 22,19; 1 Co 11,25), nos
pide corresponder a su don y representarlo sacramentalmente. Por tanto, el
Señor expresa con estas palabras, por decirlo así, la esperanza de que su
Iglesia, nacida de su Sacrificio, acoja este don, desarrollando bajo la guía del
Espíritu Santo la forma litúrgica del Sacramento. En efecto, el memorial de su
total entrega no consiste en la simple repetición de la última Cena, sino
propiamente en la Eucaristía, es decir, en la novedad radical del culto
cristiano. Jesús nos ha encomendado así la tarea de participar en su «hora». «La
Eucaristía nos adentra en el acto oblativo de Jesús. No recibimos solamente de
modo pasivo el Logos, sino que nos implicamos en la dinámica de su
entrega».)
Él «nos atrae hacia sí».
La conversión sustancial del pan y del vino en su Cuerpo y en su Sangre
introduce en la creación el principio de un cambio radical, como una forma de «fisión nuclear», por usar una imagen bien conocida hoy por nosotros,
que se produce en lo más íntimo del ser; un cambio destinado a suscitar un
proceso de transformación de la realidad, cuyo término último será la
transfiguración del mundo entero, el momento en que Dios será todo para todos
(cf. 1 Co 15,28).
El Espíritu Santo y la Eucaristía
Jesús y el Espíritu Santo
12. Con su palabra, y con el pan y el vino, el Señor mismo nos ha
ofrecido los elementos esenciales del culto nuevo. La Iglesia, su Esposa, está
llamada a celebrar día tras día el banquete eucarístico en conmemoración suya.
Introduce así el sacrificio redentor de su Esposo en la historia de los hombres
y lo hace presente sacramentalmente en todas las culturas. Este gran misterio
se celebra en las formas litúrgicas que la Iglesia, guiada por el Espíritu
Santo, desarrolla en el tiempo y en los diversos lugares. A este propósito es
necesario despertar en nosotros la conciencia del papel decisivo que desempeña
el Espíritu Santo en el desarrollo de la forma litúrgica y en la profundización
de los divinos misterios. El Paráclito, primer don para los creyentes, que actúa ya en la
creación (cf. Gn 1,2), está plenamente presente en toda la vida del
Verbo Encarnado; en efecto, Jesucristo fue concebido por la Virgen
María por obra del Espíritu Santo (cf. Mt 1,18; Lc 1,35); al
comienzo de su misión pública, a orillas del Jordán, lo ve bajar sobre sí en
forma de paloma (cf. Mt 3,16 y par.); en este mismo Espíritu actúa,
habla y se llena de gozo (cf. Lc 10,21), y por Él se ofrece a sí mismo
(cf. Hb 9,14). En los llamados «discursos de despedida»
recopilados por Juan, Jesús establece una clara relación entre el don de su
vida en el misterio pascual y el don del Espíritu a los suyos (cf. Jn
16,7). Una vez Resucitado, llevando en su Carne las señales de la Pasión,
Él infunde el Espíritu (cf. Jn 20,22), haciendo a los suyos partícipes
de su propia misión (cf. Jn 20,21). Será el Espíritu quien enseñe
después a los discípulos todas las cosas y les recuerde todo lo que Cristo ha
dicho (cf. Jn 14,26), porque corresponde a Él, como Espíritu de la
verdad (cf. Jn 15,26), guiarlos hasta la verdad completa (cf. Jn
16,13). En el relato de los Hechos, el Espíritu desciende sobre los
Apóstoles reunidos en oración con María el día de Pentecostés (cf. 2,1-4), y
los anima a la misión de anunciar a todos los pueblos la buena noticia. Por
tanto, Cristo mismo, en virtud de la acción del Espíritu, está presente y
operante en su Iglesia, desde su centro vital que es la Eucaristía.
Espíritu Santo y Celebración eucarística
13. En este horizonte se comprende el papel decisivo del Espíritu Santo
en la Celebración eucarística y, en particular, en lo que se refiere a la
transustanciación. Todo ello está bien documentado en los Padres de la Iglesia.
San Cirilo de Jerusalén, en sus Catequesis, recuerda que nosotros
«invocamos a Dios misericordioso para que mande su Santo Espíritu sobre las
ofrendas que están ante nosotros, para que Él transforme el pan en Cuerpo de
Cristo y el vino en Sangre de Cristo. Lo que toca el Espíritu Santo es
santificado y transformado totalmente».
También San Juan Crisóstomo hace notar que el sacerdote invoca el Espíritu Santo
cuando celebra el Sacrificio:
como Elías —dice—, el ministro invoca el Espíritu Santo para que, «descendiendo
la gracia sobre la víctima, se enciendan por ella las almas de todos». Es muy necesario para la
vida espiritual de los fieles que tomen conciencia más claramente de la riqueza
de la anáfora: junto con las palabras pronunciadas por Cristo en la última
Cena, contiene la epíclesis, como invocación al Padre para que haga descender
el don del Espíritu a fin de que el pan y el vino se conviertan en el Cuerpo y
la Sangre de Jesucristo, y para que «toda la comunidad sea cada vez más cuerpo
de Cristo».
El Espíritu, que invoca el celebrante sobre los dones del pan y el vino puestos
sobre el altar, es el mismo que reúne a los fieles «en un sólo cuerpo», haciendo de ellos una oferta espiritual agradable al Padre.
Eucaristía e Iglesia
Eucaristía, principio causal de la Iglesia
14. Por el Sacramento eucarístico Jesús incorpora a los fieles a su
propia «hora»; de este modo nos muestra la unión que ha querido establecer
entre Él y nosotros, entre su persona y la Iglesia. En efecto, Cristo mismo, en
el Sacrificio de la Cruz, ha engendrado a la Iglesia como su Esposa y su Cuerpo. Los Padres de la Iglesia han meditado mucho sobre la
relación entre el origen de Eva del costado de Adán mientras dormía (cf. Gn
2,21-23) y de la nueva Eva, la Iglesia, del costado abierto de Cristo, sumido
en el sueño de la muerte: del costado traspasado, dice Juan, salió sangre y
agua (cf. Jn 19,34), símbolo de los sacramentos. El contemplar «al que atravesaron» (Jn 19,37) nos lleva a considerar la unión
causal entre el sacrificio de Cristo, la Eucaristía y la Iglesia. En efecto, la
Iglesia «vive de la Eucaristía».
Ya que en ella se hace presente el Sacrificio redentor de Cristo, se tiene que reconocer ante todo
que «hay un influjo causal de la Eucaristía en los orígenes mismos de la
Iglesia».
La Eucaristía es Cristo que se nos entrega, edificándonos continuamente como su
Cuerpo. Por tanto, en la sugestiva correlación entre la
Eucaristía que edifica la Iglesia y la Iglesia que hace a su vez la Eucaristía, la primera afirmación
expresa la causa primaria: la Iglesia puede celebrar y adorar el misterio de
Cristo presente en la Eucaristía precisamente porque el mismo Cristo se ha
entregado antes a ella en el Sacrificio de la Cruz. La posibilidad que tiene la Iglesia de «hacer»
la Eucaristía tiene su raíz en la donación que Cristo le ha hecho de sí mismo.
Descubrimos también aquí un aspecto elocuente de la fórmula de San
Juan: «Él nos ha amado primero» (1Jn 4,19). Así, también nosotros
confesamos en cada celebración la primacía del don de Cristo. En definitiva, el
influjo causal de la Eucaristía en el origen de la Iglesia revela la
precedencia no sólo cronológica sino también ontológica del habernos «amado primero». Él es eternamente quien nos ama primero.
Eucaristía y comunión eclesial
15. La Eucaristía es, pues, constitutiva del ser y del actuar de la
Iglesia. Por eso la antigüedad cristiana designó con las mismas palabras Corpus
Christi el Cuerpo nacido de la Virgen María, el Cuerpo eucarístico y el
Cuerpo eclesial de Cristo.
Este dato, muy presente en la tradición, ayuda a aumentar en nosotros la
conciencia de que no se puede separar a Cristo de la Iglesia. El Señor Jesús,
ofreciéndose a sí mismo en sacrificio por nosotros, ha preanunciado eficazmente
en su donación el misterio de la Iglesia. Es significativo que en la segunda
plegaria eucarística, al invocar al Paráclito, se formule de este modo la
oración por la unidad de la Iglesia: «que el Espíritu Santo
congregue en la unidad a cuantos participamos del Cuerpo y Sangre de Cristo». Este pasaje permite comprender bien que la res del
Sacramento eucarístico incluye la unidad de los fieles en la comunión eclesial.
La Eucaristía se muestra así en las raíces de la Iglesia como misterio de
comunión.
Ya en su Encíclica Ecclesia de Eucharistia, el
siervo de Dios Juan Pablo II llamó la atención sobre la relación entre
Eucaristía y communio. Se refirió al memorial de Cristo como la «suprema
manifestación sacramental de la comunión en la Iglesia». La unidad de la comunión
eclesial se revela concretamente en las comunidades cristianas y se renueva en
el acto eucarístico que las une y las diferencia en Iglesias particulares, «in
quibus et ex quibus una et unica Ecclesia catholica exsistit». Precisamente la realidad
de la única Eucaristía que se celebra en cada diócesis en torno al propio
Obispo nos permite comprender cómo las mismas Iglesias particulares subsisten in
y ex Ecclesia. En efecto, «la unicidad e indivisibilidad del Cuerpo
eucarístico del Señor implica la unicidad de su Cuerpo místico, que es la
Iglesia una e indivisible. Desde el centro eucarístico surge la necesaria
apertura de cada comunidad celebrante, de cada Iglesia particular: del dejarse
atraer por los brazos abiertos del Señor se sigue la inserción en su Cuerpo,
único e indiviso».
Por este motivo, en la celebración de la Eucaristía cada fiel se encuentra en su
Iglesia, es decir, en la Iglesia de Cristo. En esta perspectiva
eucarística, comprendida adecuadamente, la comunión eclesial se revela una
realidad por su propia naturaleza católica.
Subrayar esta raíz eucarística de la comunión eclesial puede contribuir también
eficazmente al diálogo ecuménico con las Iglesias y con las Comunidades
eclesiales que no están en plena comunión con la Sede de Pedro. En efecto, la
Eucaristía establece objetivamente un fuerte vínculo de unidad entre la Iglesia
católica y las Iglesias ortodoxas que han conservado la auténtica e íntegra
naturaleza del misterio de la Eucaristía. Al mismo tiempo, el relieve dado al
carácter eclesial de la Eucaristía puede convertirse también en elemento
privilegiado en el diálogo con las Comunidades nacidas de la Reforma.
Eucaristía y sacramentos
Sacramentalidad de la Iglesia
16. El Concilio Vaticano II ha recordado que «los demás sacramentos,
como también todos los ministerios eclesiales y las obras de apostolado, están
unidos a la Eucaristía y a ella se ordenan. La sagrada Eucaristía, en efecto,
contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra
Pascua y Pan de Vida, que da la vida a los hombres por medio del Espíritu
Santo. Así, los hombres son invitados y llevados a ofrecerse a sí mismos, sus
trabajos y todas las cosas creadas junto con Cristo». Esta relación íntima de la
Eucaristía con los otros sacramentos y con la existencia cristiana se comprende
en su raíz cuando se contempla el misterio de la Iglesia como sacramento. A este propósito, el
Concilio Vaticano II afirma que «La Iglesia es en Cristo como un sacramento o
signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el
género humano».
Ella, como dice San Cipriano, en cuanto «pueblo convocado por el unidad del
Padre, del Hijo y del Espíritu Santo»,
es sacramento de la comunión trinitaria.
El hecho de que la
Iglesia sea «sacramento universal de salvación» muestra cómo la «economía»
sacramental determina en último término el modo cómo Cristo, único Salvador,
mediante el Espíritu llega a nuestra existencia en sus circunstancias
específicas. La Iglesia se recibe y al mismo tiempo se expresa en
los siete sacramentos, mediante los cuales la gracia de Dios influye
concretamente en los fieles para que toda su vida, redimida por Cristo, se
convierta en culto agradable a Dios. En esta perspectiva, deseo subrayar aquí
algunos elementos, señalados por los Padres sinodales, que pueden ayudar a
comprender la relación de todos los sacramentos con el Misterio
eucarístico.
I. Eucaristía e iniciación cristiana
Eucaristía, plenitud de la iniciación cristiana
17. Puesto que la Eucaristía es verdaderamente fuente y culmen de la
vida y de la misión de la Iglesia, el camino de iniciación cristiana tiene como
punto de referencia la posibilidad de acceder a este sacramento. A este
respecto, como han dicho los Padres sinodales, hemos de preguntarnos si en
nuestras comunidades cristianas se percibe de manera suficiente el estrecho
vínculo que hay entre el Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía. En efecto, nunca debemos
olvidar que somos bautizados y confirmados en orden a la Eucaristía. Esto
requiere el esfuerzo de favorecer en la acción pastoral una comprensión más
unitaria del proceso de iniciación cristiana. El sacramento del Bautismo,
mediante el cual nos conformamos con Cristo,
nos incorporamos a la Iglesia y nos convertimos en hijos de Dios, es la puerta
para todos los sacramentos. Con él se nos integra en el único Cuerpo de Cristo
(cf. 1 Co 12,13), pueblo sacerdotal. Sin embargo, la participación en el
Sacrificio eucarístico perfecciona en nosotros lo que nos ha sido dado en el
Bautismo. Los dones del Espíritu se dan también para la edificación del Cuerpo
de Cristo (cf. 1 Co 12) y para un mayor testimonio evangélico en el
mundo.
Así pues, la santísima Eucaristía lleva la iniciación cristiana a su plenitud y
es como el centro y el fin de toda la vida sacramental.
Orden de los sacramentos de la iniciación
18. A este respeto es necesario prestar atención al tema del orden de
los Sacramentos de la iniciación. En la Iglesia hay tradiciones diferentes.
Esta diversidad se manifiesta claramente en las costumbres eclesiales de
Oriente,y
en la misma praxis occidental por lo que se refiere a la iniciación de los
adultos,
a diferencia de la de los niños.
Sin embargo, no se trata propiamente de diferencias de orden dogmático, sino de
carácter pastoral. Concretamente, es necesario verificar qué praxis puede
efectivamente ayudar mejor a los fieles a poner de relieve el sacramento de la
Eucaristía como aquello a lo que tiende toda la iniciación. En estrecha
colaboración con los competentes Dicasterios de la Curia Romana, las
Conferencias Episcopales han de verificar la eficacia de los actuales procesos
de iniciación, para ayudar cada vez más al cristiano a madurar con la acción
educadora de nuestras comunidades, y llegue a asumir en su vida una impronta
auténticamente eucarística, que le haga capaz de dar razón de la propia
esperanza de modo adecuado en nuestra época (cf. 1 P 3,15).
Iniciación, comunidad eclesial y familia
19. Se ha de tener siempre presente que toda la iniciación cristiana es
un camino de conversión, que se debe recorrer con la ayuda de Dios y en
constante referencia a la comunidad eclesial, ya sea cuando es el adulto mismo
quien solicita entrar en la Iglesia, como ocurre en los lugares de primera
evangelización y en muchas zonas secularizadas, o bien cuando son los padres
los que piden los Sacramentos para sus hijos. A este respecto, deseo llamar la
atención de modo especial sobre la relación que hay entre iniciación cristiana
y familia. En la acción pastoral se tiene que asociar siempre la familia
cristiana al itinerario de iniciación. Recibir el Bautismo, la Confirmación y
acercarse por primera vez a la Eucaristía, son momentos decisivos no sólo para
la persona que los recibe sino también para toda la familia, la cual ha de ser
ayudada en su tarea educativa por la comunidad eclesial, con la participación
de sus diversos miembros.
Quisiera subrayar aquí la importancia de la primera Comunión. Para tantos
fieles este día queda grabado en la memoria con razón como el primer momento en
que, aunque de modo todavía inicial, se percibe la importancia del encuentro
personal con Jesús. La pastoral parroquial debe valorar adecuadamente esta
ocasión tan significativa.
II. Eucaristía y sacramento de la Reconciliación
Su relación intrínseca
20. Los Padres sinodales han afirmado que el amor a la Eucaristía lleva
también a apreciar cada vez más el sacramento de la Reconciliación. Debido a la relación entre
estos sacramentos, una auténtica catequesis sobre el sentido de la Eucaristía
no puede separarse de la propuesta de un camino penitencial (cf. 1 Co 11,27-29).
Efectivamente, como se constata en la actualidad, los fieles se encuentran
inmersos en una cultura que tiende a borrar el sentido del pecado, favoreciendo una actitud
superficial que lleva a olvidar la necesidad de estar en gracia de Dios para
acercarse dignamente a la comunión sacramental. En realidad, perder la
conciencia de pecado comporta siempre también una cierta superficialidad en la
forma de comprender el amor mismo de Dios. Ayuda mucho a los fieles recordar
aquellos elementos que, dentro del rito de la Santa Misa,
expresan la conciencia del propio pecado y al mismo tiempo la misericordia de
Dios.
Además, la relación entre la Eucaristía y la Reconciliación nos recuerda que el
pecado nunca es algo exclusivamente individual; siempre comporta también una
herida para la comunión eclesial, en la que estamos insertados por el Bautismo.
Por esto la Reconciliación, como dijeron los Padres de la Iglesia, es laboriosus
quidam baptismus,
subrayando de esta manera que el resultado del camino de conversión supone el
restablecimiento de la plena comunión eclesial, expresada al acercarse de nuevo
a la Eucaristía.
Algunas observaciones pastorales
21. El Sínodo ha recordado que es cometido pastoral del Obispo promover
en su propia diócesis una firme recuperación de la pedagogía de la conversión
que nace de la Eucaristía, y fomentar entre los fieles la confesión frecuente.
Todos los sacerdotes deben dedicarse con generosidad, empeño y competencia a la
administración del sacramento de la Reconciliación. A este propósito se debe
procurar que los confesionarios de nuestras iglesias estén bien visibles y sean
expresión del significado de este Sacramento. Pido a los Pastores que vigilen
atentamente sobre la celebración del sacramento de la Reconciliación, limitando
la praxis de la absolución general exclusivamente a los casos previstos, siendo la celebración
personal la única forma ordinaria.
Frente a la necesidad de redescubrir el perdón sacramental, debe haber siempre
un Penitenciario
en todas las diócesis. En fin, una praxis equilibrada y profunda de la indulgencia,
obtenida para sí o para los difuntos, puede ser una ayuda válida para una nueva
toma de conciencia de la relación entre Eucaristía y Reconciliación. Con la
indulgencia se gana «la remisión ante Dios de la pena temporal por los pecados,
ya perdonados en lo referente a la culpa».
El recurso a las indulgencias nos ayuda a comprender que sólo con nuestras
fuerzas no podremos reparar el mal realizado y que los pecados de cada uno
dañan a toda la comunidad; por otra parte, la práctica de la indulgencia,
implicando, además de la doctrina de los méritos infinitos de Cristo, la de la Comunión
de los santos, enseña «la íntima unión con que estamos vinculados a Cristo, y
la gran importancia que tiene para los demás la vida sobrenatural de cada uno». Esta práctica de la
indulgencia puede ayudar eficazmente a los fieles en el camino de conversión y
a descubrir el carácter central de la Eucaristía en la vida cristiana, ya que
las condiciones que prevé su misma forma incluye el acercarse a la confesión y
a la comunión sacramental.
III. Eucaristía y Unción de los enfermos
22. Jesús no ha enviado solamente a sus discípulos a curar a los
enfermos (cf. Mt 10,8; Lc 9,2; 10,9), sino que ha instituido
también para ellos un sacramento específico: la Unción de los enfermos. La Carta de Santiago
atestigua ya la existencia de este gesto sacramental en la primera comunidad
cristiana (cf. 5,14-16). Si la Eucaristía muestra cómo los sufrimientos y la
muerte de Cristo se han transformado en amor, la Unción de los enfermos, por su
parte, asocia al que sufre al ofrecimiento que Cristo ha hecho de sí para la
salvación de todos, de tal manera que él también pueda, en el misterio de la Comunión
de los santos, participar en la redención del mundo. La relación entre estos
sacramentos se manifiesta, además, en el momento en que se agrava la
enfermedad: «A los que van a dejar esta vida, la Iglesia ofrece, además de la
Unción de los enfermos, la Eucaristía como viático». En el momento de pasar al
Padre, la comunión con el Cuerpo y la Sangre de Cristo se manifiesta como
semilla de vida eterna y potencia de resurrección: «El que come mi Carne y bebe mi Sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último
día» (Jn 6,54). Puesto que el santo Viático abre al enfermo la plenitud
del misterio pascual, es necesario asegurarle su recepción. La atención y el cuidado
pastoral de los enfermos redunda sin duda en beneficio espiritual de toda la
comunidad, sabiendo que lo que hayamos hecho al más pequeño se lo hemos hecho a
Jesús mismo (cf. Mt 25,40).
IV. Eucaristía y sacramento del Orden
In persona Christi capitis
23. La relación intrínseca entre Eucaristía y sacramento del Orden se
desprende de las mismas palabras de Jesús en el Cenáculo: «haced esto en
conmemoración mía» (Lc 22,19). En efecto, la víspera de su Muerte,
Jesús instituyó la Eucaristía y fundó al mismo tiempo el sacerdocio de la
nueva Alianza. Él es Sacerdote,
Víctima y Altar: Mediador entre Dios
Padre y el pueblo (cf. Hb 5,5-10), Víctima de
expiación (cf. 1 Jn 2,2; 4,10) que se ofrece a sí mismo en el altar de
la Cruz. Nadie puede decir«esto es mi Cuerpo» y «éste es el cáliz de mi Sangre» si no es en el nombre y en la persona de Cristo,
único Sumo Sacerdote de la nueva y eterna Alianza (cf. Hb 8-9). El
Sínodo de los Obispos en otras asambleas trató ya el tema del sacerdocio ordenado,
tanto por lo que se refiere a la identidad del ministerio como a la formación de los
candidatos.
Ahora, a la luz del diálogo tenido en la última Asamblea sinodal, creo oportuno
recordar algunos valores sobre la relación entre la Eucaristía y el Orden. Ante
todo, se ha de reafirmar que el vínculo entre el Orden sagrado y la Eucaristía
se hace visible precisamente en la Misa presidida por el Obispo o el presbítero
en la persona de Cristo como cabeza.
La doctrina de la Iglesia
considera la ordenación sacerdotal condición imprescindible para la celebración
válida de la Eucaristía.
En efecto, «en el servicio eclesial del ministerio ordenado es Cristo mismo
quien está presente en su Iglesia como Cabeza de su Cuerpo, Pastor
de su rebaño, sumo sacerdote del Sacrificio
Redentor». Ciertamente, el ministro ordenado «actúa también en
nombre de toda la Iglesia cuando presenta a Dios la oración de la Iglesia y
sobre todo cuando ofrece el sacrificio eucarístico». Es necesario, por tanto,
que los sacerdotes sean conscientes de que nunca deben ponerse ellos mismos o
sus opiniones en el primer plano de su ministerio, sino a Jesucristo. Todo
intento de ponerse a sí mismos como protagonistas de la acción litúrgica
contradice la identidad sacerdotal. Antes que nada, el sacerdote es servidor y
tiene que esforzarse continuamente en ser signo que, como dócil instrumento en
sus manos, se refiere a Cristo. Esto se expresa particularmente en la humildad
con la que el sacerdote dirige la acción litúrgica, obedeciendo y correspondiendo
con el corazón y la mente al rito, evitando todo lo que pueda dar precisamente
la sensación de un protagonismo inoportuno. Recomiendo, por tanto, al clero
profundizar siempre en la conciencia del propio ministerio eucarístico como un
humilde servicio a Cristo y a su Iglesia. El sacerdocio, como decía San
Agustín, es amoris officium,
es el oficio del buen pastor, que da la vida por las ovejas (cf. Jn
10,14-15).
Eucaristía y celibato sacerdotal
24. Los Padres sinodales han querido subrayar que el sacerdocio
ministerial requiere, mediante la Ordenación, la plena configuración con
Cristo. Respetando la praxis y las tradiciones orientales diferentes, es
necesario reafirmar el sentido profundo del celibato sacerdotal, considerado
justamente como una riqueza inestimable y confirmado por la praxis oriental de
elegir como obispos sólo entre los que viven el celibato, y que tiene en gran
estima la opción por el celibato que hacen numerosos presbíteros. En efecto,
esta opción del sacerdote es una expresión peculiar de la entrega que lo
conforma con Cristo y de la entrega exclusiva de sí mismo por el Reino de Dios. El hecho de que Cristo
mismo, sacerdote para siempre, viviera su misión hasta el Sacrificio de la Cruz en estado de virginidad es el punto de referencia seguro para entender
el sentido de la tradición de la Iglesia latina a este respecto. Así pues, no
basta con comprender el celibato sacerdotal en términos meramente funcionales.
En realidad, representa una especial conformación con el estilo de vida del
propio Cristo. Dicha opción es ante todo esponsal; es una identificación con el
corazón de Cristo Esposo que da la vida por su Esposa. Junto con la gran
tradición eclesial, con el Concilio Vaticano II y con los Sumos Pontífices
predecesores míos,
reafirmo la belleza y la importancia de una vida sacerdotal vivida en el
celibato, como signo que expresa la dedicación total y exclusiva a Cristo, a la
Iglesia y al Reino de Dios, y confirmo por tanto su carácter obligatorio para
la tradición latina. El celibato sacerdotal, vivido con madurez, alegría y
dedición, es una grandísima bendición para la Iglesia y para la sociedad misma.
Escasez de clero y pastoral vocacional
25. A propósito del vínculo entre el sacramento del Orden y la
Eucaristía, el Sínodo se ha detenido sobre la preocupación que ocasiona en
muchas diócesis la escasez de sacerdotes. Esto ocurre no sólo en algunas zonas
de primera evangelización, sino también en muchos países de larga tradición
cristiana. Ciertamente, una distribución del clero más ecuánime favorecería la
solución del problema. Es preciso, además, hacer un trabajo de sensibilización
capilar. Los Obispos han de implicar a los Institutos de Vida consagrada y a
las nuevas realidades eclesiales en las necesidades pastorales, respetando su
propio carisma, y pidan a todos los miembros del clero una mayor disponibilidad
para servir a la Iglesia allí dónde sea necesario, aunque comporte sacrificio. En el Sínodo se ha
discutido también sobre las iniciativas pastorales que se han de emprender para
favorecer, sobre todo en los jóvenes, la apertura interior a la vocación
sacerdotal. Esta situación no se puede solucionar con simples medidas
pragmáticas. Se ha de evitar que los Obispos, movidos por comprensibles
preocupaciones por la falta de clero, omitan un adecuado discernimiento
vocacional y admitan a la formación específica, y a la ordenación, candidatos
sin los requisitos necesarios para el servicio sacerdotal. Un clero no
suficientemente formado, admitido a la ordenación sin el debido discernimiento,
difícilmente podrá ofrecer un testimonio adecuado para suscitar en otros el
deseo de corresponder con generosidad a la llamada de Cristo. La pastoral
vocacional, en realidad, tiene que implicar a toda la comunidad cristiana en
todos sus ámbitos.
Obviamente, en este trabajo pastoral capilar se incluye también la acción de
sensibilización de las familias, a menudo indiferentes si no contrarias incluso
a la hipótesis de la vocación sacerdotal. Que se abran con generosidad al don
de la vida y eduquen a los hijos a ser disponibles ante la voluntad de Dios. En
síntesis, hace falta sobre todo tener la valentía de proponer a los jóvenes la
radicalidad del seguimiento de Cristo, mostrando su atractivo.
Gratitud y esperanza
26. Es necesario tener mayor fe y esperanza en la iniciativa divina.
Aunque en algunas regiones haya escasez de clero, nunca debe faltar la
confianza de que Cristo sigue suscitando hombres que, dejando cualquier otra
ocupación, se dediquen totalmente a la celebración de los sagrados misterios, a
la predicación del Evangelio y al ministerio pastoral. Deseo aprovechar esta
ocasión para dar las gracias, en nombre de la Iglesia entera, a todos los
Obispos y presbíteros que desempeñan fielmente su propia misión con dedicación
y entrega. Naturalmente, el agradecimiento de la Iglesia es también para los
diáconos, a los cuales se les impone las manos «no para el sacerdocio sino para
el servicio».
Como ha recomendado la Asamblea del Sínodo, expreso un agradecimiento especial
a los presbíteros fidei donum, que con competencia y generosa
dedicación, sin escatimar energías en el servicio a la misión de la Iglesia,
edifican la comunidad anunciando la Palabra de Dios y partiendo el Pan de Vida. En fin, hay que dar
gracias a Dios por tantos sacerdotes que han sufrido hasta el sacrificio de la
propia vida por servir a Cristo. En ellos se ve de manera elocuente lo que
significa ser sacerdote hasta el fondo. Se trata de testimonios conmovedores
que pueden inspirar a tantos jóvenes a seguir a Cristo y a dar su vida por los
demás, encontrando así la vida verdadera.
V. Eucaristía y Matrimonio
Eucaristía, sacramento esponsal
27. La Eucaristía, sacramento de la caridad, muestra una particular
relación con el amor entre el hombre y la mujer unidos en matrimonio.
Profundizar en esta relación es una necesidad propia de nuestro tiempo. El Papa Juan Pablo II ha
tenido muchas veces ocasión de afirmar el carácter esponsal de la Eucaristía y
su peculiar relación con el sacramento del Matrimonio: «La Eucaristía es el sacramento
de nuestra redención. Es el sacramento del Esposo, de la Esposa». Por otra parte, «toda la
vida cristiana está marcada por el amor esponsal de Cristo y de la Iglesia. Ya
el Bautismo, entrada en el Pueblo de Dios, es un misterio nupcial. Es, por así
decirlo, como el baño de bodas que precede al banquete de bodas, la
Eucaristía».
La Eucaristía corrobora de manera inagotable la unidad y el amor indisolubles
de cada Matrimonio cristiano. En él, por medio del sacramento, el vínculo
conyugal se encuentra intrínsecamente ligado a la unidad eucarística entre
Cristo esposo y la Iglesia esposa (cf. Ef 5,31-32). El consentimiento
recíproco que marido y mujer se dan en Cristo, y que los constituye en
comunidad de vida y amor, tiene también una dimensión eucarística. En efecto,
en la teología paulina, el amor esponsal es signo sacramental del amor de
Cristo a su Iglesia, un amor que alcanza su punto culminante en la Cruz,
expresión de sus «nupcias» con la humanidad y, al mismo tiempo, origen y centro
de la Eucaristía. Por eso, la Iglesia manifiesta una cercanía espiritual
particular a todos los que han fundado sus familias en el sacramento del
Matrimonio.
La familia —iglesia doméstica—
es un ámbito primario de la vida de la Iglesia, especialmente por el papel
decisivo respecto a la educación cristiana de los hijos. En este contexto, el
Sínodo ha recomendado también destacar la misión singular de la mujer en la
familia y en la sociedad, una misión que debe ser defendida, salvaguardada y
promovida.
Ser esposa y madre es una realidad imprescindible que nunca debe ser
menospreciada.
Eucaristía y unidad del matrimonio
28. Precisamente a la luz de esta relación intrínseca entre matrimonio,
familia y Eucaristía se pueden considerar algunos problemas pastorales. El vínculo
fiel, indisoluble y exclusivo que une a Cristo con la Iglesia, y que tiene su
expresión sacramental en la Eucaristía, se corresponde con el dato
antropológico originario según el cual el hombre debe estar unido de modo
definitivo a una sola mujer y viceversa (cf. Gn 2,24; Mt 19,5).
En este orden de ideas, el Sínodo de los Obispos ha afrontado el tema de la
praxis pastoral respecto a quien, proviniendo de culturas en que se practica la
poligamia, se encuentra con el anuncio del Evangelio. Quienes se hallan en
dicha situación, y se abren a la fe cristiana, deben ser ayudados a integrar su
proyecto humano en la novedad radical de Cristo. En el proceso del
catecumenado, Cristo los asiste en su condición específica y los llama a la
plena verdad del amor a través de las renuncias necesarias, en vista de la
comunión eclesial perfecta. La Iglesia los acompaña con una pastoral llena de
comprensión y también de firmeza,
sobre todo enseñándoles la luz de los misterios cristianos que se refleja en la
naturaleza y los afectos humanos.
Eucaristía e indisolubilidad del matrimonio
29. Puesto que la Eucaristía expresa el amor irreversible de Dios en
Cristo por su Iglesia, se entiende por qué ella requiere, en relación con el
sacramento del Matrimonio, esa indisolubilidad a la que aspira todo verdadero
amor.
Por tanto, es más que justificada la atención pastoral que el Sínodo ha
dedicado a las situaciones dolorosas en que se encuentran bastantes fieles que,
después de haber celebrado el sacramento del Matrimonio, se han divorciado y
contraído nuevas nupcias. Se trata de un problema pastoral difícil y complejo,
una verdadera plaga en el contexto social actual, que afecta de manera
creciente incluso a los ambientes católicos. Los Pastores, por amor a la
verdad, están obligados a discernir bien las diversas situaciones, para ayudar
espiritualmente de modo adecuado a los fieles implicados. El Sínodo de los Obispos
ha confirmado la praxis de la Iglesia, fundada en la Sagrada Escritura (cf. Mc
10,2-12), de no admitir a los sacramentos a los divorciados casados de nuevo,
porque su estado y su condición de vida contradicen objetivamente esa unión de
amor entre Cristo y la Iglesia que se significa y se actualiza en la
Eucaristía. Sin embargo, los divorciados vueltos a casar, a pesar de su
situación, siguen perteneciendo a la Iglesia, que los sigue con especial
atención, con el deseo de que, dentro de lo posible, cultiven un estilo de vida
cristiano mediante la participación en la Santa Misa,
aunque sin comulgar, la escucha de la Palabra de Dios, la Adoración
eucarística, la oración, la participación en la vida comunitaria, el diálogo
con un sacerdote de confianza o un director espiritual, la entrega a obras de
caridad, de penitencia, y la tarea educativa de los hijos.
Donde existan dudas
legítimas sobre la validez del Matrimonio sacramental contraído, se debe hacer
lo que sea necesario para averiguar su fundamento. Es preciso también asegurar,
con pleno respeto del derecho canónico,
que haya tribunales eclesiásticos en el territorio, su carácter pastoral, así
como su correcta y pronta actuación.
En cada diócesis ha de haber un número suficiente de personas preparadas para
el adecuado funcionamiento de los tribunales eclesiásticos. Recuerdo que «es
una obligación grave hacer que la actividad institucional de la Iglesia en los
tribunales sea cada vez más cercana a los fieles». Sin embargo, se ha de
evitar que la preocupación pastoral sea interpretada como una contraposición
con el derecho. Más bien se debe partir del presupuesto de que el amor por
la verdad es el punto de encuentro fundamental entre el derecho y la
pastoral: en efecto, la verdad nunca es abstracta, sino que «se integra en el
itinerario humano y cristiano de cada fiel».
Por esto, cuando no se reconoce la nulidad del vínculo matrimonial y se dan las
condiciones objetivas que hacen la convivencia irreversible de hecho, la
Iglesia anima a estos fieles a esforzarse en vivir su relación según las
exigencias de la ley de Dios, como amigos, como hermano y hermana; así podrán acercarse
a la mesa eucarística, según las disposiciones previstas por la praxis
eclesial. Para que semejante camino sea posible y produzca frutos, debe contar
con la ayuda de los pastores y con iniciativas eclesiales apropiadas, evitando
en todo caso la bendición de estas relaciones, para que no surjan confusiones
entre los fieles sobre del valor del matrimonio.
Debido a la complejidad
del contexto cultural en que vive la Iglesia en muchos países, el Sínodo
recomienda tener el máximo cuidado pastoral en la formación de los novios y en
la verificación previa de sus convicciones sobre los compromisos irrenunciables
para la validez del sacramento del Matrimonio. Un discernimiento serio sobre
este punto podrá evitar que los dos jóvenes, movidos por impulsos emotivos o
razones superficiales, asuman responsabilidades que luego no sabrían respetar. El bien que la Iglesia y
toda la sociedad esperan del Matrimonio, y de la familia fundada sobre él, es
demasiado grande como para no ocuparse a fondo de este ámbito pastoral
específico. Matrimonio y familia son instituciones que deben ser promovidas y
protegidas de cualquier equívoco posible sobre su auténtica verdad, porque el
daño que se les hace provoca de hecho una herida a la convivencia humana como
tal.
Eucaristía y escatología
Eucaristía: don al hombre en camino
30. Si es cierto que los sacramentos son una realidad propia de la
Iglesia peregrina en el tiempo
hacia la plena manifestación de la victoria de Cristo Resucitado,
también es igualmente cierto que, especialmente en la liturgia eucarística, se
nos da a pregustar el cumplimiento escatológico hacia el cual se encamina todo
hombre y toda la creación (cf. Rm 8,19 ss.). El hombre ha sido creado
para la felicidad eterna y verdadera, que sólo el amor de Dios puede dar. Pero
nuestra libertad herida se perdería si no fuera posible, ya desde ahora,
experimentar algo del cumplimiento futuro. Por otra parte, todo hombre, para
poder caminar en la justa dirección, necesita ser orientado hacia la meta
final. Esta meta última, en realidad, es el mismo Cristo Señor, vencedor del
pecado y la muerte, que se nos hace presente de modo especial en la Celebración
eucarística. De este modo, aún siendo todavía como «extranjeros y forasteros» (1 P 2,11) en este mundo, participamos ya por
la fe de la plenitud de la vida resucitada. El banquete eucarístico, revelando
su dimensión fuertemente escatológica, viene en ayuda de nuestra libertad en
camino.
El banquete escatológico
31. Reflexionando sobre este misterio, podemos decir que, con su
venida, Jesús se ha puesto en relación con la expectativa del pueblo de Israel,
de toda la humanidad y, en el fondo, de la creación misma. Con el don de sí
mismo, ha inaugurado objetivamente el tiempo escatológico. Cristo ha venido
para congregar al Pueblo de Dios disperso (cf. Jn 11,52), manifestando
claramente la intención de reunir la comunidad de la Alianza, para
llevar a cumplimiento las promesas que Dios hizo a los antiguos padres (cf. Jr
23,3; 31,10; Lc 1,55.70). En la llamada de los Doce, que tiene una
clara relación con las doce tribus de Israel, y en el mandato que se les hace
en la última Cena, antes de su Pasión redentora, de celebrar su memorial, Jesús
ha manifestado que quería trasladar a toda la comunidad fundada por Él la tarea
de ser, en la historia, signo e instrumento de esa reunión escatológica,
iniciada en Él. Así pues, en cada Celebración eucarística se realiza
sacramentalmente la reunión escatológica del Pueblo de Dios. El banquete
eucarístico es para nosotros anticipación real del banquete final, anunciado
por los profetas (cf. Is 25,6-9) y descrito en el Nuevo Testamento como
«las bodas del cordero» (Ap 19,7-9), que se ha de celebrar en la alegría
de la comunión de los santos.
Oración por los difuntos
32. La Celebración eucarística, en la que anunciamos la Muerte
del Señor, proclamamos su Resurrección, en la espera de su venida, es prenda de la gloria
futura en la que serán glorificados también nuestros cuerpos. La esperanza de
la resurrección de la carne y la posibilidad de encontrar de nuevo, cara a
cara, a quienes nos han precedido en el signo de la fe, se fortalece en
nosotros mediante la celebración del Memorial de nuestra salvación. En esta
perspectiva, junto con los Padres sinodales, quisiera recordar a todos los
fieles la importancia de la oración de sufragio por los difuntos, y en
particular la celebración de santas Misas por ellos, para que, una vez
purificados, lleguen a la visión beatífica de Dios. Al descubrir la dimensión
escatológica que tiene la Eucaristía, celebrada y adorada, se nos ayuda en
nuestro camino y se nos conforta con la esperanza de la gloria (cf. Rm
5,2; Tt 2,13).
Eucaristía y la Virgen María
33. La relación entre la Eucaristía y cada sacramento, y el significado
escatológico de los santos Misterios, ofrecen en su conjunto el perfil de la
vida cristiana, llamada a ser en todo momento culto espiritual, ofrenda de sí
misma agradable a Dios. Y si bien es cierto que todos nosotros estamos todavía
en camino hacia el pleno cumplimiento de nuestra esperanza, esto no quita que
se pueda reconocer ya ahora, con gratitud, que todo lo que Dios nos ha dado
encuentra realización perfecta en la Virgen María, Madre de Dios y Madre
nuestra: su Asunción al Cielo en cuerpo y alma es para nosotros un signo de
esperanza segura, ya que, como peregrinos en el tiempo, nos indica la meta
escatológica que el sacramento de la Eucaristía nos hace pregustar ya desde
ahora.
En María Santísima vemos
también perfectamente realizado el modo sacramental con que Dios, en su
iniciativa salvadora, se acerca e implica a la criatura humana. María de
Nazaret, desde la Anunciación a Pentecostés, aparece como la persona cuya
libertad está totalmente disponible a la voluntad de Dios. Su Inmaculada
Concepción se manifiesta propiamente en la docilidad incondicional a la Palabra
divina. La fe obediente es la forma que asume su vida en cada instante ante la
acción de Dios. Virgen a la escucha, vive en plena sintonía con la voluntad
divina; conserva en su corazón las palabras que le vienen de Dios y, formando
con ellas como un mosaico, aprende a comprenderlas más a fondo (cf. Lc
2,19.51). María es la gran creyente que, llena de confianza, se pone en las
manos de Dios, abandonándose a su voluntad.
Este misterio se intensifica hasta a llegar a la total implicación en la misión
redentora de Jesús. Como ha afirmado el Concilio Vaticano II, «la
Bienaventurada Virgen avanzó en la peregrinación de la fe y mantuvo fielmente
la unión con su Hijo hasta la Cruz. Allí, por voluntad de Dios, estuvo de pie (cf. Jn
19,25), sufrió intensamente con su Hijo y se unió a su sacrificio con corazón
de Madre que, llena de amor, daba su consentimiento a la inmolación de su Hijo
como Víctima. Finalmente, Jesucristo, agonizando en la Cruz, la
dio como madre al discípulo con estas palabras: Mujer, ahí tienes a tu hijo». Desde la Anunciación
hasta la Cruz, María es aquélla que acoge la Palabra que se hizo Carne en Ella y que enmudece en el silencio de la muerte. Finalmente, Ella es
quien recibe en sus brazos el cuerpo entregado, ya exánime, de Aquél que de
verdad ha amado a los suyos «hasta
el extremo» (Jn 13,1).
Por esto, cada vez que en la Liturgia eucarística nos acercamos al
Cuerpo y Sangre de Cristo, nos dirigimos también a Ella que, adhiriéndose
plenamente al Sacrificio de Cristo, lo ha acogido para toda la Iglesia. Los
Padres sinodales han afirmado que «María inaugura la participación de la
Iglesia en el sacrificio del Redentor». Ella es la Inmaculada que acoge incondicionalmente el
don de Dios y, de esa manera, se asocia a la obra de la salvación. María de
Nazaret, icono de la Iglesia naciente, es el modelo de cómo cada uno de
nosotros está llamado a recibir el don que Jesús hace de sí mismo en la
Eucaristía.
SEGUNDA PARTE: EUCARISTÍA, MISTERIO QUE SE HA DE CELEBRAR
«Os aseguro que no fue Moisés quien os dio el pan del cielo,
sino
que es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo» (Jn 6,32)
Lex orandi y lex credendi
34. El Sínodo de los Obispos ha reflexionado mucho sobre la relación
intrínseca entre fe eucarística y celebración, poniendo de relieve el nexo
entre lex orandi y lex credendi, y subrayando la primacía de la acción
litúrgica. Es necesario vivir la Eucaristía como misterio de la fe
celebrado auténticamente, teniendo conciencia clara de que «el intellectus
fidei está originariamente siempre en relación con la acción litúrgica de
la Iglesia».
En este ámbito, la reflexión teológica nunca puede prescindir del orden
sacramental instituido por Cristo mismo. Por otra parte, la acción litúrgica
nunca puede ser considerada genéricamente, prescindiendo del misterio de la fe.
En efecto, la fuente de nuestra fe y de la liturgia eucarística es el mismo
acontecimiento: el don que Cristo ha hecho de sí mismo en el Misterio pascual.
Belleza y liturgia
35. La relación entre el misterio creído y celebrado se manifiesta de
modo peculiar en el valor teológico y litúrgico de la belleza. En efecto, la
liturgia, como también la Revelación cristiana, está vinculada intrínsecamente
con la belleza: es veritatis splendor. En la liturgia resplandece el
Misterio pascual mediante el cual Cristo mismo nos atrae hacia sí y nos llama a
la comunión. En Jesús, como solía decir San Buenaventura, contemplamos la
belleza y el fulgor de los orígenes.
Este atributo al que nos referimos no es mero esteticismo sino el modo en que
nos llega, nos fascina y nos cautiva la verdad del amor de Dios en Cristo,
haciéndonos salir de nosotros mismos y atrayéndonos así hacia nuestra verdadera
vocación: el amor.
Ya en la creación, Dios se deja entrever en la belleza y la armonía del cosmos
(cf. Sb 13,5; Rm 1,19-20). Encontramos después en el Antiguo
Testamento grandes signos del esplendor de la potencia de Dios, que se
manifiesta con su gloria a través de los prodigios hechos en el pueblo elegido
(cf. Ex 14; 16,10; 24,12-18; Nm 14,20-23). En el Nuevo Testamento
se llega definitivamente a esta epifanía de belleza en la revelación de Dios en
Jesucristo.
Él es la plena manifestación de la gloria divina. En la glorificación del Hijo
resplandece y se comunica la gloria del Padre (cf. Jn 1,14; 8,54; 12,28;
17,1). Sin embargo, esta belleza no es una simple armonía de formas; «el más
bello de los hombres» (Sal 45[44],33) es también, misteriosamente, quien
no tiene «aspecto atrayente, despreciado y evitado por los hombres [...], ante
el cual se ocultan los rostros» (Is 53,2). Jesucristo nos enseña cómo la
verdad del amor sabe también transfigurar el misterio oscuro de la muerte en la
luz radiante de la resurrección. Aquí el resplandor de la gloria de Dios supera
toda belleza mundana. La verdadera belleza es el amor de Dios que se ha
revelado definitivamente en el Misterio pascual.
La belleza de la liturgia
es parte de este misterio; es expresión eminente de la gloria de Dios y, en
cierto sentido, un asomarse del Cielo sobre la tierra. El memorial del
sacrificio redentor lleva en sí mismo los rasgos de aquel resplandor de Jesús
del cual nos han dado testimonio Pedro, Santiago y Juan cuando el Maestro, de
camino hacia Jerusalén, quiso transfigurarse ante ellos (cf. Mc 9,2). La
belleza, por tanto, no es un elemento decorativo de la acción litúrgica; es más
bien un elemento constitutivo, ya que es un atributo de Dios mismo y de su
revelación. Conscientes de todo esto, hemos de poner gran atención para que la
acción litúrgica resplandezca según su propia naturaleza.
La celebración eucarística,
obra del «Christus totus»
Christus totus in capite et in corpore
36. La belleza intrínseca de la liturgia tiene como sujeto propio a
Cristo resucitado y glorificado en el Espíritu Santo que, en su actuación,
incluye a la Iglesia.
En esta perspectiva, es muy sugestivo recordar las palabras de San
Agustín que describen elocuentemente esta dinámica de fe propia de la
Eucaristía. El gran santo de Hipona, refiriéndose precisamente al Misterio
eucarístico, pone de relieve cómo Cristo mismo nos asimila a sí: «Este pan que
vosotros veis sobre el altar, santificado por la palabra de Dios, es el Cuerpo
de Cristo. Este cáliz, mejor dicho, lo que contiene el cáliz, santificado por
la palabra de Dios, es Sangre de Cristo. Por medio de estas cosas quiso el Señor
dejarnos su Cuerpo y Sangre, que derramó para la remisión de nuestros pecados.
Si lo habéis recibido dignamente, vosotros sois eso mismo que habéis recibido». Por lo tanto, «no sólo
nos hemos convertido en cristianos, sino en Cristo mismo». Podemos contemplar así la
acción misteriosa de Dios que comporta la unidad profunda entre nosotros y el
Señor Jesús: «En efecto, no se ha de creer que Cristo esté en la Cabeza
sin estar también en el Cuerpo, sino que está enteramente en la Cabeza y en el Cuerpo».
Eucaristía y Cristo resucitado
37. Puesto que la liturgia eucarística es esencialmente actio Dei
que nos une a Jesús a través del Espíritu, su fundamento no está sometido a
nuestro arbitrio ni puede ceder a la presión de la moda del momento. En esto
también es válida la afirmación indiscutible de San Pablo:
«Nadie puede poner otro cimiento fuera del ya puesto, que es Jesucristo» (1
Co 3,11). El Apóstol de los gentiles nos asegura además que, por lo que se
refiere a la Eucaristía, no nos transmite su doctrina personal, sino lo que él,
a su vez, ha recibido (cf. 1 Co 11,23). En efecto, la celebración de la
Eucaristía implica la Tradición viva. A partir de la experiencia del Resucitado
y de la efusión del Espíritu Santo, la Iglesia celebra el Sacrificio
eucarístico obedeciendo el mandato de Cristo. Por este motivo, al inicio, la
comunidad cristiana se reúne el día del Señor para la fractio panis. El
día en que Cristo ha resucitado de entre los muertos, el Domingo, es también
el primer día de la semana, el día que según la tradición veterotestamentaria
representaba el principio de la creación. Ahora, el día de la creación se ha
convertido en el día de la «nueva
creación», el día de nuestra liberación
en el que conmemoramos a Cristo Muerto y Resucitado.
Ars celebrandi
38. En los trabajos sinodales se ha insistido varias veces en la
necesidad de superar cualquier posible separación entre el ars celebrandi,
es decir, el arte de celebrar rectamente, y la participación plena, activa y
fructuosa de todos los fieles. Efectivamente, el primer modo con el que se
favorece la participación del Pueblo de Dios en el Rito sagrado es la adecuada
celebración del Rito mismo. El ars celebrandi es la mejor premisa para
la actuosa participatio.
El ars celebrandi proviene de la obediencia fiel a las normas litúrgicas
en su plenitud, pues es precisamente este modo de celebrar lo que asegura desde
hace dos mil años la vida de fe de todos los creyentes, los cuales están
llamados a vivir la celebración como Pueblo de Dios, sacerdocio real, nación
santa (cf. 1 P 2,4-5.9).
El Obispo, liturgo por excelencia
39. Si bien es cierto que todo el Pueblo de Dios participa en la
Liturgia eucarística, en el correcto ars celebrandi tienen un papel
imprescindible los que han recibido el sacramento del Orden. Obispos,
sacerdotes y diáconos, cada uno según su propio grado, han de considerar la
celebración como su deber principal.
En primer lugar el Obispo diocesano: en efecto, él, como «primer dispensador de
los misterios de Dios en la Iglesia particular a él confiada, es el guía, el
promotor y custodio de toda la vida litúrgica». Todo esto es decisivo
para la vida de la Iglesia particular, no sólo porque la comunión con el Obispo
es la condición para que toda celebración en su territorio sea legítima, sino
también porque él mismo es por excelencia el liturgo de su propia Iglesia. A él corresponde
salvaguardar la unidad concorde de las celebraciones en su diócesis. Por tanto,
ha de ser un «compromiso del Obispo hacer que los presbíteros, diáconos y los
fieles comprendan cada vez mejor el sentido auténtico de los ritos y los textos
litúrgicos, y así se les guíe hacia una celebración de la Eucaristía activa y
fructuosa».
En particular, exhorto a cumplir todo lo necesario para que las celebraciones
litúrgicas oficiadas por el Obispo en la iglesia Catedral respeten plenamente
el ars celebrandi, de modo que puedan ser consideradas como modelo para
todas las iglesias de su territorio.
Respeto de los libros litúrgicos y de la riqueza de los signos
40. Por consiguiente, al subrayar la importancia del ars celebrandi,
se pone de relieve el valor de las normas litúrgicas. El ars celebrandi
ha de favorecer el sentido de lo sagrado y el uso de las formas exteriores que
educan para ello, como, por ejemplo, la armonía del rito, los ornamentos
litúrgicos, la decoración y el lugar sagrado. Favorece la celebración
eucarística que los sacerdotes y los responsables de la pastoral litúrgica se
esfuercen en dar a conocer los libros litúrgicos vigentes y las respectivas
normas, resaltando las grandes riquezas de la Ordenación General del Misal
Romano y de la Ordenación de las Lecturas de la Misa. En las comunidades
eclesiales se da quizás por descontado que se conocen y aprecian, pero a menudo
no es así. En realidad, son textos que contienen riquezas que custodian y
expresan la fe, así como el camino del Pueblo de Dios a lo largo de dos
milenios de historia. Para una adecuada ars celebrandi es igualmente
importante la atención a todas las formas de lenguaje previstas por la
liturgia: palabra y canto, gestos y silencios, movimiento del cuerpo, colores
litúrgicos de los ornamentos. En efecto, la liturgia tiene por su naturaleza
una variedad de formas de comunicación que abarcan todo el ser humano. La
sencillez de los gestos y la sobriedad de los signos, realizados en el orden y
en los tiempos previstos, comunican y atraen más que la artificiosidad de
añadiduras inoportunas. La atención y la obediencia de la estructura propia del
ritual, a la vez que manifiestan el reconocimiento del carácter de la
Eucaristía como don, expresan la disposición del ministro para acoger con dócil
gratitud dicho don inefable.
El arte al servicio de la celebración
41. La relación profunda entre la belleza y la liturgia nos lleva a
considerar con atención todas las expresiones artísticas que se ponen al
servicio de la celebración.
Un elemento importante del arte sacro es ciertamente la arquitectura de
las iglesias,
en las que debe resaltar la unidad entre los elementos propios del presbiterio:
altar, crucifijo, tabernáculo, ambón, sede. A este respecto, se ha de tener
presente que el objetivo de la arquitectura sacra es ofrecer a la Iglesia, que
celebra los misterios de la fe, en particular la Eucaristía, el espacio más
apto para el desarrollo adecuado de su acción litúrgica. En efecto, la naturaleza
del templo cristiano se define por la acción litúrgica misma, que implica la
reunión de los fieles (ecclesia), los cuales son las piedras vivas del
templo (cf. 1 P 2,5).
El mismo principio vale
para todo el arte sacro, especialmente la pintura y la escultura, en los que la
iconografía religiosa se ha de orientar a la mistagogía sacramental. Un
conocimiento profundo de las formas que el arte sacro ha producido a lo largo de
los siglos puede ser de gran ayuda para los que tienen la responsabilidad de
encomendar a arquitectos y artistas obras relacionadas con la acción litúrgica.
Por tanto, es indispensable que en la formación de los seminaristas y de los
sacerdotes se incluya la historia del arte como materia importante, con
especial referencia a los edificios de culto, según las normas litúrgicas. Es
necesario que en todo lo que concierne a la Eucaristía haya gusto por la
belleza. Se debe también respetar y cuidar los ornamentos, la decoración, los
vasos sagrados, para que, dispuestos de modo orgánico y ordenado entre sí,
fomenten el asombro ante el misterio de Dios, manifiesten la unidad de la fe y
refuercen la devoción.
El canto litúrgico
42. En el ars celebrandi desempeña un papel importante el canto
litúrgico.
Con razón afirma San Agustín en un famoso sermón: «El hombre nuevo conoce
el cántico nuevo. El cantar es función de alegría y, si lo consideramos
atentamente, función de amor».
El Pueblo de Dios reunido para la celebración canta las alabanzas de Dios. La
Iglesia, en su bimilenaria historia, ha compuesto y sigue componiendo música y
cantos que son un patrimonio de fe y de amor que no se ha de perder.
Ciertamente, no podemos decir que en la liturgia sirva cualquier canto. A este
respecto, se ha de evitar la fácil improvisación o la introducción de géneros
musicales no respetuosos del sentido de la liturgia. Como elemento litúrgico,
el canto debe estar en consonancia con la identidad propia de la celebración. Por consiguiente, todo
—el texto, la melodía, la ejecución— ha de corresponder al sentido del misterio
celebrado, a las partes del rito y a los tiempos litúrgicos. Finalmente, si bien se
han de tener en cuenta las diversas tendencias y tradiciones tan loables, deseo,
como han pedido los Padres sinodales, que se valore adecuadamente el canto
gregoriano
como canto propio de la liturgia romana.
Estructura de la celebración eucarística
43. Después de haber recordado los elementos básicos del ars
celebrandi puestos de relieve en los trabajos sinodales, quisiera llamar la
atención de modo más concreto sobre algunas partes de la estructura de la
celebración eucarística que requieren un especial cuidado en nuestro tiempo,
para ser fieles a la intención profunda de la renovación litúrgica deseada por
el Concilio Vaticano II, en continuidad con toda la gran tradición eclesial.
Unidad intrínseca de la acción litúrgica
44. Ante todo, hay que considerar la unidad intrínseca del rito de la Santa
Misa. Se ha de evitar que, tanto en la catequesis como en el modo de la
celebración, se dé lugar a una visión yuxtapuesta de las dos partes del rito.
La liturgia de la Palabra y la liturgia eucarística —además de los ritos de
introducción y conclusión— «están estrechamente unidas entre sí y forman un
único acto de culto».
En efecto, la Palabra de Dios y la Eucaristía están intrínsecamente unidas.
Escuchando la Palabra de Dios nace o se fortalece la fe (cf. Rm 10,17);
en la Eucaristía, el Verbo hecho carne se nos da como alimento espiritual. Así pues, «la Iglesia
recibe y ofrece a los fieles el Pan de vida en las dos mesas de la Palabra de
Dios y del Cuerpo de Cristo».
Por tanto, se ha de tener constantemente presente que la Palabra de Dios, que
la Iglesia lee y proclama en la liturgia, lleva a la Eucaristía como a su fin
connatural.
Liturgia de la Palabra
45. Junto con el Sínodo, pido que la liturgia de la Palabra se prepare
y se viva siempre de manera adecuada. Por tanto, recomiendo vivamente que en la
liturgia se ponga gran atención a la proclamación de la Palabra de Dios por
parte de lectores bien instruidos. Nunca olvidemos que «cuando se leen en la
Iglesia las Sagradas Escrituras, Dios mismo habla a su Pueblo, y Cristo,
presente en su palabra, anuncia el Evangelio». Si las circunstancias lo
aconsejan, se puede pensar en unas breves moniciones que ayuden a los fieles a
una mejor disposición. Para comprenderla bien, la Palabra de Dios ha de ser
escuchada y acogida con espíritu eclesial y siendo conscientes de su unidad con
el Sacramento eucarístico. En efecto, la Palabra que anunciamos y escuchamos es
el Verbo hecho carne (cf. Jn 1,14), y hace referencia intrínseca a la
persona de Cristo y a su permanencia de manera sacramental. Cristo no habla en
el pasado, sino en nuestro presente, ya que Él mismo está presente en la acción
litúrgica. En esta perspectiva sacramental de la revelación cristiana, el conocimiento y el
estudio de la Palabra de Dios nos permite apreciar, celebrar y vivir mejor la
Eucaristía. A este respecto, se aprecia también en toda su verdad la
afirmación, según la cual «desconocer la Escritura es desconocer a Cristo».
Para lograr todo esto es
necesario ayudar a los fieles a apreciar los tesoros de la Sagrada Escritura en
el leccionario, mediante iniciativas pastorales, celebraciones de la Palabra y
la lectura meditada (lectio divina). Tampoco se ha de olvidar promover
las formas de oración conservadas en la tradición, la Liturgia de las Horas,
sobre todo Laudes, Vísperas, Completas y también las celebraciones de vigilias.
El rezo de los Salmos, las lecturas bíblicas y las de la gran tradición del
Oficio divino pueden llevar a una experiencia profunda del acontecimiento de
Cristo y de la economía de la salvación, que a su vez puede enriquecer la
comprensión y la participación en la celebración eucarística.
Homilía
46. La necesidad de mejorar la calidad de la homilía está en relación
con la importancia de la Palabra de Dios. En efecto, ésta «es parte de la
acción litúrgica»;
tiene el cometido de favorecer una mejor comprensión y eficacia de la Palabra
de Dios en la vida de los fieles. Por eso los ministros ordenados han de
«preparar la homilía con esmero, basándose en un conocimiento adecuado de la
Sagrada Escritura».
Han de evitarse homilías genéricas o abstractas. En particular, pido a los
ministros un esfuerzo para que la homilía ponga la Palabra de Dios proclamada
en estrecha relación con la celebración sacramental y con la vida de la
comunidad, de modo que la Palabra de Dios sea realmente sustento y vigor de la
Iglesia.
Se ha de tener presente, por tanto, la finalidad catequética y exhortativa de
la homilía. Es conveniente que, partiendo del leccionario trienal, se prediquen
a los fieles homilías temáticas que, a lo largo del año litúrgico, traten los
grandes temas de la fe cristiana, según lo que el Magisterio propone en los
cuatro «pilares» del Catecismo y en su reciente Compendio: la profesión de la fe, la
celebración del misterio cristiano, la vida en Cristo y la oración cristiana.
Presentación de las ofrendas
47. Los Padres sinodales han puesto también su atención en la
presentación de las ofrendas. Ésta no es sólo como un «intervalo»
entre la liturgia de la Palabra y la eucarística. Entre otras razones, porque
eso haría perder el sentido de un único rito con dos partes interrelacionadas.
En realidad, este gesto humilde y sencillo tiene un sentido muy grande: en el
pan y el vino que llevamos al altar toda la creación es asumida por Cristo
Redentor para ser transformada y presentada al Padre. En este sentido, llevamos
también al altar todo el sufrimiento y el dolor del mundo, conscientes de que
todo es precioso a los ojos de Dios. Este gesto, para ser vivido en su
auténtico significado, no necesita ser enfatizado con añadiduras superfluas.
Permite valorar la colaboración originaria que Dios pide al hombre para
realizar en él la obra divina y dar así pleno sentido al trabajo humano, que
mediante la celebración eucarística se une al sacrificio redentor de Cristo.
Plegaria eucarística
48. La Plegaria eucarística es «el centro y la cumbre de toda la
celebración».
Su importancia merece ser subrayada adecuadamente. Las diversas Plegarias
eucarísticas que hay en el Misal nos han sido transmitidas por la tradición
viva de la Iglesia y se caracterizan por una riqueza teológica y espiritual
inagotable. Se ha de procurar que los fieles las aprecien. La Ordenación
General del Misal Romano nos ayuda en esto, recordándonos los elementos
fundamentales de toda Plegaria eucarística: acción de gracias, aclamación,
epíclesis, relato de la institución y consagración, anámnesis, oblación,
intercesión y doxología conclusiva.
En particular, la espiritualidad eucarística y la reflexión teológica se
iluminan al contemplar la profunda unidad de la anáfora, entre la invocación
del Espíritu Santo y el relato de la institución, en la que «se realiza el
sacrificio que el mismo Cristo instituyó en la última Cena». En efecto, «la Iglesia,
por medio de determinadas invocaciones, implora la fuerza del Espíritu Santo
para que los dones que han presentado los hombres queden consagrados, es decir,
se conviertan en el Cuerpo y Sangre de Cristo, y para que la víctima inmaculada
que se va a recibir en la Comunión sea para la salvación de quienes la
reciben».
Rito de la paz
49. La Eucaristía es por su naturaleza sacramento de paz. Esta
dimensión del Misterio eucarístico se expresa en la celebración litúrgica de
manera específica con el rito de la paz. Se trata indudablemente de un signo de
gran valor (cf. Jn 14,27). En nuestro tiempo, tan lleno de conflictos,
este gesto adquiere, también desde el punto de vista de la sensibilidad común,
un relieve especial, ya que la Iglesia siente cada vez más como tarea propia
pedir a Dios el don de la paz y la unidad para sí misma y para toda la familia
humana. La paz es ciertamente un anhelo irreprimible en el corazón de cada uno.
La Iglesia se hace portavoz de la petición de paz y reconciliación que surge
del alma de toda persona de buena voluntad, dirigiéndola a Aquél que «es
nuestra paz» (Ef 2,14), y que puede pacificar a los pueblos e individuos
aun cuando fracasan las iniciativas humanas. Por ello se comprende la
intensidad con que se vive frecuentemente el rito de la paz en la celebración
litúrgica. A este propósito, sin embargo, durante el Sínodo de los Obispos se ha
visto la conveniencia de moderar este gesto, que puede adquirir expresiones
exageradas, provocando cierta confusión en la asamblea precisamente antes de la
Comunión. Sería bueno recordar que el alto valor del gesto no queda mermado por
la sobriedad necesaria para mantener un clima adecuado a la celebración,
limitando por ejemplo el intercambio de la paz a los más cercanos.
Distribución y recepción de la Eucaristía
50. Otro momento de la celebración, al que es necesario hacer
referencia, es la distribución y recepción de la Santa Comunión.
Pido a todos, en particular a los ministros ordenados y a los que, debidamente
preparados, están autorizados para el ministerio de distribuir la Eucaristía en
caso de necesidad real, que hagan lo posible para que el gesto, en su
sencillez, corresponda a su valor de encuentro personal con el Señor Jesús en
el Sacramento. Respecto a las prescripciones para una praxis correcta, me
remito a los documentos emanados recientemente. Todas las comunidades
cristianas han de atenerse fielmente a las normas vigentes, viendo en ellas la
expresión de la fe y el amor que todos han de tener respecto a este sublime
Sacramento. Tampoco se descuide el tiempo precioso de acción de gracias después
de la Comunión: además de un canto oportuno, puede ser también muy útil
permanecer recogidos en silencio.
A este propósito,
quisiera llamar la atención sobre un problema pastoral con el que nos
encontramos frecuentemente en nuestro tiempo. Me refiero al hecho de que en
algunas circunstancias, como por ejemplo en las santas Misas celebradas con
ocasión de bodas, funerales o acontecimientos análogos, además de fieles
practicantes, asisten también a la celebración otros que tal vez no se acercan
al altar desde hace años, o quizás están en una situación de vida que no les
permite recibir los sacramentos. Otras veces sucede que están presentes
personas de otras confesiones cristianas o incluso de otras religiones.
Situaciones similares se producen también en iglesias que son meta de
visitantes, sobre todo en las grandes ciudades de en las que abunda el arte. En
estos casos, se ve la necesidad de usar expresiones breves y eficaces para
hacer presente a todos el sentido de la comunión sacramental y las condiciones
para recibirla. Donde se den situaciones en las que no sea posible garantizar
la debida claridad sobre el sentido de la Eucaristía, se ha de considerar la
conveniencia de sustituir la Eucaristía con una celebración de la Palabra de
Dios.
Despedida: «Ite, missa est»
51. Quisiera detenerme ahora en lo que los Padres sinodales han dicho
sobre el saludo de despedida al final de la Celebración eucarística. Después de
la bendición, el diácono o el sacerdote despide al pueblo con las palabras: Ite,
missa est. En este saludo podemos apreciar la relación entre la Misa
celebrada y la misión cristiana en el mundo. En la antigüedad, «missa» significaba
simplemente «terminada». Sin embargo, en el uso cristiano ha adquirido un
sentido cada vez más profundo. La expresión «missa» se
transforma, en realidad, en «misión». Este saludo expresa sintéticamente la
naturaleza misionera de la Iglesia. Por tanto, conviene ayudar al Pueblo de
Dios a que, apoyándose en la liturgia, profundice en esta dimensión
constitutiva de la vida eclesial. En este sentido, sería útil disponer de
textos debidamente aprobados para la oración sobre el pueblo y la bendición
final que expresen dicha relación.
Actuosa participatio
Auténtica participación
52. El Concilio Vaticano
II puso un énfasis particular en la participación activa, plena y fructuosa de
todo el Pueblo de Dios en la celebración eucarística. Ciertamente,
la renovación llevada a cabo en estos años ha favorecido notables progresos en
la dirección deseada por los Padres conciliares. Pero no hemos de ocultar el
hecho de que, a veces, ha surgido alguna incomprensión precisamente sobre el
sentido de esta participación. Por tanto, conviene dejar claro que con esta
palabra no se quiere hacer referencia a una simple actividad externa durante la
celebración. En realidad, la participación activa deseada por el Concilio se ha
de comprender en términos más sustanciales, partiendo de una mayor toma de
conciencia del misterio que se celebra y de su relación con la vida cotidiana.
Sigue siendo totalmente válida la recomendación de la Constitución conciliar Sacrosanctum
Concilium, que exhorta a los fieles a no asistir a la liturgia eucarística
«como espectadores mudos o extraños», sino a participar «consciente, piadosa y
activamente en la acción sagrada». El Concilio
prosigue la reflexión: los fieles, «instruidos por la Palabra de Dios, reparen
sus fuerzas en el banquete del Cuerpo del Señor, den gracias a Dios, aprendan a
ofrecerse a sí mismos al ofrecer la hostia inmaculada no sólo por manos del
sacerdote, sino también juntamente con él, y se perfeccionen día a día, por
Cristo Mediador, en la unidad con Dios y entre sí».
Participación y ministerio sacerdotal
53. La belleza y armonía de la acción litúrgica se manifiestan de
manera significativa en el orden con el cual cada uno está llamado a participar
activamente. Eso comporta el reconocimiento de las diversas funciones
jerárquicas implicadas en la celebración misma. Es útil recordar que, de por
sí, la participación activa no es lo mismo que desempeñar un ministerio
particular. Sobre todo, no ayuda a la participación activa de los fieles una
confusión ocasionada por la incapacidad de distinguir las diversas funciones
que corresponden a cada uno en la comunión eclesial. En particular, es preciso
que haya claridad sobre las tareas específicas del sacerdote. Éste es, como
atestigua la tradición de la Iglesia, quien preside de modo insustituible toda
la celebración eucarística, desde el saludo inicial a la bendición final. En
virtud del Orden sagrado que ha recibido, él representa a Jesucristo, cabeza de
la Iglesia y, en la manera que le es propia, también a la Iglesia misma. En efecto, toda
celebración de la Eucaristía está dirigida por el Obispo, «ya sea
personalmente, ya por los presbíteros, sus colaboradores». Es ayudado por el
diácono, que tiene algunas funciones específicas en la celebración: preparar el
altar y prestar servicio al sacerdote, proclamar el Evangelio, predicar
eventualmente la homilía, enunciar las intenciones en la oración universal,
distribuir la Eucaristía a los fieles.
En relación con estos ministerios vinculados al sacramento del Orden, hay
también otros ministerios para el servicio litúrgico, que desempeñan religiosos
y laicos preparados, lo que es de alabar.
Celebración eucarística e inculturación
54. A partir de las afirmaciones fundamentales del Concilio Vaticano
II, se ha subrayado varias veces la importancia de la participación activa de
los fieles en el Sacrificio eucarístico. Para favorecerla se pueden permitir
algunas adaptaciones apropiadas a los diversos contextos y culturas. El hecho de que haya
habido algunos abusos no disminuye la claridad de este principio, que se debe
mantener de acuerdo con las necesidades reales de la Iglesia, que vive y
celebra el mismo misterio de Cristo en situaciones culturales diferentes. En
efecto, el Señor Jesús, precisamente en el misterio de la Encarnación, naciendo
de mujer como hombre perfecto (cf. Ga 4,4), está en relación directa no
sólo con las expectativas expresadas en el Antiguo Testamento, sino también con
las de todos los pueblos. Con eso, Él ha manifestado que Dios quiere
encontrarnos en nuestro contexto vital. Por tanto, para una participación más
eficaz de los fieles en los santos Misterios, es útil proseguir el proceso de
inculturación en el ámbito de la celebración eucarística, teniendo en cuenta
las posibilidades de adaptación que ofrece la Ordenación General del Misal
Romano,
interpretadas a la luz de los criterios fijados por la IV Instrucción de la
Congregación para el Culto divino y la Disciplina de los Sacramentos, Varietates
legitimae, del 25 de enero de 1994,
y de las directrices dadas por el Papa Juan Pablo II en las Exhortaciones
apostólicas postsinodales Ecclesia in Africa, Ecclesia in America,
Ecclesia in Asia, Ecclesia in Oceania, Ecclesia in Europa. Para lograr este
objetivo, encomiendo a las Conferencias Episcopales que favorezcan el adecuado
equilibrio entre los criterios y normas ya publicadas y las nuevas
adaptaciones,
siempre de acuerdo con la Sede Apostólica.
Condiciones personales para una «actuosa participatio»
55. Al considerar el tema de la actuosa participatio de los
fieles en el rito sagrado, los Padres sinodales han resaltado también las
condiciones personales de cada uno para una fructuosa participación. Una de ellas es
ciertamente el espíritu de conversión continua que ha de caracterizar la vida
de cada fiel. No se puede esperar una participación activa en la liturgia
eucarística cuando se asiste superficialmente, sin antes examinar la propia
vida. Favorece dicha disposición interior, por ejemplo, el recogimiento y el
silencio, al menos unos instantes antes de comenzar la liturgia, el ayuno y,
cuando sea necesario, la confesión sacramental. Un corazón reconciliado con
Dios permite la verdadera participación. En particular, es preciso persuadir a
los fieles de que no puede haber una actuosa participatio en los santos
Misterios si no se toma al mismo tiempo parte activa en la vida eclesial en su
totalidad, la cual comprende también el compromiso misionero de llevar el amor
de Cristo a la sociedad.
Sin duda, la plena
participación en la Eucaristía se da cuando nos acercamos también personalmente
al altar para recibir la Comunión.
No obstante, se ha de poner atención para que esta afirmación correcta no
induzca a un cierto automatismo entre los fieles, como si por el sólo hecho de
encontrarse en la iglesia durante la liturgia se tenga ya el derecho o quizás
incluso el deber de acercarse a la Mesa eucarística. Aun cuando no es posible
acercarse a la comunión sacramental, la participación en la Santa Misa
sigue siendo necesaria, válida, significativa y fructuosa. En estas
circunstancias, es bueno cultivar el deseo de la plena unión con Cristo,
practicando, por ejemplo, la comunión espiritual, recordada por Juan Pablo II y recomendada por los
Santos maestros de la vida espiritual.
Participación de los cristianos no católicos
56. Al tratar el tema de la participación nos encontramos
inevitablemente con el de los cristianos pertenecientes a Iglesias o
Comunidades eclesiales que no están en plena comunión con la Iglesia Católica.
A este respecto, se ha de decir que la unión intrínseca que se da entre
Eucaristía y unidad de la Iglesia nos lleva a desear ardientemente, por un
lado, el día en que podamos celebrar junto con todos los creyentes en Cristo la
divina Eucaristía y expresar así visiblemente la plenitud de la unidad que
Cristo ha querido para sus discípulos (cf. Jn 17,21). Por otro lado, el
respeto que debemos al Sacramento del Cuerpo y Sangre de Cristo nos impide hacer de él
un simple «medio» que se usa indiscriminadamente para alcanzar esta
misma unidad.
En efecto, la Eucaristía no sólo manifiesta nuestra comunión personal con
Jesucristo, sino que implica también la plena communio con la Iglesia.
Éste es, pues, el motivo por el cual, con dolor pero no sin esperanza, pedimos
a los cristianos no católicos que comprendan y respeten nuestra convicción,
basada en la Biblia y en la Tradición. Nosotros sostenemos que la comunión
eucarística y la comunión eclesial se corresponden tan íntimamente que hace imposible
generalmente por parte de los cristianos no católicos la participación en una
sin tener la otra. Menos sentido tendría aún una concelebración propia y
verdadera con ministros de Iglesias o Comunidades eclesiales no en plena
comunión con la Iglesia Católica. No obstante, es verdad que, de cara a la
salvación, existe la posibilidad de admitir individualmente a cristianos no
católicos a la Eucaristía, al sacramento de la Penitencia y a la Unción de los
enfermos. Pero eso sólo en situaciones determinadas y excepcionales,
caracterizadas por condiciones bien precisas. Éstas están indicadas
claramente en el Catecismo de la Iglesia
Católica
y en su Compendio. Todos tienen el deber de
atenerse fielmente a ellas.
Participación a través de los medios de comunicación social
57. Debido al gran desarrollo de los medios de comunicación social, la
palabra «participación» ha adquirido en las últimas décadas un sentido más
amplio que en el pasado. Todos reconocemos con satisfacción que estos
instrumentos ofrecen también nuevas posibilidades en lo que se refiere a la
Celebración eucarística.
Eso exige a los agentes pastorales del sector una preparación específica y un
acentuado sentido de responsabilidad. En efecto, la Santa Misa que
se transmite por televisión adquiere inevitablemente una cierta ejemplaridad.
Por tanto, se ha de poner una especial atención en que la celebración, además
de hacerse en lugares dignos y bien preparados, respete las normas litúrgicas.
Por lo que se refiere al
valor de la participación en la Santa Misa que los medios de comunicación hacen posible,
quien ve y oye dichas transmisiones ha de saber que, en condiciones normales,
no cumple con el precepto dominical. En efecto, el lenguaje de la imagen
representa la realidad, pero no la reproduce en sí misma. Si es loable que ancianos
y enfermos participen en la Santa Misa festiva a través de las transmisiones
radiotelevisivas, no puede decirse lo mismo de quien, mediante tales
transmisiones, quisiera dispensarse de ir al templo para la celebración
eucarística en la asamblea de la Iglesia viva.
«Actuosa participatio» de los enfermos
58. Teniendo presente la condición de los que no pueden ir a los
lugares de culto por motivos de salud o edad, quisiera llamar la atención de
toda la comunidad eclesial sobre la necesidad pastoral de asegurar la
asistencia espiritual a los enfermos, tanto a los que están en su casa como a
los que están hospitalizados. En el Sínodo de los Obispos se ha hecho
referencia a ellos varias veces. Se ha de procurar que estos hermanos y
hermanas nuestros puedan recibir con frecuencia la Comunión sacramental. Al reforzar
así la relación con Cristo crucificado y resucitado, podrán sentir su propia
vida integrada plenamente en la vida y la misión de la Iglesia mediante la
ofrenda del propio sufrimiento en unión con el Sacrificio de
nuestro Señor. Se ha de reservar una atención particular a los discapacitados;
si lo permite su condición, la comunidad cristiana ha de favorecer su
participación en la celebración en un lugar de culto. A este respecto, se ha de
procurar que los edificios sagrados no tengan obstáculos arquitectónicos que
impidan el acceso de los minusválidos. Se ha de dar también la Comunión
eucarística, cuando sea posible, a los discapacitados mentales, bautizados y
confirmados: ellos reciben la Eucaristía también en la fe de la familia o de la
comunidad que los acompaña.
Atención a los presos
59. La tradición espiritual de la Iglesia, siguiendo una indicación
específica de Cristo (cf. Mt 25,36), ha reconocido en la visita a los
presos una de las obras de misericordia corporal. Los que se encuentran en esta
situación tienen una necesidad especial de ser visitados por el Señor mismo en
el Sacramento de la Eucaristía. Sentir la cercanía de la comunidad
eclesial, participar en la Eucaristía y recibir la Santa Comunión
en un período de la vida tan particular y doloroso puede ayudar sin duda en el
propio camino de fe y favorecer la plena reinserción social de la persona.
Interpretando los deseos manifestados en la asamblea sinodal pido a las
diócesis que, en lo posible, pongan los medios adecuados para una actividad
pastoral que se ocupe de atender espiritualmente a los presos.
Los emigrantes y su participación en la Eucaristía
60. Al plantearse el problema de los que se ven obligados a dejar la
propia tierra por diversos motivos, el Sínodo ha expresado particular gratitud
a los que se dedican a la atención pastoral de los emigrantes. En este
contexto, se ha de prestar una atención especial a los emigrantes que
pertenecen a las Iglesias católicas orientales y a los que, lejos de su propia
casa, tienen dificultades para participar en la liturgia eucarística según el
propio rito de pertenencia. Por eso, donde sea posible, se les conceda poder
ser asistidos por sacerdotes de su rito. En todo caso, pido a los Obispos que
acojan en la caridad de Cristo a estos hermanos. El encuentro entre los fieles
de diversos ritos puede convertirse también en ocasión de enriquecimiento
recíproco. Pienso particularmente en el beneficio que puede aportar, sobre todo
para el clero, el conocimiento de las diversas tradiciones.
Las grandes concelebraciones
61. La asamblea sinodal ha considerado la calidad de la participación
en las grandes celebraciones que tienen lugar en circunstancias particulares,
en las que, además de un gran número de fieles, concelebran muchos sacerdotes. Por un lado, es fácil
reconocer el valor de estos momentos, especialmente cuando el Obispo preside
rodeado de su presbiterio y de los diáconos. Por otro, en estas circunstancias
se pueden producir problemas por lo que se refiere a la expresión sensible de
la unidad del presbiterio, especialmente en la Plegaria eucarística y en la
distribución de la Santa Comunión. Se ha de evitar que estas grandes
concelebraciones produzcan dispersión. Para ello, se han de prever modos
adecuados de coordinación y disponer el lugar de culto de manera que permita a
los presbíteros y a los fieles una participación plena y real. En todo caso, se
ha de tener presente que se trata de concelebraciones de carácter excepcional y
limitadas a situaciones extraordinarias.
Lengua latina
62. No obstante, lo dicho anteriormente no debe ofuscar el valor de
estas grandes liturgias. En particular, pienso en las celebraciones que tienen
lugar durante encuentros internacionales, hoy cada vez más frecuentes. Éstas
han de ser valoradas debidamente. Para expresar mejor la unidad y universalidad
de la Iglesia, quisiera recomendar lo que ha sugerido el Sínodo de los Obispos,
en sintonía con las normas del Concilio Vaticano II: exceptuadas las lecturas,
la homilía y la oración de los fieles, sería bueno que dichas celebraciones
fueran en latín; también se podrían rezar en latín las oraciones más conocidas de la tradición de la
Iglesia y, eventualmente, utilizar cantos gregorianos. Más en general, pido que
los futuros sacerdotes, desde el tiempo del seminario, se preparen para
comprender y celebrar la Santa Misa en latín, además de utilizar textos latinos y
cantar en gregoriano; se procurará que los mismos fieles conozcan las oraciones
más comunes en latín y que canten en gregoriano algunas partes de la liturgia.
Celebraciones eucarísticas en pequeños grupos
63. Una situación muy distinta es la que se da en algunas
circunstancias pastorales en las que, precisamente para lograr una
participación más consciente, activa y fructuosa, se favorecen las
celebraciones en pequeños grupos. Aun reconociendo el valor formativo que
tienen estas iniciativas, conviene precisar que han de estar en armonía con el
conjunto del proyecto pastoral de la diócesis. En efecto, dichas experiencias
perderían su carácter pedagógico si se las considerara como antagonistas o
paralelas respecto a la vida de la Iglesia particular. A este respecto, el
Sínodo ha subrayado algunos criterios a los que atenerse: los grupos pequeños
han de servir para unificar la comunidad parroquial, no para fragmentarla; esto
debe ser evaluado en la praxis concreta; estos grupos tienen que favorecer la
participación fructuosa de toda la asamblea y preservar en lo posible la unidad
de cada familia en la vida litúrgica.
La celebración participada interiormente
Catequesis mistagógica
64. La gran tradición litúrgica de la Iglesia nos enseña que, para una
participación fructuosa, es necesario esforzarse en corresponder personalmente
al misterio que se celebra mediante el ofrecimiento a Dios de la propia vida,
en unión con el sacrificio de Cristo por la salvación del mundo entero. Por
este motivo, el Sínodo de los Obispos ha recomendado que los fieles tengan una
actitud coherente entre las disposiciones interiores y los gestos y las
palabras. Si faltara ésta, nuestras celebraciones, por muy animadas que fueren,
correrían el riesgo de caer en el ritualismo. Así pues, se ha de promover una
educación en la fe eucarística que disponga a los fieles a vivir personalmente
lo que se celebra. Ante la importancia esencial de esta participatio
personal y consciente, ¿cuáles pueden ser los instrumentos formativos idóneos?
A este respecto, los Padres sinodales han propuesto unánimemente una catequesis
de carácter mistagógico que lleve a los fieles a adentrarse cada vez más en los
misterios celebrados.
En particular, por lo que se refiere a la relación entre el ars celebrandi
y la actuosa participatio, se ha de afirmar ante todo que «la mejor
catequesis sobre la Eucaristía es la Eucaristía misma bien celebrada». En efecto, por su propia
naturaleza, la liturgia tiene una eficacia propia para introducir a los fieles
en el conocimiento del misterio celebrado. Precisamente por ello, el itinerario
formativo del cristiano en la tradición más antigua de la Iglesia, aun sin
descuidar la comprensión sistemática de los contenidos de la fe, tuvo siempre
un carácter de experiencia, en el cual era determinante el encuentro vivo y
persuasivo con Cristo, anunciado por auténticos testigos. En este sentido, el
que introduce en los misterios es ante todo el testigo. Dicho encuentro ahonda
en la catequesis y tiene su fuente y su culmen en la celebración de la
Eucaristía. De esta estructura fundamental de la experiencia cristiana nace la
exigencia de un itinerario mistagógico, en el cual se han de tener siempre presentes
tres elementos:
a) Ante todo, la interpretación de los ritos a la
luz de los acontecimientos salvíficos, según la tradición viva de la
Iglesia. Efectivamente, la celebración de la Eucaristía contiene en su infinita
riqueza continuas referencias a la historia de la salvación. En Cristo
crucificado y resucitado podemos celebrar verdaderamente el centro que
recapitula toda la realidad (cf. Ef 1,10). Desde el principio, la
comunidad cristiana ha leído los acontecimientos de la vida de Jesús, y en particular
el misterio pascual, en relación con todo el itinerario veterotestamentario.
b) Además, la catequesis mistagógica ha de introducir
en el significado de los signos contenidos en los ritos. Este cometido es
particularmente urgente en una época como la actual, tan imbuida por la
tecnología, en la cual se corre el riesgo de perder la capacidad perceptiva de
los signos y símbolos. Más que informar, la catequesis mistagógica debe
despertar y educar la sensibilidad de los fieles ante el lenguaje de los signos
y gestos que, unidos a la palabra, constituyen el rito.
c) Finalmente, la catequesis mistagógica ha de enseñar
el significado de los ritos en relación con la vida cristiana en todas sus
facetas, como el trabajo y los compromisos, el pensamiento y el afecto, la
actividad y el descanso. Forma parte del itinerario mistagógico subrayar la
relación entre los misterios celebrados en el rito y la responsabilidad
misionera de los fieles. En este sentido, el resultado final de la mistagogía
es tomar conciencia de que la propia vida es transformada progresivamente por
los santos misterios que se celebran. El objetivo de toda la educación
cristiana, por otra parte, es formar al fiel como «hombre nuevo»,
con una fe adulta, que lo haga capaz de testimoniar en el propio ambiente la
esperanza cristiana que lo anima.
Para desarrollar en
nuestras comunidades eclesiales esta tarea educativa, hay que contar con
formadores bien preparados. Ciertamente, todo el Pueblo de Dios ha de sentirse
comprometido en esta formación. Cada comunidad cristiana está llamada a ser
ámbito pedagógico que introduce en los misterios que se celebran en la fe. A
este respecto, durante el Sínodo los Padres han subrayado la conveniencia de
una mayor participación de las comunidades de vida consagrada, de los
movimientos y demás grupos que, por sus propios carismas, pueden aportar un
renovado impulso a la formación cristiana.
También en nuestro tiempo el Espíritu Santo prodiga la efusión de sus dones
para sostener la misión apostólica de la Iglesia, a la cual corresponde
difundir la fe y educarla hasta su madurez.
Veneración de la Eucaristía
65. Un signo convincente de la eficacia que la catequesis eucarística
tiene en los fieles es sin duda el crecimiento en ellos del sentido del
misterio de Dios presente entre nosotros. Eso se puede comprobar a través de
manifestaciones específicas de veneración de la Eucaristía, hacia la cual el
itinerario mistagógico debe introducir a los fieles. Pienso, en general, en la
importancia de los gestos y de la postura, como arrodillarse durante los
momentos principales de la plegaria eucarística. Para adecuarse a la legítima
diversidad de los signos que se usan en el contexto de las diferentes culturas,
cada uno ha de vivir y expresar que es consciente de encontrarse en toda
celebración ante la majestad infinita de Dios, que llega a nosotros de manera
humilde en los signos sacramentales.
Adoración y piedad eucarística
Relación intrínseca entre celebración y adoración
66. Uno de los momentos más intensos del Sínodo fue cuando, junto con
muchos fieles, nos desplazamos a la Basílica de San Pedro para la Adoración
eucarística. Con este gesto de oración, la asamblea de los Obispos quiso llamar
la atención, no sólo con palabras, sobre la importancia de la relación
intrínseca entre Celebración eucarística y Adoración. En este aspecto
significativo de la fe de la Iglesia se encuentra uno de los elementos
decisivos del camino eclesial realizado tras la renovación litúrgica querida
por el Concilio Vaticano II. Mientras la reforma daba sus primeros pasos, a
veces no se percibió de manera suficientemente clara la relación intrínseca
entre la Santa Misa y la adoración del Santísimo Sacramento. Una
objeción difundida entonces se basaba, por ejemplo, en la observación de que el
Pan eucarístico no habría sido dado para ser contemplado, sino para ser comido.
En realidad, a la luz de la experiencia de oración de la Iglesia, dicha
contraposición se mostró carente de todo fundamento. Ya decía San
Agustín: «nemo autem illam carnem manducat, nisi prius adoraverit; [...]
peccemus non adorando – Nadie come de esta carne sin antes adorarla
[...], pecaríamos si no la adoráramos».
En efecto, en la Eucaristía el Hijo de Dios viene a nuestro encuentro y desea
unirse a nosotros; la adoración eucarística no es si no la continuación obvia
de la celebración eucarística, la cual es en sí misma el acto más grande de
adoración de la Iglesia.
Recibir la Eucaristía significa adorar al que recibimos. Precisamente así, y
sólo así, nos hacemos una sola cosa con Él y, en cierto modo, pregustamos
anticipadamente la belleza de la liturgia celestial. La Adoración fuera
de la Santa Misa prolonga e intensifica lo acontecido en la misma
celebración litúrgica. En efecto, «sólo en la adoración puede madurar una
acogida profunda y verdadera. Y precisamente en este acto personal de encuentro
con el Señor madura luego también la misión social contenida en la Eucaristía y
que quiere romper las barreras no sólo entre el Señor y nosotros, sino también
y sobre todo las barreras que nos separan a los unos de los otros».
Práctica de la adoración eucarística
67. Por tanto, unido a la asamblea sinodal, recomiendo ardientemente a
los Pastores de la Iglesia y al Pueblo de Dios la práctica de la Adoración
eucarística, tanto personal como comunitaria. A este respecto, será de
gran ayuda una catequesis adecuada en la que se explique a los fieles la
importancia de este acto de culto que permite vivir más profundamente y con
mayor fruto la celebración litúrgica. Además, cuando sea posible, sobre todo en
los lugares más poblados, será conveniente indicar las iglesias u oratorios que
se pueden dedicar a la Adoración perpetua. Recomiendo también que en la formación
catequética, sobre todo en el ciclo de preparación para la Primera Comunión, se
inicie a los niños en el significado y belleza de estar junto a Jesús,
fomentando el asombro por su presencia en la Eucaristía.
Además, quisiera expresar
admiración y apoyo a los Institutos de vida consagrada cuyos miembros dedican
una parte importante de su tiempo a la adoración eucarística. De este modo
ofrecen a todos el ejemplo de personas que se dejan plasmar por la Presencia
real del Señor. Al mismo tiempo, deseo animar a las asociaciones de fieles, así
como a las Cofradías, que tienen esta práctica como un compromiso especial,
siendo así fermento de contemplación para toda la Iglesia y llamada a la
centralidad de Cristo para la vida de los individuos y de las comunidades.
Formas de devoción eucarística
68. La relación personal que cada fiel establece con Jesús, presente en
la Eucaristía, lo pone siempre en contacto con toda la comunión eclesial,
haciendo que tome conciencia de su pertenencia al Cuerpo de Cristo. Por eso,
además de invitar a los fieles a encontrar personalmente tiempo para estar en
oración ante el Sacramento del altar, pido a las parroquias y a otros grupos
eclesiales que promuevan momentos de Adoración comunitaria.
Obviamente, conservan todo su valor las formas de devoción eucarística ya
existentes. Pienso, por ejemplo, en las procesiones eucarísticas, sobre todo la
procesión tradicional en la Solemnidad del Corpus Christi, en la práctica piadosa de
las Cuarenta Horas, en los Congresos eucarísticos locales, nacionales e
internacionales, y en otras iniciativas análogas. Estas formas de devoción,
debidamente actualizadas y adaptadas a las diversas circunstancias, merecen ser
cultivadas también hoy.
Lugar del sagrario en la iglesia
69. Sobre la importancia de la reserva eucarística y de la adoración y
veneración del Sacramento del
Sacrificio de Cristo, el Sínodo de los
Obispos ha reflexionado sobre la adecuada colocación del sagrario en nuestras
iglesias.
En efecto, esto ayuda a reconocer la Presencia real de Cristo en el
Santísimo Sacramento. Por tanto, es necesario que el lugar en que se conservan
las especies eucarísticas sea identificado fácilmente por cualquiera que entre
en la iglesia, gracias también a la lamparilla encendida. Para ello, se ha de
tener en cuenta la estructura arquitectónica del edificio sacro: en las
iglesias donde no hay capilla del Santísimo Sacramento, y el Sagrario
está en el Altar mayor, conviene seguir usando dicha estructura para
la conservación y adoración de la Eucaristía, evitando poner delante la sede
del celebrante. En las iglesias nuevas conviene prever que la capilla del
Santísimo esté cerca del presbiterio; si esto no fuera posible, es preferible
poner el Sagrario en el presbiterio, suficientemente alto, en el centro
del ábside, o bien en otro punto donde resulte bien visible. Todos estos
detalles ayudan a dar dignidad al sagrario, del cual debe cuidarse también el
aspecto artístico. Obviamente, se ha tener en cuenta lo que dice a este
respecto la Ordenación General del Misal Romano. En todo caso, el juicio
último en esta materia corresponde al Obispo diocesano.
TERCERA PARTE: EUCARISTÍA, MISTERIO QUE SE HA DE VIVIR
«El Padre que vive me ha
enviado y yo vivo por el Padre;
del
mismo modo, el que come, vivirá por mí» (Jn 6,57)
Forma eucarística de la vida cristiana
El culto espiritual – logiké latreía (Rm 12,1)
70. El Señor Jesús, que por nosotros se ha hecho alimento de verdad y
de amor, hablando del don de su vida nos asegura que «quien coma de este pan
vivirá para siempre» (Jn 6,51). Pero esta «vida eterna» se
inicia en nosotros ya en este tiempo por el cambio que el don eucarístico
realiza en nosotros: «El que come vivirá por mí» (Jn 6,57). Estas
palabras de Jesús nos permiten comprender cómo el misterio «creído» y «celebrado» contiene en sí un dinamismo que hace de él principio
de vida nueva en nosotros y forma de la existencia cristiana. En efecto,
comulgando el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo se nos hace partícipes de la
vida divina de un modo cada vez más adulto y consciente. Análogamente a lo que San
Agustín dice en las Confesiones sobre el Logos eterno, alimento del
alma, poniendo de relieve su carácter paradójico, el santo Doctor imagina que
se le dice: «Soy el manjar de los grandes: creces, y me comerás, sin que por
eso me transforme en ti, como el alimento de tu carne; sino que tú te
transformarás en mí».
En efecto, no es el alimento eucarístico el que se transforma en nosotros, sino
que somos nosotros los que gracias a él acabamos por ser cambiados
misteriosamente. Cristo nos alimenta uniéndonos a Él; «nos atrae hacia sí».
La Celebración eucarística
aparece aquí con toda su fuerza como fuente y culmen de la existencia eclesial,
ya que expresa, al mismo tiempo, tanto el inicio como el cumplimiento del nuevo
y definitivo culto, la logiké latreía. A este respecto, las
palabras de San Pablo a los Romanos son la formulación más sintética
de cómo la Eucaristía transforma toda nuestra vida en culto espiritual
agradable a Dios: «Os exhorto, por la misericordia de Dios, a presentar
vuestros cuerpos como hostia viva, santa, agradable a Dios; éste es vuestro culto
razonable» (Rm 12,1). En esta exhortación se ve la imagen del nuevo
culto como ofrenda total de la propia persona en comunión con toda la Iglesia.
La insistencia del Apóstol sobre la ofrenda de nuestros cuerpos subraya la
concreción humana de un culto que no es para nada desencarnado. A este
propósito, el santo de Hipona nos sigue recordando que «éste es el sacrificio
de los cristianos: es decir, el llegar a ser muchos en un solo cuerpo en
Cristo. La Iglesia celebra este misterio con el sacramento del altar, que los
fieles conocen bien, y en el que se les muestra claramente que en lo que se
ofrece ella misma es ofrecida».
En efecto, la doctrina católica afirma que la Eucaristía, como sacrificio de
Cristo, es también sacrificio de la Iglesia, y por tanto de los fieles. La insistencia sobre el
sacrificio —«hacer sagrado»— expresa aquí toda la densidad existencial que se
encuentra implicada en la transformación de nuestra realidad humana ganada por
Cristo (cf. Flp 3,12).
Eficacia integradora del culto eucarístico
71. El nuevo culto cristiano abarca todos los aspectos de la vida,
transfigurándola: «Cuando comáis o bebáis o hagáis cualquier otra cosa, hacedlo
todo para gloria de Dios» (1 Co 10,31). El cristiano está llamado a
expresar en cada acto de su vida el verdadero culto a Dios. De aquí toma forma
la naturaleza intrínsecamente eucarística de la vida cristiana. La Eucaristía,
al implicar la realidad humana concreta del creyente, hace posible, día a día,
la transfiguración progresiva del hombre, llamado a ser por gracia imagen del
Hijo de Dios (cf. Rm 8,29 s.). Todo lo que hay de auténticamente humano
—pensamientos y afectos, palabras y obras— encuentra en el sacramento de la
Eucaristía la forma adecuada para ser vivido en plenitud. Aparece aquí todo el
valor antropológico de la novedad radical traída por Cristo con la Eucaristía:
el culto a Dios en la vida humana no puede quedar relegado a un momento
particular y privado, sino que, por su naturaleza, tiende a impregnar cualquier
aspecto de la realidad del individuo. El culto agradable a Dios se convierte
así en un nuevo modo de vivir todas las circunstancias de la existencia, en la
que cada detalle queda exaltado al ser vivido dentro de la relación con Cristo
y como ofrenda a Dios. La gloria de Dios es el hombre viviente (cf. 1 Co
10,31). Y la vida del hombre es la visión de Dios.
«Iuxta dominicam viventes» – Vivir según el Domingo
72. Esta novedad radical que la Eucaristía introduce en la vida del
hombre ha estado presente en la conciencia cristiana desde el principio. Los
fieles han percibido en seguida el influjo profundo que la Celebración
eucarística ejercía sobre su estilo de vida. San Ignacio de Antioquía expresaba
esta verdad calificando a los cristianos como «los que han llegado a la nueva
esperanza», y los presentaba como los que viven «según el domingo»
(iuxta dominicam viventes).
Esta fórmula del gran mártir antioqueno ilumina claramente la relación entre la
realidad eucarística y la vida cristiana en su cotidianidad. La costumbre
característica de los cristianos de reunirse el primer día después del sábado
para celebrar la resurrección de Cristo —según el relato de San Justino
mártir—
es el hecho que define también la forma de la existencia renovada por el
encuentro con Cristo. La fórmula de San
Ignacio —«vivir según el Domingo»—
subraya también el valor paradigmático que este día santo posee respecto a
cualquier otro día de la semana. En efecto, su diferencia no está simplemente
en dejar las actividades habituales, como una especie de paréntesis dentro del
ritmo normal de los días. Los cristianos siempre han vivido este día como el
primero de la semana, porque en él se hace memoria de la radical novedad traída
por Cristo. Así pues, el Domingo es el día en que el cristiano encuentra esa forma
eucarística de su existencia y a la que está llamado a vivir constantemente. «Vivir según el domingo» quiere decir vivir conscientes de la liberación
traída por Cristo y desarrollar la propia vida como ofrenda de sí mismos a
Dios, para que su victoria se manifieste plenamente a todos los hombres a
través de una conducta renovada íntimamente.
Vivir el precepto dominical
73. Los Padres sinodales, conscientes de este nuevo principio de vida
que la Eucaristía pone en el cristiano, han reafirmado la importancia del precepto
dominical para todos los fieles, como fuente de libertad auténtica, para poder
vivir cada día según lo que han celebrado en el «día del Señor».
En efecto, la vida de fe peligra cuando ya no se siente el deseo de participar
en la Celebración eucarística, en que se hace memoria de la victoria pascual.
Participar en la asamblea litúrgica dominical, junto con todos los hermanos y
hermanas con los que se forma un solo cuerpo en Jesucristo, es algo que la
conciencia cristiana reclama y que al mismo tiempo la forma. Perder el sentido
del Domingo, como día del Señor para santificar, es síntoma de una
pérdida del sentido auténtico de la libertad cristiana, la libertad de los
hijos de Dios.
A este respecto, son hermosas las observaciones de mi venerado predecesor Juan
Pablo II en la Carta apostólica Dies Domini. a propósito de las
diversas dimensiones del Domingo para los cristianos: es dies Domini, con
referencia a la obra de la creación; dies Christi como día de la nueva
creación y del don del Espíritu Santo que hace el Señor Resucitado; dies
Ecclesiae como día en que la comunidad cristiana se congrega para la
celebración; dies hominis como día de alegría, descanso y caridad
fraterna.
Por tanto, este día se muestra como fiesta primordial en la que cada
fiel, en el ambiente en que vive, puede ser anunciador y custodio del sentido
del tiempo. En efecto, de este día brota el sentido cristiano de la existencia
y un nuevo modo de vivir el tiempo, las relaciones, el trabajo, la vida y la
muerte. Por tanto, es bueno que en el día del Señor los grupos eclesiales
organicen en torno a la Celebración eucarística dominical manifestaciones
propias de la comunidad cristiana: encuentros de amistad, iniciativas para
formar la fe de niños, jóvenes y adultos, peregrinaciones, obras de caridad y
diversos momentos de oración. Ante estos valores tan importantes —aún cuando el
sábado por la tarde, desde las primeras Vísperas, ya pertenezca al Domingo
y esté permitido cumplir el precepto dominical— es preciso recordar que el Domingo
merece ser santificado en sí mismo, para que no termine siendo un día «vacío de
Dios».
Sentido del descanso y del trabajo
74. Es particularmente urgente en nuestro tiempo recordar que el día
del Señor es también el día de descanso del trabajo. Esperamos con gran interés
que la sociedad civil lo reconozca también así, a fin de que sea posible
liberarse de las actividades laborales sin sufrir por ello perjuicio alguno. En
efecto, los cristianos, en cierta relación con el sentido del sábado en la
tradición judía, han considerado el día del Señor también como el día del
descanso del trabajo cotidiano. Esto tiene un significado propio, al ser una relativización
del trabajo, que debe estar orientado al hombre: el trabajo es para el
hombre y no el hombre para el trabajo. Es fácil intuir cómo así se protege al
hombre en cuanto se emancipa de una posible forma de esclavitud. Como he tenido
ocasión de afirmar, «el trabajo reviste una importancia primaria para la
realización del hombre y el desarrollo de la sociedad, y por eso es preciso que
se organice y desarrolle siempre en el pleno respeto de la dignidad humana y al
servicio del bien común. Al mismo tiempo, es indispensable que el hombre no se
deje dominar por el trabajo, que no lo idolatre, pretendiendo encontrar en él
el sentido último y definitivo de la vida».
En el día consagrado a Dios es donde el hombre comprende el sentido de su vida
y también de la actividad laboral.
Asambleas dominicales en ausencia de sacerdote
75. Al profundizar en el sentido de la Celebración dominical para la
vida del cristiano, se plantea espontáneamente el problema de las comunidades
cristianas en las que falta el sacerdote y donde, por consiguiente, no es
posible celebrar la Santa Misa en el Día del Señor. A este respecto,
se ha de reconocer que nos encontramos ante situaciones bastante diferentes
entre sí. El Sínodo, ante todo, ha recomendado a los fieles acercarse a una de
las iglesias de la diócesis en que esté garantizada la presencia del sacerdote,
aún cuando eso requiera un cierto sacrificio. En cambio, allí donde las
grandes distancias hacen prácticamente imposible la participación en la
Eucaristía dominical, es importante que las comunidades cristianas se reúnan
igualmente para alabar al Señor y hacer memoria del día dedicado a Él. Sin
embargo, esto debe realizarse en el contexto de una adecuada instrucción acerca
de la diferencia entre la Santa Misa y las asambleas dominicales en ausencia de
sacerdote. La atención pastoral de la Iglesia se expresa en este caso vigilando
que la Liturgia de la Palabra, organizada bajo la dirección de un
diácono o de un responsable de la comunidad, al que se le haya confiado
debidamente este ministerio por la autoridad competente, se cumpla según un
ritual específico elaborado por las Conferencias episcopales y aprobado por
ellas para este fin.
Recuerdo que corresponde a los Ordinarios conceder la facultad de distribuir la
comunión en dichas liturgias, valorando cuidadosamente la conveniencia de la
opción. Además, se ha de evitar que dichas asambleas provoquen confusión sobre
el papel central del sacerdote y la dimensión sacramental en la vida de la
Iglesia. La importancia del papel de los laicos, a los que se ha de agradecer
su generosidad al servicio de las comunidades cristianas, nunca ha de ocultar
el ministerio insustituible de los sacerdotes para la vida de la Iglesia. Así pues, se ha de
vigilar atentamente que las asambleas sin sacerdote no den lugar a puntos de
vista eclesiológicos en contraste con la verdad del Evangelio y la tradición de
la Iglesia. Es más, deberían ser ocasiones privilegiadas para pedir a Dios que
mande santos sacerdotes según su corazón. A este respecto, es conmovedor lo que
escribía el Papa Juan Pablo II en la Carta a los Sacerdotes para
el Jueves Santo de 1979, recordando aquellos lugares en los que la gente,
privada del sacerdote por parte del régimen dictatorial, se reunía en una
iglesia o santuario, ponía sobre el altar la estola que conservaba todavía y
recitaba las oraciones de la liturgia eucarística, haciendo silencio «en el
momento que corresponde a la transustanciación desciende en medio de ellos»,
dando así testimonio del ardor con que «desean escuchar las palabras, que sólo
los labios de un sacerdote pueden pronunciar eficazmente». Precisamente en esta
perspectiva, teniendo en cuenta el bien incomparable que se deriva de la
celebración del Sacrificio eucarístico, pido a todos los sacerdotes una activa
y concreta disponibilidad para visitar lo más a menudo posible las comunidades
confiadas a su atención pastoral, para que no permanezcan demasiado tiempo sin
el Sacramento de la caridad.
Una forma eucarística de la vida cristiana, la pertenencia eclesial
76. La importancia del domingo como dies Ecclesiae nos lleva a
la relación intrínseca entre la victoria de Jesús sobre el mal y sobre la
muerte y nuestra pertenencia a su Cuerpo eclesial. En efecto, en el Día del
Señor todo cristiano descubre también la dimensión comunitaria de la propia
existencia redimida. Participar en la acción litúrgica, comulgar con el Cuerpo
y la Sangre de Cristo quiere decir, al mismo tiempo, hacer cada vez más íntima
y profunda la propia pertenencia a Él, que ha muerto por nosotros (cf. 1 Co
6,19 s.; 7,23). Verdaderamente, quién se alimenta de Cristo vive por Él. El
sentido profundo de la communio sanctorum se entiende en relación con el
Misterio eucarístico. La comunión tiene siempre y de modo inseparable una
connotación vertical y una horizontal: comunión con Dios y comunión con los
hermanos y hermanas. Las dos dimensiones se encuentran misteriosamente en el
don eucarístico. «Donde se destruye la comunión con Dios, que es comunión con
el Padre, con el Hijo y con el Espíritu Santo, se destruye también la raíz y el
manantial de la comunión con nosotros. Y donde no se vive la comunión entre
nosotros, tampoco es viva y verdadera la comunión con el Dios Trinitario». Así pues, llamados a ser
miembros de Cristo y, por tanto, miembros los unos de los otros (cf. 1 Co 12,27),
formamos una realidad fundada ontológicamente en el Bautismo y alimentada por
la Eucaristía, una realidad que requiere una respuesta sensible en la vida de
nuestras comunidades.
La forma eucarística de
la vida cristiana es sin duda una forma eclesial y comunitaria. El modo
concreto en que cada fiel puede experimentar su pertenencia al Cuerpo de Cristo
se realiza a través de la diócesis y las parroquias, como estructuras
fundamentales de la Iglesia en un territorio particular. Asociaciones,
movimientos eclesiales y nuevas comunidades —con la vitalidad de sus carismas
concedidos por el Espíritu Santo para nuestro tiempo—, así como también los
Institutos de vida consagrada, tienen el deber de ofrecer su contribución
específica para favorecer en los fieles la percepción de pertenecer al
Señor (cf. Rm 14,8). El fenómeno de la secularización, que comporta
aspectos marcadamente individualistas, ocasiona sus efectos deletéreos sobre
todo en las personas que se aíslan, y por el escaso sentido de pertenencia. El
cristianismo, desde sus comienzos, supone siempre una compañía, una red de
relaciones vivificadas continuamente por la escucha de la Palabra, la
Celebración eucarística y animadas por el Espíritu Santo.
Espiritualidad y cultura eucarística
77. Es significativo que los Padres sinodales hayan afirmado que «los
fieles cristianos necesitan una comprensión más profunda de las relaciones
entre la Eucaristía y la vida cotidiana. La espiritualidad eucarística no es
solamente participación en la Misa y devoción al Santísimo Sacramento. Abarca
la vida entera».
Esta consideración tiene hoy un particular significado para todos nosotros. Se
ha de reconocer que uno de los efectos más graves de la secularización,
mencionada antes, consiste en haber relegado la fe cristiana al margen de la
existencia, como si fuera algo inútil respecto al desarrollo concreto de la
vida de los hombres. El fracaso de este modo de vivir «como si Dios no
existiera» está ahora a la vista de todos. Hoy se necesita redescubrir que
Jesucristo no es una simple convicción privada o una doctrina abstracta, sino
una persona real cuya entrada en la historia es capaz de renovar la vida de
todos. Por eso la Eucaristía, como fuente y culmen de la vida y de la misión de
la Iglesia, se tiene que traducir en espiritualidad, en vida «según el Espíritu» (cf. Rm 8,4 s.; Ga 5,16.25). Resulta
significativo que San Pablo, en el pasaje de la Carta a los Romanos en que
invita a vivir el nuevo culto espiritual, menciona al mismo tiempo la necesidad
de cambiar el propio modo de vivir y pensar: «Y no os
ajustéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente, para
que sepáis discernir lo que es la voluntad de Dios, lo bueno, lo que agrada, lo
perfecto» (12,2). De esta manera, el Apóstol de las gentes subraya la relación
entre el verdadero culto espiritual y la necesidad de entender de un modo nuevo
la vida y vivirla. La renovación de la mentalidad es parte integrante de la
forma eucarística de la vida cristiana, «para que ya no seamos niños sacudidos
por las olas y llevados al retortero por todo viento de doctrina» (Ef
4,14).
Eucaristía y evangelización de las culturas
78. De todo lo expuesto se desprende que el Misterio eucarístico nos
hace entrar en diálogo con las diferentes culturas, aunque en cierto
sentido también las desafía.
Se ha de reconocer el carácter intercultural de este nuevo culto, de esta logiké
latreía. La presencia de Jesucristo y la efusión del Espíritu Santo son
acontecimientos que pueden confrontarse siempre con cada realidad cultural,
para fermentarla evangélicamente. Por consiguiente, esto comporta el compromiso
de promover con convicción la evangelización de las culturas, con la conciencia
de que el mismo Cristo es la verdad de todo hombre y de toda la historia
humana. La Eucaristía se convierte en criterio de valorización de todo lo que
el cristiano encuentra en las diferentes expresiones culturales. En este
importante proceso podemos escuchar las muy significativas palabras de San
Pablo que, en su primera Carta a los Tesalonicenses, exhorta: «examinadlo todo,
quedándoos con lo bueno» (5,21).
Eucaristía y fieles laicos
79. En Cristo, Cabeza de la Iglesia que es su Cuerpo, todos los
cristianos forman «una raza elegida, un sacerdocio real, una nación consagrada,
un pueblo adquirido por Dios para proclamar las hazañas del que nos llamó a
salir de la tiniebla y a entrar en su luz maravillosa» (1 P 2,9). La
Eucaristía, como misterio que se ha de vivir, se ofrece a cada persona en la condición
en que se encuentra, haciendo que viva cotidianamente la novedad cristiana en
su situación existencial. Puesto que el Sacrificio eucarístico alimenta y
acrecienta en nosotros lo que ya se nos ha dado en el Bautismo, por el cual
todos estamos llamados a la santidad,
esto debería aflorar y manifestarse también en las situaciones o estados de
vida en que se encuentra cada cristiano. Éste, viviendo la propia vida como
vocación, se convierte día tras día en culto agradable a Dios. Ya desde la
reunión litúrgica, el Sacramento de la Eucaristía nos compromete en la realidad
cotidiana para que todo se haga para gloria de Dios.
Puesto que el mundo es «el campo»
(Mt 13,38) en el que Dios pone a sus hijos como buena semilla, los
laicos cristianos, en virtud del Bautismo y de la Confirmación, y fortalecidos
por la Eucaristía, están llamados a vivir la novedad radical traída por Cristo
precisamente en las condiciones comunes de la vida. Han de cultivar el deseo
de que la Eucaristía influya cada vez más profundamente en su vida cotidiana,
convirtiéndolos en testigos visibles en su propio ambiente de trabajo y en toda
la sociedad.
Animo de modo particular a las familias para que este Sacramento sea fuente de
fuerza e inspiración. El amor entre el hombre y la mujer, la acogida de la vida
y la tarea educativa se revelan como ámbitos privilegiados en los que la
Eucaristía puede mostrar su capacidad de transformar la existencia y llenarla
de sentido.
Los Pastores siempre han de apoyar, educar y animar a los fieles laicos a vivir
plenamente su propia vocación a la santidad en el mundo, al que Dios ha amado
tanto que le ha entregado a su Hijo para que se salve por Él (cf. Jn
3,16).
Eucaristía y espiritualidad sacerdotal
80. La forma eucarística de la existencia cristiana se manifiesta de
modo particular en el estado de vida sacerdotal. La espiritualidad sacerdotal
es intrínsecamente eucarística. La semilla de esta espiritualidad se puede
encontrar ya en las palabras que el Obispo pronuncia en la liturgia de la
Ordenación: «Recibe la ofrenda del pueblo santo para presentarla a Dios.
Considera lo que realizas e imita lo que conmemoras, y conforma tu vida con el
misterio de la cruz del Señor».
El sacerdote, para dar a su vida una forma eucarística cada vez más plena, ya
en el período de formación y luego en los años sucesivos, ha de dedicar tiempo
a la vida espiritual.
Él está llamado a ser siempre un auténtico buscador de Dios, permaneciendo al
mismo tiempo cercano a las preocupaciones de los hombres. Una vida espiritual intensa
le permitirá entrar más profundamente en comunión con el Señor y le ayudará a
dejarse ganar por el amor de Dios, siendo su testigo en todas las
circunstancias, aunque sean difíciles y sombrías. Por esto, junto con los
Padres del Sínodo, recomiendo a los sacerdotes «la celebración cotidiana de la Santa
Misa, aun cuando no hubiera participación de fieles». Esta recomendación está
en consonancia ante todo con el valor objetivamente infinito de cada
Celebración eucarística; y, además, está motivado por su singular eficacia
espiritual, porque si la Santa Misa se vive con atención y con fe, es formativa en
el sentido más profundo de la palabra, pues promueve la conformación con Cristo
y consolida al sacerdote en su vocación.
Eucaristía y vida consagrada
81. En el contexto de la relación entre la Eucaristía y las diversas
vocaciones eclesiales resplandece de modo particular «el testimonio profético
de las consagradas y de los consagrados, que encuentran en la Celebración
eucarística y en la adoración la fuerza para el seguimiento radical de Cristo
obediente, pobre y casto».
Los consagrados y las consagradas, incluso desempeñando muchos servicios en el
campo de la formación humana y en la atención a los pobres, en la enseñanza o
en la asistencia a los enfermos, saben que el objetivo principal de su vida es
«la contemplación de las cosas divinas y la unión asidua con Dios». La contribución esencial
que la Iglesia espera de la vida consagrada es más en el orden del ser que en
el del hacer. En este contexto, quisiera subrayar la importancia del testimonio
virginal precisamente en relación con el misterio de la Eucaristía. En efecto,
además de la relación con el celibato sacerdotal, el Misterio eucarístico
manifiesta una relación intrínseca con la virginidad consagrada, ya que es
expresión de la consagración exclusiva de la Iglesia a Cristo, que ella con
fidelidad radical y fecunda acoge como a su Esposo. La virginidad consagrada
encuentra en la Eucaristía inspiración y alimento para su entrega total a
Cristo. Además, en la Eucaristía obtiene consuelo e impulso para ser, también
en nuestro tiempo, signo del amor gratuito y fecundo de Dios para con la
humanidad. A través de su testimonio específico, la vida consagrada se
convierte objetivamente en referencia y anticipación de aquellas «bodas del Cordero» (Ap 19,7-9), meta de toda la historia de la
salvación. En este sentido, es una llamada eficaz al horizonte escatológico que
todo hombre necesita para poder orientar sus propias opciones y decisiones de
vida.
Eucaristía y transformación moral
82. Descubrir la belleza de la forma eucarística de la vida cristiana
nos lleva a reflexionar también sobre la fuerza moral que dicha forma produce
para defender la auténtica libertad de los hijos de Dios. Con esto deseo
recordar una temática surgida en el Sínodo sobre la relación entre forma
eucarística de la vida y transformación moral. El Papa Juan Pablo II
afirmaba que la vida moral «posee el valor de un ‘‘culto espiritual'' (Rm 12,1;
cf. Flp 3,3) que nace y se alimenta de aquella inagotable fuente de
santidad y glorificación de Dios que son los sacramentos, especialmente la
Eucaristía; en efecto, participando en el sacrificio de la Cruz, el cristiano
comulga con el amor de donación de Cristo y se capacita y compromete a vivir esta
misma caridad en todas sus actitudes y comportamientos de vida». En definitiva, «en el “culto” mismo, en la comunión eucarística, está incluido a la vez el ser amado
y el amar a los otros. Una Eucaristía que no comporte un ejercicio práctico del
amor es fragmentaria en sí misma».
Esta referencia al valor
moral del culto espiritual no se ha de interpretar en clave moralista. Es ante
todo el gozoso descubrimiento del dinamismo del amor en el corazón que acoge el
don del Señor, se abandona a Él y encuentra la verdadera libertad. La
transformación moral que comporta el nuevo culto instituido por Cristo, es una
tensión y un deseo cordial de corresponder al amor del Señor con todo el propio
ser, no obstante la conciencia de la propia fragilidad. Todo esto está bien
reflejado en el relato evangélico de Zaqueo (cf. Lc 19,1-10). Después de
haber hospedado a Jesús en su casa, el publicano se ve completamente
transformado: decide dar la mitad de sus bienes a los pobres y devuelve cuatro
veces más a quienes había robado. El impulso moral, que nace de acoger a Jesús
en nuestra vida, brota de la gratitud por haber experimentado la inmerecida
cercanía del Señor.
Coherencia eucarística
83. Es importante notar lo que los Padres sinodales han denominado coherencia
eucarística, a la cual está llamada objetivamente nuestra vida. En efecto,
el culto agradable a Dios nunca es un acto meramente privado, sin consecuencias
en nuestras relaciones sociales: al contrario, exige el testimonio público de
la propia fe. Obviamente, esto vale para todos los bautizados, pero tiene una
importancia particular para quienes, por la posición social o política que
ocupan, han de tomar decisiones sobre valores fundamentales, como el respeto y
la defensa de la vida humana, desde su concepción hasta su fin natural, la
familia fundada en el matrimonio entre hombre y mujer, la libertad de educación
de los hijos y la promoción del bien común en todas sus formas. Estos valores no son
negociables. Así pues, los políticos y los legisladores católicos, conscientes
de su grave responsabilidad social, deben sentirse particularmente interpelados
por su conciencia, rectamente formada, para presentar y apoyar leyes inspiradas
en los valores fundados en la naturaleza humana. Esto tiene además una
relación objetiva con la Eucaristía (cf. 1 Co 11,27-29). Los Obispos han
de llamar constantemente la atención sobre estos valores. Ello es parte de su
responsabilidad para con la grey que se les ha confiado.
Eucaristía, misterio que se ha de anunciar
Eucaristía y misión
84. En la homilía
durante la Celebración eucarística con la que he iniciado solemnemente mi
ministerio en la Cátedra de Pedro, decía: «Nada hay más hermoso que haber sido
alcanzados, sorprendidos, por el Evangelio, por Cristo. Nada más bello que
conocerle y comunicar a los otros la amistad con él». Esta afirmación asume una
mayor intensidad si pensamos en el Misterio eucarístico. En efecto, no podemos
guardar para nosotros el amor que celebramos en el Sacramento. Éste exige por
su naturaleza que sea comunicado a todos. Lo que el mundo necesita es el amor
de Dios, encontrar a Cristo y creer en Él. Por eso la Eucaristía no es sólo
fuente y culmen de la vida de la Iglesia; lo es también de su misión: «Una
Iglesia auténticamente eucarística es una Iglesia misionera». También nosotros podemos
decir a nuestros hermanos con convicción: «Eso que hemos visto y oído os lo
anunciamos para que estéis unidos con nosotros» (1 Jn 1,3).
Verdaderamente, nada hay más hermoso que encontrar a Cristo y comunicarlo a los
demás. Además, la institución misma de la Eucaristía anticipa lo que es el
corazón de la misión de Jesús: Él es el enviado del Padre para la redención del
mundo (cf. Jn 3,16-17; Rm 8,32). En la última Cena Jesús confía a
sus discípulos el Sacramento que actualiza el sacrificio que Él ha hecho de sí
mismo en obediencia al Padre para la salvación de todos nosotros. No podemos acercarnos
a la Mesa eucarística sin dejarnos llevar por ese movimiento de la misión que,
partiendo del corazón mismo de Dios, tiende a llegar a todos los hombres. Así
pues, el impulso misionero es parte constitutiva de la forma eucarística de la
vida cristiana.
Eucaristía y testimonio
85. La misión primera y fundamental que recibimos de los santos
Misterios que celebramos es la de dar testimonio con nuestra vida. El asombro
por el don que Dios nos ha hecho en Cristo imprime en nuestra vida un dinamismo
nuevo, comprometiéndonos a ser testigos de su amor. Nos convertimos en testigos
cuando, por nuestras acciones, palabras y modo de ser, aparece Otro y se
comunica. Se puede decir que el testimonio es el medio con el que la verdad del
amor de Dios llega al hombre en la historia, invitándolo a acoger libremente
esta novedad radical. En el testimonio Dios, por así decir, se expone al riesgo
de la libertad del hombre. Jesús mismo es el testigo fiel y veraz (cf. Ap 1,5;
3,14); ha venido para dar testimonio de la verdad (cf. Jn 18,37). Con
estas reflexiones deseo recordar un concepto muy querido por los primeros
cristianos, pero que también nos afecta a nosotros, cristianos de hoy: el
testimonio hasta el don de sí mismos, hasta el martirio, ha sido considerado
siempre en la historia de la Iglesia como la cumbre del nuevo culto espiritual:
«Presentar vuestros cuerpos» (Rm 12,1). Se puede recordar, por ejemplo,
el relato del martirio de San Policarpo de Esmirna, discípulo de San
Juan: todo el acontecimiento dramático es descrito como una liturgia, más aún
como si el mártir mismo se convirtiera en Eucaristía. Pensemos también en la
conciencia eucarística que Ignacio de Antioquía expresa ante su martirio: él se
considera «trigo de Dios» y desea llegar a ser en el martirio «pan puro de
Cristo».
El cristiano que ofrece su vida en el martirio entra en plena comunión con la
Pascua de Jesucristo y así se convierte con Él en Eucaristía. Tampoco faltan
hoy en la Iglesia mártires en los que se manifiesta de modo supremo el amor de
Dios. Sin embargo, aun cuando no se requiera la prueba del martirio, sabemos
que el culto agradable a Dios implica también interiormente esta
disponibilidad,
y se manifiesta en el testimonio alegre y convencido ante el mundo de una vida
cristiana coherente allí donde el Señor nos llama a anunciarlo.
Jesucristo, único Salvador
86. Subrayar la relación intrínseca entre Eucaristía y misión nos ayuda
a redescubrir también el contenido último de nuestro anuncio. Cuanto más vivo
sea el amor por la Eucaristía en el corazón del pueblo cristiano, tanto más
clara tendrá la tarea de la misión: llevar a Cristo. No es sólo una idea
o una ética inspirada en Él, sino el don de su misma Persona. Quien no comunica
la verdad del Amor al hermano no ha dado todavía bastante. La Eucaristía, como Sacramento
de nuestra salvación, nos lleva a considerar de modo ineludible la unicidad de
Cristo y de la salvación realizada por Él a precio de su Sangre. Por
tanto, la exigencia de educar constantemente a todos al trabajo misionero, cuyo
centro es el anuncio de Jesús, único Salvador, surge del Misterio eucarístico,
creído y celebrado.
Así se evitará que se reduzca a una interpretación meramente sociológica la
decisiva obra de promoción humana que comporta siempre todo auténtico proceso de
evangelización.
Libertad de culto
87. En este contexto, deseo hablar de lo que los Padres han afirmado
durante la asamblea sinodal sobre las graves dificultades que afectan a la
misión de aquellas comunidades cristianas que viven en condiciones de minoría o
incluso privadas de la libertad religiosa.
Realmente debemos dar gracias al Señor por todos los Obispos, sacerdotes,
personas consagradas y laicos, que se esfuerzan por anunciar el Evangelio y
viven su fe arriesgando la propia vida. En muchas regiones del mundo el mero
hecho de ir a la Iglesia es un testimonio heroico que expone a las personas a
la marginación y a la violencia. En esta ocasión, deseo confirmar también la
solidaridad de toda la Iglesia con los que sufren por la falta de libertad de
culto. Allí dónde falta la libertad religiosa, lo sabemos, falta en definitiva
la libertad más significativa, ya que en la fe el hombre expresa su íntima
convicción sobre el sentido último de su propia vida. Pidamos, pues, que
aumenten los espacios de libertad religiosa en todos los Estados, para que los
cristianos, así como también los miembros de otras religiones, puedan vivir
personal y comunitariamente sus convicciones libremente.
Eucaristía, misterio que se ha de ofrecer al mundo
Eucaristía: pan partido para la vida del mundo
88. «El pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo» (Jn
6,51). Con estas palabras el Señor revela el verdadero sentido del don de la
propia vida por todos los hombres y nos muestran también la íntima compasión
que Él tiene por cada persona. En efecto, los Evangelios nos narran muchas
veces los sentimientos de Jesús por los hombres, de modo especial por los que
sufren y los pecadores (cf. Mt 20,34; Mc 6,54; Lc 9,41).
Mediante un sentimiento profundamente humano, Él expresa la intención salvadora
de Dios para todos los hombres, a fin de que lleguen a la vida verdadera. Cada
celebración eucarística actualiza sacramentalmente el don de la propia vida que
Jesús ha hecho en la Cruz por nosotros y por el mundo entero. Al mismo tiempo,
en la Eucaristía Jesús nos hace testigos de la compasión de Dios por cada
hermano y hermana. Nace así, en torno al Misterio eucarístico, el servicio de
la caridad para con el prójimo, que «consiste justamente en que, en Dios y con
Dios, amo también a la persona que no me agrada o ni siquiera conozco. Esto
sólo puede llevarse a cabo a partir del encuentro íntimo con Dios, un encuentro
que se ha convertido en comunión de voluntad, llegando a implicar el
sentimiento. Entonces aprendo a mirar a esta otra persona no ya sólo con mis
ojos y sentimientos, sino desde la perspectiva de Jesucristo». De ese modo, en las
personas que encuentro reconozco a hermanos y hermanas por los que el Señor ha
dado su vida amándolos «hasta el
extremo» (Jn 13,1). Por
consiguiente, nuestras comunidades, cuando celebran la Eucaristía, han de ser
cada vez más conscientes de que el Sacrificio de Cristo es para todos y que, por eso, la Eucaristía
impulsa a todo el que cree en Él a hacerse «pan partido»
para los demás y, por tanto, a trabajar por un mundo más justo y fraterno.
Pensando en la multiplicación de los panes y los peces, hemos de reconocer que
Cristo sigue exhortando también hoy a sus discípulos a comprometerse en primera
persona: «dadles vosotros de comer» (Mt 14,16). En verdad, la vocación
de cada uno de nosotros consiste en ser, junto con Jesús, pan partido para
la vida del mundo.
Implicaciones sociales del Misterio eucarístico
89. La unión con Cristo que se realiza en el Sacramento nos capacita
también para nuevos tipos de relaciones sociales: «la ‘‘mística'' del
Sacramento tiene un carácter social». En efecto, «la unión con Cristo es al
mismo tiempo unión con todos los demás a los que Él se entrega. No puedo tener
a Cristo sólo para mí; únicamente puedo pertenecerle en unión con todos los que
son suyos o lo serán»
A este respecto, hay que explicitar la relación entre Misterio eucarístico y
compromiso social. La Eucaristía es sacramento de comunión entre hermanos y
hermanas que aceptan reconciliarse en Cristo, el cual ha hecho de judíos y
paganos un pueblo solo, derribando el muro de enemistad que los separaba (cf. Ef
2,14). Sólo esta constante tensión hacia la reconciliación permite comulgar
dignamente con el Cuerpo y la Sangre de Cristo (cf. Mt 5,23- 24). Cristo, por el memorial
de su Sacrificio, refuerza la comunión entre los hermanos y, de modo
particular, apremia a los que están enfrentados para que aceleren su
reconciliación abriéndose al diálogo y al compromiso por la justicia. No hay
duda de que las condiciones para establecer una paz verdadera son la
restauración de la justicia, la reconciliación y el perdón. De esta toma de
conciencia nace la voluntad de transformar también las estructuras injustas
para restablecer el respeto de la dignidad del hombre, creado a imagen y
semejanza de Dios. La Eucaristía, a través de la puesta en práctica de este
compromiso, transforma en vida lo que ella significa en la celebración. Como he
tenido ocasión de afirmar, la Iglesia no tiene como tarea propia emprender una
batalla política para realizar la sociedad más justa posible; sin embargo,
tampoco puede ni debe quedarse al margen de la lucha por la justicia. La
Iglesia «debe insertarse en ella a través de la argumentación racional y debe
despertar las fuerzas espirituales, sin las cuales la justicia, que siempre
exige también renuncias, no puede afirmarse ni prosperar».
En la perspectiva de la
responsabilidad social de todos los cristianos, los Padres sinodales han
recordado que el sacrificio de Cristo es misterio de liberación que nos interpela
y provoca continuamente. Dirijo por tanto una llamada a todos los fieles para
que sean realmente operadores de paz y de justicia: «En efecto, quien participa
en la Eucaristía ha de empeñarse en construir la paz en nuestro mundo marcado
por tantas violencias y guerras, y de modo particular hoy, por el terrorismo,
la corrupción económica y la explotación sexual». Todos estos problemas,
que a su vez engendran otros fenómenos degradantes, son los que despiertan viva
preocupación. Sabemos que estas situaciones no se pueden afrontar de una manera
superficial. Precisamente, gracias al Misterio que celebramos, deben
denunciarse las circunstancias que van contra la dignidad del hombre, por el
cual Cristo ha derramado su Sangre, afirmando así el valor tan alto de cada persona.
El alimento de la verdad y la indigencia del hombre
90. No podemos permanecer pasivos ante ciertos procesos de
globalización que con frecuencia hacen crecer desmesuradamente en todo el mundo
la diferencia entre ricos y pobres. Debemos denunciar a quien derrocha las
riquezas de la tierra, provocando desigualdades que claman al cielo (cf. St
5,4). Por ejemplo, es imposible permanecer callados ante «las imágenes
sobrecogedoras de los grandes campos de prófugos o de refugiados —en muchas partes
del mundo— acogidos en precarias condiciones para librarse de una suerte peor,
pero necesitados de todo. Estos seres humanos, ¿no son nuestros hermanos y
hermanas? ¿Acaso sus hijos no vienen al mundo con las mismas esperanzas
legítimas de felicidad que los demás?».
El Señor Jesús, Pan de vida eterna, nos apremia y nos hace estar atentos a las
situaciones de pobreza en que se halla todavía gran parte de la humanidad: son
situaciones cuya causa implica a menudo una clara e
inquietante responsabilidad por parte de los hombres. En efecto, «se puede
afirmar, sobre la base de datos estadísticos disponibles, que menos de la mitad
de las ingentes sumas destinadas globalmente a armamento sería más que
suficiente para sacar de manera estable de la indigencia al inmenso ejército de
los pobres. Esto interpela a la conciencia humana. Nuestro común compromiso por
la verdad puede y tiene que dar nueva esperanza a estas poblaciones que viven
bajo el umbral de la pobreza, mucho más a causa de situaciones que dependen de las
relaciones internacionales políticas, comerciales y culturales, que por
circunstancias incontroladas».
El alimento de la verdad
nos impulsa a denunciar las situaciones indignas del hombre, en las que a causa
de la injusticia y la explotación se muere por falta de comida, y nos da nueva
fuerza y ánimo para trabajar sin descanso en la construcción de la civilización
del amor. Los cristianos han procurado desde el principio compartir sus bienes
(cf. Hch 4,32) y ayudar a los pobres (cf. Rm 15,26). La colecta
en las asambleas litúrgicas no sólo nos lo recuerda expresamente, sino que es
también una necesidad muy actual. Las instituciones eclesiales de beneficencia,
en particular Caritas en sus diversos ámbitos, desarrollan el precioso
servicio de ayudar a las personas necesitadas, sobre todo a los más pobres.
Estas instituciones, inspirándose en la Eucaristía, que es el Sacramento
de la caridad, se convierten en su expresión concreta; por ello merecen todo
encomio y estímulo por su compromiso solidario en el mundo.
Doctrina social de la Iglesia
91. El misterio de la Eucaristía nos capacita e impulsa a un trabajo
audaz en las estructuras de este mundo para llevarles aquel tipo de relaciones
nuevas, que tiene su fuente inagotable en el don de Dios. La oración que
repetimos en cada Santa Misa:
«Danos hoy nuestro pan de cada día», nos
obliga a hacer todo lo posible, en colaboración con las instituciones
internacionales, estatales o privadas, para que cese o al menos disminuya en el
mundo el escándalo del hambre y de la desnutrición que sufren tantos millones
de personas, especialmente en los países en vías de desarrollo. El cristiano
laico en particular, formado en la escuela de la Eucaristía, está llamado a
asumir directamente la propia responsabilidad política y social. Para que pueda
desempeñar adecuadamente sus cometidos hay que prepararlo mediante una
educación concreta a la caridad y a la justicia. Por eso, como ha pedido el
Sínodo, es necesario promover la doctrina social de la Iglesia y darla a
conocer en las diócesis y en las comunidades cristianas. En este precioso
patrimonio, procedente de la más antigua tradición eclesial, encontramos los
elementos que orientan con profunda sabiduría el comportamiento de los
cristianos ante las cuestiones sociales candentes. Esta doctrina, madurada
durante toda la historia de la Iglesia, se caracteriza por el realismo y el
equilibrio, ayudando así a evitar compromisos equívocos o utopías ilusorias.
Santificación del mundo y salvaguardia de la creación
92. Para desarrollar una profunda espiritualidad eucarística que pueda
incidir también de manera significativa en el campo social, se requiere que el
pueblo cristiano tenga conciencia de que, al dar gracias por medio de la
Eucaristía, lo hace en nombre de toda la creación, aspirando así a la
santificación del mundo y trabajando intensamente para tal fin. La Eucaristía misma
proyecta una luz intensa sobre la historia humana y sobre todo el cosmos. En
esta perspectiva sacramental aprendemos, día a día, que todo acontecimiento eclesial
tiene carácter de signo, mediante el cual Dios se comunica a sí mismo y nos
interpela. De esta manera, la forma eucarística de la vida puede favorecer
verdaderamente un auténtico cambio de mentalidad en el modo de ver la historia
y el mundo. La liturgia misma nos educa a todo esto cuando, durante la
presentación de las ofrendas, el sacerdote dirige a Dios una oración de
bendición y de petición sobre el pan y el vino, «fruto de la tierra», «de la vid» y del «trabajo del
hombre». Con estas palabras, además de
incluir en la ofrenda a Dios toda la actividad y el esfuerzo humano, el rito
nos lleva a considerar la tierra como creación de Dios, que produce todo lo
necesario para nuestro sustento. La creación no es una realidad neutral, mera
materia que se puede utilizar indiferentemente siguiendo el instinto humano.
Más bien forma parte del plan bondadoso de Dios, por el que todos nosotros
estamos llamados a ser hijos e hijas en el Unigénito de Dios, Jesucristo (cf. Ef
1,4-12). La fundada preocupación por las condiciones ecológicas en que se
encuentra la creación en muchas partes del mundo encuentra motivos de
tranquilidad en la perspectiva de la esperanza cristiana, que nos compromete a
actuar responsablemente en defensa de la creación. En efecto, en la relación
entre la Eucaristía y el universo descubrimos la unidad del Plan de
Dios y se nos invita a descubrir la relación profunda entre la creación y la «nueva creación», inaugurada con la Resurrección de
Cristo, nuevo Adán. En ella participamos ya desde ahora en virtud del Bautismo
(cf. Col 2,12 s.), y así se le abre a nuestra vida cristiana, alimentada
por la Eucaristía, la perspectiva del mundo nuevo, del nuevo cielo y de la
nueva tierra, donde la nueva Jerusalén baja del cielo, desde Dios, «ataviada
como una novia que se adorna para su esposo» (Ap 21,2).
Utilidad de un Compendio eucarístico
93. Al final de estas reflexiones, en las que he querido fijarme en las
orientaciones surgidas en el Sínodo, deseo acoger también una petición que
hicieron los Padres para ayudar al pueblo cristiano a creer, celebrar y vivir
cada vez mejor el Misterio eucarístico. Preparado por los Dicasterios
competentes se publicará un Compendio que recogerá textos del Catecismo
de la Iglesia Católica, oraciones y explicaciones de las Plegarias Eucarísticas
del Misal, así como todo lo que pueda ser útil para la correcta comprensión,
celebración y adoración del Sacramento del altar. Espero que este
instrumento ayude a que el memorial de la Pascua del Señor se convierta cada
vez más en fuente y culmen de la vida y de la misión de la Iglesia. Esto
impulsará a cada fiel a hacer de su propia vida un verdadero culto espiritual.
CONCLUSIÓN
94. Queridos hermanos y hermanas, la Eucaristía es el origen de toda
forma de santidad, y todos nosotros estamos llamados a la plenitud de vida en
el Espíritu Santo. ¡Cuántos santos han hecho auténtica la propia vida gracias a
su piedad eucarística! Desde San Ignacio de Antioquía a San Agustín, de San
Antonio Abad a San Benito, de San Francisco de Asís a Santo Tomás de Aquino, de Santa
Clara de Asís a Santa Catalina de Siena, de San Pascual
Bailón a San Pedro Julián Eymard, de San Alfonso
María de Ligorio al Beato Carlos de Foucauld, de San Juan María
Vianney a Santa Teresa de Lisieux, de San Pío de
Pietrelcina a la Beata Teresa de Calcuta, del Beato
Piergiorgio Frassati al Beato Iván Mertz, sólo por citar algunos de los numerosos
nombres. La santidad ha tenido siempre su centro en el Sacramento de la
Eucaristía.
Por eso, es necesario que
en la Iglesia se crea realmente, se celebre con devoción y se viva intensamente
este santo Misterio. El don de sí mismo que Jesús hace en el Sacramento
memorial de su Pasión, nos asegura que el culmen de nuestra vida está en la
participación en la vida trinitaria, que en Él se nos ofrece de manera
definitiva y eficaz. La celebración y adoración de la Eucaristía nos permiten
acercarnos al amor de Dios y adherirnos personalmente a Él hasta unirnos
con el Señor amado. El ofrecimiento de nuestra vida, la comunión con toda la
comunidad de los creyentes y la solidaridad con cada hombre, son aspectos
imprescindibles de la logiké latreía, del culto espiritual, santo y
agradable a Dios (cf. Rm 12,1), en el que toda nuestra realidad humana
concreta se transforma para su gloria. Invito, pues, a todos los pastores a
poner la máxima atención en la promoción de una espiritualidad cristiana
auténticamente eucarística. Que los presbíteros, los diáconos y todos los que
desempeñan un ministerio eucarístico, reciban siempre de estos mismos servicios,
realizados con esmero y preparación constante, fuerza y estímulo para el propio
camino personal y comunitario de santificación. Exhorto a todos los laicos, en
particular a las familias, a encontrar continuamente en el Sacramento del amor
de Cristo la fuerza para transformar la propia vida en un signo auténtico de la
presencia del Señor resucitado. Pido a todos los consagrados y consagradas que
manifiesten con su propia vida eucarística el esplendor y la belleza de
pertenecer totalmente al Señor.
95. A principios del s.
IV, el culto cristiano estaba todavía prohibido por las autoridades imperiales.
Algunos cristianos del Norte de África, que se sentían en la obligación de
celebrar el Día del Señor, desafiaron la prohibición. Fueron
martirizados mientras declaraban que no les era posible vivir sin la
Eucaristía, alimento del Señor: sine dominico non possumus. Que estos mártires de
Abitinia, junto con muchos santos y beatos que han hecho de la Eucaristía el
centro de su vida, intercedan por nosotros y nos enseñen la fidelidad al
encuentro con Cristo resucitado. Nosotros tampoco podemos vivir sin participar
en el Sacramento de nuestra salvación y deseamos ser iuxta dominicam
viventes, es decir, llevar a la vida lo que celebramos en el Día del
Señor. En efecto, este es el día de nuestra liberación definitiva. ¿Qué tiene
de extraño que deseemos vivir cada día según la novedad introducida por Cristo
con el misterio de la Eucaristía?
96. Que María Santísima,
Virgen Inmaculada, Arca de la nueva y eterna alianza, nos acompañe en este
camino al encuentro del Señor que viene. En Ella encontramos la esencia de la
Iglesia realizada del modo más perfecto. La Iglesia ve en María,«Mujer eucarística» —como la ha llamado el Siervo de Dios Juan Pablo II —, su icono más logrado, y
la contempla como modelo insustituible de vida eucarística. Por eso, en
presencia del «verum Corpus natum de Maria Virgine» sobre el altar, el
sacerdote, en nombre de la asamblea litúrgica, afirma con las palabras del
canon: «Veneramos la memoria, ante todo, de la gloriosa siempre Virgen María,
Madre de Jesucristo, nuestro Dios y Señor».
Su santo nombre se invoca y venera también en los cánones de las tradiciones
cristianas orientales. Los fieles, por su parte, «encomiendan a María, Madre de
la Iglesia, su vida y su trabajo. Esforzándose por tener los mismos
sentimientos de María, ayudan a toda la comunidad a vivir como ofrenda viva,
agradable al Padre».
Ella es la Tota pulchra, Toda hermosa, ya que en Ella brilla el
resplandor de la gloria de Dios. La belleza de la liturgia celestial, que debe
reflejarse también en nuestras asambleas, tiene un fiel espejo en Ella. De Ella
hemos de aprender a convertirnos en personas eucarísticas y eclesiales para
poder presentarnos también nosotros, según la expresión de San Pablo, «inmaculados» ante el Señor, tal como Él nos ha querido desde el
principio (cf. Col 1,21; Ef 1,4).
97. Que el Espíritu
Santo, por intercesión de la Santísima Virgen María, encienda en nosotros el
mismo ardor que sintieron los discípulos de Emaús (cf. Lc 24,13-35), y
renueve en nuestra vida el asombro eucarístico por el resplandor y la belleza
que brillan en el rito litúrgico, signo eficaz de la belleza infinita propia
del misterio santo de Dios. Aquellos discípulos se levantaron y volvieron de prisa
a Jerusalén para compartir la alegría con los hermanos y hermanas en la fe. En
efecto, la verdadera alegría está en reconocer que el Señor se queda entre
nosotros, compañero fiel de nuestro camino. La Eucaristía nos hace descubrir
que Cristo muerto y resucitado, se hace contemporáneo nuestro en el misterio de
la Iglesia, su Cuerpo. Hemos sido hechos testigos de este misterio de amor.
Deseemos ir llenos de alegría y admiración al encuentro de la Santa
Eucaristía, para experimentar y anunciar a los demás la verdad de la palabra
con la que Jesús se despidió de sus discípulos: «Yo estoy con
vosotros todos los días, hasta al fin del mundo» (Mt 28,20).
En Roma, junto a San Pedro, el 22 de Febrero, fiesta de la Cátedra del
Apóstol San Pedro, del año 2007, segundo de mi Pontificado.