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Tierra de Cristo y María

Por Luis Fernando Figari

El Papa Juan Pablo II elevó su voz para proclamar: "¡América, tierra de Cristo y de María!". Sus enfáticas palabras brotaban desde el Estadio Azteca, donde se encontraban presentes varias decenas de millares de personas. Pero su imagen y su voz eran escuchadas atentamente por decenas de millones en todo el Continente y en el mundo.

La conciencia continental se mostró con toda evidencia cuando las tecnologías de hoy permitieron la intercomunicación vía satélite del Sumo Pontífice participando en el festivo encuentro en México, y en el mismo lugar escuchando los testimonios y celebraciones de fe de América, a través de gigantescas pantallas de televisión. En comunión con los participantes locales del evento, el Papa escuchó la voz del Pastor de São Paulo, Brasil; de una pareja en los EE.UU.; de un joven en Argentina; de una joven en Venezuela; de un joven de Perú. Los voceros de los países seleccionados hablaban por los pueblos del Continente. El Papa pudo ver la intensa emoción de las personas reunidas en los estudios de televisión de varios países, así como la multitud que saltaba entusiasta y coreaba lemas de adhesión en el Perú.

Transmitir la fe

La fiesta de fe llamada "encuentro de generaciones". Alusión afortunada para la reunión que evidenciaba la transmisión de la fe de la Iglesia y su continuidad a través de la historia. "En esta hora significativa, ustedes están llamados a tomar renovada conciencia de ser los depositarios de una rica tradición humana y religiosa. Es tarea suya transmitir a las nuevas generaciones ese patrimonio de valores para alimentar su vitalidad y su esperanza, haciéndoles partícipes de la fe cristiana, que ha forjado su pasado y ha de caracterizar su futuro", señalaba el Papa como impulso básico de la nueva evangelización.

Nacidos de la fe

Esta cuarta visita a México se ha caracterizado por la dimensión evangelizadora de carácter intracontinental de los mensajes pontificios. Las reiteradas alusiones a la historia de la evangelización del Continente de la Esperanza sitúan las tareas de la nueva evangelización en continuidad con aquella primera predicación de la Buena Noticia iniciada hace más de 500 años en Santo Domingo. El despliegue de misioneros y laicos anunciando la fe en tierra americana fue, en lo más profundo, el encuentro de dos mundos: el de los habitantes de estas tierras con los testigos de Cristo. Ciertamente hay otros factores humanos y culturales, pero el encuentro decisivo es el de aquellos hombres y mujeres de estas tierras, anhelantes de vida, de verdad, de trascendencia y la fe en el Hijo de Dios hecho Hijo de la Inmaculada Virgen María para redimir y reconciliar a los seres humanos. Esa es la gran luz de aquellos tiempos, ese es el tesoro de nuestros pueblos. Los dolores y tragedias, las sombras como se las ha llamado, que trajo el encuentro de europeos y americanos, con toda su lamentable carga de aflicción, quedan redimensionados por el don inmenso que ha venido iluminando la vida de centenares de millones en esta América nacida a su identidad a la luz de la evangelización.

América no es ya aquella realidad previa al 12 de octubre de 1492. Ella recibe su bautizo histórico al celebrarse la fe en sus tierras en torno a la cruz que alude a la obra salvífica del Señor. Su especificidad y filiación se descubren dirigiendo la mirada al Tepeyac. Es allí donde con rostro mestizo, que expresa hermandad y comunión, se aparece la Virgen al indio Juan Diego. Es donde hoy se levanta la voz evangelizadora de Pedro, donde siglos atrás la voz de la Iglesia en el Obispo Zumárraga reconoce el prodigio del amor divino que como eco vivo dice a las gentes que a lo largo de la historia crecerán en estas tierras americanas: "He ahí a tu Madre". Por ello, el Papa Juan Pablo II ha acentuado la identidad de estas tierras: "¡América, tierra de Cristo y de María!".

Siempre fieles

La conciencia de las rupturas y pecados, una situación social opresiva, la fragilidad de los propósitos no hace sino abrirse más a la fuerza de la gracia que sale al alcance de los hijos de Dios. Ante la conciencia de la propia insuficiencia, la confianza en los dones del Altísimo y la esperanza de recorrer con su fuerza el sendero de la vida. El Papa ha dicho para hoy y mañana: "El ideal que Jesucristo les propone y enseña con su vida es ciertamente muy alto, pero es el único que puede dar sentido pleno a la vida". Y recordando el dinamismo del Reconciliador ha dicho enfático: "No se conformen con menos". Así, millares de voces rubricaron el llamado "encuentro de las generaciones" con el Santo Padre en Ciudad de México gritando plenas de entusiasmo y compromiso "¡América siempre fiel!". Su eco se prolongó vital y ardiente en millones de corazones americanos que se adherían al compromiso de fe, esperanza y caridad en el encuentro con el Señor Jesús que el Papa propone como realización humana e impulso para construir una sociedad más justa, solidaria y reconciliada, la Civilización del Amor según el Plan de Dios.